“STEPHEN MARHS PLANCHARDT” por César Seco

AUTOR Agencia Literaria

Puede pronunciar una sola palabra y no decir nada alrededor o en lo que sigue por el resto de tiempo que está junto a nosotros. Místico, no el que
lo pretende lecturado, sino el que lo es sin que medie el creérselo. Por cierto y no apariencia, se le siente ir en su adentro en marcha no forzada que lo trae y lleva al silencio. El no dicho, el dicho y el escriturado en uno solo. O lo que dice lo dice en un blanco del poema. Puedo abrir un paréntesis en mi oído, o bien, callarme para poder ver a lo que canta en el poema. Uno suyo puede traernos a un río que acaricia a las piedras al sigilo, cristalino.

Le vi por primera en la urbe de Caracas, donde vivió varios años desde que niño arribo de Trinidad. Recuerdo en un pliego de exactitud que fue por los predios de La Puñalada. La gracia, ésta como otras, se la debo al inseparable entonces monsters two, Hermes y Benito, etílicos, humosos exploradores de la zona; luego los tres amigos marcharon a tierra andina, haciendo morada en Mérida. Contrarios a la voluntad socrática, los tres informes muchachos llamados fueron a la observancia de los árboles, cual si estos a sus ojos fueran letras o palabras, como les sugería la lectura temprana de La Diosa Blanca de Robert Graves, o entregarse a la ciencia del campo, de manera más laboriosa que pensada. Hermes y Benito hicieron nido en La Mucuy y Stivi en La Poderosa. Traigo su nombre real a la punta de mi lengua: Stephen Marhs Planchart, y veo venir una nube, un hongo caminando, veo.

Varias veces nos vimos en la ciudad andina durante encuentros y lecturas; pero ninguna como aquella en que al no verlo fuimos a buscarlo por tener un rato de su paz y compañía. A partir de aquí, para relatar el encuentro que tuvimos, me permito un breve escolio a mi diario de entonces: hurta así la realidad de hoy a la de ayer eso que ha de devolver al sueño.

“Guinda de un clavo la guitarra, el río de bufandas desemboca en el ovalo de una mesa donde reposa la armónica, las libretas semiabiertas por donde se escapan algunas palabras lentamente. Aquí todo es lento. Hemos subido la sierpe de una cumbre pedregosa, hemos resbalado en el fango y caído a cada tanto que ya el cansancio es costumbre en la llegada y respiramos todos al unisono un aire helado vertido todo en la sala donde el poeta nos invita a sentarnos. Su mujer, de semblante luso y de caderas prominentes, va al fondo donde ya los puntos de brasa en la leña prometen una bebida para el frío, algún caldo que nos haga olvidar lo helado del espacio. El ascenso sin perdida ha sido posible en la oscuridad debido a un ardid de Hermes: una vela metida en un pote nos ha servido como lámpara y aquí estamos. La dulce sonrisa de Stivi es ya invitación a la conversa. Y el diligente hacer de María en el fogón la trae de vuelta con tres tazas de humeante té de hierbas varias y setas secas para el ánimo.

Nos habla del número de Pasturas que esta haciendo, revista artesanal de poesía, elaborada por él en ejemplar único. Me dice, más con gestos que palabras, si voy a colaborar con algo y que él pone o busca las ilustraciones que se lleven con el texto. Ya para este instante, Benito ha destapado un miche
encerrado en una botellita azul cubierta por un cuero de venado. La musica es un rock suave que nos delata prestos a bebernoslo sin pausa. Le digo que si son poemas lo que requiere, los míos están aún cojos, que por ahí en el bolso lo que cargo es una ofrenda a Novalis en forma de ensayo. Stivi pide se lo lea muy despacio cerca del fuego por si está ahí la noche, ahí en esas páginas, bien alta como la hacia transcurrir el poeta romántico en las suyas. Nada dije, arranque a leer tratando de no tropezar con las piedras de la duda que seguro las había pues era una primera copia recién hecha antes del viaje. Le gustó y allí mismo por tijera lo pasó, en tiras, cuadros o triángulos, fijando sus partes con goma en los folios de papel crack que le servían de soporte. Entre miche y otros incendios nos desplegó el numero único de Pasturas. Nos pasábamos la revista, cada cierto lapsus uno de nosotros leía en voz alta un fragmento o Stivi elegía darnos entre los espacios blancos de su contención un poema suyo tal el breve aire que entrando por la ventana hacia lugar alrededor de nuestros cuerpos.

He allí un hombre una hora más tarde cantando su versión de Starcaise to haven con armónica y guitarra. El tiempo transcurrió sin la secuencia deudora habitual. Afuera sospechaba yo un bosque, un paisaje extraño como el del triptico de El Bosco. La melodía de Led Zepellin con la que adolescentes nos casamos hacíase sentir en forma de ríos cristalinos muy delgados que bajaban y subían sin entorpecerse por la celeste piel de un cielo suspendido. Otra ronda de té de hierbas varias nos halaba a un sueño placentero esa noche en la morada del poeta hongo. Hermes volvió a armar su lámpara de pote y partió delante de nosotros. Sólo sé que en mi primera pisada aperture una flotante caminata por entre las páginas de la revista. Miré al rostro de mis amigos buscando una señal de regreso. Todo azul lejos pastaba verde delante mio. Una vaca azul de bluyin mugió por todo el valle. Stivi sonrió a la lejanía con esa risa suya sin alarde”.

Publicidad

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*