“Las Antillas: fragmentos de una memoria épica”, por Derek Walcott. Discurso de recepción del Premio Nobel de Literatura

AUTOR Agencia Literaria
Derek Walcott received the 1992 Nobel Prize in literature. The committee lauded his "poetic oeuvre of great luminosity, sustained by a historical vision."

La herencia remota

Felicity es una aldea de Trinidad que linda con Caroni Plain, el extenso llano central donde aún se cultiva el azúcar, y al que eran llevados, después de la emancipación, cortadores de caña obligados por contrato, de modo que su pequeña población es originaria de las Indias Orientales, y esa tarde en que unos amigos estadunidenses y yo la visitamos, todos los rostros que veíamos por la calle eran hindúes, lo cual, según espero mostrar, era algo bello y conmovedor, ya que esa tarde sería representada Ramleela, escenificación épica de una epopeya hindú: el Ramayana. Ya disfrazados, los actores aldeanos se reunían en un campo encordelado con banderas de distintos colores, como una gasolinera recién inaugurada. Además, los hermosos muchachos hindúes, vestidos de rojo y negro, apuntaban sus flechas sin ton ni son a la luz de la tarde. Los perfiles de azules cerros en el horizonte, la brillante hierba, las nubes que tomarían un tinte encendido antes de que la luz se marchara. ¡Felicity! ¡Qué dulce nombre anglosajón para una memoria épica!
En los linderos del campo, bajo un galerón descubierto, había dos enormes bastidores de bambú parecidos a inmensas jaulas. Eran partes del cuerpo de un dios, sus pantorrillas o muslos, las cuales, ya armadas y ajustadas, compondrían una efigie gigantesca que sería quemada dando remate así a la epopeya. Los bastidores de carrizo proyectan un previsible paralelo: el soneto de Shelley sobre la caída estatua de Ozymandias y su imperio, ese “colosal naufragio” en medio del desierto.
Unos tamborileros habían encendido un fuego en el galerón, al que acercaban con cuidado, para apretarlos, los cueros de sus tablas. Las llamas de azafrán, la hierba brillante y los bastidores trenzados a mano del dios fragmentado que iba a quemarse no se encontraban en un desierto donde se hubiera desmoronado en definitiva el poder de un imperio: formaban parte de una estación ceremonial siempre viva que, al igual que la fiesta de la quema de caña, se repetía año tras año; porque la finalidad de tal sacrificio es repetirse, y la de tal destrucción, renovarse mediante el fuego.
Entraron en el campo unas deidades. Eso que solemos llamar “música hindú” surgía atronadoramente del descubierto galerón equipado con una tarima, galerón desde el cual sería narrada la epopeya. Seguían llegando los actores disfrazados. Príncipes y dioses, creo. ¡Qué frase tan poco afortunada! “Dioses, creo” es un encogerse de hombros que materializa nuestras diásporas asiáticas y africanas. Había pensado a menudo en Ramleela, pero nunca había podido verla; tampoco aquel teatro: un campo raso con muchachos aldeanos en el papel de guerreros, príncipes y dioses. No tenía la más mínima idea acerca de esta epopeya, ni de su héroe, ni de los enemigos con que luchó, aunque hubiese recientemente adaptado La Odisea para el teatro, en Inglaterra, dando por sentado que el público conocía las duras pruebas que hubo de enfrentar Odiseo, el héroe de otra epopeya del Asia menor, mientras que en Trinidad nadie sabía más que yo acerca de Rama, Kali, Shiva, Vishnú, a no ser los hindúes empleo la frase perversamente, porque esta es la clase de comentarios que aún pueden escucharse en Trinidad: “a no ser los hindúes”.
Era como si en los linderos del llano se encontrara otra meseta: una balsa a bordo de la que iba a mal representarse el Ramayana sobre aquel océano de cañas; pero ese era mi punto de vista como escritor, y me equivocaba. Veía a Ramleela, en Felicity, creyéndola una obra de teatro, pero era una obra de fe.
Existe un momento en que un actor está convencido de sí mismo. Ya maquillado y con el disfraz puesto, inclina la cabeza antes de comenzar a andar por el estrado, creyéndose algo real que sale a una escena ilusoria. Si multiplicamos ese momento, entonces comprenderemos, creo, lo que pasaba con los actores de esa epopeya. Aunque no eran actores. Habían sido elegidos, o ellos mismos habían escogido sus papeles dentro del relato que se representaría durante nueve días con sus tardes, a lo largo de dos horas, hasta ocultarse el sol. No eran actores aficionados; eran devotos de una fe. No había vocablo teatral para designarlos. No habían tenido que mentalizarse para hacer sus papeles. Su actuación sería probablemente tan ligera y natural como las flechas de bambú que surcaban el pastizal de la tarde. Creían en lo que actuaban, en la esencia sagrada del texto y en la validez de