POBLACIÓN ÍNDIGENA PREHISPÁNICA EN LA CUENCA DEL LAGO DE MARACAIBO. Por Luis Guillermo Hernández

AUTOR Agencia Literaria

Pueblos milenarios

Las huellas primigenias del hombre americano han sido buscadas con gran interés, casi desde el mismo momento del llamado Encuentro de dos Culturas, anteriormente denominado por la historia europeizante como Descubrimiento de América. Diversas teorías se han elaborado sobre su origen, a veces contrapuestas, aceptándose en general que ese ser humano debió venir muy posiblemente de Asia, quizás por lo que era entonces el istmo de Behring, para ir bajando y poblar todo el territorio americano, en un proceso lento y continuo de miles de años, probablemente entre 25.000 o más años.

A Venezuela debieron llegar apenas hace 8.000 a 15.000 años, por tres vías principales: el Este, el Sur y las Antillas, ocupando el territorio en oleadas sucesivas, poseyendo diferentes lenguas y creencias religiosas, además de   distintos niveles culturales. Algunos eran meros recolectores y cazadores; otros apenas elementalmente pescadores; varios comenzaban ya a tener una agricultura en diversos grados de evolución; y un último grupo eran los navegantes, guerreros y agresivos, como los caribes.

La historia escrita de la hoy región zuliana comienza con ese Encuentro de Dos Culturas, efectuado en el Lago de Maracaibo, como se irá narrando en esta investigación, ya que los habitantes prehispánicos eran ágrafos, es decir que no utilizaban la escritura. De ellos, como huellas históricas, han quedado solamente: la tradición transmitida oralmente, casi siempre a través del relato mítico; los restos arqueológicos, que están permitiendo deducir gran parte de esa historia ignorada; la lingüística de esas etnias, cuyo detallado estudio ha logrado conocer más científicamente el origen de los aborígenes y de sus grandes naciones, en este caso, de la cuenca del Lago de Maracaibo; y desde luego, los testimonios escritos de los cronistas europeos, los cuales sin haber logrado sustituir a la memoria colectiva de los pueblos, fueron asumidos de manera preponderante por los estados nacionales del siglo XIX, excluyendo así, una vez más, a los grupos locales de la posibilidad de saber su historia fuera de la mediación de los sacerdotes de turno, como bien lo ha expresado Emanuele Amodio, quien ha considerado, que hay que re-descubrirse también en el ámbito de la historia y no solamente saberse en el mundo del mito.

Hasta hace pocos años y la mayoría de los libros de textos todavía lo recogen así, sembrando una gran confusión en el estudiantado y en el público en general, por lo cual no debía permitirse su circulación, se ha sostenido la existencia de dos grandes troncos familiares indígenas en la región del Lago de Maracaibo: los aruacos y los caribes, sin embargo, desde la segunda mitad del siglo XX, el estudioso de las lenguas indo-americanas, el etnólogo francés Paúl Rivet y el misionero Cesáreo de Armellada, ya habían podido comprobar la presencia de otra tercera familia de indígenas prehispánicos, los chibchas, confundida durante cerca de cuatro siglos y medio, con los caribes, bajo la denominación común de motilones, por la forma común de cortarse el pelo como los frailes. Esa comprobación fue publicada por sus autores, con el título: Les indiens motilons, en  Journal de la Societé des  Americanistes de París en el año 1950, lograda a través del estudio comparativo de un vocabulario motilón (barí), recogido por el misionero capuchino Francisco de Catarroja en 1738, titulado Vocabulario de algunas vozes de la lengua de los indios motilones, que avitan en los montes de las provincias de Santa Marta y Maracaybo, con su explicación en nuestro idioma castellano, manuscrito que había pertenecido al escritor Arístides Rojas y que actualmente reposa en la Academia Nacional de la Historia de Caracas, con un catecismo en lengua yukpa, escrito entre 1755 y 1777, por algún misionero capuchino cuya identidad se ignora y recogido por otro misionero de la Misión de Maracaybo, fray Francisco Javier de Alfaro en 1788, a la vez que recopilaba y traducía un vocabulario de la lengua motilona (barí), titulados en forma respectiva: Catecismo en lengua india para instrucción de los indios coyamos, sabriles, chaques y aratomos, el primero y Voces castellanas de la lista número 2, traducidas en lengua motilona, el segundo, localizados sus manuscritos en la Biblioteca del Palacio Real de Madrid.  Más tarde,  en 1960, el antropólogo de origen alemán Johannes Wilbert propondría la denominación de barí, para los descendientes de la familia chibcha, la cual desde entonces se ha utilizado.

