[POEMA]: “Soledad segunda” de Luis de Góngora y Argote

AUTOR Agencia Literaria

Éntrase el mar por un arroyo breve
que a recibillo con sediento paso
de su roca natal se precipita,
y mucha sal no sólo en poco vaso,
mas su rüina bebe,
y su fin (cristalina mariposa,
no alada, sino undosa)
en el farol de Tetis solicita.
Muros desmantelando pues de arena,
Centauro ya espumoso el Ocëano,
medio mar, medio ría,
dos veces huella la campaña al día,
escalar pretendiendo el monte en vano,
de quien es dulce vena
el tarde ya torrente
arrepentido, y aun retrocediente.
Eral lozano así, novillo tierno,
de bien nacido cuerno
mal lunada la frente,
retrógrado cedió en desigual lucha
a duro toro, aun contra el viento armado;
no pues de otra manera
a la violencia mucha
del Padre de las aguas, coronado
de blancas ovas y de espuma verde,
resiste obedeciendo, y tierra pierde.

En la incierta ribera,
guarnición desigual a tanto espejo,
descubrió la Alba a nuestro peregrino
con todo el villanaje ultramarino,
que a la fiesta nupcial, de verde tejo
toldado, ya capaz tradujo pino.

Los escollos el Sol rayaba, cuando
con remos gemidores
dos pobres se aparecen pescadores,
nudos al mar de cáñamo fïando.
Ruiseñor en los bosques no más blando
el verde robre, que es barquillo ahora,
saludar vio la Aurora,
que al uno en dulces quejas, y no pocas,
ondas endurecer, liquidar rocas.
Señas mudas la dulce voz doliente
permitió solamente
a la turba, que dar quisiera voces
a la que de un ancón segunda haya,
cristal pisando azul con pies veloces,
salió improvisa, de una y otra playa
vínculo desatado, instable puente.
La prora diligente
no sólo dirigió a la opuesta orilla,
mas redujo la música barquilla,
que en dos cuernos del mar caló no breves
sus plomos graves y sus corchos leves.

Los senos ocupó del mayor leño
la marítima tropa,
usando al entrar todos
cuantos les enseñó corteses modos
en la lengua del agua ruda escuela,
con nuestro forastero, que la popa
del canoro escogió bajel pequeño.
Aquél, las ondas escarchando, vuela;
éste, con perezoso movimiento,
el mar encuentra, cuya espuma cana
su parda aguda prora
resplandeciente cuello
hace de augusta Coya peruana,
a quien hilos el Sur tributó ciento
de perlas cada hora.
Lágrimas no enjugó más de la Aurora
sobre víolas negras la mañana,
que arrolló su espolón con pompa vana
caduco aljófar, pero aljófar bello.

Dando el huésped licencia para ello,
recurren no a las redes que, mayores,
mucho Océano y pocas aguas prenden,
sino a las que ambiciosas menos penden,
laberinto nudoso, de marino
Dédalo, si de leño no, de lino
fábrica escrupulosa, y aunque incierta,
siempre murada, pero siempre abierta.
Liberalmente de los pescadores
al deseo el estero corresponde,
sin valelle al lascivo ostión el justo
arnés de hueso, donde
lisonja breve al gusto,
mas incentiva, esconde;
contagio original quizá de aquella
que, siempre hija bella
de los cristales, una
venera fue su cuna.
Mallas visten de cáñamo al lenguado,
mientras, en su piel lúbrica fïado
el congrio, que viscosamente liso
las telas burlar quiso,
tejido en ellas se quedó burlado.
Las redes califica menos gruesas,
sin romper hilo alguno,
pompa el salmón de las reales mesas,
cuando no de los campos de Neptuno,
y el travieso robalo,
guloso de los cónsules regalo.
Éstos y muchos más, unos desnudos,
otros de escamas fáciles armados,
dio la ría pescados,
que, nadando en un piélago de nudos,
no agravan poco al negligente robre,
espacïosamente dirigido
al bienaventurado albergue pobre,
que de carrizos frágiles tejido,
si fabricado no de gruesas cañas,
bóvedas lo coronan de espadañas.

El peregrino pues, haciendo en tanto
instrumento el bajel, cuerdas los remos,
al Céfiro encomienda los extremos
deste métrico llanto:

«Si de aire articulado
no son dolientes lágrimas süaves
estas mis quejas graves,
voces de sangre, y sangre son del alma.
Fíelas de tu calma,
oh mar, quien otra vez las ha fïado
de tu fortuna aún más que de su hado.

