ABUSOS CONTRA LOS INDÍGENAS Y SU TRAGEDIA DURANTE LA COLONIA. Por Luis Guillermo Hernández

AUTOR Agencia Literaria

Actualmente, el concepto de “Resistencia Indígena”, ha sustituido la anticuada e ilógica celebración del “Día de la Raza”, el 12 de octubre de cada año, como conmemoración del llamado “Descubrimiento” de América, por Cristóbal Colón y sus hombres, ya que era el inicio del genocidio y de la gran tragedia vital del indígena americano. Así, después de cinco largos siglos, el término “Encuentro de Dos Culturas” ha ido silenciando el de “Descubrimiento”, porque las palabras cuando nombran, a la vez están denotando un significado específico. Desde luego, es una verdad innegable que el actual continente americano era desconocido para los europeos y para el mundo occidental entonces conocido, y por lo tanto, cuando las culturas europeas y americanas se encontraron, se descubrieron mutuamente, pero ese no era el significado real que se le daba a la palabra descubrimiento, sino que daba a entender que el fenómeno ocurrido había sido de los europeos hacia los americanos, ellos eran los que se habían maravillado, los que habían visto un mundo exótico, sumamente extraordinario y explotable, mientras que aquellos aborígenes americanos habían sido los personajes pasivos de un drama no deseado. Por eso, en la segunda mitad del siglo XX, constructivamente, se iba a elaborar un concepto de la intelectualidad americana, expresada en la adecuada frase el “Regreso de las carabelas”, cuando simbólicamente las letras hispanoamericanas se impusieron en Europa, por medio del llamado boom literario y fueron por varios años, la auténtica representación de la lengua castellana.

En los primeros tiempos, los hispanos invasores del siglo XV y XVI dudaban si los indígenas americanos eran criaturas humanas, si poseían un alma racional, por eso no tenían ningún escrúpulo en despojarlos de sus riquezas materiales, bien utilizando el trueque o el despojo, o bien, vendiendo sus cuerpos en la más odiosa esclavitud, aun sacrificarlos y hasta matarlos, porque anteponían el enriquecimiento personal a la conversión cristiana de aquellos infieles, muchos de los cuales, los caribes, fueron calumniados de caníbales, para poderles aplicar la cédula real del 29 de agosto de 1503, emitida por la reina Isabel la Católica, donde los condenaba a la “captura, venta y provecho de ellos”, por su antropofagia y por haberse opuesto a los requerimientos pacíficos de los conquistadores.

Eran los tiempos de las Capitulaciones, cuando la Corona cedía parte de sus facultades políticas y jurisdiccionales sobre los territorios que localizasen, a cambio de una participación en los beneficios económicos de la empresa y así, aquellos expedicionarios imponían su ley mercantilista e inhumana, para obtener mayores riquezas. La esclavitud empezaría desde el primer momento y por el mismo Cristóbal Colón, quien enviaría gran cantidad de indígenas a la Península Ibérica, sobre todo a Andalucía para su venta, lo cual sería seguido por Vicente Yáñez Pinzón, Cristóbal Guerra y Juan de la Cosa, hasta que Cubagua, con su explotación de las perlas, se convertiría en el centro del comercio de esclavos continental, impidiendo el proyecto de colonización pacífica de Bartolomé de Las Casas, en el territorio oriental. En el occidente, sería durante el gobierno de los welser, a pesar de las leyes hispanas y de algunas reales cédulas que trataban de evitar la trata de los indígenas para su esclavitud, cuando las autoridades alemanas iban a causar un despoblamiento en la Provincia de Venezuela, por esa venta de numerosos indios esclavos, sobre todo caquetíos y de las riberas lacustres, hacia las islas antillanas, fundamentalmente. Desde luego que eso no era nada nuevo, porque desde la más remota antigüedad, se había manejado el derecho de esclavizar al enemigo vencido o rebelde a la invasión de sus tierras, sin embargo era muy contrario a la llamada evangelización cristiana de los naturales pobladores americanos, ya que ésta no era una reconquista contra infieles, como lo habían sido los combates con los árabes y los judíos, en la Europa medieval.

