UN SIGLO DE HISTORIA Y DE RESISTENCIA INDÍGENA EN LA CUENCA LACUSTRE (1499-1598). Por Luis Guillermo Hernández

AUTOR Agencia Literaria

Antecedentes

Los españoles que iban a llegar al hoy continente americano a finales del siglo XV, venían imbuidos de una idea religiosa profunda, por la herencia de lucha contra los infieles, con un gran propósito de unidad y de predominio de la fe católica como la misión fundamental del hombre. Traían una herencia greco-latina y una herencia cristiana, que se movía entre la oscuridad de la Edad Media y el inicio de la modernidad del Renacimiento, en aquel momento del devenir histórico, cuando iban a localizar un mundo desconocido para ellos, ya que nunca habían visto un indio y nunca habían estado en contacto con una naturaleza tan extraordinaria, de modo que para ellos, sería un encuentro total y nuevo, el cual abriría perspectivas extraordinarias de ajuste, de choque, de encontronazo violento, para iniciar un nuevo proceso histórico en el occidente del mundo conocido hasta entonces y crear así, su propia época.

Es verdad que algunos europeos, como los normandos, habían experimentado efímeras aventuras allende los mares de Occidente y así, los vikingos habían pisado el suelo americano, pero sus expediciones no añadieron nada al caudal de los conocimientos geográficos de la época. Otros audaces viajeros habían encaminado sus pasos hacia el lejano y misterioso Oriente, como el misionero franciscano Juan de Plano Cazpini y el francés Guillermo de Rubruquis, que habían ido a Mongolia y sobre todo, los venecianos Nicolás Mateo y Marco Polo, quienes en pleno siglo XIII, habían realizado viajes a Catay (China) y permanecido por cerca de veinte años en el Celeste Imperio, donde oirían de Cipango (Japón) y de las 12.700 islas diseminadas en el Océano Índico, viajes extraordinariamente fascinantes, divulgados por el naciente invento de la imprenta, perfeccionada por el impresor alemán Juan G. Gutemberg a partir de 1439, para crear en las mentes de los jóvenes de la época, un mundo nuevo y atrayente, que debería conocerse. Así mismo, algo más cercano, como el encuentro con las islas Canarias, Azores y Madera, la exploración de las costas africanas hasta llegar al Cabo de Buena Esperanza, doblado en 1487 por el portugués Bartolomé Días, que abría el ansiado camino marítimo a la India y a Catay, sin embargo, todavía era una ruta demasiado prolongada en el tiempo.

No faltaría el componente económico, ya que los árabes se reservaban las rutas del comercio con Oriente, con ese lejano continente asiático muy poco conocido de los europeos, aumentando el precio de los productos exóticos y limitando la independencia económica de los europeos, quienes deseaban tener su propia vía marítima hacia la India, para obtener fabulosas ganancias con el comercio de las especias. Desde luego, que también existía un gran componente de curiosidad científica, para superar las antiguas teorías sobre la tierra, algunas de ellas elaboradas en los tiempos lejanos de Alejandro Magno, para adaptarlas o superarlas, con el moderno Renacimiento. Por otra parte, algunos recientes descubrimientos, iban a proporcionar mayor seguridad al navegante, lanzado en medio de las olas, así la brújula le indicaba su rumbo y la pólvora sería el arma mortífera, con que las tripulaciones pudieron someter y subyugar a los pueblos de las tierras que encontrarían.

El despertar del espíritu aventurero, la audacia y el desprecio de la muerte, además de cierta tendencia de carácter místico, pedían ser satisfechos, ya que el hechizo de lo remoto fascinaba las mentes y los espíritus de aquellos hombres, embrujando sus imaginaciones y convirtiéndolos en buscadores de tesoros y amantes de odiseas, sueños que cada hombre encierra en sí mismo bajo tranquilas apariencias. No faltaban quienes se sintieron llamados a llevar el Evangelio a los pueblos “salvajes” de las regiones que se iban encontrando y explorando. Gran parte de los expedicionarios se movieron por la codicia del oro, la brutal sensualidad o bien, el instinto criminal. Aventureros, piratas, vagabundos, delincuentes y utopistas largaban sus velas, arrostraban la soledad de los trópicos y escalaban inaccesibles cumbres; ellos, mucho más que los estadistas o los científicos, fueron quienes cargaron con el peso de aquellas grandes exploraciones, consideradas “descubrimientos” en su tiempo y su historia es un tejido de acciones tan maravillosas como terribles.

Los españoles pobres, demasiado altivos para dedicarse a las labores del campo, cual lo hacían los moriscos; o al comercio, la industria o la banca, cual los judíos; y ardiente su sangre todavía al recuerdo de la lucha contra los infieles, cedieron fácilmente al espejismo de las riquezas que le aguardaban allende los mares desconocidos.

Preámbulo Colombino

Era la década final del siglo XV en la España milenaria y mestiza, época del reinado de Isabel de Castilla y de Fernando de Aragón, de la Casa de Trastamara, denominados los Reyes Católicos, quienes habían iniciado la unificación y ampliación de los territorios españoles, consolidados desde el 2  de enero de 1492 cuando había terminado el poderío de los árabes en la Península Ibérica, con la reconquista de Granada, después de 780 años de dominio musulmán, además de la expulsión de los judíos de España. Mientras tanto, un español, Rodrigo Borgia, con el nombre de Alejandro VI, ocupaba el trono de San Pedro en Roma como papa y  se iban a localizar nuevas tierras allende los mares.

Por las capitulaciones de Santa Fe, del 17 de abril de 1492, la Corona de Castilla iba a autorizar al navegante genovés Cristóbal Colón, para organizar una expedición hacia las tierras orientales que se creían del Gran Khan. Por ellas, Cristóbal Colón y sus descendientes, eran nombrados: Virrey, Almirante y Gobernador de las tierras localizadas, con derecho al diezmo de las rentas y productos de ellas. Asociado con los hermanos Pinzón y con la ayuda del piloto Juan de la Cosa, Colón partiría del puerto de Palos de Moguer, el día 3 de agosto de 1492, con tres embarcaciones, la Pinta, la Niña y la Santa María, sufriendo grandes percances, hasta que, a las dos de la madrugada del viernes 12 de octubre de 1492, el marinero Juan Rodríguez Bermejo conocido como Rodrigo de Triana  avistaría tierra, y así llegaría a la isla de Guanahaní, la cual denominaría San Salvador, visitó otras tres islas del archipiélago de Las Bahamas durante tres meses, dándoles nuevas denominaciones, como Santa María de la Concepción, la Fernardina y la Isabela; así mismo, encontró a otras mayores, Colba o Cuba, denominándola Juana y Haití, bautizada como La Española, donde conocería al cacique Guanacagari y construiría el “Fuerte de Navidad”, dejando 39 hombres al mando del capitán Diego de Arana. Emprendería el retorno el 4 de enero de 1493, para llegar a España en marzo del mismo año, después de siete meses de ausencia, enviando Colón su famosa Carta (Islas Canarias, 15 de febrero-14 de marzo de 1493) a los Reyes Católicos, muy pronto traducida a múltiples idioma, notificándoles todos los detalles y experiencias de su viaje, describiéndoles las Indias Occidentales y a sus habitantes, los indios, a los cuales había descubierto, según su propia concepción.

Al mismo tiempo que, el papa Alejandro VI, español de Valencia, con sus dos bulas Inter coetera, del 3 y 4 de mayo de 1493, exhortaba a los Reyes Católicos a continuar en la propagación de la fe y concedería a España todo lo que descubriese al occidente y al mediodía, y a Portugal todo lo que descubriese al oriente y mediodía, a partir de una línea de polo a polo, que pasase 100 leguas más allá de las islas Azores, concediendo a la Corona de España todas y cada una de las gracias, privilegios, exenciones, facultades, libertades, inmunidades, letras e indultos concedidos anteriormente al rey de Portugal sobre la India Oriental. El rey Juan II de Portugal no aceptaría la línea de demarcación ni la nueva bula Dudum siquidem del papa, emitida el 26 de septiembre de 1493 y tras largas conversaciones entre ambos reinos, debería trazarse una nueva línea de demarcación, desviada a 370 leguas a partir de Cabo Verde, acuerdo logrado a través del “Tratado de Tordesillas”, firmado el 17de junio de 1494, cuando ya se había efectuado el segundo viaje colombino.

Esa segunda expedición había salido de Cádiz el 25 de  septiembre de 1493, con 17 naves y 1.500 hombres, entre ellos: Juan de la Cosa, Alonso de Ojeda, fray Bartolomé de las Casas, fray Bartolomé Boyl como representante del Papa, Pedro Margarit, Juan Ponce de León y Diego Álvarez Chanca. Cristóbal Colón iba a arribar a numerosas islas caribeñas, denominándolas como: Deseada, Dominica, Mariagalante, Santa María de Guadalupe, Santa María de Montserrat, Santa María la Redonda, Santa María la Antigua, San Martín, Santa Cruz, Santa Úrsula y el archipiélago de las Once mil vírgenes y localizaría a la más grande de todas, Borinquen, llamada entonces San Juan Bautista y actualmente, Puerto Rico. El 3 de noviembre, al llegar a La Española, donde había dejado un fuerte, Colón se encontraría con la muerte de todos sus hombres, cometida por el cacique Canoabó, por lo cual se dirigiría hacia el norte y fundaría la primera ciudad en esa isla, llamándola La Isabela, el 6 de enero de 1494, dándole sus primeras autoridades municipales, presididas por su hermano Diego. Enviaría como explorador de la región del Cibao, en búsqueda de oro, al temerario Alonso de Ojeda, quien apresaría a Canoabó y localizaría las primeras muestras de oro que se enviarían a España. También, exploraría a Juana (Cuba), la cual creía tierra firme y localizaría la isla de Jamaica, a la cual denominaría Santiago y al archipiélago que llamaría Jardín de la Reina, además de fundarse otra ciudad, Nueva Isabela, en 1496, hoy Santo Domingo, retornando Colón a España en el mes de junio de 1496 y por diversas causas permanecería dos años en la Corte, mientras por Real Cédula se establecían los repartimientos en La Española.

Solamente a partir del día 30 de mayo de 1498, zarparía de Sanlúcar de Barrameda, en una flotilla de seis naves la tercera expedición colombina, la cual pasaría por la isla de Madera y las Canarias, para abastecerse y enviaría tres naves a La Española.  Rumbo al sur, avistaría la Tierra Firme, el 31 de julio de ese año, cuando el marino Alonso Pérez vería  una isla con tres montes juntos, a la cual Colón denominaría Trinidad. Al día siguiente, pasaría por el Cabo La Playa, Punta Galea y Punta Arenal, para llegar al delta de un gran río, el caudaloso Orinoco, recorrería los estrechos de Boca de Serpiente y Boca de Dragón y el amplio golfo de Paria, donde bajarían a tierra varios de los navegantes, Pedro Torreros, Andrés del Corral, Hernando Pacheco y Juan Quintero, tomando posesión de la tierra a nombre de los Reyes de España, por enfermedad de Colón. Estaban por primera vez en el territorio continental sudamericano, sin saberlo, y más tarde, avistarían las islas de Margarita, Coche y Cubagua, es decir las costas de la actual Venezuela, llamándola Tierra o Isla de Gracia, por el desconocimiento de saber que era ya el continente y creyendo estar en el paraíso terrenal bíblico y el 15 de agosto seguirían su ruta hacia La Española.

Sin embargo el historiador y académico español Juan Manzano Manzano ha tratado de demostrar que ese recorrido se había realizado después de su  segundo viaje, en 1494, partiendo desde La Española, acompañado de su hermano Diego, Juan de la Cosa y Pedro Alonso Niño, explorando y visitando las costas actuales de Cumaná y Paria, hasta la desembocadura del río Orinoco, lo cual Cristóbal Colón mantendría en secreto, quizás por haberse apropiado de una cantidad grande de perlas en Margarita y la costa de Cumaná, sin informar a la Corona. Esta afirmación de Manzano, pudiese explicar la detención de Colón después de su tercer viaje y las expediciones parianas, realizadas posteriormente por algunos de sus acompañantes.

Concluido ese tercer viaje, el marino genovés iba a  retornar preso a España en 1500 y solamente en 1502, Colón volvería a organizar un cuarto viaje, que lo llevaría a recorrer las costas centroamericanas, fundando la localidad de  Belén, en la costa de la actual Panamá, la cual debería abandonarse por la hostilidad indígena y se retiraría a Jamaica, para regresar definitivamente a España, el 7 de noviembre de 1504, cuando estaba muriendo su protectora, Isabel la Católica, dejando como heredera a su hija Juana I y como regente a su viudo, Fernando el Católico.

Así finalizaría la brillante experiencia como navegante de Cristóbal Colón, quien moriría sin saber que había encontrado para la historia de occidente, un Nuevo Mundo, el  continente de la esperanza, buscando un camino hacia las especies asiáticas de las Indias Orientales, al cual ni siquiera se le daría su nombre, sino que le sería usurpado por un compatriota suyo, el florentino Américo Vespucio, a quien le quiso rendir un homenaje el geógrafo alemán Martín Waldseemüller en 1507, por creer erróneamente que ese navegante italiano había localizado aquellas tierras allende los mares, mientras Cristóbal Colón había muerto casi olvidado, en la ciudad de Valladolid, España, el 21 de mayo de 1506. Ese Nuevo Mundo, como se le conocería, con sus tierras encontradas, las Indias Occidentales, a las cuales los europeos iban a considerar descubiertas, estaba habitado por hombres y mujeres de las más disímiles costumbres socio-culturales, que hablaban diversas lenguas y adoraban a distintos dioses, a los cuales se denominaría indios, por creer que habían llegado al mundo oriental de las especias.

Después del tercer viaje colombino, se iban a suceder otros viajes de exploración del territorio sudamericano, efectuados por navegantes hispanos, los cuales se han considerados como viajes menores o expediciones parianas, de los cuales interesa para esta investigación, el de Alonso de Ojeda y Juan de la Cosa en 1499 y el de Alonso de Ojeda, Juan de Vergara y García de Ocampo en 1502, los cuales se estudiarán con cierta amplitud y se citarán brevemente los otros.

Así, en junio de 1499, el piloto marino Pedro Alonso Niño, quien había participado en el tercer viaje de Colón, se iba a asociar con Luis y Cristóbal Guerra, para efectuar la explotación de perlas, recorriendo con su única carabela, las costas de Guayana, Paria, Margarita y Cumaná, hasta  Maracapana, recogiendo oro y 96 libras de perlas de gran tamaño y excelente calidad, además de localizar las salinas de Araya.

El marino Vicente Yáñez Pinzón, quien había sido capitán de la Niña en el primer viaje de Colón, organizaría su propia expedición, entre noviembre y diciembre del año 1499, pero desviado por una tempestad,  localizaría el cabo de San Agustín en la costa oriental del Brasil, al cual llamaría Santa María de la Consolación, recorriendo luego, gran parte del litoral brasileño hasta localizar las bocas del río Marañón o Amazonas, denominándolo Santa María del Mar Dulce, llegándose hasta la desembocadura del Orinoco, para luego pasar por la península de Paría y debido a la hostilidad indígena, seguir a la isla de La Española, con un gran cargamento de esclavos, maderas tintóreas, topacios, animales raros y algo de especias. Años más tarde, iba a reconocer las costas de la isla de Borinquen o de Puerto Rico y la actual región de Honduras hasta la parte oriental de la península de Yucatán.

Casi la misma ruta de Vicente Yáñez Pinzón la seguiría Diego de Lepe, desde finales del año 1499, quien localizaría también el cabo de San Agustín, para seguir hacia las costas del sur de Brasil y más tarde, regresar de nuevo a España.

