“En Fermín Toro encontramos al hombre que se fue macerando para el cargo de Canciller de Venezuela”. Por Julio Portillo

AUTOR Agencia Literaria

Discurso del Dr. Julio Portillo en la
Universidad Fermín Toro de Barquisimeto
7 de mayo del 2015

Deseo expresar mi agradecimiento a las autoridades de esta Universidad, por haberme invitado a esta tribuna, para hacer ante este distinguido auditorio una disertación sobre ese gran venezolano, patrono de esta casa de estudios que es Fermín Toro.

Permítaseme que inicie mis palabras, uniéndome al regocijo de esta Universidad, que dentro de tres días estará cumpliendo veintiséis años de existencia y que bien hicieron sus fundadores, entre ellos el Doctor Raúl Quero Silva, en escoger el nombre de Fermín Toro para llamar esta institución, teniendo como principal propósito la formación de recursos humanos para esta región y toda Venezuela. Y que lamentable fue, el que hace un año, la violencia enseñoreada en el país, por estos mismos días, esta Alma Mater larense, recibiera el artero ataque de colectivos oficialistas, enemigos del saber y de todo lo que haya creado la Venezuela democrática, en la cual vivimos entonces. Era el tiempo en que la decencia venezolana presidía el acontecer nacional.

Aunque estas Jornadas se han convocado a propósito del Sesquicentenario de la muerte de Fermín Toro, que no deja de ser un recuerdo luctuoso, sin embargo, el legado del que fuera llamado por Juan Vicente González “el último venezolano”, está presente en nuestros días y merece la organización de este foro, porque es invalorable la herencia que nos dejara este patricio del siglo XIX, del cual me propongo apenas referirme a uno de sus quehaceres.

Porque a Fermín Toro se le ha estudiado como político, como literato, como educador, como poeta y humanista, como periodista y como estudioso de las ciencias naturales, pero creo que habría que profundizar su trabajo como diplomático y sobre los conocimientos que tenía del mundo en el que le tocó vivir, que a mi juicio lo elevan a la categoría de uno, sino el mejor, de los Cancilleres que tuvo Venezuela en el siglo XIX después de la separación de la Gran Colombia en 1830.

Fermín Toro tuvo como maestro en sus primeros años, en Caracas, donde nació en 1806, al Pbro. Benito Chacín. Aprovecho estar referencia para destacar el papel que los sacerdotes católicos no sólo en las capitales de provincias sino en los más apartados pueblos, tuvieron en la vida de casi todos nuestros héroes. Esta historia está por hacerse. Bolívar lo destaca al referir que tuvo por maestro al Padre Andújar que abrió una academia de matemáticas sólo por él. Una buena investigación al respecto nos remitiría al libro de Carlos Siso, “La formación del pueblo venezolano” donde se destaca el aporte
de franciscanos, jesuitas y salesianos ya desde los días de la conquista y la colonia. La Iglesia Católica es elemento constitutivo de nacionalidad. Tres de las más antiguas Universidades, la Central la de los Andes y la del Zulia, fueron abiertas por la Iglesia.

Fermín Toro y es el primer rasgo que quiero poner de relieve, se atrevió varias veces en su vida a atreverse contra el poder establecido. Baste recordar que en 1932, ya como Diputado, aun conociendo el parecer del Presidente Páez, que se oponía desde 1828 a que Bolívar entrara a Venezuela, vivo o muerto, Toro pronuncia un discurso en el Congreso Nacional pidiendo abiertamente el regreso de los restos del Libertador a Caracas. Y por cierto conocemos los detalles de este hecho porque escribió una obra titulada “Descripción de los honores fúnebres consagrados a los restos de Simón Bolívar”.

Igual actuación tuvo frente a los sucesos del asalto al Congreso Nacional el 24 de enero de 1848 instigados por el Presidente José Tadeo Monagas, donde al inquirirle regresar a su curul de diputado dijo “Díganle al General Monagas, que mi cadáver lo llevarán, pero que Fermín Toro no se prostituye”.

No se nos escapa que como funcionario de aduana en La Guaira y en la Isla de Margarita y como Ministro de Hacienda, le harían más de una proposición indecorosa, pero no doblegó su cerviz ante los políticos codiciosos y rateros, que como una plaga de langostas indestructibles se ha robado más de una vez los dineros públicos desde entonces hasta nuestros días.

Imposible antes de referirme al aspecto de sus aportes como diplomático, señalar, aunque sea brevemente, porque estoy en una Universidad, a sus pareceres como educador. Decía: “El pensamiento no puede quedarse encerrado en los estantes de las bibliotecas. Debe ser expuesto”. Y fue lo que hizo magistralmente como Profesor en el Colegio Independencia y en el Liceo Venezolano y en su obra “Los estudios filosóficos en Venezuela”.