Más tarde, a pesar de las valientes campañas de los frailes Bartolomé de Las Casas y Antonio de Montesinos y de la emisión de las Leyes de Burgos de 1512, surgiría el Requerimiento, cuya lectura los indígenas no entendían ni podrían nunca comprender,  y que iba a permitir seguir con una esclavitud que los llamados conquistadores justificaban en las rebeliones y los sacrilegios aborígenes, pero nuevas reales cédulas de la Corona, como aquella de Carlos I en 1528, prohibiendo definitivamente la esclavitud indígena y la posterior creación de la figura del Protector de indios, seguían luchando contra la eterna contradicción entre las posiciones que trataban de ser justicieras del Rey y las ambiciosas y materialistas de los conquistadores, hasta que la concepción humana del indio sería aceptada por las decisiones papales de Paulo III (1537), en la Bula Sublimis Deus, donde se declaraba que los indios no debían ser tratados como brutos creados para vuestro servicio, sino como verdaderos hombres, capaces de entender la fe católica. Tales indios y todos los que más tarde se descubran por los cristianos, no pueden ser privados de su libertad por medio alguno, ni de sus propiedades, aunque no estén en la fe de Jesucristo y no serán esclavos. Esa era la doctrina de la Iglesia, la cual también iba a entrar en conflicto con la realidad indiana, ya que la prohibición de la esclavitud conllevaría a seguir buscando otros sistemas de explotación de los indígenas.

Entonces, se les iba a considerar como seres indefensos e incapaces de decidir sus propias vidas y por ello, necesitaban de un tutelaje hispano, a través del sistema de los “repartimientos” y las “encomiendas”, que según algunos estudiosos sólo fueron fases sucesivas, unificadas, de la misma explotación indígena por el encomendero, las cuales tenían cierto origen medieval. Por otro lado, tenemos las “misiones”, intentos bienintencionados de lograr la conquista pacífica y evangelizadora a través de los frailes misioneros, que no siempre cumplirían su auténtica misión cristiana.

Constantino Maradei, citando a José de Oviedo y Baños, diría que el fraile español, no sólo tuvo que combatir a una naturaleza hostil a toda penetración y a un contingente humano apegado a mitos y supersticiones ancestrales; sino que su lucha se hizo titánica al enfrentarse a su mismo hermano en lengua y religión, el conquistador español, quien no sólo no respetó los derechos humanos de los indios, sino que les quitó el pedazo de tierra que Dios había puesto a su alcance, y todo por una sed de un oro imaginario, El Dorado. Para llegar a concluir, muy justicieramente, que serían los misioneros los únicos defensores de los aborígenes contra la ambición del conquistador y sólo ellos proclamarán los principios de la justicia evangélica y del amor cristiano en la tupida y larga lobreguez de la colonización hispano-americana.       

Esos tres aspectos de la tragedia indígena durante la época colonial, se van a tratar, con el fin fundamental de incitar a las polémicas sobre su uso y abuso, para buscar generar una matriz de opinión que debería prevalecer en el proceso educativo de la historia colonial, como principio ético y moral de nuestro tiempo, después de tantos siglos de enseñanza parcializada sobre el tratamiento a los aborígenes.

Los repartimientos

Sistema surgido desde el primer momento de la exploración y poblamiento, ya que Cristóbal Colón, al iniciar la población de las islas antillanas, efectuaría el repartimiento de los indios a sus lugartenientes, asignándolos al principio para alguna tarea específica y por algún período, sin embargo ese fin original se iba a desvirtuar, al utilizar a los indios para toda clase de trabajo, en una gran explotación inhumana, como siervos medievales, en las casas, tareas agrícolas y explotaciones mineras. Más tarde, el repartimiento se mezclaría con el concepto de encomienda, por eso Guillermo Morón ha apuntado que son términos sinónimos. Otros autores han señalado que los repartimientos eran de tierras y que las encomiendas eran de indios, pero ambos sistemas se imbricaron, empezando los abusos contra los aborígenes, convertidos en la práctica, en esclavos.

Las encomiendas

Este sistema nacería por primera vez en la Provincia de Venezuela, al fundarse la población de El Tocuyo, cuando se haría un repartimiento, entre los vecinos,  de las agrupaciones de familias aborígenes, con su organización caciquesca y sus tierras, sin sacarlos de sus localidades, asignándolas por una vida y la de su sucesor, con el fin de lograr poblar el territorio y además, someter a la población indígena a la vida civil organizada, porque el encomendero debía obligar al trabajo a los aborígenes, explotándolos para su mantenimiento personal, a través del tributo y de la encomienda de servicios personales.

