“EL CACIQUE NIGALE Y SU TIEMPO”. Por Luis Guillermo Hernández

AUTOR Agencia Literaria

La isla natal

En la entrada del Lago de Maracaibo ha estado situada desde un extenso tiempo, una hermosa y pequeña isla, formada por la sedimentación, a la cual se denominaría Zapara, cuyo nombre curioso, según el científico Adolfo Ernst, parece provenir del guaraní, significando lo que atraviesa el mar, por su especial situación geográfica en la barra que une y a la vez separa el Golfo de Venezuela del Lago de Maracaibo.

Constante vigilante de la cuenca lacustre, su suelo era bajo y cubierto de mangle, con médanos de arena desprovistos de vegetación en el centro y parte occidental de la isla, separada de la tierra firme por un caño, midiendo cinco leguas y media de largo por una de ancho, mientras distaba 3.500 varas de la Isla de San Carlos, la principal del conjunto insular, llamada en el momento de la llegada de los españoles, Isla Maracaibo, según algunos estudiosos, porque allí habitaba el principal cacique indígena de la región.

Su impávida belleza natural y su testimonio fiel de combates y de batallas sanguinarias, que iban a tener como escenario sus límpidas orillas, inspirarían a muchos de los poetas del lago y así,  Udón Pérez  le cantaría en Las islas del Coquibacoa:

Isla de Zapara,
tú eres un copo de áridas arenas,
donde el viento suena con música rara,
no como en el cántaro dulce de las quenas,
más como en el hueco vibrante y sonoro de inmensa tapara.
Tú eres también triste, porque has visto muchas
trágicas escenas,
reñidas acciones, sanguinarias luchas.
Hay en tus riberas indios todavía
que al tender la noche tu crespón de luto
por sobre las palmas de la ranchería,
evocar parecen al son del botuto
tu alma toda llena de melancolía.

Tú viste al salvaje
de piel bronceada, de cabeza bruna,
la frente ceñida con gayo plumaje,
ligero de ropas –tal vez sin ninguna-
los brazos y el pecho con rojo tatuaje,
ceñidas la aljaba y el hacha de piedra… rugir de coraje
lanzando sus flechas, con varia fortuna
luchar en tu playa, luchar en tu duna;
dejar su pillaje,
dejar tus riberas en noches de luna
y al son de bocinas y roncos tambores, en guerra y pillaje
cruzar el Caribe de férvido olaje,
o al fondo alongarse distante y sombrío de la ancha Laguna.

Tú viste al hispano
guerrero y marino- llegar en su flota
de un mundo lejano;
y, al brazo el escudo, la espada en la mano,
el casco en la frente y al pecho la cota,
vencer el coraje, mellar la bravura
del pueblo aborigen que en dunas y playas
le opuso, rugiendo de heroica locura,
su pecho desnudo, sus hachas de silex y sus azagayas.

El mismo bardo Udón Pérez, al crear La leyenda del Lago, su hermoso poema indiano sobre el origen lacustre y sobre los amores de Tamare y Maruma, pintaría admirablemente, la creación de la barra que, une y separa al mismo tiempo, al Golfo de Venezuela y al Lago de Maracaibo y así mismo, el nacimiento de la Isla de Zapara:

El Gran Zapara, henchido
de rabia, dio a los aires colérico rugido,
que estremeció a los lejos del monte la garganta;
batió la dura tierra con formidable planta,
y, cual si herida fuese por rudo cataclismo,
la selva, bajo el golpe, se convirtió en abismo.
Los caudalosos ríos, desde las cordilleras
vecinas, descendieron con ímpetu de fieras,
y, a modo de un diluvio terrífico y disforme,
vaciaron sus torrentes en el abismo enorme.
Entonces el Cacique con sus robustas manos
la tierra abrió hacia el Norte: sus odios inhumanos
llenar la cuenca ansiaban… y, como en fuga loca,
el mar entró al abismo por la entreabierta boca.
Así, ya satisfecho del vengativo estrago,
entre el Caribe undoso y el apacible Lago
después que de su tribu cedió el gobierno a Mara-
en arenosa isla se convirtió el Zapara.

El poeta marense José Joaquín Bravo Ríos, también evocaría su idílica belleza, en los catorce versos de un soneto:

Zapara la insular, copa de arena
sobre líquido cielo colocada,
pétalo de corola nacarada,
o mejilla de mítica sirena.
La pureza y la gracia nazarena
tiene, y el alma siempre enamorada
con éxtasis de sol, siéntese amada
igual que de Boanerge Magdalena.
Su pedestal de gloria procelaria
adornan los cantares de Maruma,
sin comprender la vida libertaria
que en derredor provócale la espuma;
más hoy es una virgen solitaria
abrigada con sábanas de bruma.

En una de esas islas pertenecientes al archipiélago localizado en la entrada del Lago de Maracaibo, muy probablemente, en Toas o en Zapara, nacería el nombre de la Patria, Venezuela, a la llegada de Alonso de Ojeda y de sus hombres, el día 24 de agosto de 1499.

 

Nacimiento y niñez

Zapara, esa pequeña isla de la barra lacustre, iba a tener el gran honor de ser la cuna de Nigale, valeroso aborigen de la etnia zapara, de la gran familia arahuaca, a mediados del siglo XVI, probablemente hacia el año 1564 o 1565. Algunos cronistas y estudiosos han manejado como fechas probables de su nacimiento, los años 1551 y 1577, lo cual sería imposible para haber sido paje de Alonso Pacheco en la Nueva Ciudad Rodrigo, población fundada en junio-julio de 1569 y despoblada en noviembre-diciembre de 1573, ya que los pajes personales en esclavitud solían ser niños, ya que al hacerse adolescentes, eran considerados aptos para el trabajo general de un esclavo indígena.

Su predestinada venida al mundo sería arrullada por las sonoras olas del lago y por la fuerte brisa del golfo, entre el mangle y la enea, de su palafitica vivienda, enclavada en el Golfo de Venezuela. Nigale, desde su precoz niñez, iba a nadar espontáneamente, como uno de los peces de aquel estuario de aguas cristalinas, escuchaba a los ancianos del consejo de la tribu, para deleitarse con sus hermosos relatos orales e inmemoriales y así, aprender de sus recuerdos bélicos de la época de la llegada de los indios caribes, los cuales a pesar de su gran espíritu belicoso, no habían podido vencer el intenso coraje y la valentía de los zaparas, en la legítima defensa de su territorio.

