El día que la CIA leyó «Doctor Zhivago» y la convirtió en propaganda anticomunista

En 1955, Boris Pasternak le puso el punto final a su monumental «Doctor Zhivago». Había tardado más de una década en escribir la novela, y durante todo ese tiempo tuvo claro que su visión de la revolución y del pasado reciente ruso no iba a sentar bien dentro del Partido. Acertó: el Departamento de Cultura del Comité Central consideró que su obra no cumplía los «cánones culturales», y decidió prohibirla. Lo que no se podía esperar entonces era que en 1958 la mismísima CIA iba a intervenir en el asunto, y que su libro iba a ser publicado y distribuido por la Inteligencia estadounidense como arma contra el comunismo. Los hechos se confirmaron en 2014 con la desclasificación de más de un centenar de documentos de la agencia en los que se afirmaba, como contábamos en un reportaje publicado en ABC ese mismo año, que «Doctor Zhivago» tenía «un gran valor propagandístico». «Tenemos la oportunidad de que los ciudadanos soviéticos se planteen que algo malo pasa con su Gobierno cuando una obra literaria escrita por el autor ruso vivo más conocido no puede ser leída en su propio país», aseveraba uno de los mensajes de la CIA que salieron a la luz.

Fue entonces cuando la escritora Lara Prescott descubrió que «Doctor Zhivago», el libro de cabecera de su juventud, la novela de su vida, escondía detrás de sí una aventura increíble que merecía ser contada. Empezó a investigar, se leyó todos los papeles que la CIA había hecho públicos, entrevistó a expertos, viajó a Rusia, estudió Historia eslava, rastreó a todos los personajes que habían intervenido en aquella peripecia y, al final, decidió alumbrar una novela que relatase lo sucedido y que rellenase los huecos en blanco, cómo no, con ficción. El resultado de todo eso es «Los secretos que guardamos» (Seix Barral), que acaba de publicarse en España.

Una odisea

Prescott cuenta que esta es una de las más grandes historias de libros que han sucedido nunca, porque el texto dio la vuelta al mundo antes de salir a la venta en su país de origen. «Pasó de Rusia a Alemania, de ahí a Italia, luego a Estados Unidos y más tarde se extendió por Occidente. Al final volvió a Rusia, su origen», resume. Todo comenzó con Sergio D’Angelo, un periodista y librero italiano al que habían enviado a Moscú a cazar una gran novela. Éste se topó con el manuscrito de Pasternak, que le dijo: «Que recorra el mundo». Así que se fue a Berlín con los folios bajo el brazo y se lo dio a su jefe de la editorial Feltrinelli, quien, esquivando la oposición soviética, consiguió publicarlo.

Cuando la CIA supo de su existencia pronto quiso distribuirlo por Rusia. Tuvieron que hacerlo todo de tapadillo, para no levantar sospechas. Lo imprimieron en Holanda, y lo llevaron a la Exposición Universal de Bruselas de 1958, donde consiguieron que empezase a circular entre los ciudadanos soviéticos. Por cierto: la edición de la CIA era ilegal, porque no le habían pagado los derechos a Feltrinelli, por lo que acabaron imprimiendo sus ejemplares clandestinamente en su propio cuartel general.

Eran otros tiempos: la Guerra Fría marcaba la geopolítica y ellos de veras confiaban en que aquel libro podía cambiar las cosas. «Creían mucho en la fuerza de la literatura, eran idealistas, pensaban que si podían mostrar que Estados Unidos tenía más libertad a nivel de literatura, música y arte que la Unión Soviética, entonces los ciudadanos soviéticos empezarían a cuestionar el porqué les estaban prohibiendo el acceso a libros como este», apunta Prescott. ¿Y consiguieron algo? «Sí, creo que fue un éxito mucho más grande de lo que hubieran podido soñar. Primero, porque le dieron el premio Nobel en 1958 y se convirtió en un tema de conversación mundial: por qué este libro estaba prohibido en la Unión Soviética. Y cuando él se vio obligado a rechazar el Nobel generó otra oleada de interés. Todo el mundo quería leer este libro en la Unión Soviética, en parte porque era un libro prohibido», opina la autora.

Una guerra actual

No es nuevo: la censura siempre despierta interés. Y no es viejo: la cultura y el lenguaje siguen siendo armas poderosas, aunque las formas hayan cambiado. «Todavía hay una batalla por las palabras que se está librando sobre todo en las redes sociales, en Twitter, con las “fake news”, en YouTube… Rusia y Estados Unidos están librando una batalla para conquistar las mentes y los corazones de las personas. Lo estamos viendo con lo de las elecciones estadounidenses. El uso de la propaganda no ha terminado, incluso después de la Guerra Fría», sostiene Prescott.

Tantos años después, aún continúa el misterio. De la historia de «Doctor Zhivago», por desgracia, queda mucho por conocer. Por eso, el libro de Prescott insiste tanto en el tema del secreto. «La mayoría de los nombres de los oficiales nunca han sido revelados. Me encantaría saber quiénes eran esas personas, cómo eran sus vidas. Por eso he ficcionado a muchos de ellos. También me gustaría saber cómo la KGB reaccionó en contra de la misión de la CIA; eso tampoco se conoce. Asumimos que no tuvieron una buena reacción, pero me encantaría saber exactamente qué hicieron para contrarrestar la publicación de la novela de Pasternak», remata.

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