Entre los meses finales de 1500 y el año 1501, un notario de Sevilla, Rodrigo de Bastidas, acompañado del piloto Juan de la Cosa,  recorrería y exploraría las costas de la actual Colombia, desde el Cabo de La Vela hasta Puerto de Retrete o de Escribano donde años más tarde se fundaría el poblado de Nombre de Dios, la provincia de Santa Marta, las bocas del río Magdalena, la punta Caribana, el puerto de Cartagena y el golfo de Darién, que entonces llamaban de Urabá. Años más tarde, Rodrigo de Bastidas fundaría la ciudad de Santa Marta, en el Nuevo Reino de Granada y sería su Gobernador, cargo en el sufriría un atentado mortal, además de ser el progenitor del primer obispo de Coro, en la Tierra Firme.

Alonso de Ojeda en el Lago de San Bartolomé

Alonso de Ojeda,  temerario joven de Cuenca, nacido hacia 1472, quien había venido al Nuevo Mundo en el segundo viaje de Colón, más tarde, disgustado con él, se había retirado a  vivir en La Española, hasta que decidiría regresar a España, para curarse unas fiebres, lo cual coincidiría con las noticias recibidas de Cristóbal Colón de haber encontrados nuevas tierras, ricas en perlas, que correspondían a la actual costa venezolana, con cartas y planos detallados, enviadas por el Almirante, lo cual pudo Ojeda conocer por su amistad personal con el arcediano de Sevilla Juan Rodríguez de Fonseca y con la ayuda de personas acaudaladas de esa ciudad, se daría a constituir su propia expedición hacia Tierra Firme, con una carabela y 57 hombres de tripulación, zarpando desde el puerto de Santa María (Cádiz), el 18 de mayo de 1499, como capitán de la expedición, acompañado por el maestre y piloto mayor, el vizcaíno Juan de la Cosa, además de Américo Vespucio, como mercader y experto en cosmografía.

Tocaría en el cabo Higuer, de la costa africana, para contratar otra carabela y tras pasar por las islas Canarias, siguió una ruta parecida a la de Cristóbal Colón en su tercer viaje, pero más hacia el suroeste. Avistó las costas sudamericanas, al sur de las bocas del Amazonas, remontó toda la costa, pasó por el  Esequibo, que llamaría Río Dulce y por el Orinoco, la isla de Trinidad, Boca de Serpiente, el Golfo de Paria y Boca de Drago, la costa sur de las islas de Margarita, Coche, Cubagua, Los Frailes y posiblemente La Tortuga, por las salinas de Araya y las riberas de la actual Cumaná, siguió por Maracapana y el cabo Codera, al que llamó Cabo Ileos,  más adelante siguió por Monte Tajado o Costa Pareja, las costas actuales de La Guaira y Caracas. En un puerto poblado por indígenas, sostuvieron un combate, siendo flechados 21 de sus marineros, uno de ellos mortalmente, por lo cual lo denominó Puerto Flechado, quizás el actual Chichiriviche o San Juan de los Cayos. Entonces, visualizó a Curazao y Bonaire, a las cuales dió el nombre de islas de los Gigantes, por creer haber visto seres descomunales, dobló un cabo al cual llamaron San Román, el 9 de agosto de 1499, por ser el día de ese santo y así, Ojeda y sus hombres entraron en un amplísimo golfo, el actual Golfo de Venezuela, el cual los aborígenes llamaban Coquibacoa.

Allí se iba a dar el  verdadero nacimiento de la hoy nación venezolana a la cultura mundial, el cual no sería con el tercer viaje colombino, donde Cristóbal Colón, el Almirante del Mar Océano, había arribado el 3 de agosto de 1498,  denominándola Tierra de Gracia, por creer estar en el paraíso terrenal bíblico. Sería en ese Golfo de Coquibacoa, como lo denominaban los aborígenes, actualmente Golfo de Venezuela, localizado el 24 de agosto de 1499, por esa expedición de Alonso de Ojeda, acompañado por el piloto mayor y cartógrafo Juan de la Cosa y por el navegante florentino Amérigo Vespucci, conocido en castellano como Américo Vespucio.

Ojeda y sus hombres se quedaron maravillados de aquel paisaje tan hermoso y de un caserío de indios, formado por un grupo de chozas, levantadas sobre estacas clavadas dentro del agua, los palafitos,  los cuales se comunicaban unos con otros, por puentes removibles y por canoas. Vespucio escribiría en su primera carta de 1500, la única digna de crédito: “Hallamos una gran población, que tenía sus casas sobre agua como Venecia; quisimos verlas y los naturales se oponían a la entrada. Más huyeron al probar el filo de nuestros aceros, y encontramos las casas llenas de algodón finísimo. Tenían también mucho brasil y tomamos de ambas cosas”. Se acababa de efectuar el “Encuentro de los dos Mundos”, europeo y americano, en esa extensión marítima venezolana, poblada por los palafitos de los indígenas americanos y donde iba a nacer auténticamente el nombre de la Patria.

Así como los europeos se admiraron del paradisíaco paisaje americano, igual espíritu de sorpresa experimentaron los naturales habitantes de aquellas viviendas palafíticas, escondiéndose dentro de sus casas, por creer que seres sobrenaturales habían llegado, de una raza y lengua diferentes, con distintas costumbres y con grandes recursos, pero a la larga se acercaron y tocaron todo, intercambiaron obsequios con los recién llegados y demostraron ser cordiales y amigables, hasta que unas ancianas empezaron a proferir altas voces desde las orillas y entonces, los nativos lanzaron sus flechas contra los expedicionarios y entonces, Alonso de Ojeda y sus hombres arremetieron contra los aborígenes, echando a pique sus embarcaciones, con el resultado de veinte indígenas muertos y un número considerable de heridos, además de atrapar a varios prisioneros, con un saldo de solo cinco heridos de los visitantes. Se habían ensangrentado las aguas y las arenas de aquellos parajes,  con aquel primer encuentro violento entre indígenas y españoles. Iba a empezar una extensa etapa histórica de intercambio cultural y humano, la mayor parte de las veces violento y en algunos casos pacífico, entre los naturales de las tierras americanas y los usurpadores llegados en planes de exploración, conquista y dominio de las nuevas tierras, en nombre de un rey lejano y de unos principios religiosos, donde se predicaba el amor entre los hombres.

Si descartamos la peregrina teoría de Américo Vespucio, al citar que ese bello paisaje del golfo, le recordaría a Venecia y de allí la denominación dada a la tierra encontrada, de Venezziola  o Pequeña Venecia, de donde iba a surgir  posteriormente el nombre de Venezuela, para ser dado a todo el país. Repetimos, si prescindimos de aquella expresión del italiano, quien tanto manejaría la historia a su capricho, repetida mil veces por los historiadores tradicionales y tomamos el camino del análisis histórico, consultamos el Mapa Mundi de Juan de la Cosa, dibujado en gran parte durante ese viaje de 1499 y terminado en 1500 en el puerto de Santa María, donde aparecería, por primera vez, el nombre Veneciuela  (sic) aplicado a ese poblado indígena del golfo, casi a la entrada de la barra, según algunos estudiosos, quizás en las extremidades de las islas de Toas o de Zapara, consideraríamos como una denominación auténticamente del habla indígena a esa palabra con la cual denominaban el poblado aborigen. Sin embargo, existe otro documento de gran valía científica, la Suma de Geographía que trata de todas partes y provincias del mundo, en especial de las Indias de Martín Fernández de Enciso, primer libro impreso que habla del Nuevo Mundo, editado en Sevilla en 1519 por el alemán Jacobo Cromberger, obra honrada con un privilegio real otorgado en Zaragoza el 5 de septiembre de 1518, que nos permitiría concluir que ese pueblo palafítico ubicado en el golfo, se denominaba Veneciuela y sería el verdadero y único  origen del nombre real de la Patria y no, las expresiones de Américo Vespucio. Martín Fernández de Enciso escribiría: “Del cabo de San Román al cabo Coquibacoa hay tres isleos en triángulo, entre estos dos cabos se hace un golfo de mar de figura cuadrada, y al cabo de Coquibacoa entra desde este golfo otro golfo pequeño en la tierra 4 leguas. Y al cabo del a cerca de la tierra está una peña grande que es llana encima della. Y encima de ella está un lugar o casas de indios que se llama Veneciuela. Está en X grados. Entre este golfo de Veneciuela y el cabo de Coquibacoa haze una vuelta el agua dentro de la tierra a la parte del oeste. Y en esta vuelta está Coquibacoa”.

Algunos cronistas, hasta la actualidad, han señalado que la expedición de Alonso de Ojeda sólo incursionaría en el golfo, no entrando en el lago, lo cual sería imposible, ya que Alonso de Ojeda y los 56 hombres que le quedaban a su expedición de navegantes, inmediatamente entraron en la inmensa laguna de aguas cristalinas, con sus orillas sembradas de manglares y cocoteros, y le darían el nombre de Lago de San Bartolomé, por ser ese día, 24 de agosto de 1499, la conmemoración del apóstol de Cristo. Los recién llegados dieron la vuelta al lago durante varios días que permanecieron en él, ya que Juan de la Cosa lo podría dibujar en su totalidad, con un gran río en su parte meridional, quizás el Catatumbo, siendo el primer mapa de América y de Venezuela, concluido en el puerto de Santa María en 1500 y desconocido por muchos años hasta que el Barón de Humboldt lo localizaría en la biblioteca del Barón de Walckemaer en 1832 y actualmente se encuentra en el Museo de la Marina de Madrid, tras haber sido adquirido por la Corona Española en la subasta de la biblioteca del coleccionista holandés, en 1853.

A pesar de la gran veneración mariana de Ojeda, a quien se ha denominado “El Caballero de la Virgen”, no consta en forma documental, la presencia de algún sacerdote en esa primera expedición, sin embargo el cronista Antonio Herrera ha citado la de dos frailes franciscanos y además, de las orillas de la laguna, algunas bellas mujeres aborígenes se fueron con los viajeros europeos, lo cual  según algunos autores, no fue una ida voluntaria sino que fueron raptadas, algunas fueron  bautizadas y se casaron con los españoles.  Allí, iba a nacer auténticamente, el mestizaje hispanoamericano, al casarse Alonso de Ojeda con una hermosa indígena, a la cual bautizaría y con la cual iba a procrear tres hijos, los primeros mestizos de toda la América. Esa hermosa exponente de la etnia indígena, bautizada como Isabel, en honor a la Reina Católica y a la primera novia de Ojeda, sería la prueba fehaciente de la fidelidad amorosa de las aborígenes, ya que iría a Europa con Ojeda, luciría su exótica hermosura en la Corte con una mantilla española señoreando su bello rostro, le serviría de intérprete en sus otros viajes, le salvaría la vida en varias ocasiones y moriría al pie de su tumba, en Santo Domingo, presa de la melancolía por la ausencia del ser amado, con el cual había convivido por 17 años.

Alonso de Ojeda observaría la fertilidad de la tierra, la fuerte musculatura y gallardía de los indígenas y la belleza de sus mujeres, como se lo expresaría años más tarde a Fernández de Enciso, ya que el color cobrizo de la piel, a veces casi tendiendo a blanco, la falta de vellos en el cuerpo, la elegancia de sus líneas y formas, los cabellos lacios y negros, el brillo de los ojos y la perfección de la dentadura, resaltaban ya esa hermosura natural, de la mujer venezolana.

En sus notas de instrucción del segundo viaje, en 1502, Alonso de Ojeda nombraría varias veces al Lago de San Bartolomé y así mismo, al Puerto de San Bartolomé, lo cual hace pensar que ya existía para ese momento, la población indígena de Maracaibo, con su amplio puerto, donde Ojeda con su gente se refugiaría durante su periplo en 1499 y en su segundo viaje de 1502, quizás por ser el lugar de residencia o de nacimiento de su amada Isabel.

El cronista y poeta Juan de Castellanos, entonaría sus versos primigenios al golfo, al  lago, a la bahía y a los habitantes encontrados por aquellos europeos: / Por parte la rodean altas breñas / y por parte también campo patente /. Tiene dos islas, y éstas son pequeñas, / habitadas de aves solamente: / la una tiene selva y altas peñas / donde suele venir indiana gente, / a se holgar las tardes y mañanas, / y a caza de conejos y de iguanas /.

/ De hoja de laurel es la hechura /. Ambas bandas así proporcionadas / va desaguando hacia Cinosura / donde mezcla sus aguas con saladas: / dentro tienen los indios su cultura / de casas fuertemente fabricadas / sobre las barbacoas, con estantes / hincados en las aguas circunstantes /.   

/  Los naturales della son desnudos, / todas sus proporciones muy bien hechas, / alentados, fornidos y membrudos, / prontísimos al arco y a las flechas; / algunos son flojísimos y rudos / cerca de sus labranzas y cosechas; / hay gente limpia, de graciosa traza, / y dados a la pesca y a la caza /.

Al salir del Lago de San Bartolomé, los expedicionarios pasaron frente al poblado Veneciuela, en el Golfo, el cual denominaron con ese mismo nombre indígena y que algunos han citado como Golfo de Venecia y siguieron su ruta hasta encontrar el Cabo de La Vela, en la península de la Guajira, al que llamaron isla de Coquibacoa y recorrieron las actuales costas colombianas, hasta llegar frente a la Sierra Nevada de Santa Marta, las cuales denominaron Montes de Santa Eufemia, por ser el 3 de septiembre el día de esa santa, pero averías en las embarcaciones, los obligaron a regresar a La Española, tras haber realizado la más importante expedición a las costas venezolanas, que habían recorrido totalmente desde el Esequibo hasta la Guajira y aún parte de las costas colombianas.

Ojeda sería sometido a pesquisas por haber ido a las tierras localizadas por Cristóbal Colón en 1498, documentación del Archivo General de Indias, que ha permitido fijar todo el itinerario de su expedición y otros datos de interés, además de demostrar las numerosas falsedades de Américo Vespucio. Los expedicionarios regresaron a Cádiz, el 10 de junio de 1500, donde Juan de la Cosa iba a terminar de elaborar su importantísimo Mapa Mundi, el cual  desgraciadamente no se publicaría en su época, ya que probaba que todas las costas localizadas entre el río Esequibo y la actual población de Santa Marta, eran un continente, entrevisto ya por las expediciones de Vicente Yánez Pinzón y Alonso de Ojeda.

Tras su regreso a España, Alonso de Ojeda no sería castigado, a pesar de las quejas de Cristóbal Colón y se le iba a autorizar para realizar un segundo viaje, por real cédula del 28 de julio de 1500, confirmadas esas capitulaciones por otra real cédula del 8 de marzo de 1501; y el 10 de junio de 1501, tras un año de espera, Alonso de Ojeda iba a lograr una capitulación con los Reyes Católicos, con el fin de ir a las tierras localizadas, ahora con el pomposo nombramiento de Gobernador de la isla de Coquibacoa y su tierra y jurisdicción, y sólo se le limitaría el regreso a la tierra del rescate de las perlas, es decir “de parte de Paria, desde el paraje de los Frailes hasta el Farallón, y de toda aquella tierra que se llama Curiana”.  Tendría 300 mil maravedíes de renta y se le otorgaban, además, seis leguas de tierra en la isla La Española, de cuyos frutos podía abastecerse. Esa sería la primera Gobernación creada en el actual territorio venezolano, por ese tratado de capitulación, la cual abarcaba desde el Cabo de Chichiriviche hasta el Cabo de La Vela, con la finalidad de poblar y gobernar en esas costas de Tierra Firme.

En ese segundo viaje, en el mes de enero de 1502, con cuatro embarcaciones llamadas “Santa María de la Antigua”, “Santa María de la Granada”, “La Magdalena” y “Santa Ana” y acompañado con Juan de Vergara y García de Ocampo como socios, partiría desde Cádiz para su gobernación, tocaría en Gran Canaria, Gomera y Cabo Verde, recorriendo luego el mismo trayecto de su primer viaje, desde Paria, Araya, Margarita, Codera y Valfermoso, donde se abastecería la flotilla en una aldea indígena, para continuar a Puerto Flechado, la Isla de los Gigantes (Curazao) y al Golfo de Venecia o de Coquibacoa, hasta llegar a los términos de su gobernación, donde en el mes de mayo fundaría Santa Cruz, la primera población y fortaleza ubicada en Tierra Firme, en la península de la Guajira, muy  posiblemente en la bahía de Castilletes, junto a la laguna de Cocinetas y no, en Bahía Honda como han supuesto algunos cronistas. Esa primera fundación tenía finalidad de  de irradiación colonizadora, pero tendría una existencia demasiado efímera, de cuatro meses de duración, ya que desaparecería en septiembre de ese mismo año de 1502, por los pleitos entre los socios de la expedición.