Así mismo, había logrado dominar el arte de la pesca, fuente fundamental alimenticia de su pueblo y del mismo modo, era diestro en la navegación lacustre, por medio de las rápidas canoas, mientras había aprendido el uso del arco, de la flecha y de la pesada macana, muy prematuramente, ya que el poderoso extranjero, venido de otros lares, se había convertido en el invasor del sacro espacio  de sus antepasados y era el potencial enemigo de su etnia. Nigale, con la inquietud infantil, se convertiría en ojo avizor de su nación. Ya sabía de la llegada de los españoles al territorio de la antigua Maracaibo, comandados por el capitán Alonso Pacheco, venido desde la ciudad de Trujillo, con sus 50 hombres armados y sus barcos dispuestos, para fundar una nueva población en las riberas del Lago: Nueva Ciudad Rodrigo. Empezaban de nuevo, como en los tiempos funestos de Ambrosio Alfínger, cuyos atroces relatos había escuchado a los ancianos de la tribu, las terribles refriegas y las cruentas guazábaras, para así, lograr evitar la muerte, la servidumbre o la esclavitud de los pueblos indígenas de las riberas del Lago de Maracaibo, sobre todo de sus congéneres los zaparas.

 

El  pequeño prisionero

Inquieto y combativo desde su tierna niñez, Nigale sería apresado en una de las primeras guazábaras contra los hispanos de Alonso Pacheco, siendo  llevado a la nueva ciudad. Por su corta edad, quizás seis años, sería destinado a la servidumbre del jefe español, como su paje. Allí, aprendería la lengua de los extranjeros, expresándose en perfecto castellano, a la vez que servía de informante a los ancianos de su tribu, de los movimientos de los españoles.

Así sabría del proyecto de incursionar a través de los ríos del sur de la laguna, para encontrar una vía más rápida y segura hacia el Nuevo Reino de Granada y del mismo modo, conocería como las familias de la población, ante el legítimo acoso indígena, habían elegido como Patrono de la ciudad, a San Sebastián, el guerrero y mártir cristiano de la época romana, flechado y sacrificado por haber seguido las enseñanzas de Jesús el Nazareno.

Así mismo, se había informado sobre la rebelión de los esclavos negros, los cuales venían desde Río de Hacha hacia Maracaibo, quienes habían huido hacia los montes vecinos, convirtiéndose en negros cimarrones, mientras sus perseguidores, 23 españoles al mando de Cristóbal de Rivas, habían sido liquidados por los indios onotos, a  mediados del año 1573.  Al mismo tiempo, se estaba intensificando la resistencia indígena contra el intruso, la cual había logrado el despoblamiento de la Maracaibo de Ambrosio Alfínger en 1535, por no obtener suministros alimenticios de los aborígenes, cansados de las mil tropelías que constantemente les propinaban. Tras más de 30 años de ausencia de las riberas lacustres, los españoles comandados por Alonso Pacheco, seguían cometiendo los miles de atropellos contra los aborígenes, sobre todo después de haberse otorgado a las familias indígenas vecinas, en  odiosas encomiendas, lo cual no era más que una forma sutil y disfrazada de cierta esclavitud.

El pequeño Nigale reflexionaba e intentaba comprender el gran dilema de su pueblo: someterse y ser esclavo del amo español o luchar constantemente por la libertad, aún a costa de entregar la vida. Esa disyuntiva iría sembrándose en su alma y le produciría una tristeza permanente, al tratar de encontrar la adecuada solución a tan trágica situación.

A pesar de su mentalidad infantil, Nigale, iba apreciando el intenso y progresivo desaliento de Alonso Pacheco, aislado en Ciudad Rodrigo,  sin descubrir el río que les comunicase con el Nuevo Reino de Granada, con escasos hombres, 30 habitantes en la población, hambrientos y desesperados, sin esperar ninguna asistencia del lejano Gobernador Diego de Mazariegos.

 

La ansiada libertad

Los meses finales de 1573, fueron decisivos para el poblado hispánico de la laguna. Así, en los últimos días de noviembre o los  primeros de diciembre de 1573, tras escasos cinco años de existencia, Ciudad Rodrigo iba a desaparecer de la historia, al ser despoblada por su mismo fundador, Alonso Pacheco, quien desilusionado, iba a regresar a Trujillo con su gente, como lo informaría el gobernador Diego de Mazariegos al rey, en correspondencia fechada el 20 de diciembre de 1573, en la población de El Tocuyo, mientras el pequeño Nigale había logrado así, la ansiada libertad, para retornar a su etnia indígena zapara.

 

La formación del caudillo

Desde ese momento del anhelado regreso a su pueblo, no se localizan datos biográficos sobre Nigale en las crónicas de la época. Como la redacción de los estudios históricos permiten la suposición lógica y analítica, se ha deducido que  Nigale, un pequeño indígena zapara más, para ese momento histórico, pero ya  predestinado para intentar ser el libertador de su pueblo, debería pasar por una prolongada etapa de formación, adquiriendo todos los conocimientos posibles para lograr el liderazgo necesario para esa difícil misión de caudillaje.

Por su perfecto dominio del idioma castellano, aprendido en su etapa infantil, sería muy deducible que dedicase algún tiempo, a ejercer el oficio de práctico en la barra, como lo hacían algunos indígenas zaparas, por su conocimiento de la zona, tan peligrosa para los barcos que intentaban cruzarla. Allí, con el  desarrollo físico e intelectual, lograría conocer mejor al extranjero, indagar en sus costumbres y objetivar las diferencias observadas, entre sus mentalidades y las de los integrantes de las etnias indígenas lacustres, sobre todo, de sus compañeros, los zaparas.

Su carácter pensativo, con cierta melancolía y tristeza, lo llevaría a irse desarrollando como navegante solitario, cruzando con su canoa, el espacio de su laguna, para reflexionar sobre el futuro de su pueblo y a la vez, contactando las diversas etnias que se localizaban en todo el perímetro lacustre, para irlas comprendiendo en sus semejanzas, por encima de sus diferencias, porque pensaba que sólo en la unidad de todas ellas, en un compacto ejército de aborígenes, podría lograr la ansiada libertad, aquella de la que habían gozado sus antepasados, antes de la llegada del invasor extranjero.

Así, por su constante arrojo y valentía comprobada como guerrero y por su propósito firme de unidad de las etnias, llegaría a ser elegido como cacique de los zaparas y a ser respetado en la cuenca del Lago de Maracaibo, después de haber transcurrido 25 años, cuando su nombre reaparecería en las crónicas, ya como cacique zapara y encabezando la resistencia indígena, en 1598.

