Larry Fine y la herencia de los tres chiflados (que en realidad fueron seis)

AUTOR Agencia Literaria

Festejemos la vida, sobre todo la de este individuo, pieza clave para uno de los peldaños del humor contemporáneo más caro para la televisión comercial

Curly, Larry y Moe nunca alcanzaron las alturas a las que Charles Chaplin se remontaba (con una facilidad asombrosa e inigualable) con, por sólo poner un ejemplo, la simple rutina de afeitar a un cliente en su peluquería al compás de la Danza húngara de Brahms. Tampoco podrían haber aprovechado el espacio como Laurel y Hardy en la famosa secuencia en la que intentan subir una pianola por una escalera en The Music Box. No eran buenos para las acrobacias como Harold Loyd, les era ajeno el sentido poético de Búster Keaton y carecían del ingenio de los hermanos Marx. No, lo suyo era el pellizco en la nariz, el martillazo en la cabeza o en el abdomen, el balde de agua fría, el puñetazo, la zancadilla, el pastelazo… A cualquier sutileza, preferían la violencia, la rústica bofetada, por encima de cualquier ocurrencia elegante. Y sin embargo sus admiradores se contaban por legiones, a pesar de que el calificativo más recurrente para su humor era idiota.

Máximos exponentes del slapstick, el humor logrado en base a simular la violencia física, hicieron de su debilidad su mayor fortaleza. Los Tres Chiflados (que en realidad fueron seis) tuvieron un origen bastante azaroso. En principio eran dos: Moe y su hermano Shemp, quienes formaron el dueto llamado Howard y Howard. No lograron fama ni reconocimiento en los circuitos teatrales por los que deambularon, pero les alcanzó para llamar la atención del comediante Ted Healy, quien los incorporó a su show y los denominó sus “chiflados”. Un poco más adelante Healy incorporó a un actor más a su rutina, Larry Fine, quedando así integrada la primera formación del trío, el cual sufriría varias incorporaciones y deserciones hasta que, finalmente, en 1934 se sumó Curly, el hermano más joven de los hermanos Horwitz, dando paso a la formación más famosa y longeva de la comedia norteamericana.

Estos comediantes, pertenecientes a una familia judía oriunda de Broklyn, quizá no tengan nunca un lugar en los anales del humor más fino, pero en su larga trayectoria, en la que llevaron sus rutinas hasta el agotamiento total (sus últimas apariciones son lamentables), tienen un mérito que vale la pena tener en cuenta: fueron los primeros en satirizar la imagen de Hitler en el cine. Su corto You Nazty Spy! producido por Columbia apareció nueve meses antes que la celebérrima cinta de Chaplin El Gran Dictador con la cual tiene algunas ligeras, y seguramente involuntarias semejanzas.

Dirigida por Jules White, un director de origen austro-húngaro, especializado en Goofy Movies (cuyo nombre lo dice todo), que lo mismo trabajó en películas con perros amaestrados que con Búster Keaton. White dirigió, entre 1930 y 1940, a Los Tres Chiflados en un gran número de cortos, a tal grado que no pocas veces se refirió a sí mismo como “el cuarto Chiflado”. En una entrevista concedida a la revista Time, confesó que al famoso trío “era más fácil mostrarles qué hacer, que escribirlo”, lo que da una buena idea del tipo de guiones que había en sus películas y del tipo de actores que eran los hermanos Horwitz.

You Nazty Spy!, no es muy distinta a sus muchos cortos anteriores y posteriores, salvo en un punto más que resaltable: las burlas que hacen del entonces poderoso dictador. El corto, de apenas 18 minutos, abunda en tortazos a diestra y siniestra, lo cual no tiene nada de raro tratándose de ellos, pero también es rica en mofas sobre el dictador. Desde el momento en que Moe se coloca accidentalmente un pedazo de cinta adhesiva sobre el labio superior (lo que le da instantáneamente un parecido con Hitler). Con sus característicos personajes: Moe y su sempiterno corte a la príncipe valiente y su ceño fruncido y malhumorado, Larry con el pelo alborotado, generalmente saliendo de la gorra o sombrero de turno como si fuera algodón de azúcar y Curly, rapado a coco con su voz aflautada y su infinita capacidad para recibir piquetes de ojos y puñetazos, aceptan una misión que les es encomendada por ser tal y como son: estúpidos.

Un grupo de empresarios se fija en ellos, un humilde trío de tapiceros, para convertirlos en dictadores y acabar con la paz de un país (la imaginaria Moronika), con lo cual obtendrán grandes ganancias. Al principio parece simplemente otro de los muchos cortos del trío, pero la cinta posee un incuestionable valor, dada la forma en que parodian y ridiculizan a los personajes. Hay una escena en que aparecen en un balcón luciendo una vestimenta que remite al espectador a las figuras de Hermann Göring, Hitler y Joseph Goebbels. Moe-Hitler, dirige un discurso ante una delirante multitud, a su lado Curly-Göring secunda el incoherente discurso con gestos y Larry-Goebbels indica a la multitud mediante cartones con letreros las acciones que debe realizar: aplaudir, aclamar… El país que gobiernan es Moronika y su escudo está conformado por dos serpientes entrelazadas que forman una suástica sobre una inscripción en la que se lee: “Moronika for morons” (moron en inglés significa idiota) y es una clara alusión al eslogan nazi de “Alemania para los alemanes”.

Al lado de las clásicas e infaltables secuencias de golpes y porrazos, hay algunos gags notables, como cuando Moe ve a Curly leyendo un libro y le regaña diciendo: “Está prohibido leer libros. Imagínese que aprende algo. Salga y queme todos los libros”. La parodia se va tornando a cada escena más y más agresiva, más y más violenta y delirante. A un hombre lo envían a un campo de concentración por el delito de caminar por la calle con una gallina y en un diálogo que parece más salido de una película de los hermanos Marx que otra cosa, Curly le pregunta a Moe si puede tener un uniforme con cien medallas y obtiene la siguiente respuesta: “Claro, podrá tener cien uniformes si sale y mata a cien generales”. Aunque sin duda el momento de crítica y burla más alto lo alcanza la cinta cuando Moe-Hitler, combina en su loco discurso palabras ¡en Yiddish!

El éxito de este corto los animó a filmar una secuela dirigida nuevamente por White, I’ll never Heil again, la cual se vio opacada por completo por el éxito de la película de Chaplin. No obstante, el trío siguió siendo combativo y filmó algunos cortos afilados, en uno de ellos, llegaron a burlarse del mismísimo José Stalin. Pero nada de esto hubiera sucedido si Ted Healy no hubiera decidido incorporar a su dúo de patiños a Larry Fine y lograr que fueran tres, Los Tres Chiflados.

[Fuente: Tomtazos]

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