Pero en donde a mi juicio destaca Fermín Toro en su trabajo por Venezuela es como diplomático. La diplomacia es un arte, no se improvisa y desde 1810 Venezuela dio muestras de exhibirse ante el mundo como un Estado con diplomáticos de carrera. En una mañana agitada como todas las de la Caracas posterior a los sucesos del 19 de abril de 1810, nació la educación para la diplomacia en Venezuela. En las instrucciones dadas personalmente por nuestro primer Canciller Juan Germán Roscio a los comisionados Simón Bolívar, Luís López Méndez y Andrés Bello que integraban la llamada Misión a Londres, está sin duda alguna, la génesis del primer intento por la formación de nuestros diplomáticos. Juan Germán Roscio poseía una sólida formación de lo que era para el momento el saber universal, que se explicaba porque su biblioteca era una de las mejores que tenía Caracas para su época. Y no era para aquel hijo del Guárico, una tarea esporádica, la repetiría varias veces, pero de modo registrado en 1820 cuando volvió a formar a los delegados enviados por Venezuela para negociar con el Papa Pío VII.

Se ha dicho que Bolívar es el primer diplomático venezolano en el campo de la idea y de los hechos. A lo largo de su vida es el oficio destino que se le convierte como diría el historiador José Luís Salcedo Bastardo en “alfa y omega, principio y fin de su carrera gloriosa”. Bolívar hubiera sido en 1815, Señores, nuestro Embajador en México y en 1830 en El Vaticano.

Antes de referirme específicamente a nuestro Fermín Toro, permítaseme que mencione a algunos de nuestros Ministros de Relaciones Exteriores, para que se vea precisamente que un gobernante responsable no puede improvisar Cancilleres como se ha hecho para vergüenza de Venezuela en los últimos quince años.

Bolívar acertó encomendándole a Pedro Gual, el Canciller de la Gran Colombia, la organización del Congreso de Panamá. En Pedro Gual se debe encontrar siempre el espíritu de la diplomacia venezolana; Antonio Muñoz Tébar, el Ministro más joven que hemos tenido, que debió desempeñarse en el cargo a los 19 años de edad en los días de la guerra de independencia; Diego Bautista Urbaneja, el Canciller de la Tercera República en 1830 que como dice el periodista Diego Briceño “era de fibra fuerte, capaz de meditaciones profundas con los funcionarios que le rodeaban, veía con claridad, juzgaba con lentitud y ejecutaba con tacto. Firme como una roca en medio de la tormenta, para él no había vicisitudes, ni vientos impetuosos, todo pasaba y él quedaba”.

José Luís Ramos que les insistió a los diplomáticos en la necesidad de saber lenguas, magnifico profesor y traductor de idiomas, maestro de Fermín Toro en sus días de juventud. Rafael Fernando Seijas, el Canciller de 1891, autor del Tratado sobre Derecho Internacional Americano Público y Privado y del obligado texto de “Practicas del Ministerio Venezolano de Relaciones Exteriores”. Y Eduardo Blanco. El autor de “Venezuela Heroica”, el Canciller de Joaquín Crespo, de finales del siglo XIX, que no era un hombre de desplantes y que le tocó defender la soberanía de Venezuela.

En el siglo XX, mencionaré brevemente a Esteban Gil Borges, Caracciolo Parra Pérez, Andrés Eloy Blanco, Luis Emilio Gómez Ruíz, Carlos Felice Cardot, Ignacio Luís Arcaya, Marcos Falcón Briceño, Arístides Calvani, Simón Alberto Consalvi, Efraín Schacht Aristiguieta, todos poseedores de experiencia y práctica diplomática, en quienes encontramos a través de sus actuaciones o escritos beneficiosa influencia en el noble empeño de ser útiles a su patria.

Pero en Fermín Toro encontramos al hombre que se fue macerando para el cargo de Canciller de Venezuela. En 1839 fue enviado a Londres para ser Secretario de la Legación ante el Reino Unido de la Gran Bretaña. Allá trabajó con el Ministro Plenipotenciario Alejo Fortique. Y aprovechó su permanencia en la capital inglesa para perfeccionar sus conocimientos políticos y sociológicos y estudiar el idioma inglés. No dudo Señores, que fue de gran experiencia para Fermín Toro, conocer las habilidades diplomáticas de Alejo Fortique que debió atender la liquidación, división y conversión de los empréstitos contratados por la Gran Colombia. Porque el arreglo de la deuda extranjera era un asunto capital para la nueva República de Venezuela. Toro estuvo presente en la defensa que en aquellos días se hizo por primera vez ante el Gobierno británico de los derechos de Venezuela en la Guayana Esequiba, reclamación abandonada hoy por los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro en desmedro de nuestra soberanía nacional, con el silencio inmoral de la Asamblea Nacional y de la Fuerza Armada.

