“SAN SEBASTIÁN. LA FLECHA Y LA FE”. Por Dr. Rafael Molina Vílchez

AUTOR Agencia Literaria

Leído el 20 de enero de 2015 en acto de la Alcaldía de Maracaibo.

Cuando los europeos llegaron a tierras de la cuenca del lago, a Coquibacoa, lo hicieron atraídos  por la codicia; una codicia que superaba el temor a lo desconocido, a los misterios y mitos del mar, sobre el cual  se contaban las cosas más inverosímiles: leyendas de monstruosas y diabólicas entidades, y hasta la posibilidad de dar con el fin del mundo. Primero fue Ojeda, quien después de raptar una india, llevarla a España, donde la desposó ante su propia religión y  formar con ella la primera pareja conocida del mestizaje hispanoamericano, se ocupó únicamente de que le financiaran otro viaje, ya como Gobernador de una supuesta isla, a buscar más riquezas. No levantó una ciudad ni de la menor  importancia. Fundó a Santa Cruz en la Guajira, cerca de Cocinetas y lejos de Maracaibo, primicia de la tierra firme sureña, pero ésta no debió ser sino una rústica y primitiva aldea, un sitio de paso pronto abandonado, del que hasta ahora  no se han encontrado huellas más allá de las escritas.  Después  vinieron los hombres del adelantado Alfínger a cobrar una deuda externa – sambenito que parece llevar colgado este país frente a la eternidad -; la del Rey Carlos I de España y Carlos V del Sagrado Imperio Romano-Germánico, quien accedió al trono ibérico directamente, por herencia, pero que como aspirante a ser Carlos V, hubo de pedir dinero prestado a la banca Welser a fin de presentarse ante colegios electorales. Las tierras de la cuenca del lago, después de las del actual Estado Falcón, fueron tomadas por esa razón. Buscaban El Dorado por cualquier medio, aunque tuvieran que  someter la población indígena a un despiadado genocidio. A los hombres los mataban o los esclavizaban, y las mujeres pasaban a ser desahogo de su lascivia. El resto es historia ya muy repetida: levantar algunos asentamientos, tratar de someter los indígenas, imponer una religión –  de manera muy distinta a como lo hicieron después los frailes de las fundaciones misionales – y obtener riquezas. Pero muchas veces esas “fundaciones” habían de ser abandonadas pronto. El europeo ignoraba que el arco y la flecha, manejados con precisión,  estaban presentes en los pueblos del “Nuevo Mundo”.

De estos instrumentos se conoce muy poco entre los añú; ese conjunto de grupos formado por los toas, zaparas, aliles, eneales y otros,  reunidos en la denominación onotos o alcojolados, quienes ocupaban las islas de la entrada al lago y las costas al sur de ésta.  La cultura de la “gente del agua”, traducción de añú, incluido el idioma, se fue difuminando hasta casi extinguirse  en las condiciones de dominación y de supuesta vergüenza étnica  que no solo imponían los forasteros, sino también otros indígenas: los wayuu, principalmente los de la fracción cosina o kusina, siempre señalados de indios ladrones y salteadores (Perrin Michel. “El camino de los indios muertos”. Caracas: Monte Ávila Edit.; 1980), guerreros crueles y nómadas, aún por los escritores de la misma etnia (Montiel Nemesio. “Los A’laüla y compadres wayuu”. Maracaibo: Ediluz; 2006). De los añú, se recoge formalmente la palabra jaatü, para nombrar la flecha (Álvarez y Bravo, “Diccionario básico de la lengua añú”. Unicef; 2008); y hemos sido informados oralmente sobre una variedad llamada uiirr, lo que en wayuunaiki es igual a auyama, porque tenía la punta pequeña, como la semilla de la cucurbitácea.

Pasa todo lo contrario en cuanto al conocimiento que se tiene  de los guajiros o wayuu (Paz Ipuana Ramón. “Mitos, leyendas y cuentos giajiros”. Caracas: Instituto Agrario Nacional; 1972). Para ellos, el arco y la flecha  no solo han sido elementos de la cinegética y la guerra; están ligadas al origen de su Dios, a su fuerza del bien: Maleiwa, y, en general, a la vida misma. En algunos mitos se cuenta que Maleiwa vino al mundo de un embarazo triple producto de una concepción virginal; él habría sido el menor de los hijos de Sii’chi, nombre común de la planta del género Pereskia llamada en español suspiro; o de Manna, el abrojo, hija a su vez de Mma: la tierra. Los otros dos hermanos fueron Tumajüle  y Ulapaiyü o Ulap. En otros relatos se habla de dos fetos, uno de los cuales, Ulap, sería el mismo Maleiwa.  Ya en su vida intrauterina, los pequeños   hablaban a su madre y le pedían que cortara del caujaro, el betú, el curarire, el albarico, el taparo y otras maderas fuertes, para fabricar los arcos de flechas, que ya consideraban necesarias. También querían ceibote, para hacer las fibras, y caña brava para las viras.  Maleiwa, a través de las etapas de las narraciones míticas, defendió varias veces y vengó a sus familiares de seres como los hombres jaguar. Fue un niño cazador y usaba las flechas metálicas de tipo siwarai.

