“LA CONQUISTA DE AMÉRICA, COMO PROBLEMA JURÍDICO Y MORAL” POR ARTURO USLAR PIETRI

AUTOR Agencia Literaria

La conquista de América ha sido un de los más grandes procesos de transformación histórica, de conflictos culturales, de evolución social, de adaptación económica y de creación y de cambios de formas de relación entre los hombres, que haya experimentado la humanidad.

Lejos se está de haber completado de modo satisfactorio, el estudio de todo que allí cambió y se creó y de sus inmensas consecuencias para el desarrollo de la civilización.

Ha tenido, además, como toda experiencia humana, sus vastas repercusiones emocionales y sentimentales. De donde se han nutrido las que llamamos leyenda negra y leyenda dorada de la conquista.

La leyenda negra, nutrida por la aversión a los españoles, que sentía la Europa del siglo XVI, por sus guerras de dominio y por su intransigencia religiosa, vino a fortalecerse en el siglo XVIII por la hostilidad de los enciclopedistas hacia el país de la Inquisición. Un libro de violenta falsificación histórica como el del Abate Raynal, vino a expresar ese punto de vista de apasionada negación de toda la obra de los españoles en América.

Como reacción contra tan negro cuadro que no veía sino errores y crímenes en la colonización española, vino a forjarse, a su vez, una leyenda dorada, que pretendía justificar y ensalzar todo cuanto ocurrió en los tres siglos del imperio español de América.

Ambas leyendas son, por descontado, falsas. Lo que pasó en América es bastante más complejo que una leyenda negra o que una leyenda dorada, es la complejidad del alma humana y de los hechos y es por eso que es importante conocerlo y estudiarlo. No podemos absolverlo y terminar la preocupación, declarando que todo aquello fue un crimen, o declarando llanamente que todo aquello fue una época paradisíaca de perfección y de bondad.

Hubo grandes conflictos y grandes contradicciones, y en ese yunque del conflicto y de la contradicción se forjó al alma hispanoamericana. Ese período formativo tiene ese interés para nosotros.

En todo ese período hay un rasgo que es muy importante, la conquista es un hecho tan viejo como el hombre, el hombre casi desde que apareció sobre la faz de la tierra, trato de sojuzgar a los más débiles, servirse de ellos, apoderarse de lo que tenía de deseable el vecino. Puede decirse que la primera actividad del hombre fue apoderarse de lo ajeno, conquistar, dominar, señorear a los demás. Y casi nunca los que conquistaron y dominaron tuvieron preocupaciones que fueran de orden material con respecto al hecho mismo de la conquista. Si alguna vez se preocuparon de justificarla fue porque podía haber algún otro vecino poderoso que objetara el hecho de la conquista, es decir, una manera de impedir que otro más fuerte les arrebatara el fruto de su propia rapiña.

Ese derecho de conquista fue una especie de crimen legalizado al través de toda la historia humana, como lo fue la esclavitud. Sin embargo, en la conquista española de América, lo que pudiéramos llamar el derecho de conquista, la justificación jurídica y moral de la conquista, fue una de las preocupaciones fundamentales de todo ese proceso. Jamás es la historia de humanidad un país conquistador ha pasado por más profundos y graves problemas de conciencia con respecto al hecho de la conquista. Y esto, no hay duda, honra a la Nación española.

Nosotros frecuentemente caemos en un error común de apreciación histórica y es que tratamos de juzgar los hechos de los hombres de otros tiempos a la luz de nuestra actual mentalidad. Nos cuesta mucho trabajo despersonalizarnos, olvidarnos de quienes somos, de cómo pensamos, del mundo que nos rodea y ponernos un poco dentro de la piel de un hombre del siglo XVI o del siglo XIII. Sin embargo, si no hacemos ese esfuerzo de meternos dentro del pellejo de ese hombre de otro siglo, muy difícilmente podríamos llegar a explicarnos lo que aconteció en ese tiempo, y por eso, muchos observadores superficiales no entienden bien esos sucesos y tienen la tendencia a explicar, por ejemplo, como hipocresía cosas que hoy en día serían hipócritas dichas por un gobernante, pero que en el estado de espíritu y en la manera de pensar del siglo XVI eran profundamente sinceras.