»¡Oh mar, oh tú, supremo
moderador piadoso de mis daños!
Tuyos serán mis años,
en tabla redimidos poco fuerte
de la bebida muerte,
que ser quiso, en aquel peligro extremo,
ella el forzado y su guadaña el remo.

»Regiones pise ajenas,
o clima propio, planta mía perdida,
tuya será mi vida,
si vida me ha dejado que sea tuya
quien me fuerza a que huya
de su prisión, dejando mis cadenas
rastro en tus ondas más que en tus arenas.

»Audaz mi pensamiento
el Cenit escaló, plumas vestido,
cuyo vuelo atrevido,
si no ha dado su nombre a tus espumas,
de sus vestidas plumas
conservarán el desvanecimiento
los anales diáfanos del viento.

»Esta pues culpa mía
el timón alternar menos seguro
y el báculo más duro
un lustro ha hecho a mi dudosa mano,
solicitando en vano
las alas sepultar de mi osadía
donde el Sol nace o donde muere el día.

»Muera, enemiga amada,
muera mi culpa, y tu desdén le guarde,
arrepentido tarde,
suspiro que mi muerte haga leda,
cuando no le suceda,
o por breve, o por tibia, o por cansada,
lágrima antes enjuta que llorada.

»Naufragio ya segundo,
o filos pongan de homicida hierro
fin duro a mi destierro;
tan generosa fe, no fácil onda,
no poca tierra esconda:
urna suya el Océano profundo,
y obeliscos los montes sean del mundo.

»Túmulo tanto debe
agradecido Amor a mi pie errante;
líquido pues diamante
calle mis huesos, y elevada cima
selle sí, mas no oprima
esta que le fiaré ceniza breve,
si hay ondas mudas y si hay tierra leve.»

No es sordo el mar (la erudición engaña),
bien que tal vez, sañudo,
no oya al piloto, o le responda fiero;
sereno, disimula más orejas
que sembró dulces quejas,
canoro labrador, el forastero
en su undosa campaña.
Espongïoso pues se bebió y mudo
el lagrimoso reconocimiento,
de cuyos dulces números no poca
concentüosa suma
en los dos giros de invisible pluma
que fingen sus dos alas, hurtó el viento;
Eco, vestida una cavada roca,
solicitó curiosa y guardó avara
la más dulce, si no la menos clara
sílaba, siendo en tanto
la vista de las chozas fin del canto.

Yace en el mar, si no continüada
isla mal de la tierra dividida,
cuya forma tortuga es perezosa;
díganlo cuantos siglos ha que nada
sin besar de la playa espacïosa
la arena de las ondas repetida.
A pesar pues del agua que la oculta,
concha, si mucha no, capaz ostenta
de albergues, donde la humildad contenta
mora, y Pomona se venera culta.
Dos son las chozas, pobre su artificio,
más aún que caduca su materia:
de los mancebos dos, la mayor, cuna;
de las redes la otra y su ejercicio
competente oficina.
Lo que agradable más se determina
del breve islote ocupa su fortuna,
los extremos de fausto y de miseria
moderando. En la plancha los recibe
el padre de los dos, émulo cano
del sagrado Nereo, no ya tanto
porque a la par de los escollos vive,
porque en el mar preside comarcano
al ejercicio piscatorio, cuanto
por seis hijas, por seis deidades bellas,
del cielo espumas y del mar estrellas.

Acogió al huésped con urbano estilo,
y a su voz, que los juncos obedecen,
tres hijas suyas cándidas le ofrecen,
que engaños construyendo están de hilo.
El huerto le da esotras, a quien debe,
si púrpura la rosa, el lilio nieve.
De jardín culto así en fingida gruta
salteó al labrador pluvia improvisa
de cristales inciertos, a la seña,
o a la que torció llave el fontanero;
urna de Acuario la imitada peña,
le embiste incauto; y si con pie grosero
para la fuga apela, nubes pisa,
burlándolo aun la parte más enjuta.
La vista saltearon poco menos
del huésped admirado
las no líquidas perlas, que al momento
a los corteses juncos (porque el viento
nudos les halle un día, bien que ajenos)
el cáñamo remiten anudado,
y de Vertumno al término labrado
el breve hierro, cuyo corvo diente
las plantas le mordía cultamente.