la India; yo, en cambio, por la costumbre de escribir, buscaba encontrar allí un sentido elegiaco o de pérdida, e incluso de imitación degenerante, tanto en los rostros felices de los muchachos guerreros como en los perfiles heráldicos de los príncipes aldeanos. Estaba profanando la tarde con mi duda y la condescendencia de mi admiración. No comprendía el suceso a causa de una resonancia visual de la historia: los cañaverales, los contratos de servidumbre, la evocación de ejércitos desaparecidos, los templos y los elefantes barritantes; en cambio, en mi derredor todo se desarrollaba en sentido opuesto: el público respondía con alegría y deleite a los gritos de los muchachos, a los puestos de golosinas, a la aparición en aumento de los personajes disfrazados. Un deleite derivado del convencimiento, no de la pérdida. El nombre Felicity tenía sentido.
Reduzcamos mentalmente Asia a estos añicos: las pequeñas exclamaciones blancas de los alminares o las bolas de piedra de los templos entre los cañaverales; comprenderemos entonces el autoescarnio y el desconcierto de aquellos que sólo ven parodias en esos ritos, e incluso parodias degenerantes. Esos casticistas tratan dichas ceremonias como los gramáticos a un dialecto, las ciudades a las provincias y los imperios a las colonias. Memoria que anhela unirse con el centro, miembro que rememora el cuerpo del que ha sido separado, como los muslos de bambú del dios. O, lo que es lo mismo, la manera en que son vistas aún las Antillas: ilegítimas, desarraigadas, mestizadas. Para citar a Froude: “No hay gente allí en el sentido auténtico de la palabra.” No hay gente. Fragmentos y ecos de gente real; gente nada original, quebrada.
La representación era tanto como un dialecto, como una rama de su lenguaje originario o un epítome del mismo, pero no era una deformación ni una reducción de su escala épica. Allí, en Trinidad, yo había descubierto que una de las grandes epopeyas del mundo era representada año tras año, no con la desesperanzada resignación de preservar una cultura, sino con una fe sincera, tan constante como el viento que inclinaba las lanzas de caña del Caroni Plain. Tuvimos que marcharnos antes de que diera comienzo la obra, internándonos por los arroyos del Caroni Swamp para ver los ibis sagrados de color escarlata que regresaban a casa al anochecer. Actuando tan naturalmente como los actores de Ramleela, contemplábamos las bandadas que llegaban con un brillo escarlata que era como el de los jóvenes arqueros y el de las rojas banderas. Las aves iban cubriendo poco a poco un islote hasta convertirlo en un árbol en flor: un framboyán anclado. Nada significaba aquí el suspiro de la Historia. Esas dos visiones, Ramleela y las bandadas en forma de flecha de los ibis sagrados, se fundían en un único y sofocado grito de gratitud de parte nuestra. La maravilla visual es algo natural en el Caribe; acompaña al paisaje, y, una vez enfrentado con su belleza, el suspiro de la historia se disipa.
Damos demasiada importancia a ese largo suspiro que subraya el pasado. Sentía el privilegio de haber descubierto tanto a los ibis sagrados como a los arqueros escarlata de Felicity. El suspiro de la Historia se eleva sobre las ruinas, no sobre los paisajes, pero en las Antillas son contadas las ruinas que arrancan el suspiro, salvo los trapiches en escombros y los fortines abandonados. Cuando proyecté mi mirada en torno, al modo de una cámara cinematográfica, y capté los montes poco elevados y azules que dominan Puerto España, el camino de la aldea y las casas mismas, los arqueros, los dioses-actores y sus ayudantes, así como la música registrada en la banda sonora, sentí deseos de filmar una película que fuese un prolongado suspiro por Felicity. Estaba impregnando la tarde con evocaciones de una India perdida. Pero ¿por qué hablar de “evocaciones”, y no de “celebraciones de una presencia verdadera”? ¿Por qué la India había de estar “perdida”, si ninguno de esos aldeanos la conocía realmente? ¿Por qué no habría de ser “algo continuo”? ¿Por qué no la perpetuación de la alegría en Felicity, lo mismo que en todos los otros nombres del llano central: Couva, Chaguanas, Charley Village? ¿Por qué le impedía a mi placer abrir de par en par sus puertas? Yo tenía derecho, como cada trinideño, a los éxtasis que eran suyos, porque el éxtasis era la altura del sinuoso tamboreo de los altavoces. Tenía derecho al festín de Husein, a los espejos y los templos de papel crepé de la epopeya musulmana, a la danza del Dragón Chino, a los ritos de la sinagoga de los judíos sefarditas, que antaño se localizaba en tal o cual calle. Sólo soy una fracción muy reducida del escritor que sería de haber abrazado todos los lenguajes fragmentados de Trinidad.

