BOLIVAR Y LOS CAUDILLOS. Por Ángel Lombardi Boscán

AUTOR Agencia Literaria

Nuestro Simón Bolívar fue un personaje paradójico en una época de transición donde el formó parte de los extremistas mientras que la mayoría de sus contemporáneos fueron indiferentes a la Emancipación. No nos vamos a meter con el Bolívar del mito erigido en el año 1842, cuando ya muerto, no molestaba a sus antiguos aliados necesitados de su prestigio para elaborar la nueva identidad nacional venezolana aboliendo la hispánica y proponiendo como alternativa una criolla y bolivariana. Desde entonces la Independencia fue nuestro tiempo fundacional, y a la vez, de arribo forzoso, de un viaje hacia una tierra prometida bajo códigos modernos aún esquivos en pleno siglo XXI. El Destino Manifiesto venezolano fue confiscado por los caudillos y libertadores quienes se cobraron el haber ganado la Independencia y frustraron todo empeño civilizador. ¿El protagonismo del Pueblo? Aún lo andan buscando.

Bolívar fue un caudillo de estirpe hispánica del mismo talante de un Lope de Aguirre en el siglo XVI. Al comienzo de la guerra en 1811, apenas reconocido por sus pares. Su condición de mantuano aristócrata proveniente del mundo urbano le generó grandes apremios cuando debió tratar con otros caudillos de ascendencia popular y rural como Páez, que si bien, no tenía ilustración, sí tenía musculo militar. Bolívar siempre “respetó” a Páez porque éste llegó a ser el jefe de los “cosacos” tropicales: los muy temidos llaneros. Don Pablo Morillo, el principal jefe español de la reconquista militar en la Costa Firme entre los años 1815 y 1818 temió más a Páez que al propio Bolívar. Hay una anécdota, no sabemos sí tiene base histórica, cuando Morillo regresó del infierno venezolano en el año 1820 hasta Madrid y el Rey Fernando VII le reclamó ante el hecho de dejarse vencer por unos salvajes, y éste le respondió: “Su Majestad, es que no son ningunos salvajes. Si usted me da un Páez y cien mil llaneros de Guárico, Apure y Barinas, le pongo a Europa completa a sus pies”.

Ese mismo Morillo, el primero en establecer una dictadura militar en Venezuela, cuando arribó a Margarita en 1815, no vino a someter a los rebeldes republicanos, ya todos vencidos o en el exilio debido a las lanzas de José Tomás Boves y Francisco Tomás Morales acaudillando a pardos y llaneros en contra de la Segunda República bajo el liderazgo de Bolívar y Mariño surgida en el año 1813. La muerte de Boves en la batalla de Urica evitó que la guerra civil en Venezuela se hubiese profundizado aún más entre los mismos realistas. Morillo, cometió el gigantesco error sociológico, de permitir que las tropas pardas de Boves fueran captadas por Páez y otros caudillos republicanos. En ese momento su visión eurocéntrica “superior” le condenó a menospreciar a unos soldados que terminó respetando y admirando.

Ese año 1813, será fatídico para los venezolanos porque al no existir Metrópoli y con el desmantelamiento institucional colonial entramos a lo que Thomas Hobbes desarrolló en su “Leviatán” como la “guerra de todos contra todos”. A su vez Bolívar, en desventaja con relación a caudillos como Monteverde, Antoñananzas, Rosete Zuazola, Yañez y tantos otros del bando realista así como de sus propios aliados como Monagas, Cedeño, Arismendi, Ribas, Bermúdez, Piar y Mariño hace público su controvertido Decreto de Guerra a Muerte (Trujillo, 1813) dónde promete exterminar a españoles y canarios. La promesa se hizo realidad y en Venezuela fueron asesinadas 250.000 personas de una población total que no llegó al millón de habitantes en una guerra de exterminio pocas veces suscitada en los anales de la historia mundial.

¿Qué llevó a Bolívar a entrar en ésta guerra a muerte siendo un defensor de los principios de un gobierno y sociedad republicanos? Las versiones más benignas sostienen sobre la necesidad de dividir a los bandos enfrentados y en pagar con la misma moneda la brutalidad de los enemigos. Yo creo que en realidad lo hizo para enviarle un mensaje al resto de todos los caudillos que en Venezuela tenían su propio señorío y ejércitos personales funcionando desde la anarquía más indómita: el que más manda es el más bravo y más fuerte, y ese: soy yo. No tardó en poner en práctica ese supuesto fusilando a todo europeo español en las subsiguientes campañas militares, incluido el díscolo Piar, el libertador de Angostura, luego de la decisiva batalla de San Félix en el año 1817. Luego Boves, profundizaría aún más, este terror desatado.

Es complicado entender la existencia de algún tipo de heroicidad en estos sucesos o de escamotearlos para elaborar una pintura idealizada al estilo de los cuadros de Tito Salas. En estos terribles años se gestó el fenómeno caudillista y su derivado personalista y militar que ha ensombrecido ciento cincuenta años de nuestra historia luego del año 1830 hasta el presente.

Hay una exhaustiva y acertada investigación, aún inédita, del Profesor Carlos Miguel Balladares Castillo con el título: “El Surgimiento de los Caudillos en el Proceso de Independencia de Venezuela (1808-1817)”, 2016, de la Universidad Católica Andrés Bello, que profundiza como muy pocos lo han hecho sobre éste fenómeno del caudillismo en sus fases de gestación “nacional”. Entre las tipologías que estudia Balladares Castillo tenemos al “caudillo militar” (Monteverde), el “caudillo popular o rebelde” (Boves) y el “histórico venezolano” (Páez, Mariño y Bermúdez entre otros). Una de las conclusiones que más nos llamó la atención de éste estudio fue las relaciones que existen entre el caudillo y una clientela que le es fiel ante la ausencia de una autoridad legal o institucionalizada. Algo que poco ha cambiado en la Venezuela de hoy ante el predominio del militarismo y del hombre fuerte por encima de las constituciones de papel al lado de una ciudadanía desvalida y aplastada por sus distintos gobiernos.

DR. ANGEL RAFAEL LOMBARDI BOSCAN
DIRECTOR DEL CENTRO DE ESTUDIOS HISTÓRICOS DE LUZ
@LOMBARDIBOSCAN

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