Los conflictos de conciencia que atormentaron a España en el proceso de conquista no eran hipocresía, eran problemas reales, y lo eran por esta razón fundamental: porque los que gobernaban a España, los Reyes y sus consejeros, eran espíritus profundamente religiosos y para ellos no se trataba de infringir o de no infringir una Ley escrita sino de algo mucho más grave, como era salvarse o condenarse. Para un descreído este problema no se plantea, incluso podría pensar que era pura hipocresía el que aquella gente pretendiera ocuparse de ello, pero para un Fernando Católico, para sus Canonistas y sus Teólogos que discutían estos temas, era la cosa más importante que podía ocurrirles porque si resultaba que la conquista de América no estaba justificada de un modo claro, y si no podían dar cuenta satisfactoria ante Dios de ese hecho, estaban perdiendo lo más importante que había para ellos que era la salvación de su alma. No debemos perder de vista este aspecto para juzgar cómo y por qué actuaron esos hombres.

El propósito, y casi lo que podríamos llamar la manía de justificación jurídica, de hallar los títulos para estar en América aparece muy temprano. En 1493, al año siguiente del descubrimiento, ocurre la primera gestión de los Rayes de Castilla y Aragón ante El Vaticano para obtener una especie de autorización de conquista. Estas son las famosas Bulas de Dominación del Papa Alejandro VI, que fueron dos, aunque en realidad prácticamente es una misma corregida porque se hicieron unos cambios importantes sin alterar el propósito de la Bula original.

Esta donación la solicitaron los reyes de la Santa Sede por varias razones. Por una razón política obvia: para poder tener especialmente frente al Rey de Portugal un titulo de esgrimir. Pero igualmente por un problema jurídico y moral.

En lo que pudiéramos llamar el espíritu jurídico de la España de la época de la conquista lo que existía era la evolución del viejo Derecho Romano, con las innovaciones de origen germánico que ocurrieron durante la época de dominación visigótica, que vino a encontrar expresión en el Fuero Juzgo y más tarde en Las Siete Partidas. En Las Partidas se expresa que “el modo de adquirir la soberanía”, o el Poder Político sobre un pueblo esta limitado a varias maneras precisas y claras. La primera es por herencia, es decir, cuando el hijo sucede al padre como soberano. La segunda es por matrimonio, cuando una persona se casa con el Rey o la Reina de un país al cual va a tener acceso como Soberano. La tercera es por elección, es decir, cuando las gentes de un país se ponen de acuerdo para designar soberano a una persona, y la cuarta manara es por donación del Emperador. Aquí aparece la palabra, que vamos a encontrar en todo este largo Debate.

Durante la Edad Media, uno de los grandes conflictos que sacuden a Europa es el de jurisdicción entre el Papado y el Poder Civil. El poder civil estaba encarnado por el Emperador, heredero titular pretenso del Imperio Romano, que era el Santo Imperio Germánico. El Emperador y el Papa vivieron en conflicto perpetuo, que llegó muchas veces a ser lucha armada por la afirmación de derechos contradictorios. El Emperador pretendía que el Papa no tenía poder en materia temporal, que todo lo que era temporal dependía del poder político civil. Y por el contrario los partidarios del Papado sostenían que el Papa tenía, poder temporal sobre toda la Tierra y que en la transmisión de autoridad que Cristo hizo a San Pedro iba implícito el poder temporal. Que el Papa podía delegar ese poder temporal en los gobernantes seglares, pero simplemente como una especie de Delegación, en tanto que la manera de gobernar no entrar en conflicto con la creencia religiosa o con los dogmas o con las disposiciones de la Iglesia.

Este conflicto muy grave, dividió a Europa profundamente. Los hombres más importantes de la Edad Media tomaron parte en pro o en contra, hubo los Güelfos y los Gibelinos que eran precisamente los partidos del Papado y los del Emperador, y nunca se llegó a una solución final aceptada. Lógicamente, todo este engendró una inmensa cantidad de literatura jurídica y teológica, interpretando y sosteniendo una tesis o la otra. Esta disputa ya era vieja cuando se descubre América y había en ellas quieres sostenían de que el Papa era señor temporal y no solamente espiritual, y por tanto estaba en su poder dar y arrebatar la soberanía a los príncipes.

Es en este principio, que su expresión más conocida en un comentarista de Derecho Canónico llamado el Hóstiense, donde se inspiran todas las interpretaciones del derecho del Papa a la donación del territorio a los Reyes. Las Bulas Alejandrinas del año 1493 hacen donación de las nuevas tierras que se van a descubrir, que luego fueron corregidas por el famoso trazado del meridiano imaginario que el papa estableció, a partir del cual correspondía a los castellanos colonizar y antes del cual correspondía a los portugueses. En esa donación se daba a los Reyes de Castilla,  la misión de cristianizar y evangelizar en las nuevas tierras y, por lo tanto, se les daba soberanía para que pudieran ejercer esa misión.