Las estatuas llovidas

Cuando se rompe un jarrón, el amor que vuelve a juntar los fragmentos es más fuerte que aquel otro que no valoraba conscientemente su simetría cuando estaba intacto. La cola que pega los pedazos es la autenticación de su forma originaria. Un amor análogo es el que vuelve a reunir nuestros fragmentos asiáticos y africanos, la rota reliquia de familia que, una vez restaurada, enseña blancas cicatrices. Esta reunión de partes rotas es la pena y el dolor de las Antillas, y si los pedazos son desparejos, si no encajan bien, guardan más dolor que su figura originaria: esos iconos y vasijas sagradas que nadie aprecia conscientemente en sus atávicos lugares. El arte antillano es esta restauración de nuestras historias hechas añicos, nuestros cascos de vocabulario, lo cual convierte a nuestro archipiélago en un sinónimo de los pedazos separados del continente originario.
Este es el procedimiento exacto de componer poesía, o de eso que debería llamarse, no “componer”, sino “recomponer”; la memoria fragmentada, el bastidor que enmarca al dios, incluso el rito que lo entrega a la pira final; el dios armado carrizo tras carrizo, caña flexible tras caña flexible, cuerda trenzada tras cuerda trenzada, como los artesanos de Felicity que pondrían en pie su resonancia divina.
La poesía es como el sudor de la perfección, pero debe lucir tan fresca como las gotas de la lluvia sobre la frente de una estatua. Combina lo natural con lo marmóreo. Y conjuga ambos tiempos: el pasado y el presente; el pasado es la estatua; el presente, el rocío o la lluvia sobre su frente. Existe el lenguaje amortajado y el vocabulario personal: la labor de la poesía es excavación y descubrimiento de uno mismo. Por lo que toca al tono, la voz personal es un dialecto; forma su propio acento, su propio vocabulario y su propia melodía, a despecho del concepto imperial del lenguaje; el lenguaje de Ozymandias, de las bibliotecas y los diccionarios, de los tribunales de justicia, los críticos, las iglesias, las universidades, el dogma político y la dicción de las instituciones. La poesía es una isla que se separa del continente. Los dialectos de mi archipiélago me parecen tan frescos como las gotas de la lluvia sobre la frente de la estatua; no son sudor brotado del clásico mármol severo, sino condensación de un elemento refrescante, lluvia y sal.
Despojadas de su lenguaje originario, las tribus, capturadas y obligadas por contrato, crean su propio lenguaje mediante la acreción y la secreción de un viejo vocabulario épico de Asia y África. Pero lo hacen con un ritmo ancestral y extático en la sangre, un ritmo que no puede ser subyugado ni por la esclavitud ni por un contrato de servidumbre; se dan nombres nuevos a algunos sustantivos y se aceptan los nombres convenidos de lugares como Felicity Village o Choiseul. El lenguaje ordinario se disipa, exhausto por la distancia, como la niebla que intenta cruzar el océano. Pero este procedimiento, que consiste en conferir nuevos nombres y en descubrir nuevas metáforas, es el mismo con que el poeta tiene que arreglárselas cada mañana durante su jornada de trabajo: forja sus propias herramientas como Crusoe, reúne sustantivos por necesidad, por Felicity, se da incluso a sí mismo un nuevo nombre. El hombre despojado no puede sino volver a esa elemental fuerza que es su mente, y que se asombra a sí misma. Tal es la base de la experiencia antillana: ese naufragio de fragmentos, esos ecos, esos trozos de un inmenso vocabulario tribal, esas costumbres parcialmente recordadas, que no han declinado, sino que gozan más bien de gran robustez. Sobrevivieron tanto al Middle Passage como al Fatel Rozack, la nave que transportó, del puerto de Madrás a los cañaverales de Felicity, a los primeros indos obligados por contrato, que transportó al encadenado convicto cromwelliano y al judío sefardita, al abarrotero chino y al comerciante libanés que vendía muestras de tela en bicicleta.
Y he aquí a todos ellos, juntos en una sola ciudad antillana, Puerto España; la suma de la historia, la “no gente” de Froude. Una céntrica Babel con rótulos y calles, mestiza, políglota, un fermento sin historia, como el Cielo. Porque semejante ciudad en el Nuevo Mundo es todo eso: el Cielo de un escritor.
Todos lo sabemos, a una cultura la hacen sus ciudades.
En otra mañana de primer día en casa, impaciente porque saliera el sol tras un sueño en pedazos. La oscuridad es la de las cinco de la mañana, y no vale la pena abrir las cortinas. Luego, con la luz que llega de pronto, una comisaría de muros color crema y un tejado pardo; la rodean arriates con bajas palmas reales, al estilo colonial. Detrás hay árboles que echan espumas y palmas más altas, una paloma que revolotea buscando refugio en un alero, una manzana de departamentos despintados por la lluvia que una vez fueron modernos; la calle lateral que da a la estación nada sabe del tráfico durante la mañana. Todo en su conjunto compone una paz asombrosa. Esa quietud se da cada vez que visito una ciudad que se ha profundizado en mí. No voy a hablar de las flores y los cerros, mi cariño por ellos es previsible; es la arquitectura la que desorienta en una mañana de primer día.

