“ROSAS EN LA SAGA DEL PETRÓLEO” Por Miguel Ángel Campos Torres

AUTOR Agencia Literaria

Mi madre se instala en Motatán tal vez a finales de 1954, estuvo poco tiempo allí, quizás esa permanencia en un cruce de caminos le permitió observar el tráfago de la actividad petrolera, y así convencerse de que el paisaje de la prosperidad y una justa idea del bienestar estaban en un lugar distinto al campo. Cuando adolescente ella había vivido unos pocos meses en Maracaibo, allí buscó el rumbo en esa primera salida, una gringa que hacía labores de mayodormía para un grupo de ingenieros de la Shell en los alrededores de las Laras la emplea, cocinando, y atendiendo el comedor. En las tardes salía a explorar y así descubre una instalación levantada al final de la avenida, la actual 5 de Julio, y en ese tiempo apenas una trocha despejada, era el Hospital Quirúrgico, recién inaugurado, actual Maternidad de Maracaibo. Le atrajo el rumor y la actividad ordenada de médicos y gente respetuosa, pocas semanas después logra emplearse en la lavandería, pero ese no era su lugar. De allí pasó a esterilizar instrumental de cirugía. En sus últimos meses en el hospital se desempeñó como instrumentista, recuerda faenas largas asistiendo al Dr. Jesús María Ludovic, y al mismísimo José Domingo Leonardi –a raíz de haber detectado un trozo de áscaride en el resto del apéndice de una niña, todavía bajo la anestesia, le valió que el director la seleccionara para ir a estudiar enfermería en la UCV. Mis abuelos se negaron, y mi madre debió regresar al Prado, pueblito cerca de Monte Carmelo donde había nacido en 1931. Pero nunca se rindió, ya en su mayoría de edad establece una suerte de puesto de socorro en Buena Vista, caserío al pie de monte, en la carretera Panamericana, ese fue su primer dispensario. Hacia 1957 vuelve a Maracaibo, ya con tres hijos, pero sólo va a tantear, regresará con sus muchachos y en 1959 estaremos llegando, cual colonos, a Concesión Siete, a donde la Comisionaduría Regional de Salud de Estado Zulia la ha designado enfermera, es la fundadora y allá estaremos hasta 1967, cuando la escuela, con sus seis grados, ya no era suficiente y ella avizoraba otro horizonte para sus hijos. Hice hasta quinto grado en el Colegio Guillermo Quintero Luzardo. De allí salimos a raíz de una visita de inspección del doctor Romer Arapé Garcia, mi madre había trabajado con él en Trujillo y al verla allí, con hijos ya grandes, le ofreció trasladarla para Maracaibo. El inspector llega un viernes en la tarde, mi madre está en la sala de emergencias de espaldas, sutura un tajo bárbaro en el talón de un campesino, el doctor la deja terminar, ella se asusta un poco, pues no debiera hacer esas tareas, él la elogia y llena de estímulo. Cuántas veces la vi ocuparse de situaciones que llamaríamos límites, calmando a los heridos, taponando una hemorragia, parteando madres casi a las puertas del dispensario, saliendo al monte cercano a ocuparse de un moribundo, herido en una riña. En 1965 fue designada la enfermera del año en el estado, asistió engalanada al homenaje en el hotel del Lago, las estadísticas de maláricos y demás, que enviaba puntualmente con sus muestras a Maracaibo, le valieron en esa oportunidad aquel premio. Es solo un resumen de su fecunda y dura vida al servicio público, a apaciguar el dolor ajeno. En el ínterin levantó siete muchachos, les dio un proyecto de vida y educación profesional, aliada con nuestra Universidad del Zulia, donde siguen graduándose sus nietos. Ahí les dejo a Rosa María Torres en una foto de octubre de este año. Ella es un trozo de la saga del petróleo, una de tantas, como esa de la madre de Emiliano Faría, doña Bárbara Castillo, un relato que la cultura del petróleo dejó para siempre como la mejor herencia de disciplina y responsabilidad en un país que en adelante deberá saldar deudas con los mejores.

Miguel Ángel Campos Torres
5 de diciembre de 2016

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