Tal fue título y con esto parecía resuelto el problema. Sin embargo, no estaba resuelto, y tan no lo estaba que el debate surge de pronto muy rápidamente.

En el primer territorio colonizado que fue Santo Domingo, lo que se llamaba entonces la Isla Española, tan temprano como el año 1510 llegaron unos frailes dominicos quienes se dieron cuenta que de allí se había operado un proceso de esclavización de indios. Se había establecido por la necesidad. Los hombres que venían de España no eran labradores, sino conquistadores, guerreros, gente que buscaba mejorar de vida y sacar provecho y, por lo tanto, echaban mano del indio para poderlo a trabajar y lo esclavizaban.

Surgieron los repartimientos y las encomiendas y los dominicos se encontraron con que los tales no eran otra cosa que una manera de opresión y de esclavitud. El padre Montesinos, uno de estos dominicos, en 1510, predicó un sermón en la ciudad de Santo Domingo por el cual se negaba la comunión a los encomenderos y a los dueños de repartimientos por la manera inhumana y contraria a todo principio cristiano con que trataban a los indios. Surgió el escándalo, fue de inmensa magnitud, y llegó a la corte. Así quedaba planteado un conflicto que nunca llegó a resolverse satisfactoriamente. El conflicto entre la necesidad militar y material de la conquista y la necesidad de justificar jurídica, teológica y cristianamente ante la conciencia, el hecho de la conquista. Sube el conflicto a la Corte y los Reyes, Don Fernando y Doña Isabel, lo consideran suficientemente grave para convocar una reunión de teólogos y canonistas, es decir, de la gente que más sabía en estas materias, para que se reunieran y se dijeran lo que había que hacer, para que fuera conforme a derecho y a los principios cristianos.

Esa reunión, nacida de la protesta de los dominicos, va a durar largo tiempo y de ella va a salir el primer cuerpo de legislación sobre indias, las famosas Leyes de Burgos que se promulgan en 1512. las Leyes de Burgos, establecieron una serie de principios muy importantes y nuevos. En primer lugar declaraban la libertad de los indios, s decir, los indios no pueden ser esclavizados, son libres y hay que considerarlos como seres libres. Por lo tanto, consideraban y abolían la esclavitud. Establecían un régimen de trabajo en tierra americana. Dicho régimen establecía cosas como éstas: en primer lugar, los indios no podían trabajar más de cinco meses continuos al año y, al cabo de ellos debían disfrutar de cuarenta días de descanso, que llamaban ellos de holganza, antes de iniciar otro periodo de trabajo. Elevaron el jornal al doble, de medio peso de oro a un peso de oro anual y establecieron ciertas obligaciones que llamaríamos hoy prestaciones complementarias, que el encomendero tenía que cumplir con respecto al indio, entre las cuales la del suministro de la alimentación, y de la vivienda adecuada, erigir una iglesia y algunas más tales como, por ejemplo, el que las mujeres embarazadas no podían emplearse sino, exclusivamente, en servicio doméstico. Le quedaba prohibido al encomendero aplicar castigos. No podía aplicar directamente castigos al indio, sino que tenía que ocurrir a las autoridades judiciales normales, para que aplicaran los castigos a que hubiera lugar. Establecían también regulaciones sobre la forma de obtener y mantener la encomienda.

Estas Leyes de Burgos son la matriz y la fuente de toda legislación que hubo de regir en tierra americana, que fue esencialmente ad-hoc para el mundo americano que ya se apartaba de la ley común  europea.

La Junta de Burgos, no fue tranquila y unánime, sino que engendró disputas y debates muy importantes. La primera cosa que surgió fue lógicamente el problema de los Justos Títulos. ¿Qué derecho tenía España de venir a América a ocupar las tierras de los indios, a establecer una autoridad propia y además a esclavizarlos? Ese debate, que fue de suma importancia, estuvo personificado sobre todo, por una gran figura de jurista español del Renacimiento, la de Juan López de Palacios Rubio.  Juan López de Palacios Rubio fue el jurista principal de los Reyes Católicos, hombre de extensa erudición que escribió un Tratado muy importante, que ahora acaba de ser editado en México, que se llama “De las Islas del Mar Océano” y en él sigue la tesis favorable al poder temporal del Papa, y , por lo tanto, opina que éste, como señor temporal, podía concederle a los Reyes Católicos la posesión de estas tierras de infieles, sujeta a ciertas condiciones y con el ostensible propósito de cristianizar a los habitantes.