La envidia del frío

En otro tiempo, ya de vuelta de las seducciones estadounidenses, el viajero tenía a menudo la impresión de que algo hacía falta, de que algo estaba tratando de completarse, lo mismo que los manchados departamentos de concreto. Si tomamos una vista panorámica por la izquierda y a lo largo de la ventana, las excrecencias se erizan: una ciudad que intenta encumbrarse y ser brutal, como la silueta de una ciudad estadunidense, cortada por el mismo patrón, lo mismo que Colón o Des Moines. Una afirmación de poder; su decorado es blando, y su aire acondicionado ha sido graduado al punto en que todo su personal, secretarias y funcionarios, lucen chaquetas que compiten; la oficina más fría es también la más importante; imitación de un clima ajeno. Un ansia, una envidia de sentir frío.
En las ciudades formales, durante el agresivo invierno gris de cortas tardes, los días parecen pasar por delante con el abrigo abotonado hasta el cuello. Cada edificio parece un barracón con las luces de sus ventanas encendidas, y cuando la nieve se presenta, compartimos la ilusión de formar parte de una decimonónica novela rusa, debido a la literatura del invierno. Así, quienes visitan las Antillas deben sentir que habitan una ininterrumpida serie de tarjetas postales. Ambos climas han sido modelados por lo que hemos leído acerca de ellos. Para los turistas, la luz del sol no puede ser seria. Igual que la literatura, el invierno añade profundidad y oscuridad a la vida; y en el inacabable verano de los trópicos ni siquiera la pobreza, o la poesía (en las Antillas la pobreza es la poesía con una “v”, une vie, una condición de la vida a la vez que de la imaginación), parece capaz de profundidad, pues la naturaleza circundante es tan jubilosa, tan decididamente extática como su música. Una cultura fundada en la alegría sólo puede ser superficial. Por desgracia, para venderse, las Antillas fomentan los deleites de la estupidez, de la vacuidad brillante; se recomiendan a sí mismas como un lugar ideal para aquellos que huyen no sólo del invierno, sino también de esa seriedad que florece en una cultura de cuatro estaciones. Así, ¿cómo podría existir gente allí, en el sentido auténtico de la palabra?
Los antillanos nada saben de las estaciones en que las hojas se desprenden del año, ni del desvanecimiento de los chapiteles bajo la ventisca, ni de calles que blanquean, ni de la borradura de ciudades completas por la acción de la niebla, tampoco de las meditaciones ante la chimenea. En cambio, habitan una geografía cuyo ritmo, lo mismo que su música, se reduce a dos acentos: caliente y húmedo, sol y lluvia, luz y sombra, día y noche; se reduce a las limitaciones de un compás incompleto, de ahí que no sea gente apta para las sutilezas de la contradicción y la complejidad imaginativa. Así sea. No podemos cambiar tal menosprecio.

Poesía y ciudad

Las nuestras no son ciudades en un sentido convencional, pero ¿quién quiere que lo sean? Establecen sus propias proporciones, sus propias definiciones en sitios determinados y con una prosa que se iguala a la de sus detractores, de modo que ahora no sólo existe St. James, sino también las calles y los patios que Naipaul conmemora, sus callejones, tan cortos y brillantes como sus frases; no sólo existe el ruido y el empuje de Tunapuna, sino también los orígenes de Beyond a Boundary de C.L.R. James, no sólo la aldea de Felicity en el Caroni Plain, sino también Selvon Country. Y lo mismo pasa ahora islas arriba: la antigua Dominica de Jean Rhys sigue siendo la misma de la que ella escribió; también la Martinica del primer Césaire; y la Guadalupe de Perse, aun sin los cascos de médula y sin los mulos. Qué delicia y qué privilegio era ver cómo una literatura una misma literatura en varios idiomas imperiales: francés, inglés, español brotaba y florecía, isla tras isla, en el alborear de una cultura, ni tímida ni derivativa, no más que los pétalos del franchipán. Lo que digo no es una presunción beligerante, sino una mera celebración de lo inevitable, porque ese florecimiento tenía que darse.
Una tórrida tarde en Puerto España. Un callejón de resolana blanca. Una enredadera rebosando de un cercado, palmeras y una montaña cubierta de niebla aparecen al doblar una esquina, a la evocación de “esa umbría ciudad de Palmeras” de Herbert, no a la de Vaughan, o al recuerdo de un órgano Hammond en una capilla de madera, en Castries, donde los fieles cantaban Jerusalem, the Golden. Me cuesta un gran esfuerzo ver esa vacuidad como algo desolado. Es esa paciencia la que constituye la amplitud de miras de la vida antillana, y el secreto consiste en no pedirle lo que no le es propio, en no reclamarle una ambición por la que no se interesa. El viajero interpreta eso como letargo o torpeza.
No hay aquí suficientes libros, se dice uno, ni teatros, ni museos, simplemente no hay nada que hacer. Sin embargo, privado de los libros, un hombre no tiene otro remedio que recurrir al pensamiento; y es del pensamiento, si aprende a ordenarlo, de donde surgirá el impulso para el apunte y, en una situación extrema, si carece de los medios, para la recitación: poner en orden la memoria deriva en la métrica, en la conmemoración. Tal vez la privación no carezca de virtudes, pues no es poca virtud salvarse de una cascada de alta mediocridad, ya que ahora los libros en general no son creados, sino vueltos a hacer. Las ciudades crean una cultura, y todo lo que tenemos son esas agrandadas poblaciones con mercado. Así, ¿cuáles son las proporciones de la ciudad antillana ideal? Un campo circundante y accesible con suburbios arbolados y, si la ciudad tiene suerte, detrás de ella se extienden vastas llanuras. Detrás también: hermosas montañas. Y por delante: un mar de añil. Chapiteles como alfileres en su centro, y a la redonda: parques frondosos llenos de sombra. Por su firmamento pasan las palomas en alfabéticos dibujos, llevando consigo remembranzas de la creencia en los augurios. Y en el centro de la ciudad: caballos, sí, caballos, esos animales vistos por última vez a fines del siglo XIX tirando de coches simones y carruajes atestados de ciudadanos con sombreros de copa. Caballos que viven en el presente sin los ecos elegiacos de sus patas, caballos que saldrían en la madrugada de sus explanadas de ensillado en la Queens Park Savannah, cuando la niebla se desenreda de las frescas montañas que sobresalen por encima de los tejados. Y en el centro de la ciudad: una temporada de carreras, para que los ciudadanos rujan en presencia de la velocidad y la gracia de esos animales decimonónicos. Los diques de la ciudad ideal no se verían empañados por el humo ni ensordecidos por demasiada maquinaria. Y sobre todo, la ciudad sería tan racialmente abigarrada, que las culturas del mundo la asiática, la mediterránea, la europea, la africana estarían representadas en ella, y su variedad humana resultaría tan excitante como el Dublín de Joyce. Sus ciudadanos se casarían desentendiéndose de parentescos y diferencias raciales, eligiendo instintivamente y no por tradición, hasta que sus hijos juzgaran algo cada vez más fútil tener que remontarse al origen de esa genealogía. No tendría demasiadas avenidas difíciles o peligrosas para los peatones. Su zona comercial sería una cacofonía de acentos, fragmentos del antiguo lenguaje, que se silenciaría sin demora a las cinco. Sus muelles estarían decididamente desiertos el domingo.
Eso es Puerto España para mí: una ciudad ideal por sus proporciones comerciales y humanas, donde un ciudadano es un paseante y no un peatón; es probable que Atenas haya sido así, antes de convertirse en un eco de cultura.
Las más hermosas siluetas de Puerto España son idealizaciones de obras artesanales, hechas no de concreto y cristal, sino de ebanistería barroca. Y cada fantasía se asemeja más a un complicado dibujo de sí misma que al edificio verdadero. Detrás de la ciudad está el Caroni Plain, con sus aldeas, sus banderas de oración hindúes, y los puestos de vendedores de frutas a lo largo de la carretera, sobre la que los ibis sagrados pasan como flotantes banderas. ¡Pobreza fotogénica! ¡Tristeza de tarjeta postal! No estoy recreando el Edén; cuando digo “las Antillas”, me refiero a la realidad de la luz, del trabajo, de la supervivencia. Me refiero a una casa en la ladera de un camino campestre, me refiero al mar Caribe, cuyo olor es el de algo posible y refrescante tanto como superviviente. La supervivencia es el triunfo de la obstinación; y la obstinación espiritual, estupidez sublime, es lo que hace perdurar la ocupación de escribir poesía, habiendo tantas cosas que deberían volverla fútil. Todas esas cosas en conjunto podrían recibir un solo nombre colectivo: el mundo. Esa es, pues, la poesía visible de las Antillas. La sobrevivencia.

