[Crónicas en tránsito]: ADHELY RIVERO. Por César Seco

AUTOR Agencia Literaria

Hace unas cuántas lunas que me amisté con Adhely Rivero, el poeta de Arismendi. Han caído muchas lluvias en su llano como sequías hemos visto en estos pueblos de sed y tuna. Se han enturbiado las aguas claras y ardientes que liaban y libaban el fraterno abrazo de los poetas, o resolvían en y con la palabra las diferencias que han existido siempre, no en la amargura del odio y la premeditada distancia como hoy por razones políticas, mas que artísticas o ideológicas. Lunas, lluvias, sequías y un solo sol no ha permitido que eso que duele y lastima, no suceda entre mi amigo Adhely Rivero y yo.

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En otro aparte de estas crónicas he contado cómo y cuándo lo conocí junto a los poetas de Valencia, Reynaldo Pérez Só , Luis Alberto Angulo, Carlos Ochoa y Carlos Osorio. No lo voy a reiterar, pero sí, quiero recordar momentos, para mi aun presentes, de nuestra amistad que, pasado el tiempo, en su fugacidad borrosa, me permiten verlo llegar, aunque no este, con su sonrisa siempre auspiciosa y ese su caminar de guapo, de hombre de monte, que a su lado nos hace sentir a buen resguardo. Digo. Cuando puso en mis manos sus primeros libros, delgaditos en páginas y en la hechura de los poemas, pero substanciosos en la precisión de las imágenes: Digo: 15 poemas y En sol de sed. Después fue oportuno y celebramos en Coro el que nos hiciera llegar a los jóvenes: Los poemas de Arismendi y Tierras de Gadín . Se había volcado con mayor hondura a la tierra. Su poesía no cambiaba de cabalgadura, pero sí de paso; más seguro, se detenía a escuchar el temblor del suelo y a interrogar la celeste mudez del cielo. Le vimos en bienales y ferias de libro, compartimos lectura y siempre grato fue ocupar asiento a su lado en silla o taburete en alguna barra de bar en la noche de una ciudad o pueblo del país. Nos animaba por igual su cortante humor llanero, sus chanzas a otros poetas, como sus agudos comentarios cualquiera fuera el tema puesto en la mesa, eso si, siempre con pocas palabras. Nuestro amigo obtenía merecidamente premios, estaba siendo reconocido, y no dejaba de ser el humilde editor, el profesor que prefería, antes que una cátedra, laborar como asistente en el Departamento de Literatura de la Universidad de Carabobo. Si por un tiempo se aparto de las veleidades culturales del momento fue para cumplirle a su verdadera vocación, la de ser poeta y seguir escribiendo. Los poemas del viejo (2000) además de ser un tributo a su padre, plantes un desdoblamiento de ser y parecer que el poeta conquista para libros posteriores: La vida entera (2005) y Compañera (2012). Todos estos años hemos mantenido comunicación. En un tiempo que no es tan fácil viajar por los costos, la lejanía más bien se nos ha vuelto cercanía debido a la escritura, más la suya que la mía. No hace mucho me lo encontré en Valencia, en la FILUC, coincidimos en el homenaje a Rojas Guardia, y de nuevo su saludo y abrazo vino acompañado de un libro suyo: Poemas Queridos/ Poesie Care, una selecta edición bilingüe castellano-italiano de sus poemas. De camino al apartamento donde me dieron posada abrí el libro y vino a mis ojos este poema:

A veces nos sorprende una
nube dobladita
bajo la puerta.

El poema se titula CARTAS. Me volví a decir algo que desde que le conozco en su poesía me he dicho: vamos a oír a una mirada.

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Ha tenido siempre presente el cuidar que los desbordes imaginarios no excedan los bordes reales de su poesía. No afirmo con esto que lo realista prevalezca sobre lo imaginario. Digo que hay precisión y equilibrio. Si bien, su decir, aborda de manera limpia, transparente, sin rebuscamientos metafóricos, el entorno que es consustancial a su existir, el llano barinés; la factura y desenlace de sus poemas dejan claro que sentir y pensar no disocian en la hechura de estos, que trascienden lo intuido y lo percibido, instalándose en el “otro lugar” de la expresión poética, preeminente y esencial no se separa de lo objetivo; es decir paisaje y reflexión humana son una mirada en un decir, una sola existencia: tierra y hombre:

Toda la tierra tiene amo
Alambre
en la cintura
por donde rompe el viento.

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La mirada va al horizonte en la llanura, no sin detenerse a contemplar lo abierto; así la voz que pronuncia lo que acontece: el hacer del hombre y el suceder de la naturaleza. Hay instantes en que accede al corazón de las cosas desnudándolas, sin agregar nada innecesario, tan solo lo que les hace lugar en el espacio y lo que le hace dialogar con el Absoluto:

Este árbol
ha permanecido
en el mismo lugar
Yo he cambiado mi residencia
mi espacio
lejos de los árboles
que en la infancia
daban sombra
Dios expone demasiado a sus criaturas.

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Dios no es una imagen casual para resolver un poema; es la mas pura certeza que guarda el poeta entre afirmaciones y dudas terrenales. Su presencia es insistente y consistente, en todo caso, el poeta lo aborda desde una aptitud creyente, no religiosa. Su fe es la de un laico, de hombre de campo que no lo deslumbra ni tienta “el mundo”. Sí, por ello para relacionarse con Dios, elige la oración antes que la alabanza: “Señor, intento amanecer/ lejos de casa, lejos del sueño apacible del aire/ de la habitación…Señor, hazme invisible la alegría/ y el trasnocho/ que no pierda la apariencia”. Pero, por igual, en esta intimación, hablarle como un amigo al que se le dirige la palabra con respeto, preguntarle si nos iguala ante él nuestra fragilidad siempre expuesta pese a toda heroicidad y su silencio que no dado a nuestros ojos le vemos en nosotros mismos: “Dios es tan ínfimo/ en la soledad de un hombre/ que silba con la boca seca”.

*
Hay lugar para el amor, lugar para decirlo con la seguridad que se puede hacerlo con despojamiento, con desprendimiento ya. Tanto así que lo que pueda agregar aquí resultaría superficial. Leamos:

Eres la mujer más bella
y completa
que he tenido en mi vida
Ahora vivo solo
De una orilla a la otra, el agua
del mar es salobre.
A Dios le quedan días
para los dos en la eternidad
A nosotros nos atajara la casa
ese lugar del amor en la tierra.

No tengo por qué dudar que esa casa se llame poesía y siempre tenga el rostro de la compañera que se nos dio en el viejo paraíso, como sospechó el viejo Rojas. ¡Salud Adhely!

César Seco

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