Las Leyes de Burgos son, en cierto modo, el resultado de ese debate.

Junto con dichas Leyes surge otro problema. Se dice que para que se tenga derecho a ocupar la tierra de los infieles habría necesidad de que ellos se negaran a permitir la pacifica propagación del cristianismo. Y de aquí surge un hecho que tiene un aspecto quijotesco, porque presenta esa mezcla de ridículo y sublime que constituye la esencia de lo quijotesco.

En vista de que había justificación para dominar a los indios y esclavizarlos para ocupar sus tierras, mientras no se opusieran a permitir la pacifica predicación, entonces a aquellos juristas se le ocurre un recurso que a nosotros nos hace sonreír. Se les ocurre el Requerimiento. El requerimiento es un documento escrito muy extenso, toda una argumentación en la cual, con un estilo notarial, solemne y hermoso, se explica quiénes son los Reyes Católicos, qué es la religión cristiana, qué poderes recibió el Papa y se les pide a los indios que le permitan que estas cosas se le prediquen entre ellos y que les sean explicadas a quienes las quieran conocer y que si ellos se niegan a permitir esto a los españoles, entonces los pondrán en el caso de tener que hacerlo por la fuerza a fin de que se pueda cumplir esta misión.

La primera vez que ocurre esto es cuando la expedición en 1514 de Pedrarías Dávila. La de Pedrarías es la primera expedición que viene a la conquista de Tierra Firme provista del Requerimiento. Los conquistadores llegaban frente a los indios en la guerra y antes de poder disparar un arcabuz o mover un caballo o sacar una espada, el escribano, que venía junto al conquistador y junto al fraile, junta a la espada estaba la conciencia religiosa que era el fraile y también la conciencia jurídica que era el escribano, tenía que desplegar aquel papel y en un castellano que nadie sabía entender, entre los indios, leer completo el largo Requerimiento.

Esto pinta cómo existía una preocupación sincera de parte de los españoles que los llevaba al grotesco y conmovedor caso de pretender explicarles a los indios en una lengua que no entendían una cantidad de complicados problemas teológicos y jurídicos y de historia de Europa, para poder justificar el hecho de ocurrir a la violencia. Estas actuaciones que empiezan a plantear el asunto de los Justos Títulos se complementan en 1537 con otra decisión de la Santa Sede.

En 1537 el Papa Paulo III dicta la Bula Sublimis Deus y en ella, de un modo enfático, proclama que los indios no pueden ser esclavizados y que deben ser libres. Esta Bula declara que los indios no debían ser tratados “como brutos creados para vuestro servicio, sino como verdaderos hombres, capaces de entender la fe católica. Tales indios y todos los que más tarde se descubran por cristianos, no pueden ser privados de su libertad por medio alguno, ni de sus propiedades, aunque no estén en la fe de Jesucristo y no serán esclavos”. He aquí una doctrina que confirma la Iglesia por boca de su más alto Representante, que viene a ser el instrumento básico de toda la legislación de Indias y que va a entrar en conflicto con la realidad indiana. Aquellos hombres que tenían que leer el Requerimiento bajo la lluvia de flechas, debían sentir la contradicción profunda de la situación de un modo extraordinariamente dramático.

Con las Leyes de Burgos no termina el problema. Van a surgir algunos grandes objetores del derecho de España a estar en las Indias. Uno de los más grandes es el dominico Fray Francisco Vitoria, profesor de Teología de Prima de la Universidad de Salamanca. El Padre Vitoria es una de las figuras más eminentes de un siglo tan rico en grandes hombres como es el siglo XVI. Hoy en día una gran parte de los historiadores del derecho Internacional lo consideran como uno de los Padres de esta disciplina jurídica.

Y en efecto el Padre Vitoria se anticipó por toda una serie de conceptos a las que hoy son las ideas fundamentales del Derecho Internacional. Por ejemplo, la idea de la Comunidad de Naciones, por la que las naciones todas del mundo constituyen una comunidad y, por lo tanto, existen unas relaciones de derecho natural entre ellas. Esa decisión, que es en cierto modo el reconocimiento de derecho internacional natural la tiene el Padre Vitoria antes que ningún otro. Entre sus obras — escribió poco — están las llamadas Reelecciones. Las Reelecciones eran, como su nombre lo dice, una especie de guiones o temarios de conferencias que se daban en la Universidad fuera de curso, en ciertas épocas o momentos sobre temas que parecían de importancia especial. Y entre esta Reelecciones del Padre Vitoria hay la que se llama de indis. En ella trata el problema de los Justos Títulos, y comienza por rechazar los argumentos sobre cuales se fundaban las Bulas Alejandrinas. El Padre Vitoria dice que el Papa no es señor temporal de la Tierra y, por lo tanto, no puede conceder territorios a nadie.