Ponderador saluda afectüoso
del esplendor que admira el extranjero
al Sol, en seis luceros dividido;
y, honestamente al fin correspondido
del coro vergonzoso,
al viejo sigue, que prudente ordena
los términos confunda de la cena
la comida prolija de pescados,
raros, muchos, y todos no comprados.
Impidiéndole el día al forastero,
con dilaciones sordas, le divierte
entre unos verdes carrizales, donde
armonïoso número se esconde
de blancos cisnes, de la misma suerte
que gallinas domésticas al grano,
a la voz concurrientes del anciano.
En la más seca, en la más limpia anea
vivificando están muchos sus huevos,
y mientras dulce aquél su muerte anuncia
entre la verde juncia,
sus pollos éste al mar conduce nuevos,
de Espío y de Nesea
(cuanto más escurecen las espumas)
nevada invidia sus nevadas plumas.
Hermana de Faetón, verde el cabello,
les ofrece el que, joven ya gallardo,
de flexüosas mimbres garbín pardo
tosco le ha encordonado, pero bello.
Lo más liso trepó, lo más sublime
venció su agilidad, y artificiosa
tejió en sus ramas inconstantes nidos,
donde celosa arrulla y ronca gime
la ave lasciva de la cipria diosa.
Mástiles coronó menos crecidos
gavia no tan capaz; extraño todo,
el designio, la fábrica y el modo.
A pocos pasos le admiró no menos
montecillo, las sienes laureado,
traviesos despidiendo moradores
de sus confusos senos,
conejuelos que (el viento consultado)
salieron retozando a pisar flores;
el más tímido, al fin, más ignorante
del plomo fulminante.
Cóncavo fresno, a quien gracioso indulto
de su caduco natural permite
que a la encina vivaz robusto imite,
y hueco exceda al alcornoque inculto,
verde era pompa de un vallete oculto,
cuando frondoso alcázar no de aquella
que sin corona vuela y sin espada,
susurrante amazona, Dido alada,
de ejército más casto, de más bella
república, ceñida en vez de muros
de cortezas; en esta pues Cartago
reina la abeja, oro brillando vago,
o el jugo beba de los aires puros,
o el sudor de los cielos, cuando liba
de las mudas estrellas la saliva;
burgo eran suyo el tronco informe, el breve
corcho, y moradas pobres sus vacíos,
del que más solicita los desvíos
de la isla, plebeyo enjambre leve.
Llegaron luego donde al mar se atreve,
si promontorio no, un cerro elevado,
de cabras estrellado,
iguales, aunque pocas,
a la que, imagen décima del cielo,
flores su cuerno es, rayos su pelo.
«Éstas, dijo el isleño venerable,
y aquéllas, que pendientes de las rocas,
tres o cuatro desean para ciento
(redil las ondas y pastor el viento),
libres discurren, su nocivo diente
paz hecha con las plantas inviolable.»

Estimando seguía el peregrino
al venerable isleño,
de muchos pocos numeroso dueño,
cuando los suyos enfrenó de un pino
el pie villano, que groseramente
los cristales pisaba de una fuente.
Ella pues sierpe, y sierpe al fin pisada,
aljófar vomitando fugitivo
en lugar de veneno,
torcida esconde, ya que no enroscada,
las flores que de un parto dio lascivo
aura fecunda al matizado seno
del huerto, en cuyos troncos se desata
de las escamas que vistió de plata.
Seis chopos, de seis yedras abrazados,
tirsos eran del griego dios, nacido
segunda vez, que en pámpanos desmiente
los cuernos de su frente;
y cual mancebos tejen anudados
festivos corros en alegre ejido,
coronan ellos el encanecido
suelo de lilios, que en fragantes copos
nevó el Mayo, a pesar de los seis chopos.

Este sitio las bellas seis hermanas
escogen, agraviando
en breve espacio mucha Primavera
con las mesas, cortezas ya livianas
del árbol que ofreció a la edad primera
duro alimento, pero sueño blando.
Nieve hilada, y por sus manos bellas
caseramente a telas reducida,
manteles blancos fueron.
Sentados pues sin ceremonias, ellas
en torneado fresno la comida
con silencio sirvieron.
Rompida el agua en las menudas piedras,
cristalina sonante era tïorba,
y las confusamente acordes aves,
entre las verdes roscas de las yedras,
muchas eran, y muchas veces nueve
aladas musas, que de pluma leve
engañada su culta lira corva,
metros inciertos sí, pero süaves,
en idïomas cantan diferentes,
mientras, cenando en pórfidos lucientes,
lisonjean apenas
al Júpiter marino tres sirenas.

