[DOCUMENTAL] Amazonas, una pieza valiente, bella, cruda y estremecedora

AUTOR Agencia Literaria

Valerie Meikle, más conocida como Val, dejó su Inglaterra natal a los 23 años para irse a Colombia por amor. Se había enamorado locamente de un abogado llamado Alberto que le prometió una gran vida en el pueblo de Armero. Con él tuvo dos hijas: Carolina y Liliana. La mayor era clavada al padre, la pequeña era rubia y de piel blanca como su madre. Val se maquillaba y llevaba tacones. Tenía servicio doméstico y salía a divertirse. Pero a las siete de la tarde sonaba el toque de queda y las mujeres ya no podían salir de casa.

La cultura patriarcal y las rígidas costumbres a las que se habían de adaptar las mujeres en los años sesenta asfixiaban a Val, que decidió romper con su acomodada situación para empezar una nueva etapa sin ataduras, agua corriente o electricidad. Alberto se lo llevó casi todo… tan solo le dejó un colchón. Así, entre la libertad que sentía y el miedo ante un futuro incierto, esta inglesa de fuerte carácter se vistió de hippie y en una comuna conoció a Jim Weiskopf, su segundo esposo. Fruto de su unión nacerían Clare y Diego.

Clare Weiskopf es precisamente la autora de Amazona, un largo documental con el que ha querido brindar un homenaje a su madre, a la que admira muchísimo, a la vez que también le ofrece la oportunidad de hablar en primera persona de sus propios fantasmas y exponer abiertamente emociones y recuerdos de un pasado doloroso. Una admiración no exenta de tristeza por el hecho de que se sintiera abandonada por su progenitora cuando Clare tenía apenas once años.

Aquel momento coincidió con la trágica muerte en 1985 de su hermanastra Carolina en el desastre natural de Armero por la erupción del volcán Nevado del Ruiz. El devastador suceso sumió a Val en una profunda depresión y decidió adentrarse en las entrañas del Amazonas para superar el duelo y encontrarse a sí misma, viviendo cada día como si fuera el último y dejando atrás a sus otros hijos.

Cuando Clare se quedó embarazada de Noa supo que era el momento de hacer las paces con su madre. Con la compañía de su marido, Nicolás van Hemelryck -productor de la película- , se produjo el necesario reencuentro en la selva para hablar después de tantos años de distancia y mantener conversaciones propias de madre e hija que jamás tuvieron lugar. Clare la ha venerado mucho como mujer, sí, pero la ha echado de menos como madre. “Lo más importante en la vida de uno es la vida de uno”, exclama rotunda Val ante la cámara cuando su hija le pregunta si ha cometido errores.

Esta señora que acaricia ahora los 80 años, luce pelo largo y un rostro marcado de arrugas, resume su decisión como la salida natural al propio camino que todos debemos emprender en la vida, incluso a costa de tus propios hijos, como el único modo para “romper con la espiral de sacrificios a los que se ven sometidas las mujeres”.

A través de 80 minutos de metraje, madre e hija intentan recomponer una relación que guarda demasiados reproches y secretos, como el aborto que sufrió Clare hace años del que nunca supo Val. La próxima llegada de la pequeña Noa le sirve de excusa a la cineasta para plantear el tipo de madre que quiere ser, y su máxima prioridad pasa por ofrecer una estabilidad a su niña. Un lugar donde crezca en equilibrio, lejos del ir y venir constante que padeció ella cuando era una cría.

Clare no juzga a su madre, no opina sobre lo que hizo. Solo intenta comprender sus acciones a través de preguntas que buscan una respuesta clara.

-¿Por qué siempre estabas viajando?

– Yo creo que seré feliz en el lugar en el que aún no estoy

Las réplicas de Val estremecen por su sinceridad. Y pueden sonar egoístas. También vienen acompañadas de lágrimas y silencios que dicen mucho. Su hijo Diego, ya entrado en la treintena, es otro de los que han sufrido su larga ausencia. Frente a la cámara de su hermana confiesa que tuvo una niñez preciosa, atípica, de una libertad absoluta.

Todo se rompió cuando él y Clare se fueron a la ciudad con un padre que no supo ejercer como tal. Un padre que también acabó abandonando a su familia porque no era feliz. Diego experimentó con todo tipo de drogas y conoció de primera mano el infierno, el lado oscuro de un mundo extremadamente libre. Su madre sufre ahora las consecuencias, pero aclara que no es psicóloga y no encuentra la razón para que su hijo se metiera en la boca del lobo.

En medio de todo este embrollo de sentimientos a flor de piel, el espectador asiste al desarrollo de una historia que mezcla episodios con una gran carga dramática del pasado y el presente, combinados sabiamente para que fluyan por la pantalla como ese río Putumayo que ha recorrido tantas veces Val. Imágenes impregnadas de una naturaleza apabullante que golpean a una cámara que se mueve firme por escenarios íntimos, captando desde detalles diminutos hasta primeros planos expresivos de sus protagonistas.

Las conversaciones que escuchamos versan sobre el hecho de ser madre, cuidar de los hijos y ansiar profundamente la libertad. ¿Dónde está la frontera entre el deber y el sacrificio? ¿Cómo afecta la maternidad a la libertad de la mujer? ¿Es necesario renunciar a los sueños de una, por muy extremos que sean, por el hecho de tener hijos? Val intentó a su manera combinar este dilema existencial, y siempre acabó ganando ella. “Mi vida fue mi vida, eso es lo único que yo puedo aceptar”.

Con este retrato realmente apasionante sobre el destino de una mujer tan especial, Amazona se convierte en un visionado obligado que invita a reflexionar sobre temas importantes que nos atañen a todos y que no son fáciles de conciliar.

VIDEO

Con información de La Vanguardia

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