Los ancianos wayú contaban también la leyenda de Walunka o Wolunka, de acuerdo a la cual en cierto tiempo de la creación, los humanos, por sus faltas, habían sido condenados a no reproducirse: las mujeres tenían dientes en la vagina. Hasta que un día Maleiwa, o uno de sus hijos – Timijay en una de las versiones míticas -, vio a esa hermosa joven cuando se dirigía al mar, preparó una de sus flechas con punta roma, de materia vegetal, aprovechó uno de sus movimiento al nadar. Cuando ella expuso el blanco esperado él soltó la flecha, la alcanzó y los dientes cayeron. La joven, adolorida y sangrante se sentó sobre una piedra, ésta se manchó y en el firmamento apareció la luna con un color rojizo. Así las mujeres comenzaron a menstruar y los  guajiros  pudieron de nuevo reproducirse, porque un superpoder masculino, la luna, llamado Kashí, desde entonces se encarga de desflorar a todas las mujeres. En la lengua de los wayú  el nombre de la luna  es sinónimo de menstruación y de mes lunar,  en  interesante  compatibilidad con  la voz latina mensis, que en español pasa a ser menstruo y mes, faltándole únicamente el nombre del satélite, que para los guajiros,  repetimos,  es un ser masculino.  Y todo comenzó por un certero flechazo (Perrin Michel. Obra citada).  

Los wayú, sobre todo por los de la parcialidad kusina y, con mucha posibilidad los añú,  han usado con destreza la temible aimará, flecha tratada con veneno de serpiente o ciempiés, con verada de enea terminada en una púa de raya.

“Los Cocinas de Yuripiche están reputados como los mejores fabricantes de las terribles rayas envenenadas llamadas aimará y gozan de una especie de monopolio (…) Es una saeta ordinaria con una punta de dos o tres pulgadas, formada de la parte ósea del aguijón de la raya, ligeramente sujeta en su base y untada en su extremo de una mezcla venenosa (sau-imala)”  (Jahn Alfredo.  “Los aborígenes del occidente de Venezuela. Caracas: Lit. y Tip. del Comercio; 1927).

“Las rayas sólo las emplean en los combates contra sus enemigos; para cazar se sirven de las paletillas y armas de fuego, disponibles también para la guerra” (“El Zulia Ilustrado”; t. I, n. 25; 31-12-1890).

“La ponzoña que usaban los guajiros en sus flechas era producto animal que hacían de cabezas de culebra y otros productos nocivos. Ponían estas materias a podrir al sol o las cocían hasta que el veneno estaba en punto; untaban con dicho veneno la púa de raya y la adaptaban a la saeta…” (Matos Romero Manuel. “Juitatay juyá (Ojalá lloviera). La Guajira. Su importancia”. Caracas: Empresa El Cojo; 1971).

Lo que los hispanohlantes escribieron como sau-imala y aimará, para los wayú  es  malaa: la flecha; pronunciado por los primero mará y derivado de ma’ala: la serpiente cascabel. Se ha dicho que esto forma parte de la etimología de Maracaibo, la tierra de cascabeles, aunque las flechas también pueden ser envenenadas con partes de otro ofidio: una variedad de rabo seco pequeña o pigmea; la  joloi para los indígenas y joroi para los criollos (Informante: Leoncio Pocaterra (a) Juan Pushaina: escritor).

Por la punta de raya, los poetas indianistas: Yepes, Ildefonso Vázquez y Udón Pérez llamaron rayero al arquero. Citemos al segundo (Vázquez Bravo Ildefonso. “La Maracaida”. Bogotá: Edición del Concejo Municipal del Distrito Maracaibo. Editorial Presencia; 1977):  

Con un silbato, / a cien rayeros Turupen convoca / y desde el centro, con viril mandato / en círculo anchuroso los coloca”.

A la dignidad y prestigio del arquero, ya no del wayú, sino de otro  grupo habitante del este de la costa: el jirahara, refiere Yépes en la novela corta “Iguaraya”,  voz que se traduce como dato o fruto del cardón y fue nombre  de la hermosa hija de un jefe indio llamado  Paipa.  Sