[CRÓNICAS EN TRÁNSITO]: “ALBERTO HERNÁNDEZ” por César Seco

AUTOR Agencia Literaria

Presentirlo: haz inicial del astro rey rasgando el cielo del amanecer. Sentarse con la palabra primera del verso que pareciera aprehenderlo todo y no obstante se resiste para que el poeta escarbe el oro del poema. O borrar sin llegar a escribir: claridad de la que emerge la voluntad misteriosa que celosamente guarda a la cosas, voluntad esa que entrega al silencio su voz.

Sospecho esta expectación en Alberto Hernández ante la inminente llegada de la poesía. Lo veo alcanzando una hoja, una servilleta tal vez, alcanzado él por el poema; o dispuesto ante el cuaderno que blanco permanece abierto; o bien, lápiz o creyón en la mano, hincando los margenes de un libro con una corrida caligrafía que se le desparrama en el pantalón: atisbo, apunte, anotación, escritura. Ese súbito hecho palabra en el pliego de un instante.

Gestos que pueblan espacios: “el paso firme de la tierra durante el sueño”; vacíos que piden ser descifrados: “al final/ entrego la distancia/ esta ciudad/ nocturna/ favorecida/ por el vacío”. Mueca, parpadeo de la sombra en el espejo, el cuerpo da nombre a una mujer: Ligia. La palabra nombra, se dice a si misma, tal la oración del relámpago, albores, arreboles y, el latir de todo ello al fondo, la ciudad, su sexo enorme (“encementado y relinchante”), calles, puertas, aceras, su alumbrado de voces, de pieles, “vocablos perdidos” que el poeta persigue, ese aliento prometido en la página, esas sílabas de horror y miseria donde, no obstante, “los llamados de la calle” son la mirada que todo penetra. Para Alberto, el poema “tiene cuerpo para regresar. Sentidos para retroceder. Sombra para desconocerse”; el poema habita una “casa de encierro”, pero cuando su hacedor le inflige su percepción, incluso su duda, puede oír la sangre y hacer esperar al vértigo.

Leo y me es inevitable pensar en los resplandores de Rene Char; en la dura mudez de Pérez Só, en los desvanecimientos pessoanos. Percibo una erótica definida por el “ansia del otro”, una sed de amor, de amor espiritual sin negarle carnalidad, ecos de María Zambrano; palabra-cuerpo, mujer-ciudad: “la luz del que ama tiene acento de extravío”, existir pide plenitud y “el silencio jamas se agota”, nos dice. Diálogo insistente, voz otra al pie del poema, paréntesis o cursivas, nos entera que no hay final, que el diálogo continúa en otro verso, en otro poema, en otro libro. Una operación poética de largo aliento que, partiendo de una tradición de la poesía urbana, bebe en la espacialidad de cierta poesía francesa, para postular y asumir otra, propia, de ruptura, transgenérica; propuesta ésta que, en Nortes (2002) y El poema de la ciudad (2003), alcanza su mayor realización ética y estética. En estos libros se dice a plenitud a una persona y a su espacio territorial vivencial. Persona, ser en tránsito, y región donde confluye la multiplicidad cultural del país: Calabozo, La Victoria, Villa de Cura, Maracay, Valencia, Caracas. Campo-ciudad, comarca-urbe, pueblo-metrópolis, espacios con sus huellas, registros y fulguraciones, dichos desde adentro, desde sus rasgos identitarios, desde su imaginario procaz, desde las contradicciones del progreso y el poder. Escritura que perfila y cuestiona la modernidad y valora lo fundacional, pero sin añoranza alguna por el pasado, y es aquí donde conquista su tono: critico, crudo, sincero:

“El poema de la ciudad sabe reír y llorar; pero nunca se deja amenazar por los andrajos del poder. Jamas baja la cabeza pese a su ropa, porque el hábito no hace al monje y porque no le da la gana desprestigiar sus metáforas, pausas y saltos mortales en medio de todas las avenidas.

El poema de la ciudad no le teme a las esquinas ocupadas por la vocinglería. El poema de la ciudad derrota toda asonada. Salta de alegría. Sube al cielo por las barbas de Dios y desciende a los infiernos tomado del vello púbico de Beatrice.

El poema de la ciudad es subversivo, practica la rebelión civil y militar y no sabe de juicios porque solo es susceptible al juicio de las rodillas de su novia”.

(El poema de la ciudad)

*
Siempre quise escribir sobre algún texto de Alberto Hernández, ya les estoy diciendo por qué. Considerándome su lector, no llegaba a esa aptitud esclarecedora que su poesía pide, pero ahora, tal vez, me haya sobrado atrevimiento. Siempre he admirado la sólida construcción de su obra y al repasar sus engranajes, sus vislumbres, sus aciertos, lo constato: cada libro es para él un desafío a sí mismo. Le conocí por sus libros iniciales. Tiempo después comenzamos a coincidir en ferias y bienales durante los años 90’s. Tuvimos noticia uno del otro y nos acercaron los amigos de las revistas POESÍA y La Oruga Luminosa. Fueron encuentros inolvidables. La vez aquella en Cumaná en el 93, donde el poeta Ramón Ordaz nos reunió a varios poetas en torno a la figura mítica de Ramos Sucre, y luego, en el 99, el Seminario de Poesía Venezolana convocado por la Universidad de Carabobo, donde tuvimos el honor de compartir conferencias y lecturas con Montejo, Crespo, Oliveros, Perozo Naveda, Maria Antonieta Flores, Sonia Chocrón, entre otros. La primera reseña que se escribió sobre un libro mio la escribió Alberto. Le abrazo desde esta nota.

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