[CULTURA] Proyecto de arte que invita a reflexionar sobre la pedagogía artística

AUTOR Agencia Literaria

En la pantalla, una niña de 13 o 14 años vestida de uniforme y sentada en el suelo delinea unos trazos que no vemos para copiar algo que también queda fuera de nuestro campo de visión. Lo que sí percibimos, con toda claridad y a buen volumen, es el sonido áspero y desagradable de su lápiz al marcar el papel: un ruido molesto y tanto o más elocuente que la expresión de la pobre cría. Es Ruth dibujando a Picasso, de la holandesa Rineke Dijkstra: una obra que cuestiona uno de los métodos más clásicos y aburridos de aprendizaje del arte –el copiado sin más– e invita a la reflexión sobre una cierta tendencia al dogmatismo en la pedagogía artística que limita las opciones y herramientas para esa enseñanza.

La proyección de Dijkstra forma parte de la exposición Lección de arte, que el Museo Thyssen plantea innovadores y con la doble base de piezas de arte contemporáneo –solas y combinadas con otras antiguas de la colección permanente– la muestra busca “cuestionar, reformular y transformar” el aprendizaje del arte. Conclusión: los museos pueden ser una buena escuela, tanto para mayores y niños, pero para ello hay que saber enseñarlos y disfrutarlos.

La primera de las tres partes de la exposición, la subtitulada con el verbo “cuestionar”, arranca con una sencilla y explícita formulación de los tres niveles de contemplación de una obra: “Mirar, ver, percibir”, palabras escritas en una pared e iluminadas cada uno con un flexo. A continuación encontramos Sobre este mismo mundo, de Cinthia Marelle, consistente en una larga pizarra sobre la que se han escrito y borrado más de cien apuntes o lecciones y bajo la cual, en la estrecha repisa de la base y sobre el suelo, se acumulan montones de tiza: más de cien kilos, según el equipo del museo. Salvo quizá para las generaciones más jóvenes, la composición apunta directamente a los recuerdos de la escuela; en concreto, del medio de enseñanza más presente y gravoso para cualquier ciudadano de más de 30 años.

Ese retorno crítico y reflexivo a las clases tradiciones se repite en otras dos salas de la exposición. La primera, de Eva Kot’áková, se titula Máquina de reeducación. Contiene un conjunto de artefactos de función presuntamente educativa que, confeccionados a partir de una imprenta checa fabricada para imprimir libros de texto en los sesenta y setenta, parecen instrumentos de tortura. La otra sala con remembranzas escolares reproduce un aula antigua, los pupitres de madera. Es La misión del museo, de Luis Camnitzer. De carácter netamente interactivo, incluye una invitación a los empleados del propio Thyssen y al público de la muestra para que escriban en sendos formularios cuál es, a su juicio, la misión educativa del centro.

La participación activa es asimismo la clave de la segunda parte del recorrido, Reformular. Aquí, el énfasis se pone en el rol del espectador para que cambie su papel y, en lugar de conformarse con el de mero receptor pasivo, se haga activo e incluso “productor” de arte él mismo: es decir, para que sea inquieto, “aporte” y hasta ayude al desarrollo del museo.

En esta sección, Erwin Wurn empuja al público a convertirse por un minuto en una de las obras expuestas, bien como escultura humana, como parte de una instalación en la que debe poner la cabeza sobre un soporte o como simulación de una figura pintada.

Otra obra especialmente participativa es Deseo tu deseo, de Rivane Neuenschwander, basada en la tradición brasileña de las pulseras de colores: Si haces tres nudos y pides algo por cada uno de ellos, cuando el triple nudo se deshaga tus deseos se cumplirán. El espectador puede retirar una de las cintas, escribir lo que quiere en un papel, hacer un rollo y meterlo en el hueco dejado por el lazo que ha retirado. ¿Cosa de niños? Sí y no, según el director de Arte del Thyssen, Guillermo Solana, para quien el propósito de provocar una actitud activa que lleve a la reflexión es cosa que “debe tomarse en serio”.

El apartado dedicado a Reformular se cierra con una propuesta sobra la utopía: 100 obras de arte imposible, de Dora García, donde se enuncian sobre la pared un centenar de imposibles, tales como “Vivir la vida de otro”, “Estar, aunque sólo fuera un segundo, con cada uno de los seres humanos”, “Morir varias veces”, “Compartir alucinaciones”, “Revivir la propia infancia”, “Ver el propio rostro” o “Invertir las jerarquías”…

La sección Transformar, por último, combina distintas pinturas de los fondos de la Thyssen con otras tantas piezas contemporáneas que de este modo se constituyen en intervenciones. El propósito es buscarle las vueltas a la percepción del arte; sugerir nuevas narrativas y puntos de vista ante ver obras más o menos antiguas y cuestionar el conocimiento adquirido sobre una o varias creaciones más o menos conocidas.

Afirma el equipo educativo del Thyssen, dirigido por Ana Moreno, que las salas de exposición de un museo “no deben ser un espacio inhóspito como el que horrorizaba a Paul Valéry –el escritor y filósofo francés– sino un lugar amable para el visitante, que fomente la interacción con lo expuesto y en el que existan zonas destinadas al deleite, el reposo y la contemplación”. Una declaración de intenciones que resume el sentido de la muestra y marca el camino de unos centros culturales que ya no pueden conformarse con colgar unos cuadros o instalar unas esculturas para que el personal vaya a verlos, así sin más ni más.

Con información de La Vanguardia

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