Además, afirmaba que el emperador tampoco es señor temporal de toda la Tierra y, por lo tanto, no puede arrebatar el imperio o la autoridad a quienes la ejercen conforme a derecho natural, aun que sean  infieles, o gentes en estado de barbarie, a menos que sea para impedir que se cometan crímenes.

Al refutar toda esta argumentación sobra la cual se fundaban los Justos Títulos y que era la de López Rubios, busca otros títulos y en la búsqueda de ellos es que se asoma la creación del derecho Internacional. Admite que hay un título por el cual los españoles pueden ir a las Indias y establecerse en ellas y ese es el de la comunidad de todas las naciones, es decir, hay una comunidad internacional y, por lo tanto, todo pueblo tiene derecho a entrar en contacto por los otros pueblos, y ninguno tiene derecho a sustraerse de esa comunidad y negarse al trato pacífico con los demás.

De esta manera si los españoles llegan pacíficamente a establecer un contacto de tipo espiritual y material con los indios y estos le resisten y recurren a la violencia, entonces hay razón para hacer la guerra y conquistar.

Es asombrosa la modernidad de criterio a que llega el Padre Vitoria en el siglo XVI de concebir en primer lugar esa comunidad de derecho natural que liga y ata a todas las naciones y fundar sobre la violación de ese vínculo el único derecho valido para hacerle la guerra a un pueblo extraño, porque ese pueblo de cierta forma se sustrae a la comunidad, niega ese derecho básico de intercomunicación, y eso equivale a ponerse en la posición del que sale de la ley, del forajido, del que rompe la obligación común, el pacto natural, el vínculo heredado, que nos hace a nosotros hombres y a las agrupaciones de hombres naciones.

Sin embargo la conquista proseguía, y tenía que proseguir porque era un proceso material ininterrumpido, y proseguía el conflicto jurídico y moral que no resolvieron ni las Leyes de Burgos ni el Requerimiento.

En el año 1542, estado ya el trono Calos V, se dicta un nuevo cuerpo de leyes para las Indias, que son llamadas Leyes Nuevas promulgadas ese año a raíz de otras juntas de Teólogos y Canonistas reunidas en Valladolid y Barcelona.

En estas reuniones aparece un nuevo personaje que es Fray Bartolomé de Las Casas. Ya había comenzado el Padre Las Casas a retomar toda aquella vieja prédica de Montesinos contra la encomienda, la esclavitud y el maltrato a los indios y a convertirse en el campeón y defensor de un justo trato. Había llevado el caso nuevamente ante la Corte Española habiendo logrado que se convocaran las juntas de teólogos y canonistas de las que salieron las Leyes Nuevas  de 1542.

Esas leyes constan de 40 capítulos. Los 20 primeros tratan de la organización del Consejo de Indias, de las Audiencias y de los Procesos, es decir la parte que pudiéramos llamar constitucional y procesal. Las Leyes tratan sobre la condición de los indios, las encomiendas y la conquista. Vuelven a ratificar el principio de libertad de los indios que no pueden ser esclavizados. Llega aún a más; a prohibir el trabajo obligatorio, no solamente no puede esclavizarse al indio sino que tampoco se le puede obligar a trabajar. Regulan las encomiendas y de hecho llegan a suprimirlas. Paso tan audaz que hubo que rectificarlo después.

Carlos V suprime las encomiendas, estableciendo que las que estaban dadas se mantuvieran por la vida del encomendero pero que no se concediera ninguna nueva, por lo tanto, era una manera de extinguirlas con la vida de los que la estaban disfrutando.

No se mantuvo esta restricción porque en vista del conflicto creado en América por las protestas de que estaban en las luchas de conquista y en el trabajo de la colonización, que le manifestaron al Emperador la necesidad de abandonar las Indias o de tener en cuenta las necesidades reales, el Emperador revisó algunos capítulos de las Leyes de 1542 y permitió que se concedieran nuevas encomiendas, pero que ningún caso podían exceder de dos vidas, es decir, de la vida de aquel a quien se le concedía más la de su inmediato heredero.