El trópico de los turistas

Si desean comprender esa piedad consoladora dispensada a las islas, observen los matizados grabados de los bosques antillanos, con sus palmeras, sus helechos y cascadas, todos tan correctos. Poseen una decencia que civiliza, como la de los jardines botánicos, como si el cielo fuera un techo de vidrio, bajo el cual una vegetación colonizada se organizara para hacer viable una apacible caminata o un paseo en carruaje. Esas escenas son grabadas con un pathos que guía la herramienta del grabador y el lápiz del topógrafo; es ese pathos, tiernamente irónico, el que bautizó a las aldeas con nombres como el de Felicity. Un siglo entero miró un paisaje de vegetación furiosa desde una perspectiva y con una mirada inadecuadas. Son tales estampas las que provocan tristeza, y no la zona tropical misma. Esos delicados grabados de trapiches y puertos y mujeres nativas con sus trajes del lugar, son vistos como parte de la historia que miraba por encima del hombro del grabador y, más tarde, por encima del fotógrafo. La Historia sabe retocar el ojo y la mano que mueve para configurar una noción de sí misma; sabe rebautizar los lugares para la nostalgia en un eco; sabe atenuar la deslumbrante luz del trópico hasta convertirla en elegiaca monotonía en prosa: el tono enjuiciador en Conrad y en los diarios de viaje de Froude.
Esos viajeros traían consigo la infección de su propio malestar, y su prosa redujo el paisaje precisamente a la melancolía y el desprecio de sí mismo. Tildan de imitación todo intento, tanto en la arquitectura como en la música. Froude estaba convencido de que la historia estaba fundada en el éxito, y como la historia de las Antillas estaba tan genéticamente corrompida, era algo muy deprimente; con sus ciclos de matanzas, esclavitud y contratos de servidumbre, la cultura resultaba entonces inconcebible, así que nada podría crearse en aquellos puertos desvencijados, en aquellos trapiches monótonamente feudales. Pero no sólo la luz y la sal de las montañas antillanas se resistían a eso, sino también el vigor demótico y la variedad de sus habitantes. Si uno se para cerca de una cascada, dejará de oír su ruido. Estar aún en el siglo XIX, junto con los caballos, tal vez no sea algo tan malo, como escribió Brodsky, y una gran parte de nuestra vida en las Antillas parece estar acordada aún al ritmo del siglo pasado, como la novela antillana.
Incluso escritores tan refrescantes como Graham Greene ven las Antillas con un pathos elegiaco, una prolongada tristeza, para la cual Lévi-Strauss aportó un epígrafe: Tristes tropiques. Su tristesse proviene de una actitud frente al crepúsculo antillano, frente a la lluvia y la implacable vegetación, frente a la ambición provinciana de las ciudades antillanas, en donde brutales réplicas de la arquitectura moderna achican las calles y las casitas. El estado de ánimo es comprensible, la melancolía tan contagiosa como la fiebre de una puesta de sol, como las frondas doradas de los cocoteros enfermos; pero hay algo ajeno, equívoco y aun malsano en el modo en que esa tristeza es descrita por los escritores ingleses, franceses y algunos de nuestros propios escritores en el exilio. Eso tiene que ver con un malentendido acerca de la luz y de la gente a quien esa luz baña.
Esos escritores describen las ambiciones de nuestras ciudades inacabadas, su incumplida conclusión homilética, pero es posible que las ciudades antillanas concluyan justo donde se dan por satisfechas con su propia escala, tal como la cultura antillana no está en desarrollo sino ya formada. Sus proporciones no deben ser mensuradas por el viajero o el exiliado, sino por sus propios ciudadanos y su arquitectura. Si alguien nos dice que todavía no formamos una ciudad o una cultura, la respuesta correcta es: esta ciudad no es la tuya, esta cultura no es la tuya. Luego de eso , quizá habría menos Tristes tropiques.
Aquí, sobre la balsa de este estrado, se oye el ruido de los rompientes que aplauden: nuestro paisaje y nuestra historia son por fin (at last) reconocidos. At last es uno de los primeros libros antillanos. Fue escrito por el viajero victoriano Charles Kingsley. Es uno de los primeros libros que abren paso entre la literatura inglesa al paisaje antillano y sus figuras. Nunca lo he leído, pero me han dicho que su tono es benigno. El archipiélago antillano estaba allí, para ser descrito y no para describirse a sí mismo, de mano de Trollope, de Patrick Leigh Fermor, con el mismo tono con que yo casi describí el espectáculo aldeano de Felicity, igual que un forastero compasivo y seducido, distanciándome yo mismo de la aldea de Felicity, aunque estaba disfrutándola. Lo que está oculto no puede ser amado. El viajero no puede amar, pues amar es inmovilidad y estancamiento, y el viaje es movimiento. Si el viajero retorna a lo que amó de un paisaje, y si se queda allí, no es ya un viajero: se encuentraen un estado de estancamiento y concentración, se ha convertido en un amante de esa parte específica de la tierra, se ha convertido en un indígena. Muchas personas dicen “que aman las Antillas”, queriendo decir así que piensan regresar un día para visitarlas; desde luego, no para vivir en ellas; un benigno insulto del viajero, del turista. Esos viajeros, aun el más amable, eran adictos al mismo aire sobreprotector, a las islas que pasan de perfil, a su exuberancia vegetal, a su atraso y pobreza. La prosa victoriana dignificó a las islas. Pasaban por delante bellamente perfiladas, y luego se las echaba al olvido, como se olvidan unas vacaciones.