Alonso de Ojeda sería apresado por sus socios y llevado a La Española, para ser entregado al comendador Gallego, comenzando así, un juicio que perdería Ojeda, tras cuatro meses de prisión, por sentencia del licenciado Maldonado, alcalde mayor de la isla, quien lo condenaría a la pérdida de sus bienes, pero apelando a los Reyes Católicos, éstos lo absolvieron, en Segovia, el día 8 de noviembre de 1503, según la documentación del pleito localizados en los Archivos de Simancas. Alonso de Ojeda muy pronto tuvo nuevas licencias para navegar y al parecer hizo un viaje con Pedro de la Cueva en 1504, el cual probablemente fracasaría, ya que no se conoce casi nada al respecto, mientras volvería a vivir en La Española, de los productos de la hacienda que le habían otorgado los monarcas.

Su último viaje sería con el piloto Juan de la Cosa, gracias a las capitulaciones firmadas con la Reina Juana I, el 9 de junio de 1508, donde se concedía a Ojeda la Gobernación y Capitanía General de Urabá y a Juan de la Cosa, el nombramiento de Teniente de Gobernador y Alcalde Mayor de la misma gobernación. Juan de la Cosa conseguiría una nave, dos bergantines y 200 hombres y en noviembre de 1509 salieron hacia Urabá, esperando que se les uniese más tarde Martín Fernández de Enciso, quien había fletado por su cuenta una nave, y había sido nombrado Alguacil Mayor de esa nueva Gobernación. Casi al mismo tiempo, Diego Nicuesa había logrado la Gobernación del Darién y así, se iban a plantear problemas de límites con la de Ojeda, decidiéndose que Alonso de Ojeda dominaría desde Nueva Andalucía hasta el Cabo de La Vela y la mitad del Golfo de Urabá y de allí en adelante, sería la gobernación de Nicuesa, con el nombre de Castilla de Oro, fijando como demarcación el Río Grande del Darién.

Ojeda y Juan de la Cosa llegaron frente a Cartagena, atacaron a los indios belicosos en tierra y se internaron hasta el pueblo de Turbaco, el cual hallaron desierto, pero los indios estaban al acecho y acabaron con la expedición, pereciendo Juan de la Cosa, el 28 de febrero de 1610, acribillado por numerosas flechas envenenadas y salvándose Alonso de Ojeda y uno más de los expedicionarios, al esconderse en unos manglares, donde los localizaría la india Isabel, después de una intensa y angustiosa búsqueda.

Después de la muerte del piloto vizcaíno, que vengaron Ojeda y Nicuesa que había llegado a renovar la provisión de agua, Alonso de Ojeda navegaría más adelante, hasta cerca del Golfo de Urabá, localizado por Juan de la Cosa y Rodrigo de Bastidas en 1501. En un montecillo cercano, levantaría el Fuerte de San Sebastián, donde dejaría encargado a Francisco Pizarro, el futuro conquistador del Perú, para ir a buscar a Martín Fernández de Enciso, quien se había retrasado con las provisiones. Pizarro, viendo que Ojeda no regresaba, abandonó el fuerte y se refugió en Cartagena, donde lo localizaría Fernández de Enciso, en cuya expedición venía Vasco Núñez de Balboa, huyendo de sus acreedores y quien localizaría más tarde, el Mar del Sur u Océano Pacífico. Unido Pizarro con Fernández de Enciso, después de pasar por San Sebastián se fueron para el Darién, donde Fernández de Enciso fundaría Santa María la Antigua, pero habiéndose amotinado Balboa, apresaría a Enciso y lo enviaría a España, iniciándose así, un extenso pleito judicial de largos años,  mientras Fernández de Enciso se dedicaría a organizar sus apuntes y a escribir su interesante obra geográfica, ya citada anteriormente, tan importante para aclarar definitivamente la procedencia del nombre de Venezuela.

Mientras tanto, Alonso de Ojeda no había regresado a San Sebastián, porque había sido apresado por el bandolero Bernardino Talavera, arribando a las costas de Cuba, donde se perdieron en una extensa ciénega. Ojeda, muy religioso, haría la promesa de dejar en el primer poblado que consiguiesen, la Virgen que siempre llevaba consigo y al arribar a Cueyba, poblado de indios de la provincia de Camagüey, la entregaría al cacique, quien le rendiría tributo con su gente y, desde entonces se convertiría en la patrona del pueblo cubano, como Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, hermosa pintura que le había sido regalada a Ojeda, por el arcediano sevillano Juan Rodríguez de Fonseca, su amigo y protector.

De Cueyba pidieron auxilio a Jamaica y de allí, Ojeda pasaría a La Española, mientras Talavera y los suyos eran ajusticiados por sus múltiples delitos. En esa isla dominicana, Ojeda no conseguiría a Martín Fernández de Enciso, para poder llevar auxilio a San Sebastián y  al fin, se quedaría en su hogar, pobre y necesitado, donde se dedicaría a escribir sus memorias, mientras su esposa e hijos lo contemplaban admirados y las cronistas han comentado que tomaría el hábito de San Francisco, muriendo hacia el año 1516 y dejando señalado en su testamento, que por haber sido muy soberbio y orgulloso, debía ser enterrado en el suelo, en la puerta de la iglesia de San Francisco, para ser pisado por todo el que entrase, con un sencillo epitafio: “Aquí yace Alonso de Ojeda, el desgraciado”. Es tradición que, algunos días después, el guardián del convento vio a una mujer acostada sobre la loza sepulcral de Ojeda y al acercarse pudo apreciar que era la india Isabel que acababa de morir, víctima del inmenso dolor por la muerte de su amado, siendo enterrada junto a su esposo. La “Junta del Tricentenario del Descubrimiento del Lago de Maracaibo”, creada por el Ejecutivo del Estado Zulia, haría numerosas gestiones para traer sus restos mortales a Maracaibo, pero el Gobierno de la República Dominicana negaría la autorización y sólo permitiría traer tierra de su tumba, la cual más tarde sería colocada en su población epónima, Ciudad Ojeda. A finales del siglo XX, en un movimiento insurreccional en ese país dominicano, los restos de Alonso Ojeda y su esposa, la india Isabel, padres del mestizaje americano, desaparecieron para la historia, al ser violada la tumba y eliminados los restos mortales.

Iniciando el Siglo XVI

Mientras tanto, a la muerte de la reina Isabel la Católica (1504) y más tarde, del rey Fernando el Católico (1516), su nieto Carlos, hijo de la princesa Juana llamada La Loca, de la casa de Austria o de los Habsburgo, sería proclamado como rey de España, en 1517, con el nombre de Carlos I y dos años más tarde, a la muerte de su abuelo paterno, Maximiliano de Austria en 1519, sería elegido como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, con el nombre de Emperador Carlos V de Alemania.

En esos años, a partir de 1510-1512, sería el tiempo del primer asentamiento en un pequeño islote de la actual Venezuela, naciendo una ranchería llamada Nueva Cádiz, en la isla de Cubagua, alrededor de la riqueza de la explotación de las perlas, situada frente a la isla de Margarita y a las costas de la actual Cumaná, vecina también de las salinas de la península de Araya, donde se iniciaría para Tierra Firme, la posibilidad de esclavizar a los indios y poderlos vender como esclavos, para las Antillas ya pobladas y aún para Europa. Aquel asentamiento sería la primera muestra de la mezcla de culturas, ya que españoles, indios y negros, éstos últimos arrebatados de su natal África, convivían en la explotación de la riqueza perlera, pero dos de esos componentes étnicos, estaban en condiciones infrahumanas y esclavizantes. Así daría comienzo, por el territorio oriental, la colonización de la actual Venezuela, con sus asientos de misioneros y la instalación de sus establecimientos, para tratar de buscar la pacificación pacífica indígena, pero los inmensos atropellos de los conquistadores harían que muy pronto nacería la resistencia aborigen, a pesar de la aparición del apóstol de las Indias, Fray Bartolomé de Las Casas, quien para 1520 intentaría el primer ensayo de cambiar el sistema de colonización, creando aldeas  en torno a labradores e indígenas asociados y defendiendo con un ardor apasionado, los derechos humanos de los indígenas. Ya para el 18 de marzo de 1525 nacería la Provincia o Gobernación de Margarita, con Marcelo de Villalobos y sus descendientes, la primera creada en el actual territorio venezolano (después de la de Ojeda), mientras tanto, para ese mismo año de 1525, Rodrigo de Bastidas fundaría y sería Gobernador de Santa Marta, la primera ciudad del Nuevo Reino de Granada, pero un intento de asesinato en 1527, lo llevaría a irse a recuperar de sus heridas en la isla de La Española, muriendo accidentalmente en Cuba y siendo nombrado entonces García de Lerma como el nuevo gobernante, el 20 de diciembre de 1527.

En el territorio de la actual Venezuela, después del intento de colonización por el oriente en torno a Cubagua y a las tentativas de colonización de la actual Cumaná y de los llanos orientales, el foco de penetración y de colonización se iba a trasladar hacia el occidente, el cual sería más tardío, más vasto y de consecuencias mayores para la historia, iniciándose en la región de Coro.

Juan de Ampíes y Santa Ana de Coro

Juan de Ampíes, factor de la Corona en Santo Domingo, había capitulado con el rey, la ocupación de las islas de Curazao, Aruba y Bonaire, vecinas de las costas venezolanas y pedía se le extendiera su amparo a los indígenas de las costas del continente, para efectuar una adecuada labor de pacificación no violenta. En 1526, el Consejo de Indias, le enviaría la capitulación sobre la conquista y población de las tres islas antillanas, pero sin mencionar los aborígenes de la costa, por lo cual el factor Ampíes insistiría en una nueva petición en el mismo año, llegada al Consejo cuando el rey Carlos I estaba a punto de firmar las capitulaciones con los welser, lo cual iba a generar fuertes protestas de Ampíes.

Según narración del cronista José de Oviedo y Baños, en una versión aceptada por la mayoría de la historiografía venezolana, ese factor Juan de Ampíes, el 26 de julio de 1527 realizaría el establecimiento de una ranchería en la Tierra Firme, a la cual se denominaría Santa Ana de Coro, en territorio de los indios caquetíos, sin proceder a nombrar las autoridades en ese asentamiento, sin  embargo, las detalladas investigaciones del Hermano Nectario María en el Archivo de Indias no han permitido localizar pruebas documentales de ninguna fundación de un poblado, que de haberse producido sería por el hijo del factor, Juan de Ampíes Ávila, confundido con su padre por denominarse igual y casi ignorado por los historiadores debido a su muerte prematura, pero comprobada su existencia por las investigaciones del historiador Demetrio Ramos, quien además ha concluido que, el poblado fundado sería de tipo mixto, es decir mezcla de indígenas y españoles, por lo cual no tuvo que tener las autoridades normalmente instituidas. Ya para noviembre de 1528, Juan de Ampíes, como factor de la Isla Española y poblador de las islas de los Gigantes (Curazao, Aruba y Bonaire), viajaría desde Santo Domingo a Curazao y de allí a las actuales costas de Coro, siendo recibido por su amigo el cacique caquetío Manaure, en el poblado indígena de Todariquiba y el 23  de noviembre de ese mismo año, debajo de un frondoso cují, se escucharía la primera misa, la cual  celebraría el padre mercedario fray Antonio Marino, venido con Juan de Ampíes, se efectuarían los bautizos de los primeros indígenas, encabezados por Manaure, quien iba a tomar el nombre cristiano de don Martín, para iniciarse de esta forma, la conquista pacífica y la evangelización de ese territorio. La madera de aquel cují serviría para confeccionar la venerada Cruz de San Clemente, que se conserva en un templete de Coro, por ser el 23 de noviembre el día de ese santo cristiano. El Hermano Nectario María, en sus investigaciones sobre la fundación de Coro, solamente ha podido comprobar que al llegar el alemán Ambrosio Alfínger, en representación de los welser, al territorio de Coro de su nueva gobernación, en febrero de 1529, hizo edificar y trazar los planos del poblado, nombraría los regidores y organizaría el primer cabildo, es decir que le daría juridicidad a Coro, si ya estaba fundada como ranchería mixta, haciendo una verdadera fundación de pueblo de españoles, además de construir una casa-depósito y una iglesia muy rudimentaria, donde celebrarían el sacrificio de la misa, los sacerdotes Juan Rodríguez de Robledo y Jaime Varón, venidos con Alfínger. Es decir que, la ciudad de Coro sería una prueba de una doble fundación, la de pueblo mixto por Juan de Ampíes hijo y el cacique Manaure, el 26 de julio de 1527, llamándola Santa Ana de Coro y la de pueblo de españoles, por el alemán Ambrosio Alfínger, nombrándoles sus autoridades y dándole juridicidad. La Academia Nacional de la Historia, con el apoyo de un acuerdo del Congreso de la República, ha reconocido la primera fecha como la auténtica fundación de Santa Ana de Coro, en el año 1977, con motivo de cumplirse los 450 años de la fundación de esa ciudad pionera de la Tierra Firme.

Los Welser en la Gobernación de Venezuela

Por real cédula del 27 de marzo de 1528, el monarca Carlos I de España crearía la Provincia o Gobernación de Venezuela, la cual se extendería desde el Cabo de La Vela hasta Maracapana, dependiendo de la Real Audiencia de Santo Domingo. Es decir que, a pesar de su denominación, no correspondía al territorio que actualmente llamamos Venezuela, sino que era la parte occidental del país, lo que estaba más allá de lo que se había ido concediendo hasta Maracapana, en las anteriores concesiones que la Corona había hecho a los  exploradores y conquistadores. Esa nueva Provincia sería cedida a la poderosa firma comercial y bancaria alemana de Augsburgo, los Welser o Belzares, con la obligación de “descubrir, conquistar, poblar y gobernar” esas tierras, quizás por los cuantiosos créditos dados por los banqueros al nuevo emperador, para su campaña electoral alemana, comprometiéndose los germanos a pagar sus impuestos en oro como diezmos, respetar las propiedades, la persona y la dignidad de los indígenas, atraerlos a la fe cristiana y compenetrarse con las lenguas indígenas, a través de religiosos defensores de los derechos de los aborígenes, sin embargo, gran parte de esos compromisos firmados en una capitulación, serían olvidados por la concepción codiciosa y mercantilista de aquellos banqueros alemanes, quienes se preocuparon más de la búsqueda de El Dorado, fascinante mito fabuloso de la riqueza infinita, con la ciudad de Manoa como su asiento, que de cumplir con su obligación de poblar la provincia, sin embargo, esos viajes fantasiosos, agotadores y que los iban a arruinar y a la mayoría llevar a la muerte, permitirían la exploración de extensas regiones del territorio, donde más tarde se fundarían ciudades.

Cuatro serían los gobernadores welser de la Provincia de Venezuela: Ambrosio Alfínger (1528-1533), Hans Seissenhofer, denominado Juan Alemán, de muy efímero desempeño (1530), Jorge de Espira o de Hohermut (1534-1535 y 1538-1540) y Enrique Rembold (1543), éste último factor de los welser y  gobernador interino, además de Nicolás de Federmán, quien estuvo encargado del gobierno, como Teniente de Gobernador, por las ausencias de Ambrosio  Alfínger (1530)  y de Jorge Espira (1535-1538), además de Felipe Von Hutten, quien se desempeñaría como Capitán General de la Provincia (1540-1546). De ellos nos interesa en especial, la figura de Ambrosio Alfínger, fundador de Maracaibo y explorador sanguinario de la cuenca del Lago de Maracaibo, el cual se estudiará en esta investigación y de los demás se hará una breve exposición.