 

Nigale y la resistencia de los zaparas

Las tribus del norte de la Laguna, especialmente los zaparas, toas y aliles, habían continuado su resistencia, que venía desde la llegada de los extranjeros a invadir su hábitat, resistencia que se acentuaría, sobre todo, a partir de 1598,  contra la ciudad de la Nueva Zamora de la Laguna de Maracaibo, dirigidos por los caciques Nigale y Tolenigaste.

La etnia había reaccionado violentamente ante el cruel castigo de un indígena zapara, atacando una fragata en la barra de Maracaibo, la cual quemaron y se apoderaron de todas las mercancías que transportaba, a la vez que liquidaban a sus navegantes y viajeros. Este sería el primero de una serie de ataques contra los barcos que cruzaban la barra, causando una grave crisis económica en los diversos puertos de la Laguna, ya que toda navegación, sobre todo la externa, estaba paralizada.

El Gobernador de la Provincia de Venezuela, el capitán Gonzalo de Piña Ludueña, quien ejercería el máximo poder entre 1597 y 1600, se encontraba  en Trujillo y muy pronto enviaría al capitán Andrés de Velasco para auxiliar a la Nueva Zamora de Maracaibo, con el nombramiento de Teniente de Gobernador de aquella ciudad. Se lograría aplacar el alzamiento en 1599, en medio de grandes dificultades, aquietándose los zaparas durante un tiempo y entrando en relaciones comerciales con el capitán Velasco y la ciudad lacustre, para cooperar en el suministro alimenticio de los pobladores y en el intercambio comercial de la ciudad, mientras que en la metrópoli española se había iniciado el reinado del monarca Felipe III, el cual abarcaría un amplio período, entre los años de 1598 y 1621.

La resistencia de los quiriquires

Los indómitos indígenas del sur, los quiriquires, desde 1580 habían iniciado su proceso de resistencia constante contra los invasores extranjeros, quienes se desplazaban por la cuenca del Lago de Maracaibo. Esa resistencia aborigen, intermitentemente, se iba a prolongar hasta 1640, es decir cerca de sesenta años.

Así, en 1599, el capitán Domingo de Lizona, comerciante de la región, quien se desplazaba por el río Catatumbo en dos embarcaciones, con una pequeña escolta de soldados, sería atacado por los indios quiriquires, quienes mataron a los escoltas y mal hirieron al comerciante, además de apoderarse de más de 20.000 pesos de mercaderías. Muy pronto, Lizona, con el apoyo del Teniente de Gobernador Andrés de Velasco, organizaría su propia expedición guerrera para castigarlos.

Siendo Gobernador interino de la Provincia, el capitán Alonso Arias Vaca desde 1600 hasta 1602, los indios quiriquires que habitaban en los caños y ciénagas de los ríos Zulia y Catatumbo, se aliaron con los aliles y eneales y atacaron a la población de San Antonio de Gibraltar.

El Hermano Nectario María ha relatado aquel asalto: A favor de la oscuridad de la noche, en la madrugada del 22 de agosto del año de 1600, cuando en Gibraltar todos estaban aún durmiendo tranquilamente, en sus casas, sin sospechar nadie el peligro en ciernes, los quiriquires, que durante la noche, en sus canoas y en número considerable, se habían acercado sigilosamente, sin ser vistos, a la población, irrumpieron repentinamente en la ciudad, asaltando casa por casa y pegándoles fuego.

Tampoco la iglesia fue respetada: pasto de las llamas, no quedó nada de ella, salvo el Santo Cristo, que habían flechado los indios y cuya imagen el fuego respetó.

Los vecinos sorprendidos, no pudieron resistir a unos asaltantes muy superiores en número, pero la casi totalidad logró escaparse. Los indios se ensañaron de un modo especial contra la casa de su encomendero, el Teniente de Gobernador Rodrigo de Argüelles y lograron cautivar a su mujer, doña Juana de Ulloa, y a sus tres hijas: Leonor, Paula e Inés, la primera casada y las otras dos doncellas; Inés, la menor, era aún una niña de corta edad.

Crueles se mostraron con la madre, doña Juana de Ulloa: suspendiéronla de un árbol con las riendas de un freno y la acribillaron con una lluvia de flechas, y fueron tantos los flechazos recibidos en su cuerpo desnudo, que la dejaron como un erizo. Las flechas eran tan largas que, cuando después cortaron los españoles las riendas con que estaba colgada, al caer se quedó en pie, pues éstas apuntalaban el cadáver a la redonda.

Llevaron las tres hijas, y tres indios de los principales se casaron con ellas a usanza de su tribu, llevándose cada uno la suya a su bohío. Si bien con Inés, la pequeña, por no tener aún edad, no se contrajo matrimonio con ella, sino más tarde. Esas tres hijas de Argüelles serían recuperadas años después, como se podrá apreciar en este estudio, convirtiéndose en un tema histórico-literario por Arístides Rojas.

Por orden de la Real Audiencia de Bogotá, el capitán Diego Prieto Dávila, Corregidor y Justicia Mayor de la ciudad de Mérida, reedificaría rápidamente a la población de San Antonio de Gibraltar y pacificaría, por aquellos momentos, la resistencia indígena de los quiriquires, como consta en una Real Cédula de diciembre de 1600.

Alrededor de ese año, la familia de Francisco Ortiz e Inés del Basto, se harían presentes en la Nueva Zamora de la Laguna de Maracaibo, quienes poseían un inmenso fundo a orillas del lago, donde desplegarían una amplia labor en pro de la población, ya que construyeron a sus expensas, una ermita y un hospital anexo, donando tierras y ganado para su mantenimiento, además de donar, según algunas versiones aceptadas, los terrenos donde se ampliaría la modesta Iglesia  Matriz de la ciudad, mientras el marido se desempeñaba como Alguacil Mayor de la Nueva Zamora.

 

La unidad de la resistencia indígena

Después de la muerte del capitán Gonzalo de Piña Ludueña, el 21 de junio de  1600, la Real Audiencia de Santo Domingo designaría a Alonso Arias de Vaca, Capitán General y Gobernador interino de la Provincia de Venezuela, cargo que desempeñaría hasta el 28 de julio de 1602. Serían sus sucesores: Alonso Suárez del Castillo (1602-1603) y Francisco Mejía de Godoy (1603-1606), hasta que viniendo con la flota desde Cartagena, el 7 de febrero de 1606 llegaría a Maracaibo, el capitán Sancho de Alquiza, tomando posesión de su cargo de Gobernador y Capitán General de Venezuela, que iba a desempeñar entre 1606 y 1611, ante el Cabildo de la Nueva Zamora de la Laguna de Maracaibo, como lo certificaría el escribano Gaspar Luis de Escovar.

