[Crónicas del olvido]: “METAL DE SOLES”, DE CARLOS CONTRAMAESTRE. Por Alberto Hernández

AUTOR Agencia Literaria

1.-
Con dibujos del pintor palestino Burham Karkutli, aparece en la escena poética de 1983 “Metal de soles”, de Carlos Contramaestre, publicado con el sello de Ediciones Actual/ Colección Poesía de la Dirección General de Cultura y Extensión de la Universidad de los Andes, Mérida, Venezuela.

Cada poema de este libro está dedicado a los amigos que una vez lo acompañaron, fueron testigos o espectadores de las tantas travesías y travesuras literarias y “carniceras” del poeta, si nos atenemos al hecho de que nuestro autor es el padre del “Homenaje a la necrofilia”, una escena de aquella experiencia llamada “El techo de la ballena”, y en la que Contramaestre hizo de destripador de una res en medio del escándalo de la sociedad venezolana de aquellos días. Evento que ha sido relatado en otras páginas, en tantos libros y que aún flota en la memoria de los que han hecho o hacen un inventario de los grupos literarios del país.

Antes de entrar en los poemas, citaré a quienes el autor andino dedicó su empeño con tanta cercanía: Hugo Figueroa, Francisco Bellorín, Caupolicán Ovalles, José Antonio Bravo, Sergio de Camargo, Manuel Matute, Alfonso Montilla, Margot Benacerraf, Gabriel Morera, Francisco Hung, Jesús Sevillano, la negra (Maggi) y Salvador Garmendia, Cobo Borda, Miyó Vestrini, Ygnacio de la Cruz, Christiane y Enrique Hernández D´Jesús, Lourdes Armas, Teresa y Pepe Barroeta, Oswaldo Barreto, Marcos Miliani, César David Rincón, Tirso Alberto Meléndez, Nelson Rodríguez, Leonel Vivas, Octavio Armand, Verónica y Adriano, Tahía Rivero, Omar Granados, Helena y Jorge Klaussemann, Ticio Escobar y Carlos Colombino, Ángel Kalenberg, Juan Antonio Vasco y Víctor Grippo, Lucy y Eduardo Moubarak, Gilimaná y Raúl Lara, y Marina Núñez del Prado.

2.-
“Metal de soles” consta de 39 poemas donde la influencia surrealista es apoyo expresivo. El mismo Breton se suma en unos versos de este libro para celebrarse como padre de este movimiento que tanto influyó a un importante grupo de poetas venezolanos.

El tema que se revela en estas páginas, de cuidado manejo, es el del amor. Contramaestre se vale de las imágenes, de juego luminoso de la palabra castellana para recorrer el o los personajes de sus afectos más cercanos. El de la mujer que ama o ha amado o lo ha dejado de amar. Es, como afirma Jesús Serra en la contratapa, “la fuerza cósmica del amor, la cual sabe exaltar jubilosamente la condición humana”. Es decir, el autor escribe desde una fiesta interior que se llena de palabras; es un vocerío calculado, pleno de afectos, de inventos, de vueltas de tuercas en las que quien es solicitado como hablante se reconoce en el mismo lector. En este caso, el autor se construye con el lector y, a la vez, quien lee crea sus propias imágenes.

Quien lea este libro sentirá también al artista plástico que era Contramaestre. Poemas como lienzos, poemas con trazos donde el color se disipa en el ojo lector y aparece en alguna metáfora. Colores desleídos, colores leídos, colores deletreados.

Y a veces el blanco como máxima expresión de un silencio que también suena en cada palabra.

En “Luna en celo”, dedicado a Francisco Hung, escribe:

“Una tela de lino sobre su cabeza de pájaro te desnuda
y crecen sobre tu cuerpo
lunas como guitarras en celo”,

el viejo y ya lejano surrealismo sobre un lugar donde la imaginación es trazada en palabras. Suerte de pasión en el que el automatismo rema a favor de aquellos días de locura creativa, de imaginación desbordada.

3.-
Los sueños, los tantos laberintos de la ausencia, todo en un paisaje sin contornos. El eco, el reflejo, la voz casi audible, la que se pierde desde las formas de los objetos que toca el cuerpo, invisibles. El poema verbaliza, afirma, describe, acciona, va y viene entre las sombras y la luz. Luz metálica, asoleada, adjetivada con el brillo de una poesía que nombra y hasta podría borrar.

En “Espacios:

Ocupar los espacios perdidos/ estar aquí y allá/ sonreír/ diversificar el corazón/ asistir silenciosamente al extravío/ Esperar todas las tarde el viento/ clima/ que nos sustrae del atavismo mortal…”,

Y luego, con Miyó en su vecindario vital: “Batalla:

Amurallada bajo las escamas del sol/ ella ilumina con sus rosas el aire del estío/ desgarra sus túnicas al viento/ y se arraiga a mi corazón como una víbora/ Desenvaina sus ojos al amanecer/ y un olor a almendras decide el riesgoso combate/ un delirio constelado/ un sueño/ un vuelo de halcón/ es suave música de guerra/ Los cuerpos se retuercen en la penumbra/ no hay medallas no honras fúnebres/ Un perfume que viene de Venecia/ como ave perdida entre goletas/ abraza a los amantes/ Recuerdos de viandas y vinos/ entre luces y aguas/ violentan la nostalgia”.

4.-
Los poetas recorren entre metáforas, símiles y alusiones mágicas todo el verbo de la poesía. Contramaestre alucina con los versos que aquí dejó para siempre. Ciudades que descubrió, paisajes y máscaras, perfumes y acantilados…todo un mapa de posibilidades para hacer del viaje de la lectura una verdadera aventura idiomática.

“Metal de soles” es el eco de aquella poesía que sigue vigente en cada intento por pronunciar los verbos en todos los tiempos posibles.

Venir de tanto espacio, de tanta geografía recuperada, del poema que “violenta la nostalgia”, los recuerdos, renueva la vida, posibilita el encuentro con otra vida. Lourdes Armas es la celebrada en el texto “Resurrección”. Ella, en la muerte, vuelta a la vida. El texto parece una de las creaciones de la artista. Es un ambiente en el que están los habitantes de un lienzo, una flora y una zoología en medio de la consagración amorosa:

“Y si en vez de haber nacido sobre esteras/ y ramas de tierra caliente/ hubieras nacido sobre terciopelos de oro/ Desnuda para el amor/ adornada con tréboles sobre el corazón/ amamantada por serpientes y lunas de ozono/ Rodeada de faisanes y pavorreales/ enrojecida por los metales incandescentes/ de los gallos/ adormecida por músicas de palacio/ ofendida por turbantes y espadas de honor/ Olorosa a plantas aromáticas/ con sexo de canela/ y pestañas de las mil y una noche/ Oculta entre tules perfumados/ almendras y cítaras ardientes para el amor/ bañada en mieles y hojas de mar/ Un flor sobre su tumba/ una turquesa sobre su vientre de fieltro y nube/ Un pájaro ronda goloso alrededor de su corazón/ de uvito de montaña/ Allí está su resurrección de Venus nacional”.

Entre sueños, viajes, revelaciones, imágenes que rotan, la poesía de este libro de Carlos Contramaestre confirma la fiesta de su verbo, de su permanente brillo desde el metal del astro rey. De todos los soles imaginados.

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