El primer Gobernador y Capitán General designado por los banqueros welser sería Ambrosio Alfínger, natural de Ulm (Alemania), nacido entre 1500 y 1505, quien trabajaba desde el año 1525 con los welser como factor de la Casa de Contratación de Sevilla y más tarde, desde 1526, dirigiendo la factoría de los welser en Santo Domingo. Al ser nombrado gobernador, partiría desde España en octubre de 1528, con la nave capitana El nombre de Dios, otra nao y un bergantín, llegando a Santo Domingo en enero de 1529, comprando caballos y otros animales, además de ultimar todos los preparativos, para el 18 de febrero partir hacia su gobernación, con 264 soldados, la mayoría andaluces, y un grupo de mujeres y niños. Al parecer, según pruebas documentales, arribaría por el Golfo de Venezuela, donde se perdería el bergantín con todos sus pasajeros, llegando a Coro, según algunos estudiosos, el 24 de febrero de ese mismo año, ciudad continental que iba a ser la capital de esa primera Gobernación de la Provincia de Venezuela, tomando posesión cuatro días después, el 28 de febrero, como gobernante de la provincia.

Los primeros meses los dedicaría a dejar organizado el poblado jurídicamente, como ya se ha señalado, nombrándose a Juan Cuaresma de Melo, Gonzalo de los Ríos, Martín de Arteaga y Virgilio García, como regidores del nuevo Cabildo; Sancho Briceño y Esteban Matheos, alcaldes ordinarios y Luis de Sarmiento como alcalde mayor, de la nueva población. Al mismo tiempo, apresaría a Juan de Ampíes, lo obligaría firmar un compromiso de irse del territorio de Venezuela y no mantener comunicación, ni siquiera comercial, con los indígenas de la gobernación y al final lo embarcaría hacia Santo Domingo, donde Ampíes iniciaría un largo litigio, que continuaría hasta la muerte de ese factor, el 8 de febrero de 1533, tres meses antes que Ambrosio Alfínger. La primera construcción importante, sería una casa-depósito, llamada la CasaComún, donde se proveían todos los habitantes a cambio de una deuda con la caja de la factoría de los welser,  muchas veces fuera del alcance de los pagos arancelarios reales, a pesar de haber tres Oficiales Reales para vigilar los intereses de la Corona: Pedro de San Martín, Antonio de Naveros y Alonso Vázquez de Acuña; además, se organizaría un fundo pecuario y agrícola, regado por una acequia, con agua traída desde el río Coro.

Cinco meses después de su llegada, el gobernador Ambrosio Alfínger, nombrando al español Luis Sarmiento como su Teniente de Gobernador en Coro, para que pudiese dirigir la ciudad, se iba a ausentar en la búsqueda del deseado oro, para lo cual recorrería las nuevas tierras de la cuenca del Lago de Maracaibo.

 

Ambrosio Alfínger y Maracaibo

Ambrosio Alfínger, partiendo desde Coro por la vía terrestre, saldría hacia la hermosa Laguna, vista por primera vez por Alonso de Ojeda y sus hombres hacía tres décadas, iniciando su aventura desde los primeros días de agosto de 1529, con 180 hombres de los que había traído, enviando a las mujeres y a los niños, así como a los caballos, venidos por primera vez al continente, por vía marítima.

Algunos historiadores, basándose en datos aportados por los testigos durante su juicio de residencia, se han permitido asegurar que no iría directamente desde la población de Coro hacia el Lago, por el camino de la costa, ya que tenía conocimientos previos sobre las riquezas del sur de la cuenca lacustre y por ello, según esa versión, atravesaría las montañas de Jideharas, del sur de Coro, llegando a las tierras de los pemenos, en la orilla meridional de la laguna y luego seguiría camino hacia la región agrícola de Xuruara, vecina entre los actuales estados Zulia y Trujillo, habitada por indios con un nivel cultural más avanzado, entre ellos los timotes-cuicas. Según esa versión histórica, bastante aceptable, más tarde, subiría  y llegaría al sitio de la laguna donde se había citado con los barcos y  la designaría como Lago de Nuestra Señora, por ser ese día la festividad de la Natividad de la Virgen María. Era la misma extensión lacustre que había extasiado a Alonso de Hojeda y a sus hombres, el 24 de agosto de 1499 y que habían llamado Lago de San Bartolomé, no privando a la larga ninguno de las dos denominaciones religiosas, sino adoptándose el nombre indígena de la población vecina que iba a fundar Ambrosio Alfínger, es decir, sería el actual Lago de Maracaibo. En los barcos enviados por la barra y quizás con otras pequeñas embarcaciones fabricadas, lo atravesaría desde su costa oriental a la occidental, por un lugar de embarque, que sería denominado desde entonces, como El Pasaje  y más tarde como Puerto de Coro, lo cual sería el inicio de un extenso proceso poblacional en ese lugar, que iba a originar la conocida villa de Los Puertos de Altagracia, muy posteriormente, ya en la segunda parte de la centuria. Habían pasado treinta años hasta la llegada de esos nuevos europeos a la inmensa laguna de aguas transparentes y casi dulce, sembrada en sus orillas de hermosos y majestuosos cocoteros.

Ambrosio Alfínger se asentaría en un lugar vecino de una ranchería indígena llamada Maracaibo, denominada así por un cacique muy poderoso de la zona, quien vivía en una isla. Ese asentamiento, poblado español o de cristianos, que si fue no fue fundado de derecho, fue habitado de hecho, ya que así nacería la futura gran ciudad del occidente de la Tierra Firme, como una humilde y simple ranchería, fundada por el gobernador alemán Ambrosio Alfínger, el día 8 de septiembre de 1529, dentro de los límites de la Gobernación o Provincia de Venezuela y Cabo de la Vela. Esa Maracaibo carecía de regidores y alcaldes ordinarios, es decir de cabildo, por lo cual no se podía considerar una ciudad en el sentido jurídico del término, pero si poseía teniente de gobernador, alcalde mayor, escribano, alguacil mayor y tenientes de tesoreros, es decir contador y factor, por lo cual debía considerarse como una auténtica villa, que desde su misma fundación fungiría casi como centro de la provincia, ya que Alfínger la usaría como asiento de sus hombres y punto de partida de sus entradas o expediciones al resto de la cuenca lacustre y aún más allá de sus límites, aventurándose hasta el actual territorio de la república de Colombia.

Con aquella expedición había llegado a la región del lago marabino, la espada del conquistador y la cruz de la evangelización, esta última representada por el capellán Juan Rodríguez de Robledo, un presbítero hispánico, quien sería testigo de la fundación de la villa y de la muerte de su fundador, además de ser el primer sacerdote que iba a tener Maracaibo hasta los años de 1533-1534, cuando marcharía a Coro, designado como chantre y más tarde como provisor y vicario general de la diócesis creada en esa población pionera, mientras en Maracaibo quedaba su compañero Mosén Jaime Varón, también llegado con la expedición de Alfínger, así como fray Fernando Matos y sus compañeros misioneros, para dedicarse todos a la fabricación de una rústica choza de techo de paja y de palma para poder celebrar el misterio de la eucaristía, en aquel asentamiento europeo en el continente americano, para más tarde proponerse edificar una iglesia más firme y digna del Santísimo. Así se habían iniciado, desde aquel 8 de septiembre de 1529, 478 años de presencia activa de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, en la hoy región zuliana.

Juan de Castellanos entonaría sus versos en honor al primer asentamiento europeo en el Lago de Maracaibo: / En un pueblo de indios que allí estaba /, hicieron los cristianos el asiento /, aqueste Maracaibo se llamaba /, de quien el lago tuvo nombramiento /, allí no se cogía ni sembraba /, mas era de rescates el sustento /, y celebraban ferias y mercado / a trueco de la sal y del pescado  /. / Hizo micer Ambrosio de solares, / según orden, común y repartimiento, / nivelando las calles y lugares / para mejor trazar aquel asiento; / nombraron de personas singulares / oficiales, justicia y regimiento: / Fernando de Beteta fue teniente, / que conocí do moro de presente /.

Ambrosio Alfínger, dejando a Hernando o Fernando de Beteta como Teniente de Gobernador en Maracaibo, iniciaría su primera entrada al territorio virgen de la cuenca del Lago de Maracaibo, cuyo itinerario no consta en su “información de servicios” de 1530 y los cronistas no han suministrado suficientes detalles sobre ella, pero el mismo Alfínger señalaba que el lago tenía doscientas leguas de redondez, poco más o menos, con grandes pueblos y naciones y otras cosas nunca sabidas ni pensadas; que había recorrido a caballo cuatrocientas leguas, hasta el pie de las altas serranías, durante diez meses y se había enfrentado a los indígenas: caquetíos, enotos, quiriquires, cocinas, atanares, bubures y cuyones. Según algunos estudiosos, incursionaría también en la región de los indios cocinas y habría recorrido parte de la península guajira.

En cualquier pueblo de indios que localizaba, averiguaba el oro que poseían y lo conseguía del modo que pudiese, logrando obtener siete mil pesos de chafalonía, es decir de objetos de oro, sobre todo con forma de águilas, que al parecer se usaba como moneda, sobre todo en los indígenas del pie de la cordillera. La parte sudeste del lago y la región de los bubures se llamaría Provincia de Xuruara, donde Alfínger estaría más tiempo y que sería desde entonces, el centro de  provisiones de los vecinos de Maracaibo, llamándosele el granero de Maracaibo. Sin embargo, los indígenas, por una mala traducción posiblemente, le informaron que el lago comunicaba por el sur, con otra laguna más grande, que ellos no sabían donde desembocaba (quizás se referían al estuario del río Catatumbo), pero el teutón Alfínger y sus hombres creyeron que comunicaba con las mares del sur y que era la ruta hacia el Lejano Oriente. El gobernador perdería más de setenta y cinco hombres, por la falta de comida y de agua potable, además de las guazábaras frecuentes con los indígenas, habiendo enfermado con fiebres durante siete meses continuos, sin suspender nunca sus andanzas, a pesar de que a veces tenían que subirlo al caballo, por su gran debilidad. Al fin, regresaría a Maracaibo, en junio de 1530, agotado por la progresiva enfermedad, dejando la mayoría de sus hombres en la ranchería y él retornando a Coro, con muy pocos soldados, ya que había perdido gran parte de sus hombres, sin embargo traía un amplio botín de 7.000 pesos en oro, declarados para el quinto real, porque se sospechaba que portaba más.

Debido a la falta de noticias de Alfínger durante más de diez meses, desde Sevilla llegaría a Coro, el 18 de abril de 1530, Hans Seissenhofer, denominado Juan Alemán por algunos cronistas, nombrado como segundo Gobernador de la Provincia de Venezuela, quien aceptado por el Cabildo, destituiría al hispano Luis Sarmiento y nombraría al alemán Nicolás de Federmán como su Teniente de Gobernador, que hacía muy poco había llegado a Coro.

Quince días más tarde, retornaría Ambrosio Alfínger al poblado de Coro, el 3 de mayo de 1530, reasumiendo su cargo de gobernador, a pesar de aun  encontrarse muy enfermo y serle recomendado por el médico Hernán Pérez de la Muela, viajar a Santo Domingo para curarse de las “calenturas tercianas, dobles, y con modorra” que padecía, “porque la enfermedad era grave y los aparejos no los había en esta tierra”. José Rafael Fortique, historiador médico, afirmaría: No cabe duda de que se trató de un cuadro de malaria, con clínica grave, lo que padeció Ambrosio Alfínger. Designaría a Luis González de Leiva como su Teniente de Gobernador en Maracaibo, ordenándole tratar de fundar la ciudad de Ulma y apresar indígenas para ser vendidos en Santo Domingo, a la vez, que confirmaría a Nicolás de Federmán como Teniente de Gobernador, Capitán General y Alcalde Mayor de Coro, para gobernar en su ausencia y así, el  1º de agosto de 1530 viajaría a Santo Domingo, en compañía de su médico, llevando nueve mil quinientos ochenta y seis pesos y seis tomines en oro, provenientes de Coro y Maracaibo.  En la isla antillana, tras una largo proceso de curación, sería restablecido en su salud y confirmado como Gobernador y Capitán General, y entonces, regresaría de Santo Domingo, tras cinco meses de ausencia, según algunos en la Navidad de 1530 y según otros cronistas el 27 de enero de 1531, y al llegar a Coro, conseguiría en el gobierno a un encargado por Nicolás de Federmán, el cual había salido de la población el 13 de septiembre de 1530, dirigiendo una expedición hacia el sur, sin haberle solicitado permiso para ello, por lo cual lo destituiría y nombraría a Bartolomé Santillana como Teniente de Gobernador y Alcalde Mayor de Coro, a quien ordenaría aprehender y someter a juicio a Nicolás de Federmán, lo cual sería cumplido a su llegada y se le condenaría a cuatro años de destierro de la Provincia de Venezuela.

Decidiría partir de nuevo hacia Maracaibo, el 9 de junio de 1531, en búsqueda de oro y de la ansiada comunicación con el sur, llegando a la ciudad lacustre y enseguida, en un bergantín y dos barcos armados, iría a explorar el río Macomyti, conocido actualmente como Socuy o Limón, para tratar de fundar un pueblo cerca del río, la ciudad de Ulma, en recuerdo de su pueblo natal, sin embargo tras cuatro días de búsqueda de un lugar adecuado, las numerosas ciénegas se lo impidieron, lugar donde vivían los indios onotos y entonces, se regresaría a Maracaibo, nombrando a Francisco Venegas como su Teniente de Gobernador de la población, en sustitución de Luis González de Leiva, por las constantes quejas sobre su comportamiento, confirmando a Juan de Carvajal como escribano público y a Hernando Castrillo como alguacil mayor.

Casi coincidiendo con la salida de Alfínger hacia Maracaibo, por bula del Papa Clemente VII, del 21 de junio de 1531, el primer documento de la historia eclesiástica venezolana, durante el reinado de Carlos I de España y V de Alemania, se erigiría, en Santa Ana de Coro, designada ciudad pontificia, la Diócesis de Coro o de Venezuela, que tendría la Iglesia Catedral en honor a Santa Ana, la primera en Tierra Firme, en el continente americano, ya que las anteriores habían sido creadas en territorio insular caribeño, sobre todo Santo Domingo, San Juan de Puerto Rico y Cuba, la cual sería dependiente del Arzobispado de Sevilla hasta 1546, cuando sería creada la Arquidiócesis de Santo Domingo, de la cual pasaría a ser diócesis sufragánea. Esa primera diócesis venezolana sería trasladada a la capital de la provincia, Santiago de León de Caracas, a partir de 1638, en cumplimiento de real cédula del 20 de junio de 1637 y la debida impetración al Romano Pontífice, habiendo tenido once obispos en su trayectoria vital, cuya actividad apostólica se incluirá en el Apéndice II. Por la real cédula del monarca español Carlos I, basada en el patronato concedido a los Reyes Católicos por Julio II, por la bula del 28 de julio de 1508 y confirmado por bula del Papa Clemente VII, se iba a nombrar al dominicano Rodrigo de Bastidas, como el primer prelado de aquella diócesis de la ciudad de Coro.

Mientras tanto, en ese año de 1531, se efectuaría la primera expedición por el río Orinoco, comandada por uno de los conquistadores de México,  Diego de Ordaz, la cual se remontaría hasta más allá de la confluencia del Meta y los raudales de Aitures y Maipures, sin localizar oro ni centros de civilización indígena, desestimándose, para aquellos momentos, ese inmenso río como una vía de penetración y colonización del territorio actualmente venezolano.

El 1º de septiembre de 1531, Ambrosio Alfínger partiría de Maracaibo, con ciento treinta soldados de infantería y cuarenta hombres de a caballo, en una extensa y final entrada, cuya ruta conocemos ampliamente por la narración manuscrita efectuada por su maestre de campo Esteban Martín, a la vez traductor o lengua de la expedición.