La región del Lago de Maracaibo sería poblada en oleadas sucesivas de grupos humanos, siendo los más antiguos, los cazadores-recolectores, entre 6.000 y 10.000 años A.C., quienes serían seguidos más tarde, por los grupos sedentarios, quizás 4.000 años A.C. Su distribución social y poblacional, en la cuenca lacustre, debió partir de las mínimas condiciones geográficas, sobre todo climáticas, de cada zona del lago, para lograr la supervivencia humana. Así, Emanuele Amodio, de la Universidad Central de Venezuela, ha propuesto el estudio de esos pobladores prehispánicos, dividiendo la cuenca lacustre en cinco sub-sistemas étnicos, lo cual pareciese muy adecuado para su estudio, desde el punto de vista histórico y geográfico. El primer sub-sistema étnico estaría constituido por los pobladores del Golfo, de la Barra y de sitios circunvecinos, como los grupos indígenas: aliles, toas, zaparas, sinamaicas y arubaes, ya citados en las primeras narraciones coloniales, como onotos y alcojolados. El segundo sub-sistema étnico se iba a  corresponder con la Guajira, es decir, con los grupos indígenas wayúu y cocinas. El tercer sub-sistema étnico estaría constituido por Perijá y la costa occidental del lago, con los grupos indígenas buredes, chaques, guanaos (coanaos), macoas y mapes, generalmente conocidos como motilones o coronados. El cuarto sistema étnico correspondería al sur del lago y a su costa oriental, también denominados coronados, con los grupos indígenas pemenos, bubures, quiriquires y parautes. El quinto sistema étnico correspondería a la costa oriental del lago, en su centro y parte norte, el cual comprendería el grupo indígena de los caquetíos.

A través de la trayectoria histórica, sobre todo de los cronistas españoles, con su carga ideológica y religiosa, esos nombres fueron cambiando, por distintas causales, en las cuales influiría frecuentemente la situación geográfica de los grupos indígenas, la mayoría de las veces sin dar preferencia a su origen étnico, por lo cual sería necesario y perentorio, ir recuperando los testimonios antropológicos y arqueológicos para poder enfrentarlos a los historiográficos, en la búsqueda del mejor y real conocimiento científico.

Las primeras descripciones indígenas de los pueblos palafíticos de la cuenca lacustre, serían ofrecidas por Américo Vespucio, a raíz del 24 de agosto de 1499, momento del Encuentro de las Dos Culturas en el Lago de Maracaibo, al referirse a los pueblos palafíticos de la barra de Maracaibo, en su primera carta de 1500. Sería el cronista de Indias, Gonzalo Fernández de Oviedo, al narrar la primera entrada a la cuenca lacustre de Ambrosio Alfínger en 1529, en su obra Historia General y Natural de las Indias, publicada en 1535, quien se referiría a los indios onotos, de la zona del actual río Limón, por la costumbre de pintarse con ese producto vegetal rojizo, proveniente de las semillas de la planta bijao u onoto. Varias de esas parcialidades indígenas que habitaban las regiones lacustres  y su comarca, sobre todo las que vivían en tierra, serían citadas por Esteban Martín en 1534, en su Declaración de una lengua, al describir la segunda entrada de Ambrosio Alfínger y su recorrido por la cuenca del lago durante casi dos años, la cual le costaría la vida. Más tarde, el gobernador Juan Pérez de Tolosa, en su relación de 1546, ya exponía el comercio de los indios onotos del norte con los bubures del sur de la laguna, intercambiando el pescado por el maíz, en un trueque habitual. Rodrigo de Argüelles y Gaspar de Párraga, en su importante relación de 1579, sin citar nombres de grupos indígenas, aludirían a su gran exterminio por los welser; se referirían a los indios que vivían en las viviendas palafíticas sobre el agua, quienes utilizaban cuatro lenguas diferentes como forma de expresión, aunque en parte se entendían unos con otros; y también comentarían que, los indios que vivían en tierra, en una comarca de veinte leguas, utilizaban siete lenguas diferentes de expresión y no se entendían unos con otros, a no ser con intérpretes. No podía faltar el cronista en verso, Juan de Castellanos, quien en su Elegías de varones ilustres de Indias, había cantado: Caquetíos, guanaos y coyones, / aratomos, cocinas y timotos, / girahara de bravas condiciones, / los cuicas, guahiguas, los itotos, / todas extendidísimas naciones, / y otras algunas más, que Dios mediante, / habremos de decir más adelante /.

Gracias a los estudios antropológicos, arqueológicos e historiográficos, a continuación se tratará de describir, en muy forma breve, la gran familia o nación de procedencia de las diversas parcialidades indígenas de la cuenca del Lago, para detenernos en su correspondencia con las cuatro etnias que han  sobrevivido en la actualidad: añú, wayúu, yukpa y barí, las dos primeras de origen aruaco, la tercera caribe y la última chibcha.

 

Aruacos

Los indígenas que vivían en la cuenca lacustre y cuyo origen pertenecía a la nación aruaca, arwaca, arawah, arahuaca o arawaka, como variadamente ha sido denominada esa gran familia indígena, habían desplazado a los pueblos primigenios que habitaban la zona y que tenían un nivel socio-cultural muy primitivo, de los cuales no conocemos absolutamente nada, porque emigraron a otras regiones de América o fueron asimilados por los aruacos invasores, perdiendo su identidad racial y lingüística.