En 1844 es trasladado Fermín Toro a Bogotá como Ministro Plenipotenciario, que era como se llamaban a los Embajadores entonces, ante el Gobierno de la Nueva Granada hoy Colombia, para buscar un arreglo en materia de límites, cosa que no se logró. En aquellos días el gobierno colombiano se propuso salvar las fuentes documentales más preciosas de su historia y cómo sería para Toro, educador que asignaba valor a las bibliotecas, conocer el resguardo que se le daba a ese capital cultural. Aquello debió invitar a Toro a sumergirse en la historia universal y de Venezuela para analizar las coyunturas de cada época, como en efecto lo hizo al escribir su obra “Europa y América”.

Obra por cierto que refleja el conocimiento del saber universal, que tenía Fermín Toro. Cuando uno le lee sus citas sobre Tocqueville, Wellington, Montesquieu, Kant, Groscio, Vattel, Soto, Suárez, Vitoria y otros, se convence de que estamos ante un hombre que habiendo comenzado en sus días juveniles como autodidacta, era un hombre, formado. El análisis de lo que para la época pasaba en Rusia y Turquía, en Polonia e Irlanda, lo que ocurre en las repúblicas italianas, da cuenta del yugo inglés en Asia y del despotismo austriaco, de la significación del Congreso de Panamá, comparado con el de las Termopilas, cuando se pregunta cuál sería el auxilio que la América le prestaría a México a propósito de la invasión de Francia.

Toro en esa misma obra hace gala de sus conocimientos sobre la historia de las religiones y potencia el aporte infinito del cristianismo a la humanidad al presentarnos el misterio de un Dios hecho hombre. Maneja como ninguno el derecho de los Estados a la guerra y las ventajas de la paz, de los pactos y del principio de la reciprocidad. Aboga porque vengan los extranjeros y sean recibidos con generosidad, para que se confundan con los naturales y recibamos los aportes de sus conocimientos en las artes, el comercio, el trabajo y el cultivo de la tierra. En fin, nos presenta un cuadro de lo que deben ser las relaciones políticas y morales de los pueblos y los gobiernos.

Allí mismo en Bogotá conoció de las razones de la intervención del Estado en materia de comercio, que seguramente le sirvieron para su obra “Reflexiones sobre la Ley del 10 de abril de 1834” y cuando después en 1847 va a ser nombrado Ministro de Hacienda.

En su carrera diplomática quizás el momento más sublime fue cuando en 1846 siendo Ministro Plenipotenciario ante el Gobierno de España, habiendo fallecido el General Rafael Urdaneta y Alejo Fortique a quienes sucesivamente se les había encomendado obtener mediante un Tratado de Paz, Reconocimiento y Amistad entre Venezuela y España y que constituyó la aceptación definitiva de la independencia de Venezuela por el Reino de España, tocó a Toro una gran misión. En efecto, el 22 de junio de 1846, Fermín Toro fue recibido por la Reina Isabel II y obtuvo el canje de ratificaciones de este importante Tratado.

De Madrid, pasó a Paris y Londres donde fue recibido por el Rey Luís Felipe de Francia y por la Reina Victoria de Inglaterra. A estos monarcas les agradeció personalmente la colaboración que le habían prestado a Venezuela en los tratos con el gobierno español. Ninguno como él un literato, hombre de cultura, un maestro, de finos modales y de gran dignidad para representar a Venezuela.

A propósito de los sucesos del 24 de enero de 1848 en que Mongas asaltó al Congreso, importa hacer una aclaratoria importante. La Junta Gubernativa de Maracaibo pidió por intermedio de Juan Manuel Manrique, antiguo Ministro de Soublette al Encargado de Negocios de los Estados Unidos de Norteamérica B. G. Shields la intervención eficaz de ese país para acabar con la guerra civil que Monagas provocaba. Fermín Toro en una Carta al mismo diplomático echa mano de una herramienta del Derecho Internacional Público al solicitar mejor una mediación ante los partidos beligerantes. Creo que esta distinción es importante, porque calificado más de una vez Toro de conservador, pudiera ser este un argumento para acusarlo de traición a la patria.