Las tropas caminaron hacia el oeste, llegaron al pie de la serranía de Perijá, que llamaron de los bubures, a quince leguas de Maracaibo, con pueblos pequeños de tres o cuatro bohíos, para atravesar esa parte montañosa y bajar a un valle poblado de conucos, del actual río César, donde vivían los indios buredes y coanados, continuando hacia el Valle de Upar, contactando con los indios bugures y buredes, donde hallaron huellas de expedicionarios de Santa Marta, quienes habían maltratado a los indígenas y donde recogieron cierta cantidad de oro, por métodos ilícitos.

Se encontraron con los indios xiriguanas  y con el pueblo de Macoco, ya que estaban iniciando la región de los indios pacabueyes, que se extendía desde las últimas estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta y las de la Sierra de Perijá y el río Magdalena o Xirirí,  que las cruzaba, habitada por aborígenes comerciantes de sal, pescado y maíz, por lo cual poseían bastante oro, que Alfínger hizo que se le entregasen por las buenas o por las malas, recogiendo veinte mil castellanos en ocho días, mientras estaban asentados en el pueblo de Pauxoto. El gobernador teutón decidiría enviar ese oro a Coro, que eran veinticuatro mil castellanos, con Iñigo de Vasconia al frente de una escolta de veinticuatro hombres, donde estaba Francisco de San Martín, en calidad de veedor, partiendo el 6 de enero de 1532 para regresar en tres meses con refuerzos de gentes y armas, sin embargo no tomaron el camino de venida por querer acortar el trayecto y se extraviaron, pasaron hambres atroces por no encontrar nada más que palmitos amargosos y entonces, decidieron enterrar el oro, para después volver por él, pero fueron pereciendo poco a poco, entre ataques de los indígenas y la falta de alimentación, viéndose obligados a comer carne de perro y por último, hasta humana de los indios, pero entre tupidos manglares y ciénegas, siguieron perdidos totalmente, teniendo Vasconia una gran llaga en la pierna que le impedía caminar y debía solo arrastrarse y San Martín estaba casi ciego, por hinchazón de la cara, mientras uno por uno iban  muriendo todos los soldados, salvándose solamente Francisco Martín, a través del río y socorrido por un indígena, logrando mejorar su salud, para irse con los quiriquires y más tarde, lo compraron los indios pemones de un pueblo aborigen llamado Maracaibo de los Bubures, donde viviría una odisea muy extraordinaria durante un año, ya que se casaría con la hija del cacique, viviría desnudo como un aborigen y aprendería el arte de curar, convirtiéndose en un mohan, personaje importante y respetado del poblado, hasta que lo iban a localizar sus compañeros, mucho tiempo después.

Mientras tanto, Alfínger había continuado por los pueblos de los pacabueyes y de los cindahuas, llegando a Tamara, población de más de mil bohíos, donde obtuvo de nuevo oro por procedimientos criminales y se detuvo por dos meses y medio, visitando poblados vecinos y oyendo hablar de Coyandín y Cimití, pueblos fantasiosos donde abundaba el oro. Al ver que Vasconia no regresaba, enviaría una segunda comisión a Maracaibo y a Coro, dirigida por Esteban Martín, con veinte hombres, para traer refuerzos, medicinas y otros objetos, y así, fundar un pueblo en esa tierra tan hermosa y rica. Partiendo el 24 de junio de 1532, Esteban Martín, por su astucia con los naturales y su buen sentido de conocimiento de la región, llegaría a Maracaibo y desde allí, enviaría a buscar refuerzos a Coro, ciudad que aportaría cincuenta hombres y dos caballos, además de los treinta que reunirían en Maracaibo, con un séquito de indios cargadores, para poder auxiliar a Alfínger, así como gran cantidad de víveres. Sin embargo, Alfínger  no fundaría la población anunciada, sino que seguiría con sus andanzas tras el oro, cruzando el Magdalena o Yuma y pasando por muchos pueblos indígenas de distintas lenguas y costumbre, alcanzando el sur de las futuras fundaciones de Pamplona y Bogotá, muriendo los hombres del intenso frío y de falta de alimentos, por lo cual se comieron hasta los caballos y los perros. Buscando el camino hacia Maracaibo, se acercaron al valle llamado de Chinácota, de la región de Pamplona, donde el gobernador Alfínger moriría, tras un feroz combate con los indígenas de la zona, por la herida de una flecha envenenada que le había atravesado el cuello. Así, el 31 de mayo de 1533 rendiría su tributo a la tierra, en plena juventud, tras confesarse con el padre Juan Rodríguez de Robledo, aquel alemán sanguinario, gobernador y capitán general welser, fundador de Maracaibo y esclavista, víctima de su gran codicia por el oro, tras haber incursionado en la cuenca del Lago de Maracaibo y en las regiones vecinas de la actual Colombia, efectuando las primeras exploraciones de la naturaleza y de las etnias indígenas de aquellas virginales regiones. Desde entonces, aquel lugar que era denominado por los indios Chinácota, se conocería como Valle de Micer Ambrosio, muy cercano al sitio donde Pedro de Ursúa fundaría la ciudad de Pamplona.

Rendidos los honores a los restos mortales del Gobernador de los Welser y enterrados con el respeto a su alta jerarquía, los expedicionarios eligieron a Pedro de San Martín, factor y veedor del rey, como Capitán General y Justicia Mayor de la tropa, quien en medio de grandes dificultades, los conduciría a Maracaibo por el río Pamplonita, la región de Cúcuta y el río Zulia, penetrando en los pueblos de los indios pemones,  donde localizaron a Francisco Martín, el sobreviviente de la comisión de Iñigo de Vasconia, en el poblado Maracaibo de los Pemones, donde vivía, siguieron a Xuruara y Moporo, donde encontraron un barco de la ciudad de Maracaibo recogiendo víveres y por fin, se acercaron a la ciudad del lago, para más tarde, llegar a Coro, el  2 de noviembre del año  1533, a los dos años, cuatro meses y veintisiete días de su salida de la capital de la Provincia de Venezuela.

La Provincia de Venezuela después de Alfínger

Desde ese momento del conocimiento de la muerte de Ambrosio Alfínger en el año 1533, hasta la llegada de Juan Pérez de Tolosa como el Gobernador de la Provincia de Venezuela en 1546, se iban a suceder múltiples gobernantes en el máximo cargo provincial y en general, con escaso provecho para el territorio y sus gentes, como se podrá visualizar en breve recuento.

En primer lugar, al saberse en Coro la muerte del gobernador de los belzares, hicieron explosión todas las quejas contra el régimen de los alemanes y hubo una verdadera revuelta contra los welser, dirigida por los Oficiales Reales, el factor Alonso Vázquez de Acuña y el contador Antonio de Naveros, por lo cual procedieron los vecinos a destituir y apresar a Bartolomé de Santillana, el  encargado de la gobernación y en medio de la anarquía, los alcaldes Francisco Gallegos y Pedro San Martín se encargaron del gobierno hasta la designación de un gobernador encargado y enviaron a dos procuradores a la Corte para explicar la pésima situación de la provincia, por el mal gobierno alemán. Era ya una auténtica “revolución” de los corianos, amparada en el régimen municipal,  como bien la ha considerado el historiador Demetrio Ramos. El obispo Rodrigo de Bastidas sería, a la vez, designado gobernador interino, llegando el día 11 de julio de 1534 y ejerciendo el cargo hasta enero de 1535, cuando viajaría por motivos familiares a Santo Domingo, dejando al tesorero Antonio Vásquez de Acuña, su Teniente de Gobernador, encargado del gobierno provincial.

Muy pronto llegaría a Coro, procedente de Sevilla, con su nombramiento, el tercer Gobernador welser de la Provincia de Venezuela, Jorge Hohermuth Von Speyer, mejor conocido como Jorge de Espira o  Spira, el 6 de febrero de 1535, designando  a Nicolás de Federmán, el cual había regresado a la provincia, como su Teniente de Gobernador, el día 11 de mayo de ese mismo año y poco después, se ausentaría por tres años, hasta mayo de 1538, en una larga entrada hacia los llanos, dejando encargado a Federmán y a Francisco Venegas como Alcalde Mayor de Coro y a la vez, Teniente de Gobernador de Federmán.

Sería entonces, cuando la pequeña ranchería de Maracaibo, fundada por el alemán Ambrosio Alfínger sería despoblada por Nicolás de Federmán, hacia  octubre de 1535, por orden de Jorge Spira. Gran parte de sus pocos habitantes se unirían a la expedición hacia el Cabo de La Vela y los enfermos, mujeres y niños se iban a trasladar a Coro. Debían transcurrir casi 34 años para volver a poblarse oficialmente las costas de la región del Lago de Maracaibo, época cuando iban surgiendo nuevas poblaciones en la Gobernación, la mayoría muy importantes para el desarrollo de Venezuela. Sin embargo, no puede eludirse afirmar la posible existencia de Maracaibo, después de esa despoblación de Federmán, ya que se tienen algunos documentos religiosos, que expresan la permanencia posterior de una misión de adoctrinamiento para los indígenas de los poblados vecinos y así mismo, de la construcción de la ermita de Cristo de Aranza, además de haberse localizado un plano de la ciudad, correspondiente a 1562, todo lo cual debe merecer un estudio muy detenido, en la búsqueda de esa real posibilidad de la desaparición total o no, de la primitiva Maracaibo de Alfínger, desde luego muy difícil de comprobar a la distancia, al faltar, hasta ahora, pruebas documentales valederas.

Nicolás de Federmán, nacido en Ulm (Alemania) entre 1505 y 1510, sería un empleado de los welser desde su juventud, como factor de la compañía en Sevilla y a finales de 1529 sería enviado a Coro, donde casi al llegar sería nombrado Teniente de Gobernador de Hans Seissenhofer y luego de Ambrosio Alfínger, en 1530, durante su viaje a Santo Domingo, cuando sin autorización iniciaría una expedición hacia el sur, cuyo itinerario sería relatado por Antonio Naveros, miembro de esa entrada y posteriormente en su obra Historia Indiana, escrita en Europa después de haber sido castigado con el destierro por el gobierno de Alfínger y publicada en alemán en 1557, con traducciones al francés y castellano. No podemos detenernos en su itinerario, ya que esa expedición hacia el actual estado Lara, no forma parte esencial de la temática de este estudio histórico, el cual puede leerse en las dos fuentes citadas. Sin embargo, Federmán volvería a la provincia de Venezuela con Jorge Espira, como su Teniente de Gobernador, siendo enviado al Cabo de La Vela para fundar un poblado y de paso, despoblar a Maracaibo, como ya se señalaría, enviando en esa misión a Antonio de Chaves. Al llegar Federmán, al territorio guajiro de los wayúu y cocinas, iba a fundar Nuestra Señora de las Nieves, hacia el 5 de agosto de 1536, repoblada como Santa María de los Remedios en 1538, por los pescadores de la isla de Cubagua, como génesis de Río de Hacha. Federmán, después de intentar explotar sus ricos ostrales de perlas, por falta de buzos indígenas, abandonaría la empresa y regresaría a Coro. Sin embargo, en 1537 emprendería una gran expedición por el territorio que iban a ocupar las futuras fundaciones de Carora, El Tocuyo y Barquisimeto, cruzaría el río Apure y la cordillera andina, llegando a la fundación de Santa Fe de Bogotá, el 27 de abril de 1539, lo cual generaría un juicio en Europa, posteriormente agravado, por lo cual sería detenido y moriría el 21 o el 22 febrero de 1542, en la ciudad de Valladolid, en España.

Jorge Hohermuth Von Speyer, conocido como Jorge Espira  o Spira, sería el tercer gobernador welser de la Provincia de Venezuela, como ya se ha señalado, habiendo nacido en la población alemana de Espira y desde muy joven sería factor de los welser en la propia Alemania, en Francia y en Sevilla. Tras su nombramiento, llegaría a Coro el 6 de febrero de 1535 y designaría a Nicolás de Federmán como su Teniente de Gobernador, ordenándole despoblar a Maracaibo y fundar una población en Cabo de La Vela, para muy pronto partir en una expedición hacia los llanos en busca de El Dorado.

Esa entrada sería narrada por el joven Felipe Von Hutten, en su “Diario”, una extensa carta a su padre Bernardo Von Hutten, fechada el  20 de octubre de 1538, al regresar con la expedición, publicado en alemán en 1550, con una autoría falsa y de nuevo, por el editor Johann Georg Meusel en 1785, con otras de sus correspondencias, con el título de Nuevas Noticias en el Historischlitterarisches Magazin,  con traducción al castellano, por la Academia Nacional de la Historia en 1963 y por la Universidad Católica Cecilio Acosta en 2005, a donde remitimos al lector interesado, por no ser temática especial de esta investigación.

Mientras tanto, la Real Audiencia de Santo Domingo, desde julio de 1537 había nombrado a  Antonio Navarro como Alcalde Mayor y Juez de Residencia de los Welser, quien iba a ejercer, a la vez, el cargo de gobernador, por la muerte repentina de Francisco Venegas, en 1537, dejado por Jorge Espira en Coro como encargado y quien muy grave, había nombrado a Pedro de Cuevas como su Teniente de Gobernador, sin tener poderes para ello. Navarro iniciaría el juicio de residencia a Alfínger, Federmán y Espira, suspendiendo a éste último de sus funciones, al llegar de su expedición, sin embargo al año siguiente el juez  sería suspendido a su vez, por orden real, mientras Espira asumiría de nuevo, su cargo de jefe supremo de la provincia, nombrando a Juan de Villegas como su Teniente de Gobernador, mientras se dedicaba a preparar una nueva expedición, momento en cual  moriría en Coro, el 11 de junio de 1540. Mientras tanto, en el Nuevo Reino de Granada, por entonces se habían fundado dos importantes centros poblados, que tendrían relación con la cuenca del Lago de Maracaibo: Santa Fe de Bogotá, su futura capital, en 1539, por Gonzalo Jiménez de Quesada y la ciudad de Tunja, también en ese año de 1539

Muerto Espira, asumiría Juan de Villegas como gobernador interino, hasta la llegada del obispo Rodrigo de Bastidas, quien ocuparía por segunda vez la Gobernación de la Provincia de Venezuela, en un corto gobierno, durante el cual se ha dicho que, enviaría a Pedro de Limpias a traer indios desde Maracaibo en 1541, para venderlos como esclavos, lo cual parece difícil de comprobar, ya que no existe ninguna prueba documental de la época, además, por ser el obispo, “Protector de  los Indios”, por nombramiento real y por su propia conducta en varias ocasiones en pública defensa de los aborígenes, sobre todo de los caquetíos, contra el comportamiento de las autoridades, sin embargo, las etnias indígenas de la cuenca lacustre seguían soportando las entradas esclavistas desde Coro o desde otras zonas circunvecinas, para someterlos, apresarlos y venderlos como esclavos en Santo Domingo.

El alemán Felipe Von Hutten sería nombrado por el obispo Bastidas como Capitán General de la Provincia de Venezuela, cargo refrendado por el rey. Había nacido en el castillo de Birkenfeld, entre Bamberg y Meiningen, el 18 de octubre de 1505 y desde adolescente había sido paje del conde Heinrich III Von Nassau-Breda-Vianden y acompañante de la Corte Real e Imperial de Carlos I de España y Carlos V de Alemania, hasta que en 1534 ingresaría en la compañía de los Welser. Vendría a la Provincia de Venezuela, participaría en la expedición de Espira (1535-1538), la cual narraría, como ya se ha citado y tras la muerte de éste, aspiraba a ser gobernador, pero la Real Audiencia de Santo Domingo nombraría al obispo Bastidas, quien designaría a Hutten como capitán general. Éste, para el año 1541 organizaría su propia expedición en busca de El Dorado, regresando a finales de 1544, sin grandes logros, para enfrentarse al gobernador encargado Juan de Carvajal por el poder, pero tras haber llegado a un convenio, Carvajal lo apresaría junto con Bartolomé Welser y otros oficiales y los ejecutaría en El Tocuyo en 1546.