Era entonces, una institución de orden económico, ya que involucraba la posesión de las tierras y el trabajo de los indios, como lo ha aclarado Guillermo Morón. Sin embargo, la reglamentación posterior efectuada por decreto real, hizo a las encomiendas un sistema teóricamente más humano. Según las Leyes de Burgos, los encomenderos debían proteger a los indios, pagarles su trabajo con un jornal justo y procurar obligatoriamente su evangelización, es decir su conversión al cristianismo.

Las misiones

Las poblaciones organizadas podían ser pueblos de blancos o de españoles, fundados por los conquistadores y colonizadores, donde el componente indígena era escaso y secundario, dedicado al trabajo; pueblos de misiones, fundados por frailes misioneros; pueblos de repartimiento o encomiendas, originados por esos sistema de explotación indígena; pueblos de doctrina, que habían nacido en un parroquia eclesiástica, la cual antes había sido una misión. Desde luego, existían los pueblos de indios, formados por grupos indígenas de la misma o diferentes tribus; en algunos casos, se han considerado los pueblos mixtos, muy pocos, como la primitiva fundación de Santa Ana de Coro, por Juan Ampíes hijo y el cacique Manaure.

Las misiones se iniciaron fundamentalmente en el oriente, con los frailes dominicos y franciscanos, para tratar de proteger a los indígenas de la explotación de los conquistadores y esclavistas, enseñándoles prácticas agrícolas y de cría, hábitos de vida y costumbres, y desde luego, evangelizándolos en la religión cristiana y españolizándolos en cuanto al aprendizaje del idioma castellano. Desde luego que, al ir surgiendo las encomiendas, sus intereses mercantilistas iban a chocar con la labor de los misioneros originarios, a los cuales se iban sumando los capuchinos y otras órdenes religiosas. Al evolucionar los pueblos de misiones pasaban a pueblos de doctrina, generalmente en veinte años, pasando a la jurisdicción eclesiástica de los sacerdotes seculares y por parte del gobierno civil, tenían un corregidor, que muchas veces comenzaba el proceso de explotación de los indígenas, obligándolos a trabajos forzosos, por lo cual muchos regresaban a las misiones o abandonaban los poblados.

El sistema de misiones se estableció muy tardíamente en la región del Lago de Maracaibo, ya a finales del siglo XVII y durante gran parte del XVIII, originando unos cuantos poblados en las zonas del sur del lago y regiones perijaneras, por lo tanto no correspondientes al siglo XVI estudiado en este trabajo. Entre 1571 y 1573, el gobernador Diego de Mazariegos había solicitado la formación de Pueblos de Misiones en la Provincia de Venezuela con jesuitas para la vez educar a los hijos de los conquistadores y fundar pueblos para que recibiesen los indios rebeldes, pero esta solicitud no fue acogida, aunque por real cédula del 4 de agosto de 1574 se ordenó juntar a los indios en pueblos. Solamente el 27 de agosto de 1694, llegarían los misioneros capuchinos de la Provincia de Valencia (España) para ejercer su apostolado en la Provincia de Maracaibo, pero a partir de 1752 fueron cambiados por los capuchinos de la Provincia de Navarra y Cantabria, mientras aquellos pasaban a la Gobernación de San Marta y Río de la Hacha.

Los primeros, intentaron por tres veces fundar la villa La Asunción de Nuestra Señora, destruidos sus cimientos por los indios rebeldes de la región de Perijá y al fin pudieron, al final de su labor, constituir cuatro pueblos: San Miguel de Sabana Nueva, Nuestra Señora de Belén de Piche, San Francisco de Asís de Apón y San Fidel de Macoa, llamadas la tercera San Francisco de Tintinies y la última San Fidel de Tinacoa. Al llegar los capuchinos de Navarra y Cantabria fundaron La Purísima Concepción de Apontiníes y más tarde de San Fidel de Apón, persistiendo este último poblado y Nuestra Señora del Belén de Piche, hasta 1805, mientras los demás desaparecían, aunque se ha hablado de una doctrina de franciscanos en 1622, para evangelizar a los indios del valle de los macuaes, en la zona de Perijá. Así mismo, se han citado los pueblos de Punta de Piedras, al noreste del Lago de Maracaibo, Santa Bárbara del Zulia, San Francisco de la Arenosa, La Purísima Concepción de Basave, Santa Cruz del Zulia, San Miguel de Buena Vista, La Victoria, San José de las Palmas y El Raizudo.