Comieron pues, y rudamente dadas
gracias el pescador a la divina
próvida mano, «¡Oh bien vividos años!
¡Oh canas, dijo el huésped, no peinadas
con boj dentado o con rayada espina,
sino con verdaderos desengaños!
Pisad dichoso esta esmeralda bruta,
en mármol engastada siempre undoso,
jubilando la red en los que os restan
felices años, y la humedecida,
o poco rato enjuta,
próxima arena de esa opuesta playa,
la remota Cambaya
sea de hoy más a vuestro leño ocioso;
y el mar que os la divide, cuanto cuestan
océano importuno
a las Quinas, del viento aun veneradas,
sus ardientes veneros,
su esfera lapidosa de luceros.
Del pobre albergue a la barquilla pobre,
geómetra prudente, el orbe mida
vuestra planta, impedida,
si de purpúreas conchas no istriadas,
de trágicas rüinas de alto robre,
que, el tridente acusando de Neptuno,
menos quizá dio astillas
que ejemplos de dolor a estas orillas.»

«Días ha muchos, oh mancebo, dijo
el pescador anciano,
que en el uno cedí y el otro hermano
el duro remo, el cáñamo prolijo;
muchos ha dulces días
que cisnes me recuerdan a la hora
que, huyendo la Aurora
las canas de Titón, halla las mías,
a pesar de mi edad, no en la alta cumbre
de aquel morro difícil (cuyas rocas
tarde o nunca pisaron cabras pocas,
y milano venció con pesadumbre),
sino desotro escollo al mar pendiente,
de donde ese teatro de Fortuna
descubro, ese voraz, ese profundo
campo ya de sepulcros, que sediento,
cuanto en vasos de abeto Nuevo Mundo,
tributos digo américos, se bebe
en túmulos de espuma paga breve.
Bárbaro observador, mas diligente,
de las inciertas formas de la Luna,
a cada conjunción su pesquería,
y a cada pesquería su instrumento,
más o menos nudoso, atribüido,
mis hijos dos en un batel despido,
que, el mar cribando en redes no comunes,
vieras intempestivos algún día
(entre un vulgo nadante, digno apenas
de escama, cuanto más de nombre) atunes
vomitar ondas y azotar arenas.
Tal vez desde los muros destas rocas
cazar a Tetis veo,
y pescar a Dïana en dos barquillas;
náuticas venatorias maravillas
de mis hijas oirás, ambiguo coro,
menos de aljaba que de red armado,
de cuyo, si no alado,
arpón vibrante, supo mal Proteo
en globos de agua redimir sus focas.
Torpe la más veloz, marino toro,
torpe, mas toro al fin, que, el mar violado
de la púrpura viendo de sus venas,
bufando mide el campo de las ondas
con la animosa cuerda, que prolija
al hierro sigue que en la foca huye,
o grutas ya la privilegien hondas,
o escollos desta isla divididos.
Láquesis nueva mi gallarda hija,
si Cloto no de la escamada fiera,
ya hila, ya devana su carrera,
cuando desatinada pide, o cuando
vencida restituye
los términos de cáñamo pedidos.
Rindiose al fin la bestia, y las almenas
de las sublimes rocas salpicando,
las peñas embistió, peña escamada,
en ríos de agua y sangre desatada.
Éfire luego, la que en el torcido
luciente nácar te sirvió no poca
risueña parte de la dulce fuente
(de Filódoces émula valiente,
cuya asta breve desangró la foca),
el cabello en estambre azul cogido,
celoso alcaide de sus trenzas de oro,
en segundo bajel se engolfó sola.
¡Cuántas voces le di! ¡Cuántas (en vano)
tiernas derramé lágrimas, temiendo,
no al fiero tiburón, verdugo horrendo
del náufrago ambicioso mercadante,
ni al otro cuyo nombre
espada es tantas veces esgrimida
contra mis redes ya, contra mi vida,
sino algún siempre verde, siempre cano
sátiro de las aguas, petulante
vïolador del virginal decoro,
marino dios que, el vulto feroz hombre,
corvo es delfín la cola!
Sorda a mis voces pues, ciega a mi llanto,
abrazado, si bien de fácil cuerda,
un plomo fïó grave a un corcho leve,
que algunas veces despedido cuanto
(penda o nade) la vista no le pierda,
el golpe solicita, el bulto mueve
prodigïosos moradores ciento
del líquido elemento.
Láminas uno de viscoso acero,
rebelde aun al diamante, el duro lomo
hasta el luciente bipartido extremo
de la cola vestido,
solicitado sale del rüido,
y, al cebarse en el cómplice ligero
del suspendido plomo,
Éfire, en cuya mano al flaco remo
un fuerte dardo había sucedido,
de la mano a las ondas gemir hizo
el aire con el fresno arrojadizo;
de las ondas al pez, con vuelo mudo,
deidad dirigió amante el hierro agudo;
entre una y otra lámina, salida
la sangre halló por do la muerte entrada.
Onda pues sobre onda levantada,
montes de espuma concitó herida
la fiera, horror del agua, cometiendo
ya a la violencia, ya a la fuga el modo
de sacudir el asta,
que, alterando el abismo o discurriendo
el océano todo,
no perdona el acero que la engasta.
Éfire en tanto al cáñamo torcido
el cabo rompió, y bien que al ciervo herido
el can sobra, siguiéndole la flecha.
Volvíase, mas no muy satisfecha,
cuando cerca de aquel peinado escollo
hervir las olas vio templadamente,
bien que haciendo círculos perfectos;
escogió pues, de cuatro o cinco abetos,
el de cuchilla más resplandeciente,
que atravesado remolcó un gran sollo.
Desembarcó triunfando,
y aun el siguiente sol no vimos, cuando
en la ribera vimos convecina
dado al través el monstro, donde apenas
su género noticia, pías arenas
en tanta playa halló tanta rüina.»