Mientras tanto, al marcharse el obispo Bastidas, a su nueva sede de San Juan de Puerto Rico, nombraría a Diego de Buiza como Teniente de Gobernador, a principios del año 1542, quien sería el Gobernador interino, confirmado por la Real Audiencia, sin embargo, muy  pronto se ausentaría de la provincia y así, Enrique Rembold, factor dominicano de los welser, sería nombrado Alcalde Mayor y Gobernador interino por la Real Audiencia, muriendo a  principios de 1544 por una intensa melancolía y entonces, Bernardino Manso y Juan de Bonilla, alcaldes ordinarios de Coro, gobernarían por orden de la Real Audiencia, hasta que Juan de Frías, Fiscal de la Real Audiencia, sería nombrado como Juez de Residencia y gobernador interino de la Provincia de Venezuela. Este juez, por su intenso trabajo, iba a designar a Juan de Carvajal, relator de la Audiencia, como su Teniente de Gobernador en Coro

Mientras ocurría la gira de Juan de Frías por el oriente, Juan de Carvajal sería Gobernador interino, designando a Juan de Villegas como su Teniente de Gobernador y tras diagnosticar las condiciones paupérrimas de Coro, a punto de ser despoblado, el 7 de febrero de 1545 fundaría la población de Nuestra Señora de la Concepción de Tocuyo, considerándola extraoficialmente como la nueva capital administrativa de la provincia. Así, estaba naciendo una nueva época en la conquista y poblamiento de Venezuela, ya que a partir de este momento histórico, se iba a cambiar la forma de abordaje del territorio, se iban a eliminar las constantes entradas o expediciones, como lo habían efectuado los welser, para dedicarse al poblamiento de ciudades, a la agricultura, ganadería y al estímulo de las industrias, buscándose el progreso social y económico de los pobladores.

El 9 de junio de 1546 llegaría Juan Pérez Tolosa como Gobernador y Capitán General de la Provincia, nombrado por el rey desde el 12 de septiembre de 1545, quien apresaría, haría juzgar y condenaría a muerte a Juan de Carvajal, quien como Gobernador interino había asesinado al Capitán General Felipe Von Hutten, a Bartolomé Welser y a sus oficiales Diego Romero y Gregorio Plasencia, además de confirmar a Juan de Villegas como Teniente de Gobernador, después que había sido juzgado y declarado inocente de posible complicidad con Carvajal.

Este gobierno sería uno de los mejores de la época colonial, por el gran interés de Pérez Tolosa, demostrado en varios signos de progreso, sobre todo en El Tocuyo, casi asumida como capital de la provincia, por los daños ocasionados por los alemanes y sus continuadores, pero ya se estaba terminando el gobierno directo de los Belzares en Venezuela y al mismo tiempo se estaba iniciando el proceso de la revocatoria de la concesión real dada por Carlos I a los welser,  lo cual iba a quedar decidido firmemente, por el Consejo de Indias, en fallo del día 13 de abril de 1556, después de la abdicación de Carlos I y ya en el extenso reinado del monarca Felipe II.

Por lo tanto, antes de seguir adelante con la evolución histórica en la comarca del Lago de Maracaibo, sería importante abordar, reflexionar  y tratar de juzgar a la distancia de cinco siglos, las actuaciones de los tres gobernadores de los welser, sobre todo en sus comportamientos con los naturales de la provincia y para ello, deben conocerse sus juicios de residencia, a pesar de que algunos historiadores germanófilos, los han tildado de exagerados y falsos, resultados de cierta aversión de los cronistas y de los pobladores hispanos, hacia los alemanes, ya que en ese momento su rey Carlos I era a la vez, el Emperador Carlos V de Alemania y los germanos copaban muchos cargos fundamentales del reino hispano.

Juicios de Residencia a los Gobernadores Belzares

Los tres gobernadores welser fueron sometidos, como todos los gobernadores coloniales, a juicio de residencia, con la finalidad de poder comprobar su labor al frente de la máxima jefatura provincial, para así reconocer o castigar sus funciones, en una forma popular, por medio de testigos jurados de su gobierno. En el caso específico de este estudio, nos interesa en especial, apreciar su trato con los indígenas y hasta su concepción sobre los aborígenes, por la especial interpretación de la raza aria con respecto a las demás, sobre todo de Nicolás de Federmán que lo dejaría escrito en su libro Historia Indiana. Al parecer, según la mayoría de los estudiosos de la historia, aquella época de los gobernantes welser fue el peor período de esa relación con los aborígenes y quizás sería la causa fundamental de la constante resistencia indígena en la cuenca del Lago de Maracaibo.

En el gobierno del primer gobernador de los welser, Ambrosio Alfínger, según algunos estudiosos se continuaría con la despoblación de las costas, que ya se estaban haciendo desde la llegada de los europeos a las islas caribeñas, para que los indios sirviesen de mano de obra para esas islas, capturándolos, esclavizándolos y separándolos de su hábitat habitual, por lo cual los naturales preferían huir a las zonas montañosas, despoblando sus pueblos costeros, como hicieron muchos de los caquetíos, de las regiones corianas.

Por los acontecimientos sucedidos en Coro, después de la muerte de Alfínger, el obispo Rodrigo de Bastidas, como gobernador interino desde el 11  de julio de 1534, nombraría como su teniente para causas criminales a Cristóbal de Sanabria y ordenaría al alcalde Esteban Mateos anunciar un juicio contra Alfínger y sus tenientes Federmán, Santillana y Gallegos, sin embargo, en tres meses de promoción, no se presentaron quejas algunas, aunque al regresar a Santo Domingo se llevaría detenido a Santillana y a Gallegos.

Por ello y las actuaciones de Federmán y Espira, la Real Audiencia enviaría a Coro al juez de residencia Antonio Navarro, quien iniciaría la residencia en mayo de 1538, al llegar Espira de su expedición. Se hicieron muy graves acusaciones contra Ambrosio Alfínger y su gobierno, después de cinco años de su muerte. Los imputados fueron: Ambrosio Alfínger como gobernador; los tenientes: Hernando de Beteta, Luis Sarmiento, Luis González de Leyva, Nicolás Federmán, Bartolomé de Santillana, Gónez de Anaya, Francisco Venegas y Pedro de San Martín; el alcalde Esteban Mateos; los alguaciles Hernando de Castilla, Francisco de Santa Cruz, Pedro de Aranjuez, Juan de Mesa, Francisco Gallegos y Miguel de Barrrientos; el maestro de campo Juan Dávila; los capitanes Diego de Barahona, Luis de Monserrate, Luis de Villeda y Juan de Saldaña; los escribanos Juan de Navarro, Juan de Carvajal, Álvaro de Castillo, Francisco Dávila y Alonso de la Llana.

Las declaraciones de los testigos se tomaron en presencia del obispo Rodrigo de Bastidas, que había regresado, sobre aspectos como: trato dado a los españoles y a los indios, abusos de autoridad, vida inmoral del caudillo y la falta de observación de prácticas religiosas. Como se puede apreciar, fueron los oficiales de los welser, muchos de ellos españoles, quienes se dedicaron a maltratar y hasta esclavizar a los indios, aspecto que en especial nos interesa para esta investigación. Vamos a seguir a Juan Friede y al Hermano Nectario María, con el fin de lograr escarbar en búsqueda de la verdad entre ambos expositores, para que en una forma resumida enfoquemos esta amplísima temática.

A pesar de ser muchos los enjuiciados, como se ha visto, interesa en especial: Ambrosio Alfínger, Nicolás Federmán y Jorge Espira, por escudarse los demás en haber sido ordenados, además de Luis González de Leyva y Francisco Venegas, de los cuales nos ocuparemos, citando a otros.

Para la primera entrada a la cuenca del Lago, Ambrosio Alfínger ordenaría a Esteban Martín ranchear los pueblos de Paraguaná y así llevar indios caquetíos como cargadores de la expedición y lo mismo sería para la segunda expedición o de  los pacabueyes, nombrándose al cadenero Mateo Sánchez, quien los iba encadenando y si desfallecían, por no perder tiempo en abrir la argolla del cuello, le cortaba la cabeza, como puede apreciar en una ilustración reproducida. En los pueblos de Tamara e Ipari, de los pacabueyes, se hicieron corrales y se encerraban los indios, para que sus compañeros pagaran rescate y si no, los dejaban morir de hambre. Al cacique llamado El Gordo, que mantuvo el ejército durante los diez meses de estancia en el pueblo, al irse le exigieron más maíz y por no tenerlo, le dieron tormento. Es decir, que se acusaba a Alfínger de haber despoblado más de trescientos pueblos de Xuruara y Maracaibo, quemando algunos de ellos .y herrando los indios por esclavos. También fueron acusados de maltrato a los indígenas, con cargos probados: Hernando de Castillo, por haber quemado varios pueblos indígenas en Xuruara.

Luis González de Leyva, Teniente de Alfínger en Maracaibo, quien llegaba la misión de fundar la ciudad de Ulma y  reducir a esclavitud a los indios de la cuenca lacustre para enviarlos a Micer Sebastián Renz, jefe de la factoría de los welser en Santo Domingo, para lo cual lograría esclavizar a  doscientos veintidós indígenas de la región de Xuruara, de los pueblos de Parepy y Cumari,  de indios caquetíos y bubures. Apresados con engaños, los marcaría con una “V” en la barba con hierro candente, que significaba Venezuela, y trataría de justificar su innoble proceder, ante el escribano Juan de Carvajal, con un documento donde decía que eran indios rebeldes a la Corona y que debían ser esclavos perpetuos, indios y indias, pequeños y grandes, las veintidós indias paridas, con sus criaturas de leche, las cuales criaturas no se contaban como piezas naturales y por último, no quiso pagar el quinto real por cada esclavo.

Se cerraría el proceso judicial y el 24 de julio, el juez pronunciaría el fallo, sin haber acudido Jorge Espira, como Gobernador ni Melchor Grubel, como factor de los welser. No se les condenaría por el maltrato a los indígenas, esclavizándolos, sino sólo por haber vendido indios, sin el pago del quinto real para la Corona.

Francisco Venegas, alcalde de Maracaibo durante casi cuatro años, sería el causante del despoblamiento de los pueblos indígenas de los onotos, de la región de Xuruara, desde Moporo hasta la residencia de los bubures y los pemones, por lo cual empezaría a fallar el suministro alimenticio a Maracaibo, después de la leva de lotes de esclavos que había efectuado Luis González de Leyva. En la época de Venegas, raptaron a las doncellas de Pueblo Viejo del cacique Cabromare, de indios caquetíos y onotos, por sus capitanes Juan de Aguilar, Hernando Beteta, Almarcha, Hernando de Castrillo, Diego Martínez y Juan de Ávila. Al volver los hispanos al pueblo, los indígenas se vengaron, los atacaron y asesinaron, sobre todo a su jefe Juan de Ávila. Los Oficiales Reales informaron que hizo muchos agravios e injusticias, siendo remiso y negligente en la ejecución de la justicia y el reverendo padre Juan Rodríguez Robledo, declararía que había visto muchos pueblos comarcanos a Maracaibo despoblados y alzados los indios de ellos, por el mal tratamiento y prisión de Venegas y sus capitanes, por lo cual era muy difícil hacerse con lo indispensable para su manutención, sin embargo por su fidelidad a los welser, Espira lo nombraría Teniente de Gobernador en Coro y Alcalde mayor de la misma ciudad..

Nicolás de Federmán, efectuaría atropellos inauditos contra los indígenas, al usarlos como esclavos cargadores para sus expediciones, después de haber sido nombrado Teniente de Gobernador de Espira, despoblando lugares totalmente, como lo hacía saber el obispo Bastidas, en comunicación a la Real Audiencia de Santo Domingo, usando a Pedro de Limpias en los robos y asaltos a los indios, y más tarde a Antonio de Chaves, en la despoblación de Maracaibo y el viaje al Cabo de La Vela. Encadenando a una gran cantidad de indios de carga, iniciaría sus expediciones, dejando despoblados más de veinte pueblos de las comarcas cercanas a Coro, ya que se llevó más de setecientos indios amarrados, entre ellos los principales caciques caquetios, logrando el obispo Bastidas la libertad de los caciques. Utilizaba el mismo sistema de argolla que apretaba la garganta, habiendo traído una argolla alemana de su viaje a Europa. De gran interés son las ideas de Federmán sobre los indios en su libro Historia Indiana, sin tratarlos como salvajes o bárbaros, expresaba que los indios están ocupando tierras de la corona de España, y que pueden ser amigos o enemigos según las condiciones. Estaban dotados de menor inteligencia, valor y astucia y hasta ingenuos, porque creían que encerrarse por dentro en un bohío estaban seguros. Por eso, esa inferioridad les permitió a los cristianos dominarlos con un puñado de hombres blancos a la gran cantidad de indios, además de que no sabían pelear cada uno por si y sentían pavor a los caballos. Los pueblos indígenas que había atravesado, solían ser enemigos unos de otros, y un conquistador no debía imponer ningún tributo a una tribu conquistada, aunque como signo directo de vasallaje al rey su imposición era obligada, es decir, que en este libro se justifica el código del derecho del conquistador.

Jorge de Espira, quien utilizaría un nievo modo de esclavitud de los indios comarcanos a la ciudad de Coro, no haciéndolo directamente los gobernantes sino haciéndolos esclavizar por indios amigos y luego vendérselos a ellos, herrándolos y pagando el quinto real, como hacía constar el acta de capitulación de Carlos I de España con los belzares, convirtiéndose así, la esclavitud en una pretendida fase legal, a pesar de haberse manifestado los caquetios como amigos de los españoles y la voz de protesta del obispo Rodrigo de Bastidas como protector de los indios. Mientras tanto en España se dictaban las Leyes Nuevas, terminando con la esclavitud de los indios en la provincia de Venezuela, sin embargo casi toda la población aborigen de la comarca coriana había sido exterminada. En general Espira fue respetuoso de la raza aborigen.

En medio del desorden moral y social de Ambrosio Alfínger y de Nicolás Federmán y de sus oficiales mayores: Luis González de Leiva, Pedro de Limpias, Francisco Venegas, Juan de Ávila y Hernando Castrillo, se levantaron las voces de justicia y protesta del sacerdote Juan Rodrigo de Robledo, como representante de la iglesia y de los oficiales reales Alonso Vázquez de Acuña, Pedro de San Martín y Antonio Naveros, la legitima voz de la autoridad real, quienes acusaron ante el Rey y el Consejo de Indias, de  las incorrecciones de los gobernadores y oficiales belzares en Venezuela, quienes habían violado todas las ordenanzas entonces vigentes sobre legislación indígena.

Así, en una breve relación hemos tratado el problema del maltrato indígena en el gobierno de los welser y cualquier persona interesada puede consultar fuentes especializadas referidas en la bibliografía.

Fundaciones de nuevas ciudades

Después de la muerte del Gobernador Juan Pérez Tolosa, en diciembre de 1548, gobernaría a la Provincia de Venezuela, Juan de Villegas como su Teniente de Gobernador, en una forma provisional, hasta el 14 de diciembre de 1551, cuando por Real Cédula se designaría a Alonso Arias de Villasinda, quien tomaría posesión en 1553 y fallecería en febrero de 1557, período en el cual el Consejo de Indias decidiría la revocatoria de la concesión real dada a los welser, terminando definitivamente su intervención en el gobierno de la Provincia de Venezuela, según la gran mayoría de los historiadores, de funestas consecuencias para la Provincia de Venezuela, ya que no poblaron el territorio ocupado y despoblaron los asentamientos indígenas al esclavizaron, sin embargo exploraron una gran parte del interior de Venezuela y aún del Nuevo Reino de Granada, dando a conocer rutas, que serían de gran provecho en los años venideros.

Posteriormente, ejercerían ese cargo, los alcaldes de cada ciudad (1557-1558), Gutierre de la Peña Langayo (1558-1559), Pablo Collado (1559-1561), Alonso Bernáldez de Quirós (1561-1562) y Alonso Pérez de Manzanedo (1562-1563),  así como los alcaldes de cada ciudad (1563-1564) y por segunda vez, Alonso Bernáldez de Quirós (1564-1566), hasta la llegada de Pedro Ponce de León en mayo de 1566.