Los aruacos eran uno de los grupos étnicos más importantes del sur del continente americano y de las islas antillanas y sus descendientes serían los primeros indígenas con quienes hicieron contacto los españoles, en aquel Encuentro de Dos Culturas, en el Lago de Maracaibo, el 24 de agosto de 1499.  Varias de las etnias correspondientes a los aruacos estaban establecidas en pueblos de agua, con sus palafitos como viviendas y dedicados a la pesca, en el Golfo de Venezuela, en las islas de la Barra y en la periferia del Lago. Se hicieron presentes en el actual territorio venezolano, aproximadamente 1.500 años antes de la llegada de los europeos, es decir hacia el inicio de la era cristiana. Tenían estatura mediana, cara redonda, pelo liso y cuerpo bastante musculoso. Actualmente son conocidos como los añú o paraujanos, significado de “gente de la costa del mar”, sin embargo a la llegada del europeo y durante gran parte del período colonial fueron denominados con muy diversos nombres. Así, en las primeras citas de pueblos indígenas, en el tiempo de la primera entrada de Ambrosio Alfínger a la región lacustre en 1529, aparecerían los onotos, en la región del actual río Limón, denominación genérica surgida de su costumbre de pintarse con ese polvo vegetal. Más tarde, se les citaría como alcojolados, por usar una pintura o tintura derivada del alcohol, para teñirse la cara y sobre todo, desde los ojos hasta las orejas, de color negro, que algún cronista quiso atribuirle a un trofeo de guerra.

Sin embargo, muy pronto, esos grupos indígenas de los aruacos, empezaron a ser nombrados por las crónicas e informes, con denominaciones que parecen, en general, provenir de las zonas geográficas donde vivían. Así, los zaparas y toas, habitantes de esas dos islas de la barra; los sinamaicas, de la laguna del mismo nombre; los aliles, que fueron confundidos con los anteriores, porque vivían en la misma corriente fluvial, actualmente el río Limón, pero más profundamente; los arubaes, habitantes de la vecina isla de Aruba y de zonas del golfo; los caquetíos, mejor conocidos, por ser una poderosa etnia desde los tiempos de Juan de Ampíes y habitar la región falconiana y las zonas vecinas de la región oriental de la cuenca lacustre, casi exterminados en los gobiernos de los welser y cuyos sobrevivientes emigraron a otras regiones, para evitar el genocidio total. Se ha sugerido, sobre todo por el estudioso Alfredo Jahn, que esas etnias coloniales del golfo y de las islas de la barra, serían un único grupo étnico, con una lengua común, que debía ser el añú o paraujano actual, desde luego con algunas diferencias dialectales, que le permitieron a las lenguas, intérpretes de la época, poderse entender con ellos, como lo ya señalaban los alcaldes Rodrigo de Argüelles y Gaspar de Párraga en 1579 y también, aliarse muy estratégicamente en 1606-1607, para la gran resistencia indígena, bajo el mando unificado del Cacique Nigale.

La actual familia añú o paraujana es sobreviviente de los aruacos de la época colonial en el norte de la Laguna, cuyo elemento más característico ha sido la vivienda o palafito, construida sobre el agua, utilizando la madera de mangle y siendo sostenido por estacas incrustadas en el lago, con techos y paredes de enea, que se comunican entre sí por pasarelas de madera como puentes, siendo a su vez interconectadas por canoas. Su alimentación estaba centralizada en el pescado, por ser habitualmente pescadores, acompañado por plátanos y por algunas otras legumbres. Trabajaban el mangle y la enea, con ésta última construyendo cestos, esteras, sombreros y otras creaciones de artesanía en general. En la actualidad, han perdido gran parte de su identidad cultural de nación prehispánica y sobre todo, el idioma, perteneciente al grupo lingüístico aruaco o arawah, no sólo por vergüenza étnica, sino también por el intenso mestizase con los criollos y con los guajiros, habiéndose adaptado a sus costumbres, por lo cual solamente se han censado 17.500 personas como  añú, que viven básicamente en los pueblos de la Laguna de Sinamaica, como El Barro, Boca de Caño y Sinamaica; o en el propio Lago de Maracaibo, en el Barrio Nazaret de San Rafael de El Moján y en Santa Rosa de Agua, de Maracaibo. Entre ellos es muy frecuente el cultivo de la poesía popular, que expresan en las décimas, donde han transmitido sus inquietudes y sus problemas diarios de carácter vital.