Aura en esto marina
el discurso y el día juntamente
(trémula, si veloz) les arrebata,
alas batiendo líquidas, y en ellas
dulcísimas querellas
de pescadores dos, de dos amantes
en redes ambos y en edad iguales.
Dividiendo cristales,
en la mitad de un óvalo de plata,
venía al tiempo el nieto de la espuma
que los mancebos daban alternantes
al viento quejas. Órganos de pluma,
aves digo de Leda,
tales no oyó el Caístro en su arboleda,
tales no vio el Meandro en su corriente.
Inficionando pues süavemente
las ondas el Amor, sus flechas remos,
hasta donde se besan los extremos
de la isla y del agua no los deja.
Lícidas, gloria en tanto
de la playa, Micón de sus arenas,
invidia de sirenas,
convocación su canto
de músicos delfines, aunque mudos,
en número no rudos
el primero se queja
de la culta Leucipe,
décimo esplendor bello de Aganipe,
de Cloris el segundo,
escollo de cristal, meta del mundo.

LÍCIDAS
«¿A qué piensas, barquilla,
pobre ya cuna de mi edad primera,
que cisne te conduzgo a esta ribera?
A cantar dulce, y a morirme luego;
si te perdona el fuego
que mis huesos vinculan, en su orilla
tumba te bese el mar, vuelta la quilla.»
MICÓN
«Cansado leño mío,
hijo del bosque y padre de mi vida,
de tus remos ahora conducida
a desatarse en lágrimas cantando,
el doliente, si blando,
curso del llanto métrico te fío,
nadante urna de canoro río.»
LÍCIDAS
«Las rugosas veneras,
fecundas no de aljófar blanco el seno,
ni del que enciende el mar tirio veneno,
entre crespos buscaba caracoles,
cuando de tus dos soles
fulminado ya, señas no ligeras
de mis cenizas dieron tus riberas.»
MICÓN
«Distinguir sabía apenas
el menor leño de la mayor urca
que velera un Neptuno y otro surca,
y tus prisiones ya arrastraba graves;
si dudas lo que sabes,
lee cuanto han impreso en tus arenas,
a pesar de los vientos, mis cadenas.»
LÍCIDAS
«Las que el cielo mercedes
hizo a mi forma, ¡oh dulce mi enemiga!,
lisonja no, serenidad lo diga
de limpia cosultada ya laguna,
y los de mi fortuna
privilegios, el mar, a quien di redes
más que a la selva lazos Ganimedes.»
MICÓN
«No ondas, no luciente
cristal, agua al fin dulcemente dura,
invidia califique mi figura
de musculosos jóvenes desnudos.
Menos dio al bosque nudos
que yo al mar, el que a un dios hizo valiente
mentir cerdas, celoso espumar diente.»
LÍCIDAS
«Cuantos pedernal duro
bruñe nácares boto, agudo raya
en la oficina undosa desta playa,
tantos Palemo a su Licote bella
suspende, y tantos ella
al flaco da, que me construyen muro,
junco frágil, carrizo mal seguro.»
MICÓN
«Las siempre desiguales
blancas primero ramas, después rojas,
del árbol que nadante ignoró hojas,
trompa Tritón del agua a la alta gruta
de Nísida tributa,
Ninfa por quien lucientes son corales
los rudos troncos hoy de mis umbrales.»
LÍCIDAS
«Esta en plantas no escrita,
en piedras sí, firmeza honre Himeneo,
calzándole talares mi deseo,
que el tiempo vuela. Goza pues ahora
los lilios de tu aurora,
que al tramontar del Sol mal solicita
abeja aun negligente flor marchita.»
MICÓN
«Si fe tanta no en vano
desafía las rocas donde impresa
con labio alterno mucho mar la besa,
nupcial la califique tea luciente.
Mira que la edad miente,
mira que del almendro más lozano
Parca es interïor breve gusano.»

