[LITERARIO] Diego Trelles Paz construye una novela casi perfecta

AUTOR Agencia Literaria

Este es un gran libro. Una novela casi perfecta por su construcción y por su capacidad para aglutinar la ilustración histórica y el ensueño literario. La literatura de Diego Trelles Paz (Lima, 1977) asume decididamente dos cuestiones: una, el contexto político por lo que, dado que la narración se centra en los años posteriores a la última dictadura, la crítica a la gobernanza (si es que así puede llamarse) de los infames Fujimori y Montesinos es omnipresente; la segunda, las referencias a la propia obra, el personaje llamado Diego, un calco del propio autor, alude enseguida al asesinato del crítico literario que acontecía en El círculo de los escritores asesinos y se permite la humorada de sustituir el título real, Bioy, de su anterior novela por otro claramente relacionado, Borges. Ampliando el campo referencial, La procesión infinita evoca directamente Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa. La angustiosa pregunta que atormentaba a Zavalita: “¿En qué momento se había jodido el Perú?”, mantiene su vigencia aunque Diego recibe el consejo de un colega: “Tuércele el cuello a Zavalita o no escribas nada”, parodiando un conocido soneto de González Martínez que dice “Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje” para proponer a continuación al búho como animal ejemplar por su sapiencia.

Dos mujeres tienen un papel esencial; una, Cayetana Heredia, a la que todos los hombres miran y desean, influyente siempre, pero también desconcertada y perdida; la otra, Chequita, que se transforma en milagrosa escritora a la que la literatura la guarda de todo mal, como le sucede a la inspectora de policía que protagoniza Fargo, de Joel y Ethan Coen. Son muchos los personajes sin que ninguno sea más protagonista que otro; todos ellos tienen su oportunidad para manifestarse, sea directamente en primera persona o mediante un narrador innominado o bien a través de cartas y diarios. Cada capítulo se sitúa en un espacio y un tiempo limitados dejando en medio amplias elipsis que dejan para el lector el trabajo de poner lo que falta. Y más todavía: meditar, imaginar, sufrir.

Con información El País

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