El nuevo Gobernador daría estrictas órdenes a su Teniente de Gobernador en Maracaibo, el capitán Andrés de Velasco y a los capitanes Alonso Martín Romero, de Coro, y Juan de Chaves, de Trujillo, para mantener el orden en la cuenca de la Laguna de Maracaibo y proteger a la ciudad de los ataques de la resistencia aborigen, logrando apaciguar temporalmente a los zaparas y a los aliles, como explicaría al rey en carta del 20 de abril de ese mismo año, donde comentaba que esas etnias acudían a sus encomenderos y ayudaban en el castigo de los indios caquetíos. Luego, seguiría camino hacia Caracas, la sede de su gobernación, en cuyo Cabildo, el 21 de julio del mismo año 1606, presentaría traslado de la toma de la posesión de su cargo en Maracaibo.

En los primeros meses de 1606, durante esa estancia del gobernador Alquiza en la Nueva Zamora de la Laguna, su Teniente de Gobernador Andrés de Velasco, emprendería una campaña contra los quiriquires, quienes seguían con sus correrías de resistencia, después de la gran destrucción y quema de San Antonio de Gibraltar, en agosto de 1600, cuando habían secuestrado a las tres hijas y a una nieta del entonces Corregidor y Justicia Mayor de San Antonio de Gibraltar, Rodrigo de Argüelles.

En esa nueva jornada, iba un hermano de las tres cautivas, con la esperanza de poderlas localizar y rescatar. Utilizando buenos guías, se acercaron hasta uno de los pueblos de los indios quiriquires, sin embargo, de forma involuntaria, a uno de los soldados se le dispararía la escopeta. El Hermano Nectario María nos ha relatado, con su prosa lacónica y muy cercana a la verdad histórica, aquella campaña contra los quiriquires: Quiso la casualidad que la cautiva Leonor Argüelles, con el indio que la tenía por mujer, fueran de un conuco a sus ranchos y, como se hallaban próximos, oyeron el disparo, pero por la espesura del monte no se veía nada. Conociendo por el tiro ser españoles los que acercaban, el indio apuraba a Leonor que aligerase el paso para llegar presto a la ranchería que estaba cerca. La cautiva, entendiendo que se le acercaba la hora de la libertad, no sólo no quiso andar, sino que, soltando una carga que llevaba y una hija de cuatro años que había tenido del indio, con varonil entereza embistió contra éste y echó mano al arco y flechas que llevaba, con intento de detenerlo, y, dando voces, gritaba que acudieran presto los españoles. Aterrado el indio al ver que ya les iban a dar alcance los españoles, dejando a la mujer y en sus manos el arco y las flechas, corrió a dar aviso  al pueblo de lo que pasaba, y presto todos huyeron, abandonando sus casas. Sentóse Leonor con la hija, esperando la llegada de los soldados, que a poco la encontraron, sorprendidos y le dieron manta para cubrirse, pues los indios al cautivarlas las habían obligado al sólo uso del guayuco. Ella les explicó todo lo sucedido, y alegráronse todos, en especial su hermano, por su redención. Llegaron luego al pueblo, que hallaron desierto, pues todos habían huido precipitadamente. Regresaron los expedicionarios para Maracaibo, sin haber podido dar con los indios, pero contentos con el rescate que de Leonor habían alcanzado. Recibióla nuevamente su marido por legítima esposa y crió a la hija, pues “como hombre cristiano, discreto y bien advertido, sabía que lo sucedido con ella por la violencia y la fuerza no quita la virtud, antes la aumenta”.  

Al marcharse el gobernador Sancho de Alquiza de la Nueva Zamora, en los meses siguientes de 1606, ocurriría la gran sublevación de todas las tribus indígenas de la Laguna de Maracaibo contra la ciudad, unificadas en una activa acción de resistencia, por primera vez, con un propósito común: acabar con los españoles invasores de la cuenca del Lago de Maracaibo, sobre todo de las poblaciones de Nueva Zamora y de San Antonio de Gibraltar, además de los puertos de la comarca.

Allí estaban los Zaparas, Aliles, Auzales, Arubaes y Toas, del norte de la Laguna y los caños del río Socuy, unidos con los Quiriquires del sur de la cuenca, que vivían en los caños del río Catatumbo y mantenían comercio frecuente, al hacer trueque de maíz,  yuca y otros productos agrícolas del sur, por sal y pescado, de la zona norte. Con sus numerosas canoas, más de ciento cincuenta, los aborígenes impidieron el suministro de alimentos a Maracaibo y atacaron los sitios de donde se abastecía la ciudad lacustre.

Así, iban a lograr el apoyo de los indios Parautes, de la costa oriental del Lago, que ocupaban la actual zona costera entre Tamare y Bachaquero, así como extendiéndose tierra adentro, hacia Mene Grande, tomando su denominación del río del sur de Lagunillas. Su cacique Malagüelo, al ser bautizado había recibido el nombre cristiano de Juan Pérez, quien tenía como una especie de subalterno al cacique de los Misoas, Camiseto o Camisetano, quien había asistido a la quema de Gibraltar por los quiriquires. Ambos apoyaron la unión de la resistencia indígena y dieron muerte al reverendo padre Valenzuela, “clérigo sacerdote que les estaba dando doctrina, a tres españoles y a otras personas (indios y negros), por todo diez y siete”, según declaración de fray Alonso de Sepúlveda, Guardián del Convento Seráfico de Maracaibo.

Así mismo, quemaron las barbacoas y los almacenes donde se recogían la harina y otras mercaderías que se comerciaban por medio de las fragatas que surcaban el lago, aportando más de cincuenta embarcaciones y hombres de guerra. Según la tradición oral, el cacique Malagüelo era un guerrero y navegante, además de ser el curandero de la tribu, quien vaticinaba sobre el futuro de su etnia y una vez, viendo en Mene Grande, las fuentes de mene a ras de la tierra, predijo: Cuando haya dejado de correr el mene sobre esta tierra, se habrá terminado nuestra raza en la laguna. Según algunos cronistas, el incendio de Lagunillas de Agua hizo desaparecer al pueblo indígena que la fundara, los parautes, quienes habían establecido la industria del petate.