Invidia convocaba, si no celo,
al balcón de zafiro
las claras, aunque etíopes, estrellas
y las Osas dos bellas,
sediento siempre tiro
del carro, perezoso honor del cielo;
mas, ¡ay!, que del rüido
de la sonante esfera
a la una luciente y otra fiera
el piscatorio cántico impedido,
con las prendas bajaran de Cefeo
a las vedadas ondas,
si Tetis no, desde sus grutas hondas,
enfrenara el deseo.

¡Oh, cuánta al peregrino el amebeo
alterno canto dulce fue lisonja!
¿Qué mucho, si avarienta ha sido esponja
del néctar numeroso
el escollo más duro?
¿Qué mucho, si el candor bebió ya puro
de la virginal copia, en la armonía,
el veneno del ciego ingenïoso
que dictaba los números que oía?
Generosos afectos de una pía
doliente afinidad, bien que amorosa
por bella más, por más divina parte,
solicitan su pecho a que, sin arte
de colores prolijos,
en oración impetre oficïosa
del venerable isleño
que admita yernos los que el trato hijos
litoral hizo, aún antes
que el convecino ardor dulces amantes.
Concediolo risueño,
del forastero agradecidamente
y de sus propios hijos abrazado.
Mercurio destas nuevas diligente,
coronados traslada de favores
de sus barcas Amor los pescadores
al flaco pie del suegro deseado.
¡Oh, del ave de Júpiter vendado
pollo, si alado no lince sin vista,
político rapaz, cuya prudente
disposición especuló Estadista
clarísimo ninguno
de los que el Reino muran de Neptuno!
¡Cuán dulces te adjudicas ocasiones
para favorecer, no a dos supremos
de los volubles polos ciudadanos,
sino a dos entre cáñamo garzones!
¿Por qué? Por escultores quizá vanos
de tantos de tu madre bultos canos
cuantas al mar espumas dan sus remos.
Al peregrino por tu causa vemos
alcázares dejar, donde, excedida
de la sublimidad la vista, apela
para su hermosura,
en que la arquitectura
a la gëometría se rebela,
jaspes calzada y pórfidos vestida.
Pobre choza, de redes impedida,
entra ahora, ¡y lo dejas!
Vuela, rapaz, y (plumas dando a quejas)
los dos reduce al uno y otro leño,
mientras perdona tu rigor al sueño.

Las horas ya, de números vestidas,
al bayo, cuando no esplendor overo
del luminoso tiro, las pendientes
ponían de crisólitos lucientes,
coyundas impedidas,
mientras de su barraca el extranjero
dulcemente salía despedido
a la barquilla, donde le esperaban
a un remo cada joven ofrecido.
Dejaron pues las azotadas rocas,
que mal las ondas lavan
del livor aún purpúreo de las focas,
y de la firme tierra el heno blando
con las palas segando,
en la cumbre modesta
de una desigualdad del horizonte,
que deja de ser monte
por ser culta floresta,
antiguo descubrieron blanco muro,
por sus piedras no menos
que por su edad majestüosa cano;
mármol, al fin, tan por lo pario puro,
que al peregrino sus ocultos senos
negar pudiera en vano.
Cuantas del ocëano
el Sol trenzas desata
contaba en los rayados capiteles,
que, espejos, aunque esféricos, fïeles,
bruñidos eran óvalos de plata.

La admiración que al arte se le debe,
áncora del batel fue, perdonando
poco a lo fuerte, y a lo bello nada
del edificio, cuando
ronca los salteó trompa sonante,
al principio distante,
vecina luego, pero siempre incierta.
Llave de la alta puerta
el duro son, vencido el foso breve,
levadiza ofreció puente no leve,
tropa inquïeta contra el aire armada,
lisonja, si confusa, regulada
su orden de la vista, y del oído
su agradable rüido.
Verde, no mudo coro
de cazadores era,
cuyo número indigna la ribera.

