[Crónicas en tránsito] “WAFI SALIH” por César Seco

AUTOR Agencia Literaria

No recuerdo cuándo y dónde conocí a Wafi Salih. Recuerdo el instante. No recuerdo qué hablamos, recuerdo que hablamos. El encuentro tuvo la instantaneidad de esos magníficos haiku que ella sabe bien darnos a leer.¿Maracaibo? ¿Caracas?¿Mérida? El lugar no fue más que tiempo. ¿Mañana o Tarde? Solo luz, de ella, no mía, no de ningún reflector. A nuestra espalda un auditorio. Voces circundantes, pero nada parecía estar. Si, varios concurrentes lo estaban atraídos por su presencia. Miento si digo que alguno nos presentó o que a falta de ello lo hice. No. Nada de eso. Nos conocíamos como se conocen los poetas; por sus versos

“Sin yo saberlo
la fragancia de un poema
mi pie en la hierba”

(A los pies de la noche)

2
Dije que recuerdo el instante. Lo digo en la siguiente línea. Sentí una breve vibración cuando habló. Un parpadeo en el aire. Una aguja movida en la balanza, pero peso ninguno en el espacio. Su mirada acuosa, sosegada, manto de río; parecía estar en otra parte, pero era sólo eso, parecía. Me enteraba allí que era de esos seres que cuando creemos se evaden es cuando más están en la realidad, sólo que en ellos la visitación de la imagen los adentra poderosamente en si sin desatender el afuera:

“Atardeciendo
tu mirada le roba el negro
a la noche”

(A los pies de la noche)

3
Lo esencial de la poesía es la imagen y lo esencial de la imagen es el instante. Un poeta es una naturaleza aprehensiva y una imagen es una naturaleza dual: fija y en fuga. Nos lo enseña Lezama cuando nos proyecta la imagen entre la fijeza y el vacío. No se trata de simple traslación de algo presentido a la palabra, ésta antecede, pero a ella, la gestación de lo invisible. Como la fe, que es creer en lo que no se ve, la poesía crea lo que no ve y, en su reposo y movimiento, es capaz de leerlo dentro del poeta que lo deja al lector en una ascesis de asimilación o revelación. Ocurre una simbiosis, una transmutación de lo evidente a lo trascendente. Pienso en lo que sobre “la palabra transmutada” nos dejó dicho Alfredo Silva Estrada. Pero pienso mucho mas en el hacer poético de Wafi Salih. Sus haiku dan un “coup de des” a la tradición oriental. Conservando su estructura, su resolución escrita no se queda en el procedimiento original, y busca en todo caso una expresión que equilibre la interioridad del hablante y la exterioridad del instante:

“Por las rendijas
regresa mi infancia
en los cocuyos”

(Vigilia de huesos)

4
Pasado un tiempo sin vernos nos volvemos a encontrar en San Felipe, de esto hace unos años. Pasamos de la brevedad observante a la conversación necesaria. Las lecturas y los afectos, las separaciones y los nuevos amores; el hacha doliente del país, la autocrítica primeramente, el reclamo, el puñal amargo de la consciencia. No obstante allí, mediando, esa energía suya que transmite sosiego, tan sólo porque ella es así, así su naturaleza. No eligió el haiku por hacerse de una fórmula; intentarlo puede ser arduo o fácil, algunos reiteran a Basho o repiten a Tablada. Wafi, creo, lo hizo por fidelidad a su naturaleza sensitiva, emotiva, reflexiva, que es a lo que trato de aproximarme en esta lectura que se me ha hecho placentera.

“¿Qué se dirán
de rama en rama
los ruiseñores?

(Vigilia de huesos)

Concluido el encuentro en San Felipe, recibimos, Argelia y yo, invitación a pernoctar en su casa de Barquisimeto antes de partir de regreso a Coro. Y estando en ella, ese era su silencio, su sobriedad sencilla, minimalista y esencial. Nos llevo a las lomas de Cubiro, a nosotros que buscamos “la paz que sobrepasa todo entendimiento”. De regreso le oímos en su mesa poemas de con “El índice de una lágrima”, el dolor le hincaba un costado de su sentir, pero se sobreponía adentrándose en el Otro: “La angustia nos lee/ somos un poema inconcluso”. Habló una herida, lo dijo otro lado de su decir: el territorio de procedencia de sus padres, el Líbano, territorio de una guerra, material, religiosa, global. Callado, tomando té, me dije: el llanto se trueca en canto, en oración; aceptar antes que absolver la amargura: “Esta ráfaga de infierno que es la vida// Donde ha sido/ repetidamente avara/ la felicidad conmigo”. El sentido, algo más que lujo verbal encontrado en el caos, es desilusión lúcida. Lo que en sus libros anteriores expresaba en nítida sencillez, ahora clamaba en contundente complejidad: “¿Cuantas tumbas hay en el pecho de Dios?”.

*
Post data: Recién la vimos en Caracas, presentando el libro, en una cuidada edición bilingüe del sello Negro sobre Blanco. Le sentimos como a quien ha atravesado la puerta del dolor para de pie sonreírle al vivir.

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