Reincorporado a la vida política en 1858 a la caída de los Monagas, con la llamada “revolución de marzo” es nombrado por Julián Castro Ministro de Relaciones Exteriores. La descripción que he hecho de la carrera diplomática de Fermín Toro, su conocimiento del mundo, son credenciales suficientes, para que este hombre llegase al puesto de Canciller de la República. Como he dicho antes la diplomacia no admite improvisación. Un Ministro de Relaciones Exteriores debe caracterizarse por poseer una noción exacta del escenario interno, del marco internacional, del arte de negociar, este cargo no puede servir para disimular los entuertos de un gobernante. Tenemos que convencernos hoy de que la diplomacia es una ciencia y un arte. Venezuela sigue esperando que los gobernantes de turno se convenzan de la profesionalización del servicio exterior.

Baste leer mucho sobre las cualidades de Richelieu, Telleyrand, Disraelí, Río Branco, de lo que fue la diplomacia de la Serenísima República de Venecia, del Vaticano, de Portugal o el Reino Unido de la Gran Bretaña, para saber de lo que se trata ese mundo del manejo de las relaciones exteriores de un país.

No fue fácil para Fermín Toro su estreno como Canciller de Venezuela. Le tocó, nada más y nada menos, que desenredar toda la situación producida por el llamado “Protocolo Urrutia”, mediante el cual José Tadeo Monagas asilado en el consulado francés de Caracas y una turba asediando esa representación diplomática con las banderas de los Estados acreditados en Venezuela se pretendía garantizarle al gobernante depuesto su salida del país.

Nos llevaría en esta disertación algunas horas, describir con detalles este asunto de la Historia Diplomática de Venezuela. Conformémonos con saber que como dice el historiador José Gil Fortoul que la elocuencia de Fermín Toro ante los parlamentarios, su tacto en el trato al Cuerpo Diplomático al diferenciar lo que era una cuestión interna y un asilo, y los buenos oficios del General Carlos Soublette hicieron posible que la República saliera de este embrollo.

Fermín Toro concluirá sus días de diplomático en 1860 con Misiones Diplomáticas en España, Francia e Inglaterra, donde le tocó también ocuparse de un caso delicadísimo, cuál era el de la confiscación de los bienes de extranjeros en Venezuela, típico tema de la responsabilidad internacional que nuestros estudiantes de derecho deben estudiar.

Fermín Toro se adelantó siglo y medio al Papa Benedicto XVI, en lo que significa en la vida de un gobernante saberse retirar a tiempo. Se dedicó en lo que algunos llaman “el reposo del guerrero”, a partir de 1862 a escribir sobre Historia Universal, sobre lenguas indígenas, sobre investigaciones botánicas. Murió el 23 de diciembre de 1865. Y a propósito de esta referencia que bueno es recordar al Presidente Luís Herrera Campins, que cuando se le propuso nuevamente la candidatura dijo “líbreme Dios de lo que he sido”. Y cómo se diferencia este gobernante portugueseño, que tanto quiso a Barquisimeto donde se formó, de esos dinosauros de la política como Fidel Castro, Kim Jong-il de Corea del Norte o Robert Mugabe de Zimbabue, que no quieren aceptar que “el cementerio está lleno de gente que creía que el mundo no podía marchar sin ellos”.

Ese extraordinario zuliano que es José Rodríguez Iturbe, ex presidente de la Cámara de Diputados, en un discurso pronunciado en el Congreso Nacional el 13 de junio de 1996 precisamente en homenaje a Fermín Toro, recordó que este prócer de la República Civil, término que está de moda ante el régimen militarista que nos gobierna, que frente al personalismo la patria apuesta a las instituciones y no al caudillismo.

Para concluir quiero decir, que como historiador, diplomático que lo he sido, jurista, articulista de diarios, entre ellos de El Impulso de Barquisimeto, prefiero inscribirme como diría Elías Toro, entre los que no venden su pluma y su palabra ante los caudillos que nos gobiernan. Hoy vemos a gobernadores, generales, diputados, nuevos ministros, alquilándose a un régimen que tiene el sol en la espalda. Los que están en la cárcel, los que están vigilados, los que se han arruinado, pudieran preguntarse ¿Hemos fracasado? Y con Rufino Blanco Fombona, habría que decirles: No. Lo que ha fracasado es la Venezuela actual con su democracia, con su moneda devaluada, con sus arbitrajes perdidos, con escasez de alimentos y medicinas, con sus cortes de electricidad, con su impunidad, con el éxodo de sus profesionales jóvenes, con su prensa amordazada, con sus profesores universitarios mal pagados.

En este homenaje de esta Universidad pujante con su epónimo Fermín Toro, digamos al unísono con la letra de “Noches Larenses” de Juan Manuel Barrios, que no queremos una noche callada de un misterio sin fin y aunque en el país lamentablemente todo es silencio y calma, que no se nos deleite el ama y que seamos desde Barquisimeto brisa y viento de presagio y que reconquistemos la democracia con armas como el arpa y el violín.

Señores.

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