Al Sol levantó apenas la ancha frente
el veloz hijo ardiente
del céfiro lascivo,
cuya fecunda madre al genitivo
soplo vistiendo miembros, Guadalete
florida ambrosía al viento dio jinete,
que a mucho humo abriendo
la fogosa nariz, en un sonoro
relincho y otro saludó sus rayos.
Los overos, si no esplendores bayos,
que conducen el día,
le responden, la eclíptica ascendiendo.
Entre el confuso pues celoso estruendo
de los caballos, ruda hace armonía
cuanta la generosa cetrería,
desde la Mauritania a la Noruega,
insidia ceba alada,
sin luz, no siempre ciega,
sin libertad, no siempre aprisionada,
que a ver el día vuelve
las veces que, en fïado al viento dada,
repite su prisión y al viento absuelve.
El neblí, que relámpago su pluma,
rayo su garra, su ignorado nido
o lo esconde el Olimpo, o densa es nube
que pisa, cuando sube
tras la garza, argentada el pie de espuma;
el Sacre, las del Noto alas vestido,
sangriento chiprïota, aunque nacido
con las palomas, Venus, de tu carro;
el gerifalte, escándalo bizarro
del aire, honor robusto de Gelanda,
si bien jayán de cuanto rapaz vuela,
corvo acero su pie, flaca pihuela
de piel lo impide blanda;
el Baharí, a quien fue en España cuna
del Pirineo la ceniza verde,
o la alta basa que el océano muerde
de la Egipcia coluna;
la delicia volante
de cuantos ciñen líbico turbante,
el Borní, cuya ala
en los campos tal vez de Melïona
galán siguió valiente, fatigando
tímida liebre, cuando
intempestiva salteó leona
la melionesa gala,
que de trágica escena
mucho teatro hizo poca arena.
Tú, infestador en nuestra Europa nuevo
de las aves, nacido, Aleto, donde
entre las conchas hoy del Sur esconde
sus muchos años Febo,
¿debes por dicha cebo?
¿Templarte supo, di, bárbara mano
al insultar los aires? Yo lo dudo,
que al precïosamente Inca desnudo
y al de plumas vestido Mejicano,
fraude vulgar, no industria generosa,
del águila les dio a la mariposa.
De un mancebo serrano
el duro brazo débil hace junco,
examinando con el pico adunco
sus pardas plumas, el Azor britano,
tardo, mas generoso,
terror de tu sobrino ingenïoso,
ya invidia tuya, Dédalo, ave ahora,
cuyo pie tiria púrpura colora.
Grave de perezosas plumas globo,
que a luz lo condenó incierta la ira
del bello de la Estigia deidad robo,
desde el guante hasta el hombro a un joven cela;
esta emulación pues de cuanto vuela
por dos topacios bellos con que mira,
término torpe era
de pompa tan ligera.
Can de lanas prolijo (que animoso
buzo será, bien de profunda ría,
bien de serena playa,
cuando la fulminada prisión caya
del neblí, a cuyo vuelo
tan vecino a su cielo
el cisne perdonara, luminoso)
número y confusión gimiendo hacía
en la vistosa laja, para él grave,
que aun de seda no hay vínculo süave.

En sangre claro y en persona augusto,
si en miembros no robusto,
príncipe les sucede, abrevïada
en modestia civil real grandeza.
La espumosa del Betis ligereza
bebió no sólo, mas la desatada
majestad en sus ondas, el luciente
caballo, que colérico mordía
el oro que süave lo enfrenaba,
arrogante, y no ya por las que daba
estrellas su cerúlea piel al día,
sino por lo que siente
de esclarecido, y aun de soberano,
en la rienda que besa la alta mano
de cetro digna. Lúbrica no tanto
culebra se desliza tortüosa
por el pendiente calvo escollo, cuanto
la escuadra descendía presurosa
por el peinado cerro a la campaña,
que al mar debe, con término prescripto,
más sabandijas de cristal que a Egipto
horrores deja el Nilo que lo baña.

Rebelde Ninfa, humilde ahora caña,
las márgenes oculta
de una laguna breve,
a quien doral consulta
aun el copo más leve
de su volante nieve.
Ocioso pues, o de su fin presago,
los filos con el pico prevenía
de cuanto sus dos alas aquel día
al viento esgrimirán cuchillo vago.
La turba aun no del apacible lago
las orlas inquïeta,
que tímido perdona a sus cristales
el doral. Despedida no saeta
de nervios partos igualar presuma
sus puntas desiguales,
que en vano podrá pluma
vestir un leño como viste un ala.
Puesto en tiempo, corona, si no escala,
las nubes, desmintiendo
su libertad el grillo torneado
que en sonoro metal lo va siguiendo,
un baharí templado,
a quien el mismo escollo
(a pesar de sus pinos eminente)
el primer vello le concedió pollo,
que al Betis las primeras ondas fuente.
No sólo, no, del pájaro pendiente
las caladas registra el peregrino,
mas del terreno cuenta cristalino
los juncos más pequeños,
verdes hilos de aljófares risueños.
Rápido al Español alado mira
peinar el aire por cardar el vuelo,
cuya vestida nieve anima un hielo
que torpe a unos carrizos lo retira,
infïeles por raros,
si firmes no por trémulos reparos.
Penetra pues sus inconstantes senos,
estimándolos menos
entredichos que el viento;
mas a su daño el escuadrón atento
expulso lo remite a quien en suma
un grillo y otro enmudeció en su pluma.

Cobrado el baharí, en su propio luto
o el insulto acusaba precedente,
o entre la verde hierba
avara escondia cuerva
purpúreo caracol, émulo bruto
del rubí más ardiente,
cuando, solicitada del rüido,
el nácar a las flores fía torcido,
y con siniestra voz convoca cuanta
negra de cuervas suma
infamó la verdura con su pluma,
con su número el Sol. En sombra tanta
alas desplegó Ascálafo prolijas,
verde poso ocupando,
que de césped ya blando,
jaspe lo han hecho duro blancas guijas.
Más tardó en desplegar sus plumas graves
el deforme fiscal de Proserpina,
que en desatarse, al polo ya vecina,
la disonante niebla de las aves;
diez a diez se calaron, ciento a ciento,
al oro intüitivo, invidïado
deste género alado,
si como ingrato no, como avariento,
que a las estrellas hoy del firmamento
se atreviera su vuelo,
en cuanto ojos del cielo.
Poca palestra la región vacía
de tanta invidia era,
mientras, desenlazado la cimera,
restituyen el día
a un gerifalte, boreal Arpía
que, despreciando la mentida nube,
a luz más cierta sube,
Cenit ya de la turba fugitiva.
Auxilïar taladra el aire luego
un duro sacre, en globos no de fuego,
en oblicuos sí engaños
mintiendo remisión a las que huyen,
si la distancia es mucha
(griego al fin). Una en tanto, que de arriba
descendió fulminada en poco humo,
apenas el latón segundo escucha,
que del inferïor peligro al sumo
apela, entre los trópicos grifaños
que su eclíptica incluyen,
repitiendo confusa
lo que tímida excusa.
Breve esfera de viento,
negra circunvestida piel, al duro
alterno impulso de valientes palas,
la avecilla parece,
en el de muros líquidos que ofrece
corredor el dïáfano elemento
al gémino rigor, en cuyas alas
su vista libra toda el extranjero.
Tirano el sacre de lo menos puro
desta primer región, sañudo espera
la desplumada ya, la breve esfera,
que, a un bote corvo del fatal acero,
dejó al viento, si no restitüido,
heredado en el último graznido.

Destos pendientes agradables casos
vencida se apeó la vista apenas,
que del batel, cosido con la playa,
cuantos da la cansada turba pasos,
tantos en las arenas
el remo perezosamente raya,
a la solicitud de una atalaya
atento, a quien doctrina ya cetrera
llamó catarribera.

Ruda en esto política, agregados
tan mal ofrece como constrüidos
bucólicos albergues, si no flacas
piscatorias barracas,
que pacen campos, que penetran senos,
de las ondas no menos
aquéllos perdonados
que de la tierra éstos admitidos.
Pollos, si de las propias no vestidos,
de las maternas plumas abrigados,
vecinos eran destas alquerías,
mientras ocupan a sus naturales
Glauco en las aguas, y en las hierbas Pales.
¡Oh cuántas cometer piraterías
un corsario intentó y otro volante,
uno y otro rapaz, digo, milano,
bien que todas en vano,
contra la infantería, que pïante
en su madre se esconde, donde halla
voz que es trompeta, pluma que es muralla.

A media rienda en tanto el anhelante
caballo, que el ardiente sudor niega
en cuantas le densó nieblas su aliento,
a los indignos de ser muros llega
céspedes, de las ovas mal atados.
Aunque ociosos, no menos fatigados,
quejándose venían sobre el guante
los raudos torbellinos de Noruega.
Con sordo luego estrépito despliega
(injuria de la luz, horror del viento)
sus alas el testigo que en prolija
desconfianza a la sicana diosa
dejó sin dulce hija,
y a la estigia Deidad con bella esposa.

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