[Crónicas del Olvido]: “Dos lecturas de Miguel Ángel Campos: INCREDULIDAD/ LA FE DE LOS TRAIDORES” por Alberto Hernández

AUTOR Agencia Literaria

1.-
Miguel Ángel Campos entra y sale airoso de las aventuras que emprende con sus libros. Y lo hace con una elegancia que lleva a los lectores a congraciarse con algunas de las vertientes que, por muy alejadas del humor de quien se enfrasca en sus páginas, podrían escalar el desacuerdo o la perfidia del retrato que nos muestra. Campos magistralmente sabe tomar de la mano al lector: su lado académico se ve pulsado por una prosa que no se desliga de la realidad cercana, tanto en el tiempo como en la geografía. En Incredulidad (Ediciones IVIC y Unica, Maracaibo, 2009) el autor trujillano radicado en la capital del Zulia se pasea por una serie de temas que tienen un tronco común: el país, ciertos personajes e ideas que resaltan el apego del estudioso a nuestros más urgentes asuntos relacionados con la política, la historia, la cultura, la literatura y la sociología. Se trata de un compendio de emociones que emergen de la mirada a un paisaje real y de las páginas de las miles de lecturas de un hombre dedicado a nadar y a naufragar entre libros.
En el primer trabajo, “Incredulidad”, precisamente, se vierte el sabor y saber de una lectura que viaja por parte de la extravagancia de nuestro continente. Del asomo a una “encantadora descripción naturalista”, nuestro autor se desprende y analiza, con estas palabras, lo que representa nuestro terruño a través del pensamiento de algunos hombres, de las luchas y descubrimientos de otros. Así: “El siglo XIX es seductor por el ruido de las ciudades, por la pretensión de unos ciudadanos queriendo serlo sin serlo, e incluso fingiendo serlo”. Esta afirmación pareciera suficiente para describir lo que siempre hemos sido: un proyecto de arraigo, una suerte de vaivén humano, una inestabilidad recurrente. En efecto, Campos abre la puerta a un estudio que nos lleva a “entender la vocación formalista de los hombres alfabetizados de la República”, los de la “obsesión constitucionalista”, quienes destacan más el carácter de patria chica, donde se asoman la inclinación personalista, caudillista. En lugar de hacer del mapa una lista de propuestas para alejar la guerra y convertir la tierra más próxima al espíritu en recuento de contemporaneidad. Si bien no se trata de detener en el tiempo el carácter interiorano de un país, es bueno dejar sentado que ese mismo país sigue siendo una escritura, una lectura de las viejas crónicas o de una novela donde un personaje recuerda el pasado, imágenes borrosas de un territorio que ya no calza con la realidad.
No deja Miguel Ángel Campos de lado los signos que continúan trazando el imaginario nacional. Precisamente, en este año bicentenario, el tema de la Independencia aparece recurrentemente en estos trabajos del académico trujillano. Dice así: “Desde los días de la Independencia, movilizando a los venezolanos por todo el continente, hasta la Guerra Federal, que nos descubre como regionalidades, la expedición nos marca y nos detiene, nos ancla”. Sin alejarse mucho del ensayo anterior, en este, “Entre la carretera y los árboles: el río”, Campos destaca el carácter de exiliado del nacido en esta tierra. Eso deriva en recuerdos, en dibujos de un país que se ha quedado detenido en quien a diario va y viene de su tierra chica. En este trabajo, campo y ciudad se unen a través de una sierpe de asfalto desde cuyo lomo podemos ver el paisaje que se mueve, mientras dejamos atrás la patria chica, “un pedazo de tierra, unos árboles a la orilla del río”. Cierta informalidad nos acerca más al autor y nos inclina a favorecer la nostalgia de estas líneas.
Todo este libro toca ese aspecto, adobado con personajes del patio y de otras regiones de la cultura de Campos. Así, ideas y tierra andan juntos, no revueltos, por aquello de las aristas que los mismos protagonistas del tiempo se encargan de sacar a flote: Incredulidad es una indagación donde la historia política se vertebra con algunos títulos y autores de nuestra literatura. Allí están Ramos Sucre, Mariño Palacio, Meneses, la novela del petróleo, Garmendia, pero también Felipe Pirela, entre otros invitados de honor a estas páginas. Definitivamente, el ruido de las ciudades nos encara con el mismo mundanal que Rubén Darío hace muesca en la conciencia de los sonámbulos. No obstante, el terruño sigue “en el corazón donde encuentra espacio una estadía fugaz, una madre en busca de sosiego”.
2.-
Llegamos a La fe de los traidores (Ediciones IVIC y Astro Data, S.A. Maracaibo, 2010). Este es un libro donde Miguel Ángel Campos se congrega en la misma mesa con “Julio César Salas, Vallenilla Lanz, Picón Salas y Mario Briceño Iragorry, a quienes interroga, estudia y analiza para luego entrar en el ensayo que le da título al libro. Un poco antes, Miguel Gomes ensaya sobre Campos y su manera de abordar su trabajo. Afirma Gomes: “El de Campos es un nuevo ensayismo de lo nacional pero, por fortuna, no un nuevo ensayismo nacionalista (y por nacionalismo entiendo un aparato de fórmulas para encaminar a la comunidad a los disimulados rediles de ciertos grupos o ciertas personalidades que la explotan”. Esta certeza se puede confirmar en el libro anterior y en éste donde –precisamente- los personajes estudiados han tenido también la intención no de hacer del país un destino que no se “mira hacia dentro”. En este trabajo la mal definida ciudadanía corrompe la misma nacionalidad, toda vez que aún no sabemos hacia donde conduce este empeño de siempre torcer el rumbo sin rumbo.
La república es un titubeo, un refranero que se mira en una historia/ tinglado donde los personajes que ella alberga representan un vacío de valores que, como ha formulado Mario Briceño Iragorry y ha destacado Campos, nos conducen a un prototipo mañoso. Una muestra de esta visión ha quedado en la afirmación de Núñez de Cáceres, según la cual “a Venezuela le han hecho más daño sus doctores que sus generales”.
-La afirmación, dice Campos, “desborda su marco pintoresco y adquiere aspecto solemne en la adhesión que de ella hace Briceño Iragorry, y en su discurso se torna ya juicio autorizado, sobrevive a la atmósfera pseudoaguda que la contiene y se instala subrepticia en el análisis canónico”.
Como conclusión, Campos deja dicho: “El alma dividida de doctores y traidores encuentra en el abandono lánguido de la multitud su más remoto y fiel movilizador, pero esto resultaba muy áspero para quien había constatado las perversiones en el ejercicio activo del poder y no en las defecciones de la propia sociedad, que había diagnosticado el mal como conducta y no como tendencia”.
Dos libros que valen una lectura para entendernos, para sacar el santo y el demonio que llevamos a cuestas. Dos trabajos que merecen andar en la permanencia del viaje de un país que no termina de domar su locura. Dos libros –más allá de esta lectura saltarina- que son un trozo de tierra, con leyes que nos subsumen en su mal tratamiento y en la costumbre de no terminar de ser lo que supuestamente queremos ser.
En este estudio Campos desnuda la vulnerabilidad de una nación que no ha sabido adentrarse en sus propias falencias, sólo hacerlas revelación milagrera mediante la construcción de una imagen de país que no ha podido explicar sus propios demonios. Una pregunta formulada por Arnoldo Valero irrumpe en medio de la lectura de este relevante ensayista venezolano: “¿Cuál ha sido la constante en la (des)estructuración de la nación venezolana?” El mismo Valero agrega que se trata de una respuesta difícil, por eso escribe que “En las interpretaciones bienintencionadas, en las mistifcaciones románticas de la idea de pueblo, en las exaltaciones demagógicas, en la adulación de las masas jamás será posible dar con las razones de la naturaleza autofágica de la sociedad venezolana”.
Estos dos libros de Miguel Ángel Campos dibujan el rostro de un universo, atrabiliario y también ajustado a nuestros humores humanistas, que nos revisa constantemente. Páginas que como escribe José Manuel Castañón sobre el poema de Luis Enrique Mármol, “La locura del otro”: “En el idioma castellano hay que terminar de una dichosa vez con los estancamientos nacionales”. Creo que este venezolano de hoy, habitante del Zulia, de corazón trujillano y visión universal, nos ayuda a entender eso, a ver lo que somos y lo que no sabemos qué podríamos ser con una inteligencia propia de quienes saben que de incredulidades y traidores estamos hastiados.
En reciente lectura a un trabajo de José Balza (Tal Cual, 12 de diciembre 2010), el novelista deltano expresa: “Los intelectuales ahora no estudian ni citan a nuestros pensadores contemporáneos, sino a la frivolidad de prensa y tv o a la imbecilidad literaria global”. En un largo paréntesis coloca a algunos de esos pensadores que poco son citados, entre ellos Riu, Nuño, María Fernanda Palacios, Ana Teresa Torres, Pocaterra, Ludovico Silva, Eduardo Vásquez, Cadenas, Guillermo Sucre. Queda decir que José Ángel Campos no sólo es un importante pensador contemporáneo, sino que cita a los clásicos y a los que contemporáneamente piensan y despiensan el país y sus achaques.

Alberto Hernández

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