Además, existía en la región del lago otros grupos indígenas aruacos de gran importancia, diferenciados de los antes nombrados, era la familia wayúu o guajira, con lenguas semejantes, que parecen provenir de un tronco común y originario, que habían sufrido separaciones milenarias, además de no ser pescadores, vivir en tierra, dedicarse a ser cazadores-recolectores, teniendo una agricultura incipiente y ser criadores de animales europeos introducidos en sus predios. Estaban establecidos en la península de la Guajira, resistente al extranjero invasor y cuyo nombre significaría “nosotros mismos”, con un sub-grupo llamado cocinas, a quienes se les ha atribuido haber sido marginales de los wayúu, por ejercerse como pescadores y haber sido citado en varias ocasiones, como  ladrones y vivientes del pillaje. Los wayúu o guajiros, sobrevivientes de la época colonial,  son el grupo indígena más numeroso del país, actualmente viviendo en la península de la Guajira, en la zona nor-occidental de Venezuela y nor-oriental de Colombia, además de su dispersión en algunas ciudades del país, principalmente en Maracaibo, calculándose su población en 175.000 habitantes, quienes mantuvieron su identidad racial, por su constante resistencia aborigen y así, lograron evitar la asimilación por los criollos, mientras pasaban de nómadas a pastores y ganaderos. Socialmente están constituidos por clanes matrilineales, asociados a un animal del cual creen descender, como los Urianas del tigre; los Pushainas del báquiro; los Epinayúes del venado; los Epieyúes del buitre; los Ipuana del halcón; los Arpushianas del zamuro; los Jusayúes de la culebra cascabel; los Sapuanas del alcarabán; los Jayayiús del perro y los Hualiyús de la perdiz, entre otros. Su vivienda o bohío está construida con varillas de Yotojoro, corazón seco del cardón, con dormitorio, enramada y cocina, además de los corrales para las ovejas y cabras. En cuanto al vestido, el hombre ya casi no usa el guayuco sino la ropa occidental, sin embargo las mujeres lucen sus mantas, de origen español, asimiladas muy pronto durante la conquista, de diversos colores, acompañadas de collares y brazaletes, con sandalias de borla de lana o algodón y con pinturas en el rostro, para poder protegerse del sol. Al llegar a la adolescencia, la joven wayúu debe sufrir un encierro denominado blanqueo, para prepararse para la vida social y matrimonial, es decir para ser una majayura, que puede ya casarse. Entre sus bailes típicos existen: la Yonna y el Baile de la Cabrita, generalmente acompañados de fiestas, con chirrinche o licor. Para efectuarse el matrimonio, el novio deberá cancelar una dote, en ganado, collares o dinero. Los wayúu tienen su propia ley guajira, donde se debe pagar cualquier daño o derramamiento de sangre, y de no cumplirse, puede  llegarse a la violencia y hasta la guerra entre los clanes. Otras muchas costumbres y ceremonias confluyen en la vida del wayúu, imposibles de señalar en esta breve alusión, sin embargo no puede dejarse de señalar sus ceremonias fúnebres,  con su velorio y entierro, en tres ocasiones a través del tiempo, ya que según sus creencias, los muertos van a Jepira, la tierra de los indios muertos, situada en la península de la Guajira colombiana, donde se transforman en Yoluja o espíritus de los muertos, que pueden comunicarse con los vivos, sobre todo a través de los sueños, además de poderse transformar en juyá, lluvia o en wanulu, espíritu portador de enfermedades y muertes, para poder regresar a la tierra. Por último, no podemos dejar de señalar la gran importancia de su idioma, el wayuunaiki, el cual actualmente ha dejado de ser una lengua ágrafa, para convertirse en un idioma que puede escribirse, gracias a la creación de gramáticas y diccionarios, sobre todo por Miguel Ángel Jusayú, recopilándose  cuentos, leyendas y mitos, además de escribirse otros tipos de obras de su investigación y aún creación, como novelas y poesía.

 

Caribes

Constituyeron la última invasión aborigen a la región lacustre, antes de la llegada del europeo, alrededor de 1.000 años antes de ellos y en oleadas sucesivas, penetraron al territorio lacustre desde el mar, bien desde el Caribe o desde el Atlántico, a donde llegaron siguiendo la vía de los grandes ríos, porque eran grandes navegantes, además de feroces y rápidos guerreros, quienes con su grito de guerra, muy altivo y pedante: Ana karine rote, amucon paparoro itoto manto (Solo los caribes  son hombres, todos los demás son sus esclavos), cayeron sobre el resto de los aborígenes primitivos que habían sobrevivido y así mismo sobre los aruacos, en terribles guasábaras, llegando a dominar el lago en su casi totalidad, ya que los aruacos que les ofrecieron mayor resistencia fueron los wayúu y fueron desplazados a la inhóspita península de la Guajira, por la presión guerrera de los belicosos caribes, sobreviviendo también parcialmente algunas etnias como los zaparas, toas, sinamaicas y aliles, en el norte de la laguna. En esos diez siglos desde la llegada de los caribes hasta la venida de los europeos, se extinguieron familias aborígenes en la cuenca lacustre y también se daría el fenómeno de la transculturización, originándose etnias de  ascendencia caribe, sobre todo en el sur del lago, en sus áreas occidentales y sur-orientales.