Más tarde, los aborígenes unificados se iban a apoderar de todos las embarcaciones pequeñas que estaban en la bahía de la ciudad, pasando amenazadores ante sus temerosos habitantes. Se dirigieron, entonces, hacia Tomocoro (Tomoporo) y a Moporo, pueblos de indios amigos de los españoles, que les suministraban maíz, ñame, yuca y otros productos agrícolas para el sustento de la Nueva Zamora, quemaron la primera población y destrozaron la estancia de Sebastián de Esplugas, dueño de numerosos rebaños de cabras, los cuales destruyeron, matando un negro y otras personas, según la declaración jurada del padre Luis de Vergara, cura y vicario de Maracaibo, que consta en documento del Archivo General de Indias: La hacienda de Sebastián de Esplugas, sita en dicho término fue atacada y allí murieron varias personas, mientras que el pueblo de Moporo también fue saqueado y robado, razón por la que los vecinos que consiguieron salvar la vida tuvieron que huir tierra adentro, de donde se les siguió mucho daño de enfermedades y muertes, por no estar acostumbrados a vivir en tierra, sino en el agua.

Regresaron de esos pueblos de aguas, para navegar, de nuevo, frente al puerto de Maracaibo y algunas veces entrar por la noche en el poblado,  para ultimar a algunos españoles, lo cual obligaría al Cabildo a colocar un pequeño muro de tapias en doble línea, con un servicio de centinelas constantes, sin embargo, la actitud del Teniente de Gobernador capitán Andrés de Velasco, era de completa nulidad ante los constantes ataques de los aborígenes.

El Cabildo de la Nueva Zamora, en septiembre de 1606, decidiría pedir ayuda al Gobernador de la Provincia, capitán Sancho de Alquiza, residenciado en la lejana Caracas, enviando a su Procurador Simón Fernández Carrasquero para que le informase del peligro que corrían las poblaciones de la Laguna y éste, cumpliendo con gran diligencia y peligro, la misión encomendada, le entregaría un pliego de peticiones, el 4 de octubre de ese año, informándole la grave situación de la Nueva Zamora, a punto de despoblarse y donde solicitaba: ayuda de la real caja, socorro de piraguas y de indios bogaderos para su conducción; y por último, el nombramiento de un pacificador con experiencia, que actuase con rapidez, debido a la tibieza del Teniente de Gobernador capitán Andrés de Velasco.

El 19 de octubre de 1606, el Gobernador, después de escribir al rey el 10 de octubre, entregaría la desconsoladora respuesta, donde señalaba que ya había destinado a Maracaibo cuatrocientos ducados de los mil quinientos que el rey le había suministrado para toda la provincia; además, que los encomenderos de la Nueva Zamora debían hacerse cargo de su defensa total, como lo había conversado con su Teniente de Gobernador Andrés de Velasco y con los capitanes Alonso Martín Romero, de Coro y Juan de Chávez, de Trujillo. Además, indicaba que los encomenderos que no atrajesen y redujesen a los indios que tenían en encomienda, en cuatro meses, perderían para siempre su encomienda. Por esos motivos, él no podía hacer nada más por la cuenca lacustre, excepto ofrecer al capitán Juan Pacheco Maldonado el cargo de Teniente de Gobernador de la Nueva Zamora, para que lograse la pacificación, sometimiento y rendición de los indios, en sustitución de Andrés de Velasco, quien no había cumplido con esas obligaciones.

Simón Fernández Carrasquero, disgustado por la poca ayuda brindada por el gobernador, se dirigiría directamente hacia Trujillo, para llevar la propuesta al capitán Juan Pacheco Maldonado, animándolo para que aceptase el cargo en recuerdo de su padre Alonso Pacheco, quien había sido el fundador de Ciudad Rodrigo de Maracaibo en 1569.

Juan Pacheco Maldonado, inmediatamente aceptaría la propuesta, mientras Simón Fernández Carrasquero, partía para Maracaibo y el 23 de enero de 1607 entregaría la respuesta del gobernador al Cabildo de la ciudad, cuyos integrantes decidieron aceptar aquel documento como el mandamiento de un superior, pero sin darle cumplimiento por la actitud del gobernante que era en perjuicio general, por la amenaza de quitarles sus encomiendas, ya que ellos habían sostenido la guerra continua contra los indios, casi desde la fundación de la población de la Nueva Zamora, hacía ya 32 años, no sólo con sus caudales adquiridos en tiempo de paz, sino que además, en esos combates habían sucumbido gran parte de los vecinos de la ciudad. Por lo tanto, enviarían al rey una información precisa, con interrogatorio y declaraciones de testigos, amplio expediente que debía realizar el alcalde Pablo de Collazos.

Mientras tanto, el capitán Sancho de Alquiza, enviaría a Juan Pacheco Maldonado, el nombramiento de Teniente de Gobernador y Justicia Mayor de la Nueva Zamora de la Laguna de Maracaibo, el 2 de enero de 1607, el cual lo recibiría a comienzos de marzo, iniciando los preparativos para la campaña con el nombramiento del trujillano Martín Fernández, el día 13 de marzo, como su Sargento Mayor, en calidad de sustituto interino para que gobernase a la Nueva Zamora de Maracaibo, mientras él se hacía presente, con la orden de ir habilitando todo lo indispensable para la campaña contra los aborígenes y sobre todo, construyendo las canoas necesarias para aquella guerra.

Juan Pacheco Maldonado, ayudado por su gran prestigio de militar criollo y personaje  destacado de Trujillo y por la confianza que inspiraba en la juventud del poblado andino, podría lograr, en muy corto plazo, efectuar los difíciles preparativos para aquella empresa guerrera, equipando y armando a cincuenta hombres, prácticamente todo el poblado, entre ellos a Martín Fernández de Quiñones, a los hermanos Juan Álvarez Daboín y Paulo de Brito, ambos hijos del capitán Tomás Daboín y de mujer Juana de Escoto y sobre todo, al capitán Juan García Montero, su sobrino político y segundo jefe de la expedición, quien se desempeñaría como maestre de campo durante los años de la campaña, como lo confirmaría Andrés Sanz, en el documento de probanza, localizado en el Archivo General de Indias: hallándose personalmente en todas las salidas, entradas, ataques y campañas que con los indios se tuvieron entonces.

 

Juan Pacheco Maldonado en el Lago

Ya en pleno plan de campaña, Juan Pacheco Maldonado y sus hombres se dirigieron al puerto de Las Barbacoas, que era el de Moporo, embarcando la tropa y pertrechos, en navíos de vela y en todas las canoas que pudieron conseguir, para navegar en las aguas lacustres.