En 1550, es decir muy poco tiempo después, va a ocurrir uno de los hechos mas importantes en este problema de conciencia. Tiene lugar el famoso debate de Valladolid, entre Fray Bartolomé de Las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda. Juan Ginés de Sepúlveda era un humanista de los más notables del Renacimiento Español, hombre que conocía a fondo la filosofía griega, que estaba al tanto de las revelaciones del mundo antiguo que venían haciendo los eruditos y artistas, que venían haciendo el Renacimiento, se va a enfrentar con la figura extraordinaria de Fray Bartolomé de Las Casas. Fray Bartolomé era un hombre culto, pero era la negación del humanista, había venido de América, había luchado en ella, había vivido con los indios, y había sufrido todas las terribles peripecias de la conquista y de la colonización y conocía, por haberlos visto, vivido y sufrido los problemas reales de la conquista. Estos hombres se enfrenta en torno a lo pudiera haber sido un debate académico.

Aristóteles en su Política sostiene  que hay una esclavitud natural. La civilización griega estaba fundada sobre la esclavitud, era la civilización de una pequeña oligarquía culta que reposaba sobre el trabajo esclavo de gentes que no tenían otra función en su vida que trabajar y producir, para que esa minoría pudiera filosofar y crear. Aristóteles justifica esto diciendo que hay una especie de división natural del trabajo y que ciertas razas o gentes que nacieron para el trabajo servil y por lo tanto justifica la esclavitud desde un punto de vista natural.

Esta era la manera de pensar de un humanista muy culto, imbuido de filosofía griega en el siglo XVI. Y frente a él se levanta ese hombre hirsuto, violento, apasionado e irreductible que se llama Fray Bartolomé de Las Casas, a negar en primer lugar lo que pudiéramos llamar el fundamento del razonamiento aristotélico y luego, por todos los medios posibles a declarar que aquello era desde el punto de vista cristiano herético y no podía considerarse que había ningún ser humano que hubiera estado destinado por la Divinidad a ser esclavo.

Ese debate que fue sumamente largo y que estuvo presidido por una especie de Jurado va a promover una nueva pasada en revista de todo ese problema de los Justos Títulos y el derecho de esclavizar los indios y de allí surge, por primera vez, otro aspecto muy moderno porque no solamente estaban estos hombres discutiendo lo que pudiéramos llamar el derecho, desde un punto estrictamente jurídico, de que los españoles vieran a conquistar la América, sino que planteaban una cosa más grave, que hoy es de la más grande actualidad, como lo son las relaciones justas y comunicación entre civilizaciones de desarrollo diferente y entre razas distintas.

El problema que sacude a Asia y África en nuestros días, no se lo planteaba nadie en el siglo XVI, sino a los teólogos y los canonistas españoles como un problema de vida o muerte, en relación con los indios, no por que los indios hubieran ido allí a pelear o porque hubieran conflicto entre grandes potencias que se reflejaba en una zona colonizable, sino porque para ellos era un cuestión de conciencia. Se plantea allí, si se puede admitir que ciertos hombres están destinados por Dios para ser esclavos y Fray Bartolomé lo niega, alegando razones de una altura extraordinaria que son las que vinieron a prevalecer en la Legislación de Indias pues dicha Legislación de un modo uniforme prohibió la esclavitud y el trabajo obligatorio de los indios. Allí, el Padre de Las Casas dijo una frase muy hermosa: “Todas las naciones son libres”.

Cuando el decía naciones no lo decía en el sentido que la palabra tiene para nosotros, sino con acepción de gente, pueblos, grupos humanos. Lo que quería decir, es que todo grupo humano por mera condición recibida por el nacimiento, tenía derecho a la libertad. Por lo tanto, negaba de raíz y de plano la tesis aristotélica que le resultaba no solamente falsa sino herética, y contraria al espíritu cristiano y por lo tanto negaba la posibilidad de que ese pensamiento que podía ser un tema filosófico para el humanista Juan Ginés de Sepúlveda pudiera convertirse en una forma de justificación de la esclavitud del indio americano.

Ese debate tuvo gran resonancia en su tiempo. Constituye como si dijéramos, la cumbre del gran proceso de conciencia que ocurre a todo lo largo de la conquista española en América.

En 1549 el Consejo de Indias advirtió al Rey que “los riesgos que acarreaban las conquistas, tanto a los indios como a la conciencia real eran tan grandes, que ninguna otra expedición debía ser autorizada sin su expreso consentimiento y que era necesaria una reunión de teólogos y juristas, para discutir la forma de cómo se hiciesen estas conquistas justamente y con seguridad de conciencia”. Es decir, le aconsejan al rey detener todas las conquistas hasta que se reúnan nuevamente otra junta de teólogos y canonistas y encuentre de qué modo se puede seguir que satisfagan estos requerimientos, es decir que se hagan con justicia, conforme a derecho y con seguridad de conciencia.

Al año siguiente, el 16 de abril, como resultado de esto, entre otras cosas, el rey ordena suspender todas las entradas al Nuevo Mundo hasta que una Junta decidiera sobre el método justo de dirigirlas y ordena que no se vuelva a hablar más nunca de conquista sino de pacificación. Es decir, llevaba el prurito de justificación hasta el extremo de borrar la palabra conquista de los documentos oficiales en pleno siglo XVI, en un siglo en el que muy poco le importaba a la gente lo de las conquistas y le importó muy hasta ayer a las grandes potencias europeas y que en lugar de eso se hablase de pacificación y población.

Este largo proceso jurídico culmina el siglo XVII en 1680, en se termina y al año siguiente se publica la famosa Recopilación de las Leyes de Indias. Esta recopilación comprende todo cuanto se ordenó y dispuso en sobre las Indias, que es los que pudiéramos llamar el derecho especial del territorio americano, desde las Leyes de Burgos hasta el momento de la recopilación. Esta vasta recopilación comprende 9 libros, 218 titulos y 6.377 leyes. Formalmente, se separan de lo que nosotros llamamos Leyes. Es decir, tienen más un tono formal de consejo, de admonición, de regla de conducta, que una redacción imperativa o coercitiva. También muestran un casuismo acentuado, muchas de ellas se ocupan de casos particulares y limitados,  lo cual hace que proliferen  y lleguen a esa abundancia extraordinaria.

Es interesante observar como algunas de estas características podría aplicarse a nuestra legislación actual. En efecto, es innegable su tendencia a lo normativo, lo idealista, a los doctrinario y programático. La Ley venia a ser la ejecución de un propósito superior ideal. En toda nuestra legislación y especialmente en nuestras constituciones pervive este propósito ético, esa finalidad superior de tratar de consagrar ciertos ideales como normas o reglas superiores de conducta y como definiciones de doctrina o de filosofía política. Es decir, la Ley como pragmática moral.

A estas alturas podemos advertir que la conquista de América no fue tan simplemente ni una leyenda negra ni una leyenda dorada, sino un largo proceso material y moral difícil, complejo, lleno de heroísmo individual y de grandes  sacrificios humanos y presidido por un torturador y nunca terminado dilema de conciencia. En verdad no cesó la Corona Española desde el momento inicial de la conquista hasta la independencia de los pueblos americanos de preocuparse por el problema de los Justos Títulos; por el problema jurídico de justificar su situación en territorio americano y por hallar esa justificación no solamente desde el punto de vista del derecho sino del moral y religioso.

Esto es lo que le da al proceso de la conquista española de América, un carácter ético, carácter que nos importa mucho a nosotros conocer, porque está en la raíz de muchas de las cosas que luego posteriormente han ocurrido en nuestra vida independiente. Nosotros venimos de allí, somos herederos de ese proceso y por eso considero que no sería tiempo perdido el que nuestros estudiantes de derecho, dedicaran a conocer, a penetrar un poco en esa selva de la Legislación de Indias, en todos esos antecedentes de tipo a veces inoperante, a veces inocuo, pero en todo caso de gran contenido moral y de gran significación como rumbo, como norma y como manera de concebir el Estado y los deberes del hombre para con la sociedad y para consigo mismo.

Se encuentran en las Leyes de Indias, todas las preocupaciones que estas gentes tenían y su manera de entender los problemas locales americanos. Allí por ejemplo veremos que por disposición de esas Leyes, las calles de la Guaira son estrechas y las de Mucuchíes son anchas y es porque las Leyes establecían que en los lugares cálidos, las calles fueran estrechas, para que a todas horas del día hubiera sombra de alguna pared, para proteger a los viadantes y que en los lugares altos y fríos,  las calles fueran anchas, para que en la mayor parte del día, hubiera sol en la calle y las gentes pudieran calentarse.

Así como éstas, eran de minuciosas y varias, las predicciones, que iban desde el trabajo hasta la familia, desde las prerrogativas de clase hasta el urbanismo.

El derecho de las Indias tiene además la novedad de plantear, por primera vez, ciertos problemas candentes en nuestro tiempo. Primero, el problema de justificar jurídica y moralmente un hecho de conquista, cosa que no había ocurrido hasta entonces, porque jamás fue para un gobierno europeo, un problema de conciencia una conquista. Y luego el problema de las relaciones entre civilizaciones y razas distintas, es decir, si era lícito esclavizar hombres, por considerarlos de raza inferior. Y a ambos  contestaron por la negativa. De un modo uniforme y constante, se negó el derecho a esclavizar a los indios, aun cuando fueran cristianos.

