[Crónicas en tránsito]: “JULIO JIMENEZ (Julito)” por César Seco

AUTOR Agencia Literaria

1
Nos hablaron de él. Nos contaron de algo así como una leyenda. Le queríamos como a un hermano criado fuera de casa. Le estimábamos como a un amigo sin conocerlo. Le presentiamos por su poema “Ay, Amor no fumes en la cama”, que andaba en boca de los muchachos despeinados que éramos a principios de los 80’s. Poema que decían era algo así como una especie de himno nacional suyo, porque no había lectura de bar o de salón donde no lo recitara. No sé si lo soñé o me lo creí, o por creerlo lo soñé, acodado en una barra de tugurio lacustre. Y esto ocurrió cuando la rueda del tiempo atendió el llamado del deseo. Sólo que sentado le vimos en una mesa, halado por la noche a un rincón del Palmarejo, el bar de los artistas marabinos en la calle Carabobo. Con su vestuario de actor en Maracaibo Blues, la película de Jacobo Penso. Vestido de él. Leyendo para dos atónitas mujeres su poema donde la memoria apela al delirio y la imaginación para conjurar un doble hecho cuyo drama alcanza al poeta: el incendio de Lagunillas por un derrame de petroleo y la ceniza de despecho por un amor fallido. Cuando se levantó, nuestra pupila lo trajo del sueño, lo sentimos detenerse sigiloso y pararse detrás de la mesa donde libábamos, recogiendo sus alas chamuscadas de muerto vivo, de resucitado de aquel incendio catastrófico que ya es historia de la república que fue. La mesa full de cervezas y tres imberbes celebrando al fantasma. Un cenicero repleto de colillas con el apagado aliento de la ausencia. La seda de su voz, bienamada voz como la de su adorado Felipe, el bolerista de América, voz estereofónica. El poeta y sus osadas peticiones a la vida, a su íntimo drama. El viajero colmado por la gracia somnolienta de los barrenderos nocturnos. El ciudadano atendiendo el prodigio de soledad que le ha sido dada; no la del maldito sino la del distinto: “Lo propio del solitario es no estar desolado”, escribe, tal lo llegó a descubrir adelante del camino andado: París, Bruselas, Venecia, Maracaibo. El amante y la esencia del amor: “Si besas una flor y ella se explaya/ vivimos la certeza de un aroma”. Salimos a recorrer la noche con él, porque no se conoce la noche sino se le conoce a él.

2
Este aire trashumante y escanciador que lo sigue donde vaya, lo trae siempre de vuelta a su pueblo, a su entorno primordial: el lago. Campamentos y palafitos. Cantinas y burdeles. Ramajes y matorrales. Soles enrojecidos y auspiciantes lunas. Mercados callejeros y techumbres de abandono. Ciénagas y pantanos. El poeta se pasea y, a su paso, se llega hasta sus páginas. Despojos del mundo hecho y devorado. Siempre para él un mismo acto de maravilla y conjuro que se cumple en su existir. La poesía como posibilidad de recuperación de lo perdido, algo más poderoso que la ausencia o la muerte y que se puede vaciar en la copa celebrante de la vida. “La señal favorable de un ansiado misterio”. Nos dice en un lugar de sus poemas. Allí, a dónde vamos.

3
El amor es como el mar en la poesía de Julio Jiménez. Incesante. Va y viene. Vacía sus olas en el pliego abierto de su libro. Comienza en una palpitante espera. Espera que alucina en zuecos o no se cansa de recordar el vuelo sucedido, pero, en verdad, nunca definitivo, asombroso sí, siempre por suceder. Ardiente licor que amanece tango o bolero en el labio mordido por un beso. La certidumbre de un puñal que rasga la máscara cotidiana de lo fútil y triza cartas y fotografías. La más bella señal del arco iris, eso que bien vale un poema metafísicamente sencillo, al que no hay más nada que agregar.

Una noche
una mujer y un hombre
se encontraron después de un largo viaje
en la terraza de un celebre cafe
Tu eres mi espada
le dijo la mujer al hombre
Y tú la mía
le respondió el hombre
a la mujer
Tanto se creyó cada uno
la espada del otro
que atravesaron sin querer sus corazones
y los dejaron sangrando a gritos
sobre las medas que ocupaban
el hombre y la mujer
fueron demasiado tímidos
como para querer cambiar los puestos

Post Data: La pasión y el desenfreno son móviles de esta escritura. Penetrados por estremecimientos placenteros de imágenes nunca recurrentes y si sugerentes. A la intensidad amatoria, el poeta da tratamiento particular en que no importa la secuencia o continuidad sino el acontecer del hecho. Deja atrás el musgo romántico, aunque arruñe la espalda de su celaje sentimental. Con la ensoñación surrealista es más condescendiente: “La tarde guarda sus promesas en escaleras”… “La felicidad es un piano abandonado”. Asombra cuando en medio de una aparente seriedad lírica, el poeta hace uso de expresiones callejeras propias del habla malandra: “que hay de ti”; “a la hora del té”; “si se hacen las duras”. Llama mi atención hoy, en una nueva lectura, ese erotismo suyo, esotérico casi siempre y extático a ratos, sobre el que aposenta amores idos y otros nunca dados, abordados con ansioso desenfado: “Voy a pegarle un telefonazo a Dios a ver si vuelves”. Pero de verdad, a mi parecer, dicho con más precisión cuando apela a la ironía:

En un sueño me decías
Poséeme toda
Al despertar te llame
por teléfono y respondieron
Se está bañando

“Lo demás es enigma/ de una página en blanco”. Nos despacha: -Muchachos, vayanse con su música a otra parte y me dejan con la mía-.

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