Iniciaron su campaña militar contra los indios Parautes y Misoas, quienes el año anterior habían sacrificado a su cura doctrinario, el padre Valenzuela y a otras personas más, para luego refugiarse en las montañas vecinas de Lagunillas, donde fueron rodeados, sometidos, desalojados y apresados,  con sus caciques Juan Pérez Matagüelo y Camiseto al frente, quienes fueron trasladados a la ciudad de Nueva Zamora de Maracaibo y ajusticiados, como caudillos de la resistencia de aquellas etnias aborígenes.

Continuando con su intensa campaña guerrera, Juan Pacheco Maldonado y sus hombres, se dirigieron al norte de la Laguna, para localizar a los aguerridos indios zaparas, bajo la dirección de los valientes caciques Nigale y Tolenigaste. El Hermano Nectario María ha narrado aquel encuentro de Juan Pacheco Maldonado con los indios zaparas y sus líderes, según la propia información del gobernador Sancho de Alquiza en sus cartas al rey y las declaraciones de varios testigos en la probanza de Juan García Montero, fuentes documentales conservadas en el Archivo General de Indias, por creerlas más ajustadas a la verdad histórica. Por compartir, en términos generales, esa apreciación histórico-documental de los hechos, se ha reproducido en forma total y textual: Pacheco dispuso luego salir directamente contra los zaparas y, valiéndose de un ardid bien tramado, logró dominarlos totalmente, apoderándose de los principales y dando muerte a un gran número de ellos. Fingiéndose amigo, desembarcó desarmado a la vista de los propios indios, mientras en el lado opuesto, resguardada por la selva, sin que nadie se diese cuenta, saltaba a tierra la otra parte de la expedición, bien provista de armas para todos.

Creyeron los fieros zaparas que con dejar bajar a tierra a estos hombres sin armas, harían luego de ellos lo que se les antojara; pero, unidos rápidamente, cayeron todos sobre los indios, y tanto los caciques Nigale y Tolenigaste, como la mayoría de su gente, fueron apresados o muertos. Algunos lograron escaparse y se retiraron con las mujeres y niños al pueblo y laguna de Oriboro, a la cual decían también Matícora, “por ser un sitio fuerte”; pero el capitán Juan García Montero los estrechó allí, de tal modo que fueron todos reducidos a prisión. El mismo Juan Pacheco Maldonado, en una declaración, dice: “Juan García Montero… se halló en la prisión de los indios zaparas que se hizo en la Barra de la Laguna y en la que se hizo en el pueblo y laguna de Oriboro, donde se prendieron los demás indios zaparas que restaban, yendo el susodicho (Juan García Montero) por caudillo”. Los zaparas fueron literalmente aniquilados y del exterminio solo se salvaron unos pocos que lograron huir a lugares remotos.

Hasta aquí, la escalofriante narración del Hermano Nectario María, basada en las fuentes documentales localizadas en el Archivo General de Indias, realizada con el laconismo histórico que le imponían la escasez de fuentes. Sin embargo, se ha querido reproducir un extenso fragmento de la carta del gobernador  Sancho de Alquiza al rey, de fecha 15 de julio de 1607, donde le informaba sobre los sucesos de aquella terrible jornada de genocidio de una nación indígena: Y permitiendo Dios que daño de 14 años que no pudieron reparar tanto gobernadores tuviese fin, habiendo yo dado orden que se despachasen las fragatas con harinas para Cartagena y que a ello saliesen a la boca de la barra, donde estos zaparas están poblados, algunos soldados e indios amigos, la di secreta al capitán Juan Pacheco Maldonado para que debajo de amistad, saltase  a tierra con parte de ellos sin armas  y otros por otro lado con ellas, como hizo víspera de San Juan pasado, con tan buen suceso que solo cinco de esta nación de zaparas se escaparon y los demás murieron y se cogieron a las manos y entre ellos los principales, de quien se hizo justicia en la Laguna y alguna familia se repartió entre los soldados más menesterosos y que sin otro premio han servido. Doy este aviso a vuestra Majestad, con reputación de uno de los más importantes que podré dar en esta tierra en mi tiempo, porque en los pasados y en éste, se ha vivido en aquel distrito, con mil inquietudes y cada día muertes de los que salían al castigo, además de la toma de navíos que estos indios han hecho con esclavos y otras, haciendas que tenían más valor de 80 mil ducados. Como se puede apreciar en esta correspondencia del gobernador al rey, la vil jornada traicionera contra los zaparas y la detención de Nigale se había sucedido la víspera de San Juan, es decir el 23 de junio de 1607.    

También, en la probanza de Juan García Montero, se reiteraba que ese capitán, por orden de Juan Pacheco Maldonado: fue a la Laguna de Matícora, adonde se habían retirado algunos indios zaparas que escaparon y huyeron. En la Laguna de Matícora se habían retirado los demás indios e indias (zaparas) que se habían quedado y coxídolos todos.

El Cronista de Indias, Fray Pedro Simón, en la primera parte de sus Noticias Historiales de las Conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales, obra publicada en Cuenca entre 1626 y 1627, a solo 19 años de los sucesos narrados y quizás por haber podido conversar con algunos testigos del aniquilamiento de los zaparas y de sus caciques, escribiría una extensa descripción, donde parecen mezclarse la realidad y la fantasía, muy propia de ese cronista, con cierta dramatización de los hechos, pero sin poderles eliminar lo abominable de la traicionera acción del capitán Juan Pacheco Maldonado, contra el valeroso cacique Nigale. Por ser una fuente fundamental de aquellos acontecimientos, la única conocida y reproducida hasta la localización de los documentos de aquella época, ya señalados, y a pesar de su extensión, se va a incluir esa crónica de Fray Pedro Simón, escrita con un lenguaje imaginativo y muy dramatizable, que parece más cercano a la ficción creativa y teatral de un literato que a la objetividad histórica que debería tener un auténtico cronista: El capitán Pacheco, en Maracaibo alzó velas y se dirigió hacia la Barra, ya cerca, le salió al encuentro una canoa, con dos indios y llegados a que los pudieran oír los de los barcos, preguntó uno con voz bien atrevida que quienes eran y a donde iban, a quien el capitán respondió: Que quien era el que lo preguntaba, y el indio: Yo soy Nigale. Este era el principal de aquellos indios zaparas, no sé si por ser cacique o a quien obedecían, como al más valiente, como suelen algunas de estas naciones. El capitán le dijo: Llégate acá, que me alegro mucho de encontrarte, porque yo soy Juan Pacheco, y sabes que tengo obligación de quererte bien; esto dijo porque el Nigale había sido paje de su padre, el capitán Alonso Pacheco, en aquel pueblo, cuando lo fundó como dejamos dicho. El Nigale respondió en lengua castellana, en que era bien ladino: Pues si me quieres bien, ¿por qué me vienes a hacer guerra a mí y a mi gente, con esos soldados?; respondióle el capitán: Yo no pretendo hacerte guerra ni mal alguno, pues sólo los traigo por el miedo que tengo a ti y a tu gente, que no habéis de dejar cargar estos barcos de sal, que es a lo que vengo; pues ya podrás echar de ver la falta que tenemos de ella en Trujillo, después que tu gente os alzaste, y si tú con ella me los quisieres cargar, te lo pagaré muy bien, y sin pasar adelante tomaré la vuelta del puerto. Esto decía el capitán Pacheco, porque la salina que abastece toda aquella tierra, estaba en la de estos indios.