En esos años estaba comenzando la época de las fundaciones de nuevas ciudades venezolanas, como se ha señalado, varias de las cuales iban a tener relaciones muy estrechas con la cuenca del Lago de Maracaibo, sobre todo con su circuito agro-exportador. En primer lugar, como ya hemos señalado, Juan de Carvajal había fundado Nuestra Señora de la Pura y Limpia Concepción de El Tocuyo, el 7 de diciembre de 1545, población que se iba a convertir en el gran centro de exploración del  resto de Venezuela, de donde saldría hacia la región andina el capitán extremeño Diego García de Paredes para fundar a Trujillo, entre marzo y abril de 1558. Sobre todo, hacia las rutas del centro del país y así, Juan de Villegas lo hiciese con el caserío portuario de Nuestra Señora de la Concepción del Puerto de Borburata, tomando posesión del sitio el 24 de febrero de 1548 y haciendo efectiva la fundación por ordenanza del 19 de noviembre de 1549 y  el mismo Juan de Villegas fundaría a Nueva Segovia de Barquisimeto, el 17 de mayo de 1552, mientras Alonso Díaz Moreno poblaría a Nueva Valencia del Rey el 25 de marzo de 1555. Estaba surgiendo la figura mestiza de Francisco Fajardo, conquistador y fundador de varias poblaciones en la zona nor-central de Venezuela: la villa de El Rosario, en el sitio del Panecillo (1557), el hato de San Francisco (1560), en el valle del Guaire, donde descubriría una mina de oro, en las tierras de los indios teques y la villa de El Collado (1560), en el Puerto de Caraballeda, para morir ahorcado, en la zona de Cumaná, en 1564, a manos de sus propios compañeros.

Recordemos que para ese momento, en el Nuevo Reino de Granada, Pedro de Ursúa y Ortún Velásquez, en 1548, viniendo desde Tunja, habían fundado a Pamplona y  una década después, gobernando Ortún Velásquez en esa ciudad de Pamplona, su alcalde ordinario Juan Rodríguez Suárez lo haría con Mérida, el 9 de octubre de 1558 en el sitio de Lagunillas, a orillas de la Laguna de Urao, sin embargo, a principios de 1559, Juan Maldonado y Ordóñez, saliendo desde Bogotá, en el mes de marzo apresaría a Juan Rodríguez Suárez por haber fundado sin poderes para ello y trasladaría la nueva población de Mérida a la mesa que ocupa actualmente frente a la Sierra Nevada, con el nombre de Santiago de los Caballeros. El mismo Juan Maldonado y Ordóñez, dos años más tarde, en 1561,  fundaría la villa de San Cristóbal.

Mientras tanto, en ese año de 1561 se haría presente en territorio de la isla de Margarita, Lope de Aguirre conocido como el Tirano, quien emprendería una odisea de terror y bárbara impiedad por parte del territorio, pasando hacia Borburata, Valencia y Barquisimeto, donde sería apresado por las tropas de Diego García de Paredes y ajusticiado por sus propios marañones, el 27 de octubre de 1561, tras matar a su joven hija Elvira y enviar su famosa carta de rebeldía al rey Felipe II.

 

Alonso Pacheco y Nueva Ciudad Rodrigo

El 8 de mayo de 1566, viniendo desde España, llegaría y tomaría posesión ante el Cabildo de  Coro, el  nuevo Gobernador Pedro Ponce de León, quien gobernaría entre 1566 y 1569. Una de sus primeras medidas sería confirmar a  Diego de Losada como máximo dirigente de la guerra contra los indios caracas y sus aliados, quien viniendo desde El Tocuyo, fundaría la ciudad de Santiago de León de Caracas, probablemente el 25 de julio de 1567, la cual se convertiría muy pronto en el centro vital y futura capital de la provincia de Venezuela, mientras surgiría a siete leguas de distancia, Nuestra Señora de Caraballeda, el 8 de septiembre de 1568. La lucha contra la bravía resistencia indígena había sido muy prolongada en ese valle de Caracas, habitada por aborígenes caribes y dirigidos por varios caciques heroicos, como Guaicaipuro, Tamanaco, Naiguatá, Tiuna, Chacao y otros, sobre todo el primero, unificador de los caracas, teques, araguas, maracayes, chaimas y mariches, derrotando a Juan Rodríguez Suárez, Luis de Narváez y Francisco Fajardo, pero fracasando frente a Diego de Losada. Con inferioridad de armas y numérica, aquellos indígenas resistieron a las armas de fuego, a los caballos y a los perros, en su lucha desesperada por su territorio, con un heroísmo asombroso, como sería la inmolación de Guaicaipuro, incendiado en su propio bohío, rodeado por las  fuerzas españolas y combatiendo hasta el final glorioso del martirio en 1568.

Otra de las primeras decisiones del nuevo Gobernador Ponce de León, sería nombrar al capitán Alonso Pacheco como Teniente de Gobernador y Justicia Mayor de la ciudad de Trujillo, quien iba a aprovechar la ocasión y le sugeriría, intentar, de nuevo, la conquista y poblamiento de la región del Lago de Maracaibo y la posibilidad de encontrar una vía fluvial, más corta y rápida, hacia el Nuevo Reino de Granada, por lo cual sería comisionado para efectuar esa difícil tarea.

Alonso Pacheco, por sus amplias relaciones, conseguiría el apoyo de Francisco Camacho, Pedro Maldonado, Andrés Saucedo, Francisco Severinos de Carrión, Miguel de Trexo, Juan de Morón y Alonso Blázquez, entre otros importantes personajes de la región andina y organizaría su expedición, con 50 pobladores de esa zona, fabricando un bergantín de velas, una lancha grande y varias piraguas, en el río Motatán, para evitar el choque prematuro con los indígenas, aunque eso le ocasionaría grandes problemas para llevar las naves hasta el Lago, lo cual tuvieron que hacer por tierra. Al fin, a fines de marzo o comienzos de abril de 1569, salieron a las orillas lacustres, pero entonces les fallaron las provisiones, siendo auxiliado muy generosamente, por el cacique Ariana de los indígenas itotos.

Pacheco, después de algunos enfrentamientos armados con los indígenas del norte de la Laguna, hacia los meses de junio-julio de 1569, iba a fundar la población de Nueva Ciudad Rodrigo, dotándola de un Cabildo, con dos alcaldes (Juan de Morón y Francisco Camacho), tres regidores (Simón de Alfaro, Diego de Robles y Pedro Maldonado) y un escribano (Alonso Blázquez). Esa fecha aproximada, distinta a la citada por los cronistas, es comprobable por una carta de ese Cabildo, encontrada en Santo Domingo y fechada el 4 de agosto de 1569, donde se le pedía al nuevo Gobernador interino, Francisco Hernández de Chaves (1569-1570), la ratificación de Alonso Pacheco en su cargo, lo cual se realizaría para que se dedicaba no sólo al progreso del poblado, sino a buscar la ansiada ruta hacia el sur.

Más tarde, Pacheco repartiría las encomiendas de indios entre los pobladores, lo cual iba a generar dificultades con algunas tribus aborígenes, sobre todo con los pobladores de la Mesa Cupari, empezando las guazábaras frecuentes y lográndose asentar temporalmente la región, por la acción combativa de Miguel de Trexo. Mientras tanto, Pacheco se dedicaba a la búsqueda de la vía fluvial que comunicase al lago con el Nuevo Reino de Granada, a través del río Pamplona, implorando ayuda a la Real Audiencia de Santo Domingo, en correspondencia del 6 de septiembre de 1570, lo cual sería transmitido al rey, quien emitiría una Real Cédula, el 16 de diciembre de 1571, recomendando a la Real Audiencia prestarle toda la ayuda necesaria a tan importante empresa.

Mientras tanto, en el oriente del territorio había surgido una nueva Provincia, Nueva Andalucía o Cumaná, con la designación de Diego Fernández de Serpa como su primer Gobernador, quien era el reconstructor de la Nueva Córdoba, a la cual le daría el nombre de Cumaná, en noviembre de 1569.

En el occidente, los esclavos negros que se habían enviado desde Río de  Hacha, se habían rebelado y huido hacia los montes, y sus perseguidores, 23 españoles al mando del capitán Cristóbal de Rivas, habían sido liquidados por los indios onotos, a  mediados de 1573. Al mismo tiempo, se estaba intensificando la resistencia indígena contra el invasor, la cual había logrado el despoblamiento de la Maracaibo de Ambrosio Alfínger en 1535, por no obtener suministros alimenticios de los aborígenes, cansados de las mil tropelías que constantemente les propinaban, ya que “allí no se cogía ni sembraba /, más era de rescates el sustento /, y celebraban ferias y mercados /, a trueco de la sal y del pescado”, como había cantado Juan de Castellanos, al fundar Alfínger su ranchería, al lado de un poblado indígena.

70 años habían transcurrido en la cuenca del Lago de Maracaibo, desde el arribo de la expedición de Alonso de Hojeda y de Juan de la Cosa, el 24 de agosto de 1499, momento histórico cuando se efectuaría el Encuentro de las dos culturas. Tres décadas después, hacía 40 años, se había realizado la llegada de las tropas del codicioso Ambrosio Alfínger, trayendo la espada del conquistador y la cruz de la evangelización, sin embargo los pueblos indígenas, los señores de la Laguna, desde tiempo inmemorial, habían sufrido el más terrible etnocidio. Por mucho tiempo no se les había considerado como seres humanos, se les había robado, maltratado, esclavizado y hasta asesinado, en nombre de la codicia de los conquistadores y del llamado progreso de la región, su hábitat natural. Tras más de 30 años de ausencia oficial de las riberas lacustres, los españoles comandados ahora por Alonso Pacheco, seguían cometiendo los miles de atropellos contra los aborígenes, sobre todo después de haberse otorgado a las familias indígenas vecinas, en en el odioso sistema de encomiendas, lo cual no era más que una forma sutil y disfrazada de esclavitud aborigen.

Todos esos sucesos iban creando un intenso y progresivo desaliento en Alonso Pacheco, aislado en Ciudad Rodrigo, sin lograr descubrir la vía fluvial hacia Nueva Granada, con escasos 30 habitantes en la población, hambrientos y desesperados, sin esperar ninguna asistencia del lejano Gobernador Diego de Mazariegos, quien gobernaría desde 1570 hasta 1576. Los meses finales de 1573, fueron decisivos para el poblado lacustre, “porque los indios le mataron más de cuarenta hombres… y los españoles que quedaron ser pocos y estaban a mucho riesgo”, como escribiría el gobernador Mazariegos al rey. Alonso Pacheco no encontraría otra solución que olvidarse de sus sueños, una ciudad cada vez más poderosa, en la Laguna de Maracaibo, con su estratégica situación geográfica y comunicada rápidamente, por vía fluvial, con el Nuevo Reino de Granada. Así, en los últimos días del mes de  noviembre o primeros  de diciembre de 1573, tras escasos cinco años de existencia, Ciudad Rodrigo desaparecería de la historia, al ser despoblada por su mismo fundador, quien volvería a Trujillo con su gente, como lo informaría el Gobernador Diego de Mazariegos al rey, en carta del 20 de diciembre de 1573, desde El Tocuyo. Había terminado el segundo intento europeo por poblar la cuenca del Lago de Maracaibo, ya que la resistencia indígena lo impedía, como una justiciera respuesta al maltrato que le proporcionaban los usurpadores llamados conquistadores, que oscilaba entre la explotación, la esclavitud y la muerte.

Sobre esa Ciudad Rodrigo, Juan de Castellanos había cantado: / Un Pacheco, que fue varón notable /, fundó ciudad de gente castellana /, en parte bien dispuesta y agradable /, y al dicho Maracaibo muy cercana /, mas esta población no fue durable /, aunque siempre duró la buena gana /, pero como halló gran resistencia /, convino del lugar hacer absencia.

 

Pedro Maldonado y Nueva Zamora

Después de la despoblación de Ciudad Rodrigo por su propio fundador Alonso Pacheco, a finales de 1573, el Gobernador Diego de Mazariegos, decidiría encomendar al capitán Pedro Maldonado, uno de los principales colaboradores de Alonso Pacheco, como regidor de la desaparecida población, para que se encargase de reinstalar la ciudad lacustre.

Maldonado trataría de buscar los mismos pobladores de la antigua ciudad, tanto en Trujillo, como en Mérida y Carora, prometiéndoles entregarles sus encomiendas a los 35 que localizaría, con la gran ayuda del capitán Rodrigo de Argüelles, proveniente del Portillo de Carora.  Así, para 1574, iba a resurgir la población lacustre, ahora con el nombre de Nueva Zamora de la Laguna de Maracaibo, la cual a diferencia de sus antecesoras, iba a perdurar en el tiempo, pero conservando su nombre primitivo indígena de Maracaibo, como la había designado Ambrosio Alfínger en 1529, al fundarla.

Juan de Castellanos, volvería a hacer oír sus versos: / El cual gobernador mediante ruego /, hizo volver a Pedro Maldonado /, que con valor insigne pobló luego /, el pueblo por Pacheco despoblado /, por nombre se le dio Nueva Zamora /, con el cual permanece hasta agora /.

Mientras tanto, en Segovia, el 13 de julio de 1573, el rey Felipe II había dictado las Ordenanzas de Descubrimiento, Nueva Población y Pacificación, pero esas disposiciones legales diversas que trataban de adaptarse a los tiempos modernos del renacimiento europeo, no se conocieron todavía en Venezuela para el momento de la fundación de la Nueva Zamora de la Laguna de Maracaibo. El capitán Pedro Maldonado mantendría buenas relaciones, al principio, con los indígenas, aunque más tarde empezaron las dificultades y las guazábaras frecuentes, por muy probablemente por problemas del maltrato a los aborígenes, con la consiguiente resistencia indígena. Mientras tanto, se   continuaba con el proyecto de descubrir el paso fluvial para el Nuevo Reino de Granada, a través de los ríos Zulia y Pamplona. El 12 de diciembre de 1575 sería nombrado nuevo gobernador Juan de Pimentel, quien gobernaría entre el 8 de mayo de 1576 y el 21 de noviembre de 1583, cuando entregaría el gobierno a Luis de Rojas y sería el primer gobernador que dejaría la capital Coro y residiría en Caracas, erigiéndola de hecho en capital de la provincia y en 1577, Pimentel recorrería los territorios de su gobernación y al llegar a la Nueva Zamora, relevaría de su cargo de Teniente de Gobernador al capitán Pedro de Maldonado, por haber sentenciado a muerte a un soldado lusitano “por cosa bien liviana”, quien sería sucedido como Teniente de Gobernador, por el capitán Juan Guillén de Saavedra, destacado miembro del Cabildo, quien ocuparía ese cargo desde 1577 y por un largo tiempo, mientras seguiría con la búsqueda de la vía fluvial más rápida y segura hacia el Nuevo Reino de  Granada y mientras tanto, Pedro Maldonado volvería a Mérida, donde moriría muy pronto, sin ver el progreso de la ciudad, en cuya refundación había intervenido en dos ocasiones, una de ellas como máximo dirigente.

Juan de Castellanos, con sus versos, recordaría el viaje del gobernador Pimentel: / Los pueblos visitó por su presencia, / venciendo de rigor cualquier embargo, / tomando de jueces residencia: / A Maldonado priva de su cargo / por pronunciar una cruel sentencia, / y ejecutalla muy a paso largo / en Tejada, soldado lusitano / a quien mató por caso bien liviano. / Este, privado como delincuente / de la manera que se representa, / el don Joan Pimentel, como prudente, / por conocer daría buena cuenta, / a Joan Guillén nombró por su teniente, / que hasta hoy aquel pueblo sustenta, / no sin copia de muertos y heridos, / por ser los naturales atrevidos. /

Mientras tanto, Juan de Salamanca había fundado San Juan Bautista del Portillo de Carora, el 19 de junio de 1572; el capitán Francisco de Cáceres lo había efectuado con la ciudad del Espíritu Santo de La Grita entre abril y mayo de 1576, creándose así, la Gobernación del Espíritu Santo y al año siguiente, el 30 de junio de 1577, su lugarteniente Juan Andrés Varela fundaría Altamira de Cáceres, génesis de la ciudad de Barinas, ciudades venezolanas que iban a tener una interrelación comercial con la cuenca del Lago de Maracaibo..

