[Crónicas en tránsito]: “ALEXIS ROMERO” por César Seco

AUTOR Agencia Literaria

Hay seres que cuando nos son presentados, algo en ellos nos dice que ya le conocemos. Con quienes nos parece haber intimado sin que haya existido el roce diario que oxida las buenas intenciones o las sustituye por conveniencias materiales. Me sucedió con este poeta. Le vi y enseguida me inundo la sensación de haberle tratado ya en otro momento distinto al que se estaba dando, ese en que me tendió su mano, en cuya palma abierta una sucesión de líneas parecía fraguar desde ya una lectura fluvial de su rostro.

Me es necesario decir esto así para mirar de frente a Alexis Romero en el siguiente párrafo. La aparente dureza de su físico contrastaba con el dulce azogue con el que me sostuvo la mirada. Simulados rasgos orientales tras el bronce de su piel y ese brillo nítido de piedra lucia untado en su calva precoz. Pude hallar en sus ojos “el tamaño de su infancia” (como me lo confirmaría después un verso suyo). De tan pulcro vestir que me pareció sacado de un figurín, plisado de cuello a ruedo, camisa a manga larga con simétricas y delgadas lineas descendiendo a unos puños severamente ajustados por lo que sobresalían sus manos y en ellas un delta de huellas en las que imaginé la ruta del ancestro que lo trajo a la vida.

Me apropio de esta postal del recuerdo. Estamos ambos conversando con Jackeline Golberg, antes de una lectura compartida hace ya unos años en Caracas, si no me traiciona la memoria, en la Casa Amarilla. Él habló sólo lo necesario a la conversa antes que la condescendencia a la invitación se apoderara de la mesa. Al final recibo de Alexis un par de libros autografiados que desde entonces releo cada año.

Leerlo es volver a verlo, volver a tratarlo. Aunque su poesía no explore directamente la veta autobiográfica, da cuenta de una personalidad solida, mineral diría, como el lugar del que proviene: Guayana, extensión impresionante de bosques y selvas surcada por el río padre Orinóco y sus muchos afluentes; tal las facetas que aloja en si nuestro amigo, en principio y fundamentalmente poeta, profesor universitario, librero, lector, crítico, viajero, y un gajo nada baladí para un escritor: boxeador amateur.

Cazador de preguntas esenciales; calibrador de silencios; pescador de respuestas posibles a esas preguntas que, en el poema, lo revelan riguroso en el trato con el lenguaje. Alguien para quien la poesía es conjugación de todo asunto y que, palabra sea dicha, puede escudriñar el misterio detrás de lo creado, en unas pocas líneas que principian siempre en minúscula:

“soy persona nacida

o un invento
del amor”

(telegrama a gonzalo rojas)

Leo y releo a Alexis y entro en cuenta que un poema suyo parte de un largo silencio que antecede a la palabra, silencio que pareciera borrar el sendero por donde vino al blanco, justo en el inicio. ¿Mirarlo y no decirlo? ¿Oírlo y no escribirlo? ¿Ponerlo en letra sólo cuando la imagen que lo ilustra y da paso a la que lo conjuga? “La respuesta de los techos” y “demolición de los días”, ambos salidos de imprenta en 2008, me dejan cada año una lectura provisional, lectura en la que cada vez encuentro elementos distintos (cual ocultos diamantes salidos de esa veta personalísima que señalé y que reúne varias facetas en el poeta); elementos que la enriquecen, pues se trata de una poesía viva, cifrada verso a verso, tras la que está un consumado lector que, no obstante, no renuncia al asombro: “el hombre del poema/ tiene la boca cocida de silencios// no esta aquí/para llamar/ ni ser llamado// solo es un vaso/ esa chorrera de agua maloliente/ que asusta a los padres y deleita a los ingenuos// el hombre del poema/ tiene la boca cocida de silencios”. (Oficio).

La inclinación por largos títulos, algunos entresacados del curso del poema; la reflexión constante sobre el ser y el hacer de la poesía, a veces dentro del poema mismo y otras en aquellos cuyo propósito es demitificarlo, librarlo del arte de preciosura, de labor de encaje emocional, o de remedo sociológico, como en este: “no digas nada sobre la gente/ facilita la diafanidad de la elipsis// deja sonreír el suelo relativo del verbo/ proclama la variedad el regodeo del rayo// observa cómo el moho de la obra/ supera la belleza de la fuente// atiende como la tinta se agota/ y escupe las palabras de otros umbrales// confirma la sospecha de todos/ las herejías merecen un lugar// el poeta es una cloaca/ en equilibrio”. (jean cohen y la poética del siglo veintiuno).

Veo desde esta pagina que escribo a mi amigo. Lo leo de pies a cabeza.

César Seco

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