“Inducir y deducir dentro de si que como y para”. por César Chirinos

AUTOR Agencia Literaria

Inducir y deducir dentro de si que como y para[1]

César Chirinos

mcrianke crideña
riaslas trojias

galdra sucde
eldul vincados

bilcó ccska
kelisca larsa
eprilando neclos

ungo ayesfrun

nudefa ceacas
roancia kerles

casulco
virpátora

¿Entendió; estimado lector, esto? Sabía que no lo iba a interpretar. A nosotros nos pasó lo mismo. Es un golpe que no va rectamente a un fin, aunque se encamine a él, o la cosa que se dice con una intención determinada, pero sin expresarla claramente. Es el regreso a la escritura y lectura del arte en sus orígenes ¿ ?.

Nosotros suponemos, al hojear Tráglaba Jetoria, que el autor (Carlos Ildemar Pérez) sacó su lengua para hacer este libro de las infinitas lenguas y dialectos del planeta. Puede tener muchas lecturas y singulares lecturas, pero nunca la “lectura”
considerada como tal, o aceptada. El autor puede decir lo que le venga en gana y decir: “Así soy yo”.

Y el único ente capaz de entenderlo a él y su obra (estamos seguros que es así) es la vida, pues no existe nada sin ella; estamos hablando no de la monista, sino de las 2 clases de realidad, la dualista. Muchas veces lo que hacemos (¡Qué petulancia!) lo creemos más importante que ella. Hasta habrá los que pretenden hacer ciencia y arte sin su presencia. ¿Cómo es posible hablar de lo nuevo de algo o de alguien? Ni siquiera lo excelente o lo puro se pueden comparar con ella; ni aun siendo miserable, fatal, maniqueísta, etc. Nadie puede buscar ni encontrar sin ella. No obedecerla y desafiarla es perderla. También le pasa igual al que se atreve a desafiar a la naturaleza. El invento de la ciencia o del arte es para aportar vida (descubrimiento) a la vida, que sirva para abrir nuevos caminos a los ya abiertos, un
servicio que la vida le regala al pionero para uso de los humanos, las plantas y los animales, no para que X o Perico de los Palotes se esponje prepotentemente.

Estamos de acuerdo totalmente con las cosas que la vida madre permite hacer y con lo que no permite, a condición de obedecerla y servirla; pero nunca pudiéramos estar de acuerdo con un gran científico o un gran artista que vive de espaldas a ella ya expensas de su individualidad $ y sabihonda.

Hemos leído desde la mina subterránea y las capas de la cebolla de la vida, este mar sin fondo de Carlos Ildemar Pérez, y sólo nos hemos podido detener a pensar en lo que sólo suponemos (¡qué cosa más buena fuera la vida para sólo suponer!) lo que está después del fondo: el trasfondo, el desafío del poeta, “vuelta de tuerca” aun sin comprenderla totalmente, pero guiados por las locuciones no teológicas ni filosóficas, sino de la vida: “para tener no se necesita comprender”, y, “primero vivir y después filosofar”. ¿Defecto, error o desafío? Esto le pasa al ser humano por re-presentar la vida y no saber a ciencia cierta lo que ella es.

Aunque no entendamos nijota de Tráglaba Jetoria (¡qué cosa más buena!) leída desde una torre de marfil. ¡Qué vaina más buena el terminar de leer algo y gozar al decir: aunque no lo entiendo me gusta mucho! Y qué cosa más abusadora y tramposa decir: ¡Qué obra tan buena, así no haya entendido ni jota! No comprender y decirlo es más auténtico que expresar prepotente lo que no se ha comprendido. En un mundo artificial y superficial del abuso es muy difícil vivir de lo natural y necesario del uso.

Quien escribe desde el concepto del espíritu siempre da en el blanco y siempre va al punto donde está el mal y donde está el bien: pone el dedo en la llaga, aunque no pueda ser entendido o creíble. Nadie puede esperar o alardear ser entendido o creíble después de escribir, incluso, después de hablar.

Carlos Ildemar Pérez aquí en esta tentativa está jugando con la candela de otra lengua que es la suya propia. Aquí no se trata del asunto “vocablo” y mucho menos si él se entiende o no, se trata de la identidad del conocimiento que el espíritu carlospereziano tiene de su propia conciencia, de sus estados, de sus actos y de las cosas. El poeta; aquí no puede creer que el lector de este libro puede comulgar con ruedas de molino. Más que aceptar el conjunto de opiniones o de procedimientos basados en determinadas ideas, que por comodidad o conveniencia social se consideran como normas, debe aliarse con la concepción según la cual, los axiomas de las ciencias, los principios morales, las bases del lenguaje, etc., sólo constituyen Sistemas de convenciones. Siempre debemos tener presente en cualquier interpretación de cualquier representación, la permanencia en la percepción de ciertas características del objeto, a pesar de las modificaciones del campo sensorial.

No busquemos en Tráglaba Jetoria el pensamiento cuyas estructuras operatorias se apoyan directamente en la realidad de una lengua. La palabra que se usa en todas partes tiene una interpretación convencional, mecánica, estereotipada de la idea o del significado de la palabra.

Haga, estimado lector, como yo, si se atreve a leer este libro, apréndase primero el lenguaje puro de los animales y las plantas y olvídese del humano. La vida es tan perfecta que sólo pide juzgarse justamente uno mismo, o en su defecto, burlarse.

Es posible que nosotros estemos equivocados y que al leer usted el libro va a encontrar el sistema (no encontrado en ningún libro) que explica las relaciones entre el pensamiento y los objetos y entre el hombre y el mundo, por supuesto nos referimos al pensamiento, el hombre y el mundo bifronte, de juego retruécano o doble filo, carambola, connaturalizados con la lógica-ilógica.

[1] Incluido como prólogo en el libro: Pérez, Carlos Ildemar (2004). Tráglaba jetoria. Fondo Editorial El Libro Libre. Maracaibo, Venezuela. Págs. 5-9 .

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