[Crónicas del Olvido]: “LA OTRA ISLA, DE FRANCISCO SUNIAGA”. Por Alberto Hernández

AUTOR Agencia Literaria

1.-
Dos historias, dos anécdotas que viajan juntas, paralelas. Dos tiempos que constituyen una novela y en la que no deja de estar el país que también hoy es el relato de una realidad que nos hace parecer de ficción.

“La Otra Isla” (Oscar Todtmann Editores, Caracas 2005) refleja la violencia en la que una vez fue tierra de paz y sosiego. El narrador cuenta desde la experiencia de un abogado/ sabueso que investiga la muerte de un alemán en la Isla de Margarita, pero al lado de esa historia se mueve otra, la del gallero que traza la ruta de un pasado de costumbres donde la barbarie es el nudo que ata ambas historias. Se rozan, se tocan, se envuelven: se intertextualizan.

Y finalmente coinciden para establecer que el fracaso de un país tiene sentido en dos personajes icónicos, dos sujetos ineludibles en la violencia de un pedazo de país que ha dejado de soñar, y en el cual se ha instaurado una pesadilla.

2.-
Resuelvo ser José Alberto Benítez. Miro con cierto desdén a Presente Bermúdez en aquella plaza de juegos, de una tradición, la que aún prevalece en medio de una violencia otra, aquella que desvanece el pasado, lo hace presente de miedo.

(Sopla un aire marino que se pega de la piel, que se adhiere como una oruga. Imagino a Francisco Suniaga enhebrando las historias. Lo veo a mi lado. No lo conozco. He oído hablar de él.

Y creo, sin temor a equivocarme, que tiene acento margariteño.
Me hago crónica en esta novela. No quiero desempeñar el papel de ingeniero de sonido de unas historias que ya otros han analizado, han planificado ser detectives, expertos en ciencia criminalista. Leo este libro y me descuido. Pasa a formar parte del montón que descansa sobre mi cama, mientras el sucio del piso sube por efecto de un viejo ventilador).

La isla se contiene en los turistas, en los viajeros anónimos que luego son bautizados por la ficción, por la verdad literaria. ¿Hay una verdad literaria? Por la verdad de la imaginación. Es más coherente así decirlo.

Personajes que se adentran en las costumbres de la isla, en una isla donde no había cárceles. En un terrón cerca de costa firme donde sus habitantes sostenían su acento y defendían su paraíso con la alegría del orgullo guaiquerí. Y entonces las historias:

“La Otra Isla” es, precisamente, otra isla, la nueva, la que no tiene nada que ver con el pasado de Porlamar, La Asunción, Juangriego, las Tetas de María Guevara, El Tirano. Es una isla en la que se construye una distopía, es decir: el paraíso dejó de ser porque era sólo un sueño. Una ligazón pasajera con el paisaje, con la bien celebrada agudeza de sus habitantes. La Isla ya no es tal. Es una referencia más de lo que ha sido siempre el país de un poco más abajo, el que comienza en el litoral central y se pierde en las entrañas de Caracas.

Ahora, Dieter Schlegel imagina el mar con la misma mirada con que lo reconstruye, con que lo traza con las pupilas alejado de su origen germano. Su cambio de nombre, la perspectiva con que ahora se siente profesado por el clima que lo arropa.

(Desde mi posición en la mesa lo veo adentrarse en el mar desde el mirador. Siento que piensa, que le da vueltas a lo que pasará, a lo que hará el novelista con él).

3.-
¿Están conscientes los personajes de su condición de imágenes que viajan a través de una historia recreada? ¿Sienten que son sometidos a los vaivenes de quien los crea, de quien les pone huesos, carne y pensamientos y pasan a formar parte del imaginario del lector, quien los convierte en parte de su vida? ¿No seremos acaso esos personajes? ¿Crea el novelista a sus lectores?

Como personajes que somos, que flotamos en esta novela, volvemos a nombrar la violencia porque siempre es novedosa, inesperada. La muerte de Wolfgang Kreutzer es una muestra de esta épica que no deja de contar con un viaje: la travesía de Edeltraud Kreutzer desde Alemania para conocer los detalles de la muerte de su hijo, pero igual para buscar justicia en una tierra tan enredada en sus propios asuntos que se torna difícil concentrarse en la civilidad.

Esa épica funeraria conforma el engranaje de la violencia.
El sueño de Benítez, el relato en dos planos, uno forjado con referentes literarios, y el otro en el que la realidad –esa violencia- se vuelca ficción en quien escribe, pero que no deja de ser realidad en quien lee. Novela forense. Novela donde un abogado investigador se tropieza con un mapa abierto, con un cadáver que el mar denuncia como parte de la misma isla. El mar es un ritmo permanente, una ilusión que borraba todo indicio de perversión en el pasado.

La isla era un pretérito perfecto. Ahora es la ilusión de lo que le queda de memoria a sus habitantes/personajes.
La otra isla es nuestro naufragio. Nuestro ahogo histórico.

Alberto Hernández

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