Crónicas del Olvido: “LOS POLLITOS DICEN PÍO, PÍO, PIO” (Donde a golpes de corazón ligamos por la paz, contra el miedo y el fanatismo). Por Alberto Hernández.- 

AUTOR Agencia Literaria

“LOS POLLITOS DICEN PÍO, PÍO, PIO” (Donde a golpes de corazón ligamos por la paz, contra el miedo y el fanatismo).

Por Alberto Hernández.- 

1.-
La gallina camina cerca de la vieja cocina de la abuela. Detrás de su sabio cloquear, una hilera de pollitos de todos los colores: negros, pintados, jabaos, amarillos y hasta uno azul porque le cayó de la batea un teñidor de tela. Entonces, la marcha de pollitos era un verdadero espectáculo mientras el país, muchísimo más allá del tiznado río del pueblo, se debatía entre guerrilla y democracia. De ahí, de esa distancia y de la hilera de pequeños emplumados nos viene esa manera de someternos al país, como si el mundo no formara parte de nuestras angustias, aunque a decir verdad, contradicción al fin, somos el mundo en medio de una proliferación de voces, colores y pasiones, como las de los pollitos detrás de la gallina. Menos mal que no andaban detrás del gallo, porque entonces hubiesen resultado busca pleitos y astracanes.
En el mismo patio de la abuela, un araguato que se colgaba del taparo con la alegría de los humanos que no han bajado de los árboles. A diario, como quien no quiere la cosa, un tío feliz que era hemofílico como casi todos los varones de la familia, nos hacía pedirle la bendición al padrino mono, colorado como el sol de los venados. También contábamos con la compañía de unos chigüires, váquiros, terecayas, osos hormigueros, morrocoyes, pavos orondos y pedantes, perros que dormían a nuestros pies en la más bella demostración de fidelidad (recuerdo al perro Chuto, a quien mi tío Nicolás Hurtado le daba tragos de aguardiente para hacerlo bailar y cantar joropo con la misma voz del Carrao de Palmarito). Nos movíamos entre un zoológico que mi abuela Gregoria inventó para nosotros. Nos tropezábamos con los acures, con un zorro amaestrado que sabía contar con su cola de palmera. Pero el verdadero espectáculo seguían siendo la gallina culeca y los pollitos de diversos colores. Pasaban por el medio de las reuniones de las visitas y mi abuela los espantaba con orgullo, pero la gente le pedía que los dejara quietos, porque en verdad hacían felices a todos, como en un cuento de García Márquez o en una novela histórica donde las cosas más irrelevantes provocan la pérdida de la guerra. No sabíamos que existía el realismo mágico, aunque siempre imaginamos que algo así era posible, con pava y todo.
Ya en la escuela, a una maestra pendeja se le ocurrió cantarnos la cancioncita que nuestra madre entonaba en la casa: “Los pollitos dicen pío, pío, pío,/ cuando tiene hambre, cuando tienen frío…”. Adultos, cuando todos los animales de la abuela pasaron a formar parte del álbum familiar, mi hermano Hernán, Perico y yo creamos una ópera con la misma letra de la canción infantil…y miren, se convirtió en un clásico de carretera para espantar el sueño de quien manejaba.

2.-
A veces me entra tristeza por esa gallina y sus pollitos. Me pregunto de la manera más tonta qué habrá sido de ellos. ¿Dónde estarán sus huesitos, dónde sus pío, pío? y me recrimino la pendejura, pero así son las cosas de aquel país que se nos quedó colgado de un árbol, con la mirada redonda y expresiva de nuestro padrino el araguato a quien le pedíamos la bendición. ¿Qué será de la vida de ese pariente tan buena nota?
Usted que me lee, cómplice de esta columna, dirá que me volví loco (cosa cierta desde tiempos remotos) o que la nostalgia se ha instalado cómodamente, como los pollitos alrededor de la gallina. Está bien, lo admito, hoy amanecí pendejo y como no puedo o no quiero hablar de política, escribo sobre estos asuntos tan tontos, tan de poca importancia. Y así me siento tranquilo, liviano, alegre por lo que va a pasar mañana. Haremos colas vestidos de todos los colores, como los pollitos, y la gallina será la señora a quien defender, instalada en la conciencia de este país desde hace muchas décadas. Que no venga ningún padrote con un mandador a decirnos lo que tenemos que hacer. Nuestro zoológico siempre fue libre, sabroso para vivirlo. Mañana desde el amanecer cantaremos “los pollitos dicen pío, pío, pío…” en las colas para votar, porque todos, sin excepción, vamos a sufragar por nuestro futuro, por un país donde quepan todos los pollitos y todos los animales de la casa, incluyéndonos, para que podamos ser los animales más tranquilos del patio. Ojalá nos pudiera ver el tío araguato montado en su taparo y mi tío Domingo Montoya resucite para que nos baje unos mangos y nos sentemos a reír bajo la sombra del patio.

3.-
Los que me lean hoy, repito, hilvanarán las miles de conjeturas: “A este tipo le dio algo. ¿Qué se fumó, qué comió, con quién anda?”. Nada, que el CNE me tiene amarrado y hay que ¿acatar? Está bien, así debe funcionar la cosa, con pollitos y todo. Después del domingo, sin contar los pollos, pero con un sancocho de gallina, que no la de los pollitos porque se quedan huérfanos, celebraremos el país, la democracia, la disidencia y lo que vendrá, porque estamos seguros de que habremos de cambiar, entre los saludos que nos merecemos, como un país civilizado y podamos correr por nuestro zoológico.
¡Qué inocentes a veces somos los animales!

(13-08-2004)

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