Esto hace decir a un escritor español, Bullón, autor de un libro sobre el doctor Palacios Rubio, esta frase que me parece que sintetiza muy bien, lo que esto signifique como antecedente y como fuente ética y histórica del proceso de los pueblos hispanoamericanos: Al principio se encontraron canonistas y romanistas, en una situación un poco trágica. Ellos querían aplicar al mundo americano sus cánones y sus pandectas, pero al fin demostrada la vanidad del intento, fue preciso echar por la borda, constituciones pontificas y constituciones imperiales, para elaborar un nuevo derecho, más amplio que el romano y el canónico. Un derecho internacional mundial, humano, en el que cupiesen holgadamente americanos y europeos, fieles e infieles, gentes blancas y gentes de color, la humanidad entera en una palabra, para la cual sale el sol todos los días, con igual amor, sin distinguir entre lenguas ni religiosa, pueblos y razas.

Esta es la grandeza y la nobleza de todo ese proceso, con todas sus fallas y con todos sus defectos.

Hay un conflicto de conciencia en toda la historia de la conquista de América. Un conflicto manifiesto. Entre el hecho y la necedad de justificar jurídica y moralmente el hecho, que se traduce legalmente en unas proclamaciones legales, que no siempre se cumplieron, pero que no por eso quedaron de tener valor de Leyes, por lo cual la Ley se convirtió en una especie de paradigma moral. La Ley constituía una manera de suma ideal, de aspiración colectiva, de alzadísimo fin, difícil de alcanzar, pero no por eso iba a ser modificado.  No se comprometió en eso, jamás se llegó a alterar estas leyes, en el sentido de permitir la  legalización del hecho, por lo cual se llegó a una situación de divorcio o de antinomia entre lo que pudiéramos llamar el derecho como expresión de ideales colectivos, de ideales morales y de ideales jurídicos y el hecho que estaba en pugna con el derecho, pero que sin embargo no lograba alcanzar el reconocimiento jurídico. Es decir, el derecho podía no impedir el hecho, pero no bajaba a justificarlo y el hecho continuaba teniendo sobre él, el peso de esa condenada táctica de lo que la Ley proclamaba  que debía ser y sin embargo no era todavía.

Esa antinomia, ese conflicto lo hemos heredado los hispanoamericanos. Con nuestras constituciones, desde la Independencia, no ha pasado otra cosa, sino ha continuado el problema de las Leyes de Indias. Es decir, nuestras constituciones han sido proclamas idealistas, normas de conducta elevada, proclamación de altos principios, a los no queremos renunciar y que hemos mantenido siempre como un paradigma, como una proclamación en la que está todo nuestro orgullo, toda nuestra dignidad y toda nuestra esperanza a pesar de que los hechos no correspondan a ella y estén en pugna con ella. De modo de que esa especie de personalidad dividida, esa suerte de esquizofrenia colectiva, por la cual los ideales sociales, las normas generales que rigen la sociedad pueden estar en pugna con la realidad social, pero sin embargo no se modifican ni se cambian y continúan acatadas como una proclamación de principio, que era el hecho fundamental de este gran conflicto de conciencia de la conquista hispanoamericana, sigue en gran parte siendo el hecho esencial de la vida colectiva de nuestras sociedades independientes. Es decir, los hispanoamericanos seguimos siendo gentes de conciencia atormentada, entre los principios que proclamamos, en los que creemos y que tienen su asiento invariable en nuestras constituciones, del más avanzado tipo liberal, humano y democrático y una realidad social que generalmente entra en pugna con ellas, pero sin embargo jamás ha logrado alcanzar el reconocimiento legal. La ley nunca ha hecho compromiso con esa realidad. Y por la Ley ha tendido a convertirse en un precepto moral, como lo fue durante la colonia.

Hay aquí un estado de ánimo digno de investigar, como antecedente de nuestra actitud ante la Ley, de nuestra mentalidad jurídica y de nuestra concepción colectiva de la Ley. De la Ley no como mandato imperativo sino como ideal de conducta, como proclamación de principio, como norma a la cual tendremos aun cuando no estemos en capacidad de realizarla, prácticamente en la vida diaria. Esto nos viene de la vida colonial y nos muestra la importancia de mirar a ese pasado que, después de todo, nos pertenece,  del cual somos herederos, y que nos sirve para explicar y entender mejor nuestro presente.

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