Es decir, que tras el dominio  de los aruacos durante varios siglos, se iba a producir un reasentamiento y serían desplazados de sus tierras por los caribes y quizás la resistencia que opusieron y que les permitiría conservar una porción de ellas, sería el apoyo de los caquetíos, poderosa etnia aruaca establecida en el norte del actual estado Falcón, sin embargo, las mejores tierras, las llanuras cubiertas de bosques, las sabanas regadas por ríos, los caminos fluviales y el pie del monte andino, las perdieron y quedaron en manos de los caribes, amos y señores del lago básicamente en su totalidad.

Esos habitantes prehispánicos no conocían las herramientas de hierro ni de bronce, para poder aprovechar los troncos de las selvas y su agricultura era muy primitiva, sembrando después de haber quemado fragmentos de terreno, por lo cual dieron la espalda a la tierra y se vincularon al agua lacustre o fluvial, que les daba pescado, sal e independencia, además de protegerlos de las bestias y mosquitos, por lo cual construyeron sus viviendas sobre el lago, los conocidos palafitos. Desde luego, se dedicaron a comercializar el pescado, que obtenían en gran cantidad por el uso del barbasco y lo  intercambiaban por sal, a veces por maíz y yuca, y más tardíamente por el cacao. En esa visión comercial iban a participar en grado sumo, los indígenas de la cordillera, de un grado de cultura superior, sobre todo los timotes, que venían por los ríos y traían maíz, algodón, cacao y hasta miel, naciendo así, el comercio lacustre y fluvial con la cordillera, a lo cual cooperaban los indígenas del norte de la laguna, que proveían de sal. Más tarde, el trueque comercial iría evolucionando y se intercambiarían utensilios de cerámica, tejidos de algodón, tabaco y adornos de oro, entre otros objetos, sin embargo sólo los aborígenes andinos tenían una organización planificada, lo cual no lograrían los indígenas lacustres, quienes además, no poseían conciencia de la necesidad de la unión y vivían dispersos en grupúsculos, sin ninguna visión de la geografía y de la economía, presente en los llamados conquistadores, que a pesar de venir de una nación que se estaba constituyendo apenas, después de la reconquista armada contra los árabes y de la lejanía de la familia, poseían cierto espíritu de disciplina, un mando único real y la unidad de acción, religión e idioma. Traían caballos y carretas, sabían de geografía, historia, política y comercio, tenían herramientas de hierro, además de experiencia en administración y gobierno, por lo cual muy pronto, usando la fuerza de esa superioridad de conocimiento, a pesar de la inferioridad numérica, iban a poder imponerse en la lucha de justiciera resistencia de los aborígenes y sus caciques, como ha sucedido no sólo en la conquista colonial americana sino constantemente en toda la historia de la humanidad, por que el hombre desde el génesis de su trayectoria vital, siempre ha querido apoderarse de lo ajeno, a través de la fuerza bruta.

Los aborígenes descendientes de la gran familia caribe, muy calumniados históricamente, por haber sido considerados como antropófagos, lo cual al parecer, según opiniones de algunos estudiosos como Julio César Salas, entre otros, no es cierto totalmente, ya que si fueron caníbales en algunas ocasiones, no lo hicieron para procurarse el sustento diario, sino en sus ceremonias religiosas y sobre todo, en las celebraciones guerreras, como otros muchos pueblos del mundo, para absorber las energías de los potentes enemigos, sin embargo si eran muy crueles con sus enemigos, esclavizando a las mujeres y a los niños y sacrificando a los varones vencidos. De elevada estatura, delgados, de tez clara y pelo liso, el cual se dejaban crecer hacia atrás, con sus costumbres guerreras, eran considerados inteligentes, valientes, audaces y poseían ciertos conocimientos marinos. Trashumantes al principio, de recolectores evolucionaron a cultivadores, convirtiéndose en pueblos agrícolas donde las condiciones del terreno se los permitían, cultivando el algodón, que les permitiría efectuar cierta industrial textil.

Entre los numerosos grupos indígenas de origen caribe, genéricamente conocidos como coronados o motilones, por traer el pelo rapado como los frailes, se han citado varios de ellos como habitantes de la costa occidental del lago y de las sabanas altas de la Sierra de Perijá, tales como: buredes, coanoas o guanaos,  macuaes, chaques, aratomos y coyamos, entre otros, que son los antecesores de los actuales yukpa de Perijá, además de los sabriles, actualmente denominados japrerias o yankshit, que han sido considerados un grupo indígena de ascendencia yukpa, separado del tronco materno durante mucho tiempo, de ahí sus diferencias dialectales.  

También eran caribes, los bubures, pobladores de la tierra de Xuruara y Puruara, grandes caminantes, de allí su denominación proveniente de la palabra “pie”, quienes eran agricultores, cosechando el maíz, yuca y otros productos, que comerciaban con los grupos indígenas del norte de la laguna; los pemenos, sus vecinos, quienes residían entre la región de Xuruara y el río Escalante, siendo comerciantes de la sal, que negociaban con los güerigüeris, con los aborígenes de Perijá y del piedemonte andino; los quiriquires, kirikiries o güerigüeris, de la costa occidental del lago, cuyo nombre caribe significaba “los hombres”, fueron intensos adalides de la resistencia indígena durante muchas décadas, grandes comerciantes, sobre todo de la sal, con los grupos aruacos de la barra, con los caquetíos, los bubures, los jirajaras y los achaguas; y por último, los parautes, residentes de la región de Moporo, donde se descargaban los frutos de Carora y de El Tocuyo, en tiempo de la colonia.