Poesía antillana

Saint-John Perse, seudónimo de Alexis Saint-Léger Léger, fue el primer antillano que obtuvo este premio para la poesía. Nació en la isla de Guadalupe y escribió en francés, pero antes de él nunca hubo, en cuanto al sentimiento, nada tan fresco y claro como esos poemas acerca de su infancia, la de un privilegiado niño blanco en una plantación antillana: Pour Fêter une Enfance, Éloges y, más tarde, Images à Crusoe. Por fin, la primera brisa sobre la página, henchida de salitre y remozándose a sí misma como los vientos alisios, ruido de páginas y palmeras que se hojean, mientras “el olor del café sube por la escalera”.
El genio antillano está condenado a contradecirse. Elogiar a Perse, podría alguien decirnos, equivale a elogiar el antiguo sistema de las plantaciones, equivale a elogiar al bequé, al jinete de las plantaciones, a las verandas y los criados mulatos, un blanco idioma francés tocado con blanco casco de médula; equivale a elogiar una retórica del aire sobreprotector y de la hauteur; pero si bien Perse renegó de sus orígenes grandes escritores incurren a menudo en el desatino de querer suprimir su cuna, nosotros no podemos renegar de él en mayor medida que de Aimé Césaire y su ascendencia africana. Y no se trata de conveniencia; tal es la irónica república que es la poesía, ya que cuando veo al ocaso que se mueven las frondas de las palmas reales, pienso que están recitando a Perse.
La privilegiada y fragante poesía que Perse compuso para celebrar su blanca infancia, y la grabación de música hindú, detrás de los arqueros morenos de Felicity, con las mismas palmas reales recortadas contra el mismo cielo antillano, me conmueven por igual. Siento el mismo intenso orgullo por los poemas que por los rostros. ¿Por qué, habida cuenta de la historia de las Antillas, tendría que ser algo extraordinario? La historia del mundo, con lo cual queremos decir desde luego Europa, es un registro de laceraciones intertribales, de depuraciones étnicas. Por fin: ¡islas que no son descritas, sino que se describen a sí mismas! Las palmas y los alminares musulmanes son antillanos signos de admiración. ¡Por fin las palmas reales de la isla de Guadalupe recitan a Perse de memoria!
Más tarde, en Anabase, Perse reunió fragmentos de una epopeya imaginaria, con puertas fronterizas de chascantes dientes, con áridos audis y espuma de lagos venenosos, con jinetes de albornoz entre tempestades de arena. Lo contrario de las frescas mañanas antillanas, pero no necesariamente un contraste más fuerte que el de algún joven arquero de Felicity escuchando el sagrado texto difundido a todo volumen por el campo sembrado de banderas, lleno de batallas y elefantes y dioses monos; no más fuerte que el del niño blanco en la isla de Guadalupe, que componía los fragmentos de su propia epopeya con las lanzas de los cañaverales, con carretas y bueyes de las fincas y con la caligrafía de las hojas de bambú procedente de los antiguos lenguajes: hindi, chino y árabe, esa caligrafía escrita contra el cielo antillano. De El Ramayana a Anábasis, de la isla de Guadalupe a Trinidad, el camino está sembrado de una arqueología de fragmentos procedentes de los descuartizados reinos africanos, de las grietas de Cantón, Siria y el Líbano. Todos esos fragmentos vibran, no bajo tierra, sino en nuestras roncas calles demóticas.
Un muchacho de vista debilitada hace cabrillas con una piedra plana a través del agua plana de un estuario en el mar Egeo, y esa ordinaria acción de un codo guadañante contiene las brincoteantes líneas de la Ilíada y la Odisea. Otro niño apunta una flecha de bambú durante una fiesta aldeana. Y otro más oye la marcha susurrante de las palmas reales durante una alborada antillana, y con ese ruido, con los fragmentos de su mito tribal, la compacta expedición del poema épico de Perse es puesta en camino, a siglos y archipiélagos de distancia. Para el poeta siempre es de mañana en el mundo. La Historia es una noche de insomnio que ha quedado olvidada. La Historia y el temor primario son siempre nuestro primer comienzo, porque el destino de la poesía es enamorarse del mundo, a despecho de la Historia.
Hay un poder de júbilo, una celebración de la fortuna, cuando un escritor se descubre como testigo de los albores de una cultura en proceso de definirse, rama tras rama, hoja tras hoja, en ese amanecer que también está definiéndose. Por eso, a orillas de la mar sobre todo, es bueno ofrecer una ceremonia al orto solar. Entonces el sustantivo “las Antillas” se riza como el agua tocada por la luz, y los ruidos de las hojas, las frondas de las palmas y los pájaros son los ruidos de un dialecto reciente, la lengua nativa. El vocabulario personal la melodía individual cuya métrica es la biografía de uno mismo se funde con ese sonido, si uno está de suerte; y el cuerpo se mueve, como una isla que se despierta y echa a andar.
Estoy aquí en nombre de ellos, si no es que en el de su imagen, pero también en el nombre del dialecto que intercambian como las hojas de los árboles, cuyos nombres son más flexibles, más verdes, más agitados por la mañana que en inglés (laurier canelles, bois-flot, bois-canot), o los valles que los árboles nombran (Fond St. Jacques, Mabonya, Forestière, Roseau, Mahaut), o las playas desiertas (L’Anse Ivrogne, Case en Bas, Paradis), todas son canciones o historias por sí solas, pronunciadas no en francés, sino en patuá.
Uno se levantaba oyendo dos lenguajes: uno era el de los árboles, el otro el de los colegiales recitando en inglés:

I am monarch of all I survey,
My right there is none to dispute;
From the centre all round to the sea
I am lord of the fowl and the brute.
Oh, solitude! where are the charms
That sages have seen in thy face?
Better dwell in the midst of alarms,
Than reign in this horrible place…

(Rey soy de cuanto domina mi vista,
Un derecho que nadie me disputa;
Del centro a la redonda, y hasta la mar,
Soy el señor de las aves y las bestias.
¡Oh soledad!, ¿dónde están los encantos
que los sabios veían en tu rostro?
Mejor vivir en medio del tumulto
Que ser monarca en este horrible sitio…)

Mientras en el campo, con el mismo metro, pero al son de instrumentos orgánicos, violín hecho a mano, chac-chac y tambor de pelo de cabra, una muchacha de nombre Sensenne cantaba:

Si mwen di’ous ca fait nwen la peine
‘Qus kai dire ca vrai.
(Si te dijera que eso me dolió,
Dirías: “Es cierto.”)
Si nwen di ‘ous ca penetraint nwen
‘Ous peut dire ca vrai.
(Si te dijera que me heriste el corazón,
Dirías: “Es cierto.”)
Ces mamailles actuellement
Pas ka faire l’amour z’autres pour un rien.
(Los muchachos hoy
no hacen gratis el amor.)

Esto no significa que tal amanecer borre toda traza de la Historia. Ella está presente allí, en la geografía antillana, en la vegetación misma. La mar gime con los ahogados del Middle Passage, con la matanza de sus aborígenes: caribe, arahuaco y taíno; se desangra con el escarlata del framboyán. Ni siquiera la acción de las olas que rompen sobre la arena puede borrar la memoria africana. Y las lanzas de caña evocan por fuerza una verde cárcel donde, asiáticos obligados por su contrato, los antepasados de Felicity, siguen cumpliendo su condena.
Esto es lo que he leído por dondequiera desde mi niñez, desde el comienzo de la poesía, el beneficio del esfuerzo: en la recia caoba de los rostros de los leñadores, hombres llenos de resina, en los carboneros; en un hombre que sostiene con el antebrazo su machete, de pie sobre el borde herboso del camino, acompañado del anónimo perro caqui de siempre y vestido con la ropa adicional que se puso por la mañana, cuando hacía frío mientras se levantaba en la oscuridad menguante para ir a trabajar en su huerto en los cerros, sí, en los cerros, porque su huerto se encuentra a varias millas de su casa, pero es allí donde tiene su terreno; y en los pescadores y criados de librea, de pie sobre las camionetas que rechinan morro arriba: todos estos hombres fueron originariamente fragmentos de África, pero ahora tallados, endurecidos y arraigados con firmeza en la vida isleña; son analfabetas de la misma manera en que lo son las hojas; no leen, pero están allí para ser leídos, y si son leídos correctamente, crean su propia literatura.
Sin embargo, en nuestros folletos turísticos el mar Caribe es una piscina azul en que la república balancea el pie extendido de Florida, mientras se bambolean islas de caucho inflado, y flotan en una balsa, hacia el mar, bebidas con sombrillas. Así es como las islas, empujadas por la necesidad, se venden. Tal es la erosión de temporada de su identidad, esa repetición frenética de las mismas imágenes de servicio que no permiten distinguir a una isla de otra; con un futuro de puertos contaminados y repartos de tierras negociados por ministros. Y todo esto es dirigido al son de la música de Happy Hour y el rictus de una sonrisa. ¿Qué es el paraíso terrenal para nuestros visitantes? Dos semanas sin lluvia y un bronceado de caoba y, cuando el sol se pone, trovadores locales con sombreros de palma y camisas floreadas tocando Yellow Bird y Banana Boat Song hasta la muerte. Existe un territorio más ancho que eso, más ancho que los límites que componen el mapa de una isla. Es la ilimitable mar y eso que ella recuerda.

