[Poesía]: STRATIS EL MARINO DESCRIBE A UN HOMBRE. Yorgos Seferis

AUTOR Agencia Literaria

1.


Pero ¿qué tiene este hombre?
Toda la tarde (ayer, anteayer y hoy) está sentado con
 los ojos clavados en el fuego;
esta tarde conmigo ha tropezado al bajar la escalera
y me ha dicho:
“El cuerpo muere, el agua se enturbia, el alma
vacila
y el viento olvida; todo olvida,
pero el fuego no cambia”.
Me ha dicho también:
“Sabe, amo a una mujer que se fue tal vez al otro
 mundo; no es esto lo que me hace parecer tan
 desolado,
trato de sostenerme en una llama,
porque no cambia”.
Después me contó la historia de su vida.

2. Niño


Cuando empecé a crecer, los árboles me torturaban:
“¿Por qué sonríe? ¿Su pensamiento voló a la prima-
 vera que es tan dura con los niños pequeños?”
Las hojas verdes me gustaban mucho;
si aprendí algunas cosas creo que fue porque el
 secante que guardaba en el pupitre era también
 verde;
me torturaron las raíces de los árboles cuando venían
 en el calor del invierno a enrollarse en torno de
 mi cuerpo.
No tenía otros sueños yo de niño:
a
sí conocí mi cuerpo.

3. Adolescente


Un verano -tenía yo dieciséis años- una voz
 extraña cantaba en mis oídos;
fue -recuerdo- a la orilla del mar, entre las redes
 rojas y una barca olvidada en la arena como un
 esqueleto.
Traté de acercarme a aquella voz aplicando mi oído
 a la arena;
la voz se perdió,
pero cayó una estrella
como si viera yo por vez primera una estrella caer
y en los labios el sabor salado de la ola.
Las raíces de los árboles la noche aquella no volvie-
 ron ya.
Al otro día un viaje se abrió en mi pensamiento y se
 volvió a cerrar como un libro de imágenes;
soñaba con volver a la playa cada tarde
para primero conocer la playa y partir después hacia
 alta mar.
Al tercer día a una muchacha amé sobre una cima;
tenía una casita blanca como una ermita;
una madre anciana en la ventana con las gafas
 pegadas a la aguja, siempre silenciosa;
un tiesto de albahaca, un tiesto de claveles;
se llamaba, creo, Vaso, Frosso o Bilio;
así olvidé yo el mar.
Un lunes de octubre
ante la casita blanca hallé un cántaro roto.
Vaso -para abreviar- apareció con un vestido
 negro, el pelo despeinado y los ojos rojos
cuando le pregunté:
“Murió, el médico dice que murió por no haber
 degollado un gallo negro en los cimientos…
 dónde encontrar un gallo negro por aquí… sólo
 bichos blancos.. y en el mercado las aves las
 venden ya peladas”.

La tristeza y la muerte no las imaginaba así;
me fui y volví al mar.
En el “San Nicolás” sobre cubierta aquella noche
 soñé con un olivo viejo que lloraba.

4. Joven


Con el capitán Odiseo viajé un año,
fui feliz:
en el buen tiempo me acomodaba en la proa cerca de
 la sirena,
canté sus labios rojos contemplando los peces vola-
 dores,
en las tormentas me hundía en una esquina de la cala
 con el perro del barco que daba calor.
Al acabar el año yo vi una madrugada minaretes
y me dijo el patrón:
“Es Santa Sofía, te llevaré a la tarde de mujeres”.
Así conocí las mujeres que sólo llevan medias;
aquellas que elegimos, desde luego.
Era un lugar extraño;
un patio con dos nogales, una parra, un pozo
y, en torno, la pared con cristales rotos en el borde.
Un canal cantaba “Al correr de mi vida”.
Entonces vi por primera vez un corazón
traspasado por una flecha conocida
pintada con carbón en la pared.
Vi amarillas las hojas de la parra
caídas en la tierra,
pegadas al barro miserable, al pavimento,
y di un paso atrás para volver al barco.
Entonces el patrón me cogió por el cuello y me
 arrojó en el pozo:
¡qué caliente el agua y tanta vida en torno de la piel!
Después me dijo la muchacha jugando distraída con
 su seno derecho:
“Soy de Rodas, por cien duros me desposaron a los
 trece años”.
Y el canal cantaba “Al correr de mi vida”.
Me acordé del cántaro roto en aquella tarde fresca
 y pensé:
“¿Morirá también ésta, cómo morirá?”
Le dije solamente:
“Ten cuidado, vas a estropearlo y es tu vida”.
Por la tarde en el barco no pude acercarme a la sirena,
 estaba avergonzado.

5. Hombre

He visto desde entonces muchos paisajes nuevos: campos verdes en que el cielo y la tierra, el hombre y la semilla se confunden en una humedad irresistible; plátanos y abetos; lagos con visiones arrugadas y cisnes inmortales porque habían perdido ya su voz, decoraciones que desplegaba mi compañero voluntario -este comediante errante- mientras tocaba una bocina larga que le había destrozado los labios, y con voz penetrante como la trompeta de Jericó derrumbaba lo que yo llegaba a construir. Vi también un cuadro viejo en una sala de techo bajo; mucha gente lo admiraba. Representaba la resurrección de Lázaro. No recuerdo ni a Lázaro ni a Cristo. Sólo, en una esquina, la repugnancia pintada en una cara que miraba el milagro como si oliera. Trataba de proteger su aliento con un pañuelo enorme que a lo largo del cuerpo le colgaba. Este señor del Renacimiento me enseñó a no esperar gran cosa del Juicio Universal.

Nos decían: “Venceréis cuando estéis sometidos”.
Nos sometimos y hallamos la ceniza.
Nos decían: “Venceréis cuando améis”.
Amamos y hallamos la ceniza.
Nos decían: “Venceréis cuando dejéis la vida”.
Dejamos nuestra vida y hallamos la ceniza.

Hallamos la ceniza. Nos falta encontrar de nuevo nuestra vida ahora que no tenemos nada. Me imagino que el que vuelva a hallar la vida, a pesar de tantos papeles, tantas luchas y tantas enseñanzas, será alguien como nosotros, sólo que un poco más tenaz en el recuerdo. Para nosotros no es posible, recordamos todavía lo que dimos. Aquél recordará tan sólo sus ganancias por cada una de sus ofrendas. ¿Qué puede recordar una llama? Si recuerda un poco menos de lo necesario, se apaga; si recuerda un poco más de lo necesario, se apaga. ¡Si pudiera enseñarnos, cuando arde, a recordar con precisión! Acabé. ¡Si hubiera, al menos, otro que empezara donde yo he terminado! Hay momentos en que tengo la impresión de haber llegado al fin, de que todas las cosas se encuentran en su sitio, conjuntadas, dispuestas a cantar. La máquina a punto de ponerse en marcha. Puedo, desde luego, imaginarla viva, en movimiento, como algo insospechadamente nuevo. Pero queda algo todavía, un obstáculo mínimo, un grano de arena que se hace más pequeño, más pequeño sin poder jamás aniquilarse. No sé qué tengo que decir ni lo que debo hacer. Este obstáculo se me presenta a veces como un núcleo de lágrimas hundido en cierta juntura de la orquesta sin dejarla sonar hasta que se disuelva. Y tengo el presentimiento insoportable de que toda la vida que me queda no será suficiente para disolver esta gota dentro de mi alma. Y me persigue el pensamiento de que este instante inacabable sería el último en rendirse si me quemaran vivo.
¿Quién nos ayudaría? Una vez, cuando andaba en los barcos todavía, un mediodía de julio, me encontré solo en una isla, deshecho bajo el sol. Un viento suave me traía tiernos pensamientos, cuando vinieron a sentarse, un poco más allá, una mujer con un vestido transparente que dejaba adivinar su cuerpo, delgado y fuerte como el de una cierva, y un hombre silencioso que, a cierta distancia, la miraba a los ojos. Hablaban una lengua que yo no comprendía. Le llamaba Jim. Sus palabras, sin embargo, no tenían peso y sus miradas, confundidas e inmóviles, dejaban sus ojos ciegos. Pienso siempre en ellos por ser las únicas personas que he visto en mi vida sin tener ese aire rapaz o ya batido que he hallado en todos los demás. Ese aire que los hace pertenecer al rebaño de los lobos o al rebaño de los corderos. Las volví a encontrar el mismo día en una de esas capillas isleñas que encuentra uno al pasear y que pierde apenas sale de ellas. Mantenían siempre la misma distancia y después se acercaban y se besaban. La mujer se convirtió en una imagen oscura y desapareció, pequeña como era. Me pregunto si sabían que estaban fuera de las redes del mundo…
Es hora de que parta. Conozco un pino que se inclina cerca de un mar. Al mediodía regala al cuerpo fatigado una sombra medida como nuestra vida, y a la tarde, el viento pasando a través de sus agujas, entona una canción extraña, como almas que abolieron la muerte en el instante de volver a convertirse en piel y labios. Una vez pasé la noche en vela debajo de este árbol. Al alba estaba nuevo, como si entonces mismo me hubieran tallado en la cantera.

¡Ay! ¡Si al menos se pudiera vivir de esta manera! No importa

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