De todas esas etnias caribes, solo sobrevivieron los yukpa y los japrerias  o yankshit, éstos últimos señalados como un subgrupo yukpa, separado del tronco materno por muy largo tiempo.

La familia yukpa o yucpa  es una etnia de filiación lingüística caribe, que habita parte de la Sierra de Perijá en Venezuela y Colombia, país donde han sido denominados yukko y en nuestro medio, han sido llamados chaques, motilones mansos,  y por otros nombres. A la llegada de los europeos ocupaban las tierras bajas del occidente de Maracaibo, de donde tuvieron que replegarse hacia la Sierra de Perijá, donde viven 3.500 individuos, organizados en ocho subgrupos, con ciertas diferencias lingüísticas. La base de su economía es el conuco, donde siembran maíz, ocumo, malanga, yuca, caraotas, quinchonchos, ñame y auyama, además del café, barbasco, algodón. Así mismo, se dedican a la pesca, la caza, la recolección y la ganadería. Sometidos a un proceso de aculturación progresiva, sobre todo en las partes bajas de la Sierra, vecinas de los misioneros y los criollos, donde se han abandonados las ollas de barro por las de metal y aun de plástico, además de otros cambios de la sociedad global. La poligamia ha sido sustituida por el matrimonio monogámico y la formación de la familia responsable. El cacique o jefe llamado iuatpu era escogido de común acuerdo y por características carismáticas, lo cual casi se ha sustituido por la influencia política, contra lo cual se está en un proceso de lucha constante. La vivienda, en general, sigue siendo el tradicional mene, de techo de palma entretejida, de hasta diez metros de largo y sin paredes, sin embargo los misioneros y el gobierno ha intentado implantar la vivienda rural. A pesar del proceso de cristianización misionera, en las aldeas alejadas siguen vivas las tradiciones de diversas divinidades míticas, como parte de su identidad cultural de pueblo indígena, como por ejemplo su creencia en un dios supremo e invisible que llaman Osenma, todo lo cual está en peligro de desaparición.

El educador Antonio Pérez Esclarín, en un texto muy poético pero doloroso en su contenido, ha pintado la existencia de esos aborígenes caribes: Cuando nace un yukpa, el padre lo baila en la noche, cargándolo en la espalda, cuidando que la luna siempre lo ilumine. Además, si es varón, tuano (el jefe) tuesta y pulveriza algunas avispas bien bravas, y con el polvo negro junta al recién nacido en la frente y debajo del labio inferior para que, cuando sea adulto, sea ágil y valiente para defender a su pueblo, como la avispa kassa. Días más tarde, cuando el cordón umbilical del recién nacido está bien seco, se arroja a una hoguera y luego se pasa al niño sobre las llamas de ésta. Sobre el barro americano, los dedos fríos de la luna, y el ardor de la avispa y de la llama, meciendo los primeros vagidos del niño yukpa. Después será la vida, como un pequeño río de soledades y fríos, anhelando las caricias del sol, la tibieza de las pipas, los latigazos ardientes de la chicha que planta en el espíritu relámpagos de entusiasmo y de valor. Entonces, se golpean sus cráneos con sus duros arcos de macanilla, y el calor de la sangre en el rostro es un doloroso bautismo guerrero. Y así, hasta que el puño de la muerte aplaste el último pedazo de vida, y otra vez los labios ardientes del fuego sequen el cadáver embojotado y amarrado sobre las ramas de un árbol. Durante todo un mes permanecerá el cadáver en su sepulcro aéreo y, cuando está suficientemente seco, un grupo de yukpa, ajenos a la familia, van a buscarlo. Cuando regresan con el cadáver a hombros, se desparrama por el rancherío un río de fiesta, cantos, bailes y chicha. El cadáver es bailado a hombros por los presentes una y otra vez, hasta que por fin, ebrios de chicha y de cansancio, lo depositan sin más ceremonias en una cueva, que hace de cementerio. Cuando muere un yukpa, su espíritu se va a “Chiriguanaya”, un monte muy alto y seco, el lugar donde viven los muertos. Hay tres caminos para llegar allí: el del gusano, el del sapo y el de las piedras. Los que agarran los dos primeros se pierden, y en su desolado extravío llaman a los vivos, en la voz del trueno. Algunas de esas tradiciones orales y narraciones míticas han sido publicadas por Javier Armato y por Raimundo Medina con algunos maestros de las comunidades yukpa de la Sierra de Perijá, entre otros. Los yankshit o japrerias, según la tradición oral de ese pueblo aborigen, está considerada como una parcialidad de la etnia yukpa, que antiguamente se denominaba arékajetonchá, muy belicosa y que se dedicaba al pillaje, por lo cual fue execrada de la etnia y debió retirarse a sitios muy inaccesibles, evolucionando en sus costumbres originales y quedando reducida a 121 personas, según censo realizado por José Lira Barboza, en marzo de 1992. Habitan en un área situada sobre el río Lajas, unos cinco kilómetros aguas arriba de la confluencia de éste con el río Palmar, en jurisdicción del municipio Rosario de Perijá. Su economía es, básicamente, de subsistencia, cultivando en su conuco: plátanos, maíz, yuca, caraotas, auyama y frijoles; además poseen algunas cabezas de ganado, para obtener leche, queso y otros derivados lácteos; y así mismo, viven de la caza y de la pesca. Utilizan la vivienda tradicional yukpa, el mene, construida con troncos de árboles, no poseen paredes y el techo es de hojas de palmas a dos aguas. Al parecer no practican ritos religiosos, sin embargo atribuyen cualidades mágicas a ciertas partes de los animales, que utilizan en sus collares. No existe ningún jefe con cualidades de mando, sin embargo se observa un cierto respeto constante entre los miembros del grupo.