El sistema de explotación indígena, con la trata, la esclavitud y la encomienda, además del maltrato permanente que podía llegar hasta la servidumbre y la muerte, había ido generando, a través del tiempo, una violencia física hacia el  indígena, provocada por la codicia insaciable de los llamados conquistadores, por la posesión de las riquezas y de la mano de obra, es decir, se estaba efectuando el gran despojo del territorio y de los habitantes americanos, lo cual desencadenaría una guerra continua y desigual, entre los dos protagonistas del llamado encuentro, originándose el proceso de la resistencia indígena. Era la  respuesta lógica a esa violencia de los invasores extranjeros y así, aquellos aborígenes tendrían el justo derecho de asumir su defensa, de buscar su liberación, la libertad entonces perdida y de la cual siempre habían disfrutado, y para poder lograrlo, intentaron destruir aquel sistema preestablecido por los europeos, de una forma inmoral y sin ética, a pesar del cuerpo de legislación española sobre las Indias, como las Leyes de Burgos de 1512, donde muy tempranamente se había declarado la libertad de los indios, condenando y aboliendo la esclavitud, hasta las Leyes Nuevas de 1542, donde se ratificaba la libertad de los indios, los cuales no podían ser esclavizados, prohibiéndose, además, el trabajo obligatorio y regulándose, al máximo, las encomiendas. Todavía en 1681 se publicaría la Recopilación de las Leyes de Indias, con 6.377 leyes, donde se planteaban problemas candentes aun en la actualidad, como el problema de justificar jurídica y moralmente un hecho de conquista, hasta ese momento nunca planteado como problema de conciencia de un gobierno o bien, el problema de las relaciones entre civilizaciones y razas distintas, es decir, si era lícito esclavizar hombres por considerarlos de raza inferior. A ese respecto, el escritor español Bullón expresaría: Al principio se encontraron canonistas y romanistas en una situación un poco trágica. Ellos querían aplicar al mundo americano sus cánones y sus pandectas, pero al fin, demostrada la vanidad del intento, fue preciso echar por la borda constituciones pontificias y constituciones imperiales para elaborar un nuevo derecho, más amplio que el romano y que el canónico. Un derecho internacional mundial, humano, en el que cupiesen holgadamente americanos y europeos, fieles e infieles, gentes blancas y gentes de color, la humanidad entera en una palabra, para la cual sale el sol todos los días, con igual amor, sin distinguir entre lenguas ni religiones, pueblos y razas. Para lograr superar esas situaciones e intentar llegarse a una posición auténticamente cristiana y humana, influyeron mucho los abnegados misioneros, aunque ese derecho de gentes todavía se sigue ignorando y pisoteando en muchos países del tercer milenio.

Actualmente, cuando los derechos de los indígenas, en este caso venezolanos y zulianos, igual que los de todos los ciudadanos venezolanos, están siendo preservados en un moderno y progresista texto constitucional, debería ser el momento de volver la vista al pasado, no con la simple curiosidad como la mujer de Lot, sino para reescribir la auténtica historia colonial, difundirla entre las nuevas y venideras generaciones y rescatar, como un auténtico patrimonio nacional, los nombres gloriosos de nuestros líderes indígenas, los primeros que dieron su vida por sus ideales de libertad para el actual territorio nacional de Venezuela, cuyo nombre surgiría de una población indígena asentada en palafitos, en el Golfo de Venezuela.

Por ello, el nombre glorioso del Cacique Nigale, debería ser bandera de liberación, ejemplo de valentía, modelo de ciudadanía y potente faro, que ilumine y sirva de guía a la niñez y juventud, en este dinámico tercer milenio, todavía en sus inicios, pleno de misterio y de esperanza, para la construcción de una sociedad más justa y solidaria, no sólo en el país, sino también en todo el territorio americano y con proyección mundial, bajo los postulados de la doctrina integracionista de Simón Bolívar.

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