Beethoven: el misántropo universal

A 250 años del nacimiento del compositor alemán, una biografía de 1.500 páginas ilumina su personalidad: sufría por la humanidad, pero era un individualista sin remedio; admiraba a Napoleón, pero lo detestó cuando éste se coronó emperador. Su autor, Jan Swafford, habla de las sombras del genio.

La anécdota es conocida. En mayo de 1804, Ludwig van Beethoven se enteró de que Napoleón se había proclamado emperador de los franceses y rompió en pedazos la primera página de la partitura de su Tercera sinfonía. Estaba dedicada al general francés, a quien Beethoven consideraba hasta ese momento la personificación de los ideales antimonárquicos y democráticos. Desde ese momento dejaría de llamarse Sinfonía Bonaparte para adquirir un curioso título en italiano: Sinfonía Eroica.

La historia no sólo habla del paladar político del gran compositor alemán, sino que también de su carácter arrebatado y lo suficientemente individualista como para detestar a cualquier tirano. Genio, sordo, misántropo y volátil de temperamento, Beethoven nació en Bonn (Alemania) un 17 de diciembre de 1770 y murió en Viena (Austria) en 1827. Este 2020 se celebran los 250 años de su nacimiento y el mundo cultural se llenará de nuevos discos con sus sinfonías, curiosos descubrimientos sobre su salud y elocuentes biografías.

Entre estas últimas la más reciente y prestigiosa es Beethoven: Tormento y triunfo (2014), del estadounidense Jan Swafford (1946), quien es además compositor, finalista del National Books Critics Circle, columnista de Slate y habitual invitado en la BBC y la National Public Radio (NPR) de EE.UU. Su exhaustiva biografía está ya disponible en castellano y en medio de las celebraciones del año Beethoven conversó con Culto.

-Usted ha dicho que Beethoven era una persona contradictoria, ¿Por qué?

-Sus ideales y su comportamiento son dos cuestiones muy distintas. Sus ideales pertenecen a la Ilustración del siglo XVIII. Se formó creyendo que su talento se lo debía a la humanidad Al mismo tiempo, el sufrimiento humano lo conmovía profundamente. Pero también era un tipo totalmente autorreferente, lo que no es raro para alguien que se crió en una disciplina tan demandante como la música. Su sordera sólo lo volvió aún más ensimismado. En cuanto a sus ideales, Beethoven simplemente no podía entender los pensamientos y motivaciones de quienes lo rodeaban: medía a todos con la misma exigente vara con que se medía a sí mismo y, para él, nadie estaba a su altura.

-¿Es verdad que no componía con la misma fluidez que Mozart y Haydn, sus padres musicales?

-No tenía tanta facilidad como Mozart y Haydn en las obras que él se tomaba en serio. Pero las que hizo sólo por dinero no le tomaban mucho esfuerzo ni dedicación, como por ejemplo Las ruinas de Atenas, para el teatro, o el oratorio Cristo en el monte de los olivos. Como persona y como compositor podía ser muy autocrítico. Creó todo su trabajo más serio con absoluta integridad, sin dejar nada al azar. Pero casi la mayor parte del tiempo, Beethoven compuso bastante rápido. Sospecho, por ejemplo, que su Concierto para violín le tomó dos o tres semanas. De hecho, Beethoven dejó más partituras que Mozart. Lo sabemos porque la mayoría de aquellas sobreviven hasta nuestros días.

-Beethoven es percibido como un músico revolucionario, ¿Cuál es su opinión?

-En mi libro lo llamo un “evolucionista radical” en vez de revolucionario. En primer lugar, nunca se arrogó ninguna intención revolucionaria. En segundo término, un revolucionario odia el pasado y el presente y Beethoven sentó las bases de su obra tomando cuestiones de Mozart, Haydn, Handel y Bach. Por otro lado, su época lo consideraba un revolucionario y se le asoció a la Revolución Francesa. Su método era tomar el pasado e intensificarlo: más contraste, piezas más largas y poderosas, más individuales. Las últimas llevaron esas tendencias a otra dimensión.

-¿Cómo era Beethoven en términos políticos?

-Era liberal y progresista: un ejemplo es que consideraba el sistema parlamentario británico como el mejor del mundo. Admiró a Napoleón como un déspota benevolente hasta que se coronó emperador. En ese momento, Beethoven lo consideró un fraude y un tirano. Durante la mayor parte de su vida, como la mayoría de los alemanes y austriacos de esa época, Beethoven buscó líderes fuertes e iluminados, déspotas benevolentes que pudieran reconstruir la sociedad en una dirección progresista. Cuando Napoleón y los demás fallaron, se volvió contra esos mismos líderes heroicos. Eso es lo que proclama su Novena Sinfonía: tenemos que encontrar el Elíseo para nosotros, como hermanos y hermanas, como camaradas, como esposos y esposas.

-¿Es posible que su sordera le haya permitido imaginar otro tipo de sonidos?

-Creo que habría sido un gran compositor sin la sordera, aunque diferente. Me parece que el aislamiento que le provocó la sordera influyó en la calidad de sus obras tardías: era literalmente música que solo podía escuchar en su interior. Le dijo a un estudiante que como ya no podía tocar y escuchar lo que componía, debía escribir de una manera diferente. Poseía una gran capacidad de concentración, que sus amigos en su juventud llamaron su “raptus”. Era una especie de trance profundo y le permitió olvidar su miseria física mientras trabajaba.

-¿Por qué Beethoven, más que ningún otro compositor, tiene aquella categoría de mito?

-Era simplemente un artista magnífico, tan amplio y profundo como ninguno antes. Cambió realmente la naturaleza y la ambición de la música. Además, la época romántica tenía un culto hacia el genio imponente y sufriente: Beethoven encajó perfectamente en esa mitología y la ayudó a formar. Sus contemporáneos sintieron que él había acabado con todo el aire de la habitación, que los superaba a todos. Después de él la tarea era muy difícil para cualquiera y nadie sabía adonde ir.

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