 

Chibchas

A la llegada de los europeos a la Tierra Firme, esta familia aborigen de unos 80.000 habitantes, residía en la región occidental, ocupando parte de los Estados Zulia, Táchira, Trujillo y Mérida actuales, donde efectuaron una intensa resistencia indígena contra los llamados conquistadores durante décadas, por lo cual se le llamaría motilones bravos, para tratar de diferenciarlos de los designados motilones mansos, hoy conocidos como yukpa, que correspondían a la familia caribe, por la costumbre común de usar el pelo cortado o rapado, en forma de casquete alrededor de la cabeza, lo cual originaría un extenso proceso de confusión durante cuatro siglos y medio, aclarándose al final el problema, por el estudio de la lingüística de ambos grupos indígenas, ya a mediados del siglo XX, como se ha informado anteriormente.

Así mismo, durante el período colonial, se localizaban en los departamentos de Boyacá, Cundinamarca y Santander, en la altiplanicie del Nuevo Reino de Granada, la actual Colombia, presentando una notable cultura, la cual sería destruida  totalmente en pocas semanas, por tres ejércitos conquistadores en 1539, que iban tras la búsqueda del oro de El Dorado: el de Gonzalo Jiménez de Quesada, desde Santa Marta; el de Nicolás Federmán, desde la Provincia de Venezuela; y el de Sebastián de Belalcázar, desde el Ecuador.

En la región lacustre, adscritos al proceso de resistencia indígena, iban a  incursionar hasta Mérida, La Grita, San Cristóbal, San Faustino, Salazar de las Palmas, Cúcuta y Pamplona, entre otras poblaciones de las provincias de Maracaibo y Santa Marta, sembrando la zozobra entre sus pobladores, hasta que en 1772, el tesorero interino de Maracaibo José Sebastián Guillén lograría la pacificación, gracias a la labor del intérprete Sebastián Joseph, un barí apresado de niño, cinco años antes, quien había aprendido castellano y serviría de guía. Sometidos los indígenas a las misiones, en 1813 por la guerra de independencia volverían a la selva, al disolverse esas misiones. A partir de la explotación petrolera y del acoso de hacendados y ganaderos, debieron volver a la resistencia para defender las tierras de sus antepasados, hasta que en 1960, los capuchinos establecieron el primer contacto pacífico con esos aborígenes, quienes ante el avance de sus adversarios blancos, se habían ido  replegándose hacia la Sierra de Perijá, sobre la frontera montañosa que separa a Venezuela de Colombia, en torno a la Sierra de Motilones, donde habitan actualmente, muy reducidos en su número, aproximadamente 2.200 personas constituyen sus comunidades.

Al principio fueron conocidos con el nombre de dobokubí y definitivamente como barí, una auto-denominación que significa hombre, persona. Practican la tala y la quema, para hacer conucos, donde siembran la yuca dulce, los cambures y los plátanos, usando la caza y la pesca como actividades complementarias, sin embargo, aquellos que viven en comunidades organizadas al estilo occidental, se dedican a la ganadería y a la cría de aves y de cerdos. Su vivienda primitiva, el soaikai, el bohío o casa comunal de planta elíptica, con largos hasta de 30 metros, 10 a 11 de ancho y alturas de 12 a 15 metros, ha sido casi sustituida por la casa unifamiliar occidentalizada, de madera y techo de palma, y hasta de zinc y bloques. Han sufrido, desde los años 60 del siglo XX, un proceso de aculturación, sin embargo han mantenido una matriz imborrable de su identidad, de solidaridad comunitaria y de un fuerte vínculo con la naturaleza, sobre todo con las plantas y los animales, que conocen ampliamente y así lo demuestran durante la pesca y la caza, así como el uso medicinal de esos productos naturales. Según sus creencias, Kokebadau, dueño de los peces,  los enseñó a pescar, y Ourondón, la técnica de la caza. Fabrican esteras y cestas de variados tamaños y actualmente no realizan objetos de alfarería, aunque antes hacían ollas de barro de fondo puntiagudo. Su lengua materna, ha permitido la publicación de relatos, mitos y cuentos de sus tradiciones orales, en ediciones bilingües, por los escritores barí, Nubia C. Korombara Iskamaibio y Javier Iván Añandón Achinkai.