La felicidad intacta

Todas las Antillas, cada isla, son un esfuerzo de la memoria; cada mente, cada biografía racial termina en amnesia y niebla. Trozos de luz solar a través de la niebla y repentinos arco iris, arcs-en-ciel. Éste es el esfuerzo, la tarea de la imaginación antillana: reconstruir sus dioses, frase tras frase, con bastidores de bambú.
Desde el arahuaco hasta nuestros días, la matanza es la añublada raíz de la historia antillana, y ese añublo benigno que es el turismo puede infestar a todas esas naciones isleñas, no paulatinamente, sino con un avance imperceptible, hasta que cada peñasco sea blanqueado por el guano de hoteles de alas blancas; arco e invasión del progreso.
Antes de que desaparezca, antes de que queden sólo contados valles, receptáculos de una vida más antigua, antes de que el desarrollo convierta a cada artista en un antropólogo o en un folclorista, quedan todavía lugares acariciables, pequeños valles que no hacen eco a las ideas, que prometen la simplicidad de un nuevo comienzo, que no están corrompidos todavía por los peligros del cambio. No son parajes nostálgicos, sino santuarios cerrados, comunes y corrientes como la luz del sol. Lugares tan amenazados por esta prosa como un promontorio por la motoconformadora, o una arboleda de almendros marítimos por el cordel del topógrafo, o el laurel del monte por el añublo.
Una epifanía final: una modesta iglesia de piedra en un tupido valle al otro lado de Soufrière. Unos cerros casi meten a empujones a las casas en un río moreno, y la luz del sol luce aceitosa sobre las hojas. Un lugar atrasado, de poca importancia, que es ahora corrompido por esta prosa hasta volverse significativo. No es la idea santificar o investir de nada al paraje, ni aun de memoria. Niñas africanas con sus vestidos domingueros bajan por toscos escalones de piedra hacia el interior de la iglesia. Cuelgan relumbrantes hojas de plátano; hay una camioneta estacionada en un patio y ancianas que se arriman tambaleándose a la entrada. Es aquí donde debería pintarse un fresco verdadero, de poca importancia, pero de fe genuina, sin un mapa, sin Historia.
¡Con qué rapidez podría desaparecer todo! Hemos comenzado ya a internarnos en lugares que esperamos sean impenetrables, verdes secretos al cabo de malos caminos, promontorios donde la vista próxima no sea la de un hotel sino una larga playa sin figura y sin el signo de guindante interrogación de la humareda de un pescador en el otro extremo. Las Antillas no son un idilio, no al menos para sus indígenas. Extraen orgánicamente de ellas su fuerza de trabajo, como los árboles, como el almendro marítimo o el laurel picante de los montes. Sus campesinos y sus pescadores no están allí para ser amados, ni siquiera para ser fotografiados; son árboles que sudan y cuya corteza está cubierta por una película de sal. Pero cada día, en alguna isla, árboles desarraigados que visten de traje firman reducciones fiscales con los empresarios, envenenando de raíz al almendro marítimo y al laurel de los montes. Podría sobrevenir una mañana en que los gobiernos se pregunten qué ocurrió, no nada más con los bosques y bahías, sino con un pueblo entero.
Se presentan de nuevo, ya están aquí otra vez los rostros, ángeles corruptibles de lisa piel negra y ojos agrandados por una alegría inquietante, como aquellos niños de Felicity durante la Ramleela: dos religiones distintas, dos continentes distintos, ensanchando el corazón con el dolor que es alegría.
Pues ¿qué es la alegría sin el miedo? El miedo al egoísmo, porque así, sobre este estrado, con el mundo prestando atención a mí, no a ellos, quisiera preservar invioladas esas sencillas alegrías, no porque sean inocentes, sino porque son verdaderas. Tan verdaderas como el día en que Perse, con la bendición de sus dones, escuchó los fragmentos de su propia epopeya de Asia Menor en el susurro de las palmeras reales, esa Asia interior del alma por donde vaga la imaginación como si la imaginación fuese algo opuesto a la memoria colectiva de nuestra raza. Esas sencillas alegrías son verdaderas como el gozo de ese niño-guerrero que lanzaba flechas de bambú por encima de las banderas en el campo de Felicity. Y ahora son un júbilo agradecido y un temor bendito, como cuando un niño abrió su cuaderno y, dentro de la sujeción de sus márgenes, forjó estrofas que pudieran abrazar la luz de los montes sobre una isla bendecida por la oscuridad acariciando nuestra insignificancia.

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