Permanencia de la Nueva Zamora

Por Real Cédula del 25 de mayo de 1577, se dispondría realizar una encuesta en todas las provincias de las Indias, para describir la correspondiente capital y su jurisdicción, orden transmitida por el Gobernador Juan de Pimentel a las autoridades de la nueva ciudad. Entonces, el Cabildo de la Nueva Zamora de la Laguna de Maracaibo nombraría a los alcaldes ordinarios Rodrigo de Argüelles y Gaspar de Párraga, el día 15 de junio de 1579, para que confeccionaran la valiosa Relación, acompañada de la traza de la laguna y del plano de la ciudad.  Cumplieron los diligentes alcaldes, la misión encomendada y así, surgiría la Descripción de la ciudad de Nueva Zamora y términos de la Laguna de Maracaibo, que finalizaron el 11 de julio de 1579, donde se ha apreciado el conocimiento tan amplio que se tenía de la cuenca del Lago de Maracaibo y de toda su comarca, por la gran exactitud y abundancia de detalles, de aguda observación, de sobrio y ágil estilo de redacción, convirtiéndose en el primero y más valioso documento histórico, propiamente dicho, que describiría  la ciudad de Maracaibo, su Lago y zonas circunvecinas, concebido con una amplia visión comercial del futuro circuito agro exportador de la región lacustre.

Brevemente abordaremos ese documento por su gran importancia histórica.  En él se describieron las diversas fundaciones de la ciudad y se señalaba su carácter árido, incapaz de producir siembras y cosechas agrícolas, lo cual originaba la  dependencia de las zonas indígenas, quienes suministraban los alimentos de los habitantes del poblado, que por otro lado era de clima muy sano. Se indicaban las diversas etnias de indígenas y la terrible esclavitud a la cual los habían sometido los Belzares, por su espíritu codicioso, lo cual había generado la gran resistencia de los aborígenes y las guerras consiguientes. Se describían los agrupamientos indígenas en tierra y los que vivían en palafitos, con sus propias lenguas, cuatro lenguas en agua y siete en tierra, en aproximadamente veinte leguas. Se señalaban las distancias a la isla de Santo Domingo, y a las ciudades de Trujillo, Coro, Cabo de La Vela, Mérida, Pamplona, San Cristóbal y Espíritu Santo de La Grita. Se citaban las tres cordilleras principales: la de Mérida, la de los Jirajaras y la de los Aratomos, así como los principales ríos y lagunas: Socuy, Laguna de Sinamaica, del Espíritu Santo, de Nuestra Señora de La Candelaria, entre otros. Muy importante era el señalamiento de cuatro fuentes de mene, a flor de tierra, como augurio de la futura riqueza petrolera de la región. Se citaban las maderas, como el  mangle, la vera, el guayacán, el dividivi, el palo brasil y el cedro; algunas frutas, como los uveros, caymitos, aceitunas, suspiros y otros racimos, las berenjenas, coles, rábanos, pepinos, melones. Así mismo, se hacía notar la gran riqueza en venados, puercos de monte, vacunos, ovejas, cabras, perdices, palomas, tórtolas, papagayos, garzas, gavilanes, con la utilización y curtido de las pieles de los animales, que hacía pensar en tenerías, como lo ha señalado Marco Aurelio Vila. El necesario uso de la sal, para poder conservar los alimentos, proveniente de varias salinas, entre ellas: Salina Rica y Salina de los Zaparas. La construcción de las primeras casas y los materiales utilizados, sin haber, por el momento, ninguna fortaleza. Por ser un poblado nuevo, existía una única iglesia, dependiente del obispado de Venezuela en Coro. Se mencionaban las bahías y los puertos, además de Maracaibo, los que comunicaban con Trujillo (Las Barbacoas), Mérida (el futuro Gibraltar), Pamplona y Coro (El Pasaje, futuro Los Puertos de Altagracia); así mismo, las islas de la Barra: Toas, Maracaibo (San Carlos), Pájaros y Zapara, entre otras. Se citaban los tipos de comidas, harina, bizcochos, maíz, pan fresco, ajos, cordobanes, badanas y otros, así como los intercambios con las diversas etnias indígenas y con los pueblos andinos. Desde luego, sería muy importante la traza que elaboraron de la Laguna en un mapa muy actualizado, y así mismo, de la ciudad de Nueva Zamora, únicamente a tres años de su re-fundación, en un plano o croquis, incluido el último en la Iconografía de este estudio, ya que el primero no se ha localizado su original.

Los años habían transcurridos y los negros esclavos escapados en 1573, con otros que se le unieron, habían constituido  un pueblo tipo palenque, fortificado, en tierra de los aratomos, esclavizando indios a su servicio y teniendo hasta servicios religiosos, hasta que el gobernador Juan de Pimentel enviaría tropas contra ellos, al mando del capitán Juan Esteban, uno de los fundadores de Mérida y suegro de Rodrigo de Argüelles, quien los derrotaría en principio, pero más tarde, reorganizados los negros cimarrones, se necesitaría de la ayuda del capitán Francisco de Cáceres, gobernador de las ciudades del Espíritu Santo de La Grita y Cáceres, que en esa ocasión realizaba una expedición con su gente por Coro y Maracaibo. Así, a finales de 1581, se acabaría con los negros cimarrones y se sometería, provisionalmente, la extensa resistencia de los indígenas zaparas y aliles.

Pasarían varios años en la Laguna de Maracaibo, mientras Luis de Rojas había ejercido la Gobernación de la Provincia de Venezuela, nombrado desde el 23 de junio de 1580 y encargado desde 1583 hasta mediados de 1589. Al fin, después de más de dos meses de grandes dificultades, el día 8 de febrero de 1589, Gaspar de Párraga, con la ayuda de Rodrigo de Argüelles, lograría descubrir y navegar el río de La Candelaria, que es el de Pamplona, como el paso fluvial más rápido desde el Lago de Maracaibo hacia el Nuevo Reino de Granada, lo cual quedaría reseñado en una Relación, escrita por el propio descubridor y la cual se  conserva en el Archivo General de Indias.

Mientras tanto, en la población de la Nueva Zamora se recibía la noticia, de haber sido otorgadas las Constituciones de la Cofradía de la Santa Veracruz y Santo Cristo, la más antigua que funcionaba en la Iglesia Parroquial de esa ciudad, por autorización de Fray Juan Manzanillo, obispo de Venezuela, desde el seis de octubre de 1589.

Durante ese mismo año de 1589, el poeta andaluz Juan de Castellanos editaría en Madrid, su extensísima crónica en verso, ciento cincuenta mil versos, la cual titularía Elegías de Varones Ilustres de Indias, cuya redacción había iniciado desde el año 1570, convirtiéndose en la obra rimada más extensa de la lengua castellana y en el primer poeta que cantaría al Lago de Maracaibo y a gran parte de su historia durante el siglo XVI.

En abril de 1590, el procurador general de Caracas, Simón de Bolívar, fundador de ese apellido en Venezuela y quinto abuelo paterno del Libertador Simón Bolívar, sería enviado a la Corte de Felipe II, en tiempos del Gobernador Diego de Osorio, portando un largo petitorio del Cabildo capitalino y tras dos años de arduas gestiones, lograría la autorización para la fundación de un seminario, génesis de la futura Universidad de Caracas, concesión de un escudo de armas para la ciudad de Santiago de León de Caracas, autorización para comprar 3.000 esclavos en África y poder vender algunos en otras partes de América y suspensión de la orden de quitar el servicio personal de los indígenas. Mientras tanto, desde el año 1591 surgiría una nueva provincia en el hoy territorio venezolano, al integrarse Trinidad con Guayana, formando la Gobernación de TrinidadGuayana,  con la capital en Santo Tomé de Guayana primero y más tarde, en San José de Oruña, siendo su primer Gobernador Antonio de Berrío.

El Gobernador Diego de Osorio, quien gobernaría entre 1589 y 1597, viendo que la ciudad de Nueva Zamora de Maracaibo, la villa de Río de Hacha y los placeres de perlas del Cabo de la Vela estaban indefensos ante los indígenas y que la capital Caracas estaba muy lejos para cualquier ayuda, propondría un proyecto de Gobernación de la Guajira, independiente de la Provincia de Venezuela, con plenas atribuciones de defensa y de fundación de ciudades, ubicada en el amplio territorio guajiro, lo cual emitiría desde julio de 1593 y, al parecer, no sería tomado en consideración. Así mismo, como una solución inmediata, quiso construir una población intermedia para defender esas tres poblaciones y para ello comisionaría al capitán Juan Guillén de Saavedra, quien había sido Teniente de Gobernador en Nueva Zamora,   quien iba a perecer en el intento, hacia principios del año 1593, cercado por los indios aratomos, macuiras, cocinas y guajiros, además de algunos aborígenes aliles, quienes consumaron la matanza. En esos combates estuvieron dos frailes franciscanos, quizás de los primeros en llegar al territorio de la Nueva Zamora, para más tarde, con el nuevo siglo, fundar un convento dedicado al Seráfico San Francisco.

Esas etnias indígenas, en extendida resistencia desde hacía cerca de veinte años, en la travesía entre Maracaibo y Río de Hacha, habían liquidado al gobernador Gerónimo de Lerma y a los capitanes Olea y Simón de Alfaro, entre otros. El rey se preocuparía de esa situación anormal y ordenaría a los gobernadores de Río de Hacha y Maracaibo, reunirse para lograr la conquista y pacificación de los indios de guerra que estaban entre ambas gobernaciones y que impedían su comunicación, sin embargo, el gobernador de la primera ciudad, Manso de Contreras, escribiría al rey y le informaría que de esas etnias, los cocinas y guajiros, habían sido muy pronto reducidos, estableciendo buenas relaciones con los vecinos de Río de Hacha y que el gobernador de Venezuela debería pacificar a los aliles, zaparas y eneales, pero los indígenas cansados de tanta explotación, destrucción y esclavitud por parte de los europeos, se fueron uniendo en justiciera resistencia contra los intrusos, tanto las etnias del norte como del sur de la laguna.

El rey Felipe II, ante las constantes quejas de los misioneros, denunciando los excesos de los encomenderos, dispondría que se castigasen con mayor rigor los españoles que injuriasen, u ofendieran, o maltratasen a los indios, que sí los mismos delitos se cometiesen contra españoles. Como ha expresado Gustavo Ocando Yamarte, “esa disposición era una más de las muchas bien intencionadas, pero inútiles”, que llegaría demasiado tarde en cuanto a los indios de la cuenca del Lago de Maracaibo se refería, ya que los finales del siglo XVI presagiaban fuertes luchas y grandes destrucciones, con una tirantez sangrienta entre indios y conquistadores.

En 1595, el Gobernador Diego de Osorio, de visita en Trujillo, sabría del ataque  de los piratas ingleses a Cumaná, Caracas y  Coro, comandados por Amyas Preston, enviando entonces ayuda a la Nueva Zamora de la Laguna de Maracaibo, por ser la próxima meta de esos bucaneros. Las tropas, dirigidas por el capitán Francisco Gómez, se concentraron en el llamado Puerto de Coro o El Pasaje, actualmente Los Puertos de Altagracia, pero los filibusteros, al enterarse del recibimiento que les esperaba, desistieron de atacar a la ciudad lacustre y regresaron a la isla de Trinidad, para reunirse con la escuadra de Walter Raleigh.

Mientras tanto, en esos años de la década de 1580 y comienzos de la de 1590, se habían fundado otras poblaciones en el actual territorio venezolano, como San Sebastián de los Reyes, en 1584, por Sebastián Díaz de Alfaro, La Guaira en 1589, por Diego Osorio y también, hacia diciembre de 1591, había sido fundada Nuestra Señora de Pedraza, por Antonio de Monsalve, Teniente de Gobernador en Altamira de Cáceres, población barinesa cuyo nombre sería cambiado a Ciudad Bolivia, ya a mediados del siglo XIX. Sin embargo, para el interés particular de este estudio, iba a fundarse una población muy importante para el comercio, en la misma cuenca del Lago de Maracaibo.

 

Gibraltar en el sur de la Laguna

Por el incremento del comercio a través del llamado Puerto de Mérida o Puerto de Carvajal, que al parecer había surgido desde 1559, el 17 de septiembre de 1591, el Cabildo de Mérida daría comisión al capitán Gonzalo de Piña Ludueña para que fundase una villa en la ribera del lago, lo cual sería aprobado por el Presidente del Nuevo Reino de Granada doctor Antonio González, el 5 de diciembre del mismo año. A principios del año siguiente,  hacia febrero del año 1592, el capitán Gonzalo de Piña Ludueña poblaría la villa de San Antonio de Gibraltar, en la costa sureste del Lago de Maracaibo, como consta en Real Cédula del 12 de septiembre de 1592. El Cabildo, Justicia y Regimiento de Mérida, por acta especial, nombraría al capitán Gonzalo de Avendaño para que gobernase la nueva villa. Uno de sus personajes importantes sería el capitán Rodrigo de Argüelles, quien había sido nombrado, Corregidor y Justicia Mayor de San Antonio de Gibraltar, después de haber sido alcalde y capitán de la ciudad de la Nueva Zamora de la Laguna de Maracaibo y era el poderoso encomendero de Guabia de indios quiriquires, a los cuales parecía tratar muy cruelmente, conjuntamente con su esposa.

Esa nueva población iba a adquirir una gran importancia agrícola, con el cultivo del cacao, el café, la caña de azúcar y el tabaco, para lo cual se llevarían a sus prósperas tierras, numerosos esclavos negros africanos. Así mismo, lograría un gran desarrollo comercial, convirtiéndose en un puerto rival de Maracaibo, por su amplia y rápida comunicación con los pueblos andinos y neogranadinos. Sin embargo, iba a ser destruida en tres ocasiones por los ataques de los indios quiriquires y más tarde, sufriría los ataques de los piratas caribeños, ya en el siglo XVII, que posteriormente la llevarían a la ruina total como ciudad populosa y sumamente rica.

Mientras tanto, iban a poblarse, las ciudades de: Espíritu Santo de Guanare, en 1593, por Juan Fernández de León y La Victoria, en 1595, por Francisco Loreto. Era el momento cuando el capitán Gonzalo de Piña Ludueña, el fundador de Gibraltar, desde el mes de abril de 1597 se iba a desempeñar como Gobernador de la Provincia de Venezuela, hasta su muerte ocurrida el 28 de marzo de 1600, dejando escrita una interesante Descripción de la Laguna de Maracaibo, redactada hacia 1597 y conservada en el Archivo General de Indias. Como gobernante provincial, le tocaría enfrentar las fuertes acciones de resistencia de los indios zaparas, comandados por Nigale y Tolemigaste, como sus caciques, a partir de 1598, cuando estaba culminando en la metrópoli española, el largo reinado de Felipe II, el monarca hispano que se jactó en decir que “en sus dominios no se ponía el sol”, porque sus posesiones abarcaban los más distintos lugares del planeta.

Así, en 1598, tras una centuria de historia y resistencia indígena en la cuenca del Lago de Maracaibo, desde aquel Encuentro de Dos Culturas en el Lago de Maracaibo en 1499, hasta la aparición en la historia escrita del nombre ilustre del Cacique Nigale, iba a dar comienzo un breve pero intenso período de la gran resistencia aborigen en esta cuenca lacustre, ya por vez primera se lograría la unificación de las agrupaciones indígenas, la cual marcaría indeleblemente una década de su historia colonial, con el nuevo tiempo del Cacique Nigale y de los aguerridos indios zaparas, como los caudillos valientes y decididos al frente de todas esas etnias aborígenes, habitantes milenarios de la comarca del Lago de Maracaibo, cuyo hábitat había sido ocupado por extranjeros usurpadores que habían venido de las lejanas tierras europeas, para abusar de los naturales y convertir sus vidas en una auténtica tragedia de maltratos y explotación.

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