Su constitución física es fuerte, por su alimentación rica en proteínas y vitaminas, su tórax potente y amplio, con piernas musculosas, por lo cual pueden ser atletas destacados. Rostro anguloso, pómulos salientes, ojos achinados, nariz achatada, cabellos fuertes, negros y espesos, además de una espontánea responsabilidad,  respetando las personas y la propiedad ajena. Entre sus ceremonias culturales destacan: el canto de la flecha y el canto de la ducdura.  Según su mitología, no existe un ser supremo y creador del mundo, sin embargo conciben el caos como antecesor de la existencia actual y así la tierra (itta), plana, sin luz, despoblada de animales y solamente ocupada por vegetales, ya existía, hasta que Sabaseba, personaje que viene del sitio donde cae el sol, ordenaría el caos y le daría estructura al mundo, al mismo tiempo que descubriría a los barí dentro de una piña (ñangadun) y les daría nombre, mientras emergerían de las piñas otros personajes, como los ichigbarí y los taibabioyi, espíritus de la selva los primeros y del agua los segundos. El resto de los seres, tanto los humanos como los animales tienen un origen común en el relato de una anciana (Sibabio), que mató a su nieto en un acto antropofágico, entonces los padres del muchacho sacrificado, en revancha, quemaron a la vieja y esparcieron sus cenizas, junto con la de la leña empleada en la calcinación, en todas direcciones. De estas cenizas surgiría el resto de los grupos étnicos conocidos por los barí, así como los numerosos animales que pueblan su mundo. El gran enemigo de los barí es Dadiddú, el diablo, corruptor de la ética y de la armonía del grupo, instalado en la selva, tras los árboles, para engañar a los desprevenidos barí.

El educador Antonio Pérez Esclarín ha aclarado: Contra lo que se pudiera pensar, los barí nunca rindieron ninguna clase de culto –ni antes ni ahora- a Sabaseba. Simplemente, es para ellos el prototipo del buen barí y tratan de identificarse con él y asimilar su estilo de vida. El mismo Sabaseba se situó en un plano de igualdad; vivía entre los barí (en su mismo bohío), hablaba su idioma, comía su comida, vestía como ellos. Incluso se unió a una mujer barí, pero al ser rechazado por el padre de la muchacha, se ausentó para siempre, condenando el egoísmo de un barí, tan contrario a la ética por él propugnada. Será la advertencia para el grupo: viviendo en comunidad están dentro de los planes de Sabaseba. Toda actitud egoísta va contra el espíritu esencial de la cosmogénesis barí. Del mismo modo, ha resumido las creencias del barí para después de la muerte: Cuando muere un barí, lo dejan en la selva colgado de un chinchorro. Vienen los zamuros, se lo comen, y lo llevan al lugar de los Basumchimba (donde viven los muertos). Una vez allí, si han sido buenos los barí, recuperarán su mejor aspecto terrestre, tendrán una muchacha joven como esposa y un conuco fértil donde trabajarán sin cansarse. Pero, sobre todo, se reunirán con todos sus antepasados muertos, realizando con ellos la comunidad ideal. De este modo, vida y muerte quieren ser para el barí una búsqueda y una celebración de la vida comunitaria.     

 

Conclusión

Podemos concluir este capítulo inicial, cuya finalidad es estimular el mejor conocimiento de las etnias indígenas de la cuenca lacustre, en la actualidad y sus antecedentes históricos, señalando que tras las invasiones de los grupos indígenas a la cuenca lacustre, en las oleadas sucesivas de un común origen lingüístico, ya superadas las épocas de las feroces guerras, parece ser que los integrantes de esas tres grandes familias indígenas, habían logrado, al fin, construir un largo tiempo de relativa paz y habitaban en absoluta libertad, la cuenca lacustre, respetando, en sentido general, la zona de influencia de cada una, viviendo con cierto contacto entre sí, sobre todo por la unificación que les proporcionaba el lago como la vía de comunicación, para poder intercambiar comercialmente alimentos y otros elementos de sus culturas, pero tratando de mantener cierta identidad étnica, que era propia y característica de cada grupo indígena. Esa relativa paz y esa ilimitada libertad, iba a ser quebrada por la llegada de visitantes extranjeros, en el año final del siglo XV de la era cristiana, quienes vinieron para quedarse, asumiendo ansias de conquista y dominación de los territorios de las etnias indígenas que habían habitado desde hacía siglos, la región de la cuenca del Lago de Maracaibo y donde estaban los restos de sus ancestros.

[Fuente: EL CACIQUE NIGALE Y SU TIEMPO, de Luis Guillermo Hernández]

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