No había acabado esta razón el capitán, cuando ya tenía el Nigale fabricada la traición y modo que había de tener para matarlos a todos, en que tampoco se descuidó Pacheco, pues a lo mismo fue tirando en esto que le dijo. Aceptó luego el indio (para asegurar más lo de presto fabricó) diciendo lo haría con gana, porque le quería bien, por ser hijo de su amo, y a todos los de Trujillo, porque nunca les habían hecho mal. Concertáronse, y que al otro día viniese el indio a la salina, que está como una legua de la barra, y trajese su gente, porque él iba con la suya y los barcos a hacer noche en ella. Aceptó esto Nigale, con condición que no había de sacar armas el capitán ni sus soldados; el Pacheco le dijo fuese así; pero que tampoco él ni su gente las habían de traer.

Despidióse con esto el indio muy contento, sin querer recibir nada de lo que le quería dar luego el capitán, haciendo cuenta que allí se le tenía seguro, y lo demás que traían en los barcos, para el día siguiente, que llevaba por sin duda el haberlos a las manos. Lo que le quedó del día, y toda aquella noche gastó Nigale en avisar a su gente y asegurarlos de la presa cierta que tendrían presto guardando la traza que les daba en el embestirles, con que todos, codiciosos de lo mismo, al quebrar del alba, ya estaban junto con todas sus mujeres y chusma, dentro de un estero escondido a la banda del este en tierra firme, como dos tiros de mosquete de la isla.

De aquí salieron los indios en sus canoas, que eran hasta veinte y cinco, y en otras quedaban sus mujeres con las armas y orden, que en viendo la seña que se les debía de hacer, viniesen todas (que sabían bogar y nadar tan bien como ellos), con achaque de que les traían de almorzar.

Llegaron a la isla todos muy alegres, con sus levantados penachos de varias plumas, el Nigale el primero, donde halló al capitán Pacheco desembarcando con su gente, a los que les había dicho que de secreto llevase cada uno un cuchillo gífero, metido sin se viese, entre la manga y el brazo, para lo que se ofreciese, porque aún no tenía dada traza del modo que habían de tener para acabar con los indios, por no saber la ocasión que se podía ofrecer, aunque todos habían de estar alerta, para no dejar perder alguna. Alborotáronse los dos capitanes, y con palabra de amistad se la dieron y las manos, que de allí adelante habían de ser grandes amigos, y para señal de esto mando a sacar el capitán Pacheco una petaca de bizcocho con que almorzasen todos, y viniendo liada con unos látigos de cuero yertos y secos, cuando la fueron a abrir no podían, y diciendo el capitán que cortasen el cuero, respondió el saldado que andaba por abrirla muy enojado… ¿hémoslo de cortar con los dientes, si vuesa merced manda que ni aun un cuchillo saquemos? No se alegró Nigale poco de esto, pareciéndole tenía más segura su presa. Al fin, con un hueso de un pescado que se toparon allí, que era a modo de sierra, cortaron el cuero y sacaron el bizcocho, de que tomaron a su gusto todos los indios, fuera de Nigale y otro más valiente que los demás, que parece que por más graves se retiraron un poco; a los cuales dijo el Pacheco, tomemos nosotros también un bocado para beber una vez de vino, que luego sacarán para que haga muy bien de almorzar.

Llegó en esto el capitán a la petaca para tomar bizcocho, y los dos indios con él, pero al tiempo que se bajaron los asió fuertemente a ambos de los cabellos con ambas manos y diciendo “¡Santiago!”, cada dos soldados que estaban arrimados a un indio, entreteniéndolo y chocarreándose con ellos, se abrazaron al que les cubo animosamente, y sacando sus cuchillos con la brevedad que pedía el caso, les abrían las barrigas por estar todos desnudos, y en un punto los tenían destripados casi a todos;  si bien hubo indio que con las tripas por el suelo, con la furia y ansias de la muerte, metió a sus dos soldados forcejando en el agua, y si otros no los socorrieron, que estaban ya desocupados por tener muertos o amarrados a los que les cupieron por suerte, los ahogara en ella.

El capitán Pacheco estaba forcejeando con sus dos valientísimos indios, donde hizo buena prueba de serlo también él, y de su valiente ánimo tanto como lo es su cuerpo, que es de la mayor estatura y bien proporcionada que tiene aquella tierra, y de poco más de treinta años que tenía a la sazón; al fin acudiéndole con socorro y algunas heridas que dieron a los dos indios otros soldados, sin habérsele podido entre tanto escapar de sus manos los dos, los amarraron como hicieron algunos soldados a otros, que por todos quedaron presos once, algunos muy mal heridos y otros no tanto, y los catorce muertos sin que soldado ninguno peligrase.

 

La muerte de Nigale

Fray Pedro Simón concluía aquella dramática narración sobre el cacique Nigale, expresando que: Metieron los presos con seguras guardas y prisiones y luego en la cárcel de Maracaibo donde estuvieron hasta otro día, tan triste y melancólico el capitán Nigale que por muchas que le dieron para a hablar desde que lo prendieron, no le pudieron sacar una palabra; y aquella noche, estando preso,  se arrancó pelo a pelo unas barbitas y bigotes que tenia y se los fue comiendo uno a uno. Luego otro día los ahorcaron a todos.

Frases hirientes y hasta mordaces, indignas de un cronista histórico, quien además era fraile religioso, quizás influenciado por el oscurantismo medieval, el cual   imperaba, todavía, en muchas mentes españolas. Toda aquella taimada celada de Juan Pacheco Maldonado contra el cacique zapara y el exterminio de su pueblo, no solamente había sido cobarde, sino indigna de un militar de amplia trayectoria, quien preferiría aprovecharse de la credulidad de Nigale y engañarlo vilmente, antes que combatirlo cara a cara, en batalla limpia y honesta, donde tendría la gran ventaja de las armas superiores.

Aunque no se conoce exactamente la fecha del ahorcamiento del Cacique Nigale, en la vecindad de la Plaza Mayor de la Nueva Zamora de la Laguna de Maracaibo, en el lugar destinado para esos actos, zona que ocupa actualmente el Teatro Baralt, por la carta del gobernador al monarca español, se ha sabido aquel día de su apresamiento, el 23 de junio de 1607 y considerando que los indígenas eran expuestos al escarnio público antes de ser ajusticiados, muy probablemente, el combativo Nigale habría sido sacrificado el 25 o 26 de junio de 1507, dos o tres días después de su engañosa detención, con el denigrante ahorcamiento, como auténtico mártir de la libertad y constante combatiente contra el dominio del  extranjero, crimen precedido del aniquilamiento de un pueblo entero, de una nación indígena de probada valentía, los indios zaparas, en un atroz y total genocidio, cometido vilmente por los representantes del imperio español de aquella época, en los inicios del siglo XVII, logrando así, el dominio de la parte norte de la Laguna de Maracaibo.

La derrota de los aliles y sus aliados

Continuaba el Hermano Nectario María, con la escalofriante narración histórica: Los indios Aliles, Auzales y Toas, que habían formado cuerpo con los Zaparas, al considerar lo sucedido con sus aliados, estaban temerosos, en espera de acontecimientos que podían presentarse en sus lagunas. Los Aliles, que habían sido los principales colaboradores en el alzamiento de los Zaparas, también fueron atacados en sus lagunas. Juan Pacheco Maldonado les arrebató unas cien canoas, quemó su pueblo, taló sus labranzas y perdieron, además, unos setenta hombres, entre muertos y prisioneros. Tanto a los unos como a los otros no les quedó otro recurso que el de someterse, ofrecer la paz y entregar los cinco zaparas que habían escapado, para volver a restablecer relaciones con Maracaibo, a la cual surtían antes de pescado. El ejemplo terrible de los zaparas y aliles convenció a todos de que la mano fuerte de los conquistadores acababa siempre con la resistencia y sublevación de sus enemigos.

Mientras esos dramáticos e inhumanos sucesos transcurrían en la cuenca de la Laguna, en  el hato de los Ortiz del Basto, en la Nueva Zamora de Maracaibo,  la esposa, Inés del Basto, había solicitado permiso para construir la Ermita de Santa Ana, bajo la advocación de la madre de la Virgen María, la cual medía veinte varas de largo, con paredes de barro y techos de enea, primer templo construido en la ciudad, después de la primitiva iglesia de la fundación del poblado.

No contentos con ello, los esposos Ortiz del Basto, llevados de su espíritu altruista y cristiano, el día 1º de diciembre de 1607, solicitarían autorización para construir un hospital, (también bajo la advocación de Santa Ana), en el solar de la ermita, a donde se recojan pobres y enfermos y con ello servir a Nuestro Señor. El obispo de Venezuela y Caracas, Fray Antonio de Alcega, tras cumplirse con todos los requisitos de documentos de escritura y dotación, concedería la licencia para fundar el hospital, en el mes de julio de 1608. Surgiría así, el hoy hospital más antiguo de Venezuela, con 400 años de trayectoria, próximos a cumplirse, en pro de la salud de los pobladores de  Maracaibo y su comarca.

Al mismo tiempo, por auto firmado por Juan de Borja, Presidente del Nuevo Reino de Granada, del 1º de mayo de 1607, las ciudades de Mérida y San Cristóbal que estaban incorporadas al Corregimiento de Tunja, habían pasado a constituir el Corregimiento de Mérida del Espíritu Santo de La Grita, que incluiría a las jurisdicciones de Mérida, Espíritu Santo de La Grita, San Cristóbal, Barinas, Pedraza y San Antonio de Gibraltar, tan ligadas a la cuenca lacustre por su comercio y por una Real Cédula, del 13 de abril de 1608, se confirmaría la creación de aquel corregimiento, regido desde la ciudad de Mérida y dependiente de la Audiencia de Bogotá, al mismo tiempo que se nombraba al primer Corregidor titular, el capitán Juan de Aguilar y Carrascosa, quien iba a  gobernar desde el 8 de enero de 1609 hasta el año de 1613.

Como se puede apreciar, la población de San Antonio de Gibraltar se incorporaba a ese nuevo “Corregimiento de Mérida del Espíritu Santo de La Grita”, regido desde Mérida y como dependencia de la Audiencia de Santa Fe de Bogotá, en el Nuevo Reino de Granada, mientras que la Nueva Zamora de la Laguna de Maracaibo seguía dependiendo de la “Provincia de Venezuela”, regida desde Caracas y dependiente de la Audiencia de Santo Domingo, lo cual iba a generar constante pugnas por problemas de límites geográficos y de competencias comerciales entre las dos ciudades de la cuenca del Lago de Maracaibo, pugnas originadas desde la fundación de la primera, originándose un pleito en la Audiencia de Santo Domingo, que se haría secular. Por ello, un hombre tan moderado como  el capitán  Gonzalo de Piña Ludueña, fundador de San Antonio de Gibraltar en el año 1592 y Gobernador y Capitán General de la Provincia de Venezuela entre 1597 y 1600, había propuesto en 1597, en su “Descripción de la Laguna de Maracaybo”,  la creación de una provincia nueva, que abarcase la región del lago, para así unificar las dos ciudades lacustres bajo la misma jurisdicción, lo cual traería facilidades comerciales y de defensa de la cuenca del Lago de Maracaibo. El tiempo le iba a dar la razón a Piña Ludueña, ya que esa realidad ya entrevista en su relación, tendría una desafortunada realización, durante varias décadas del siglo XVII, cuando los piratas del Caribe, tomarían por asalto a Gibraltar y a Maracaibo, con grandes saqueos y despojos, como buenas presas para su codicia, a lo cual aunaron su ferocidad y espíritu sanguinario. Y todo por no tener un buen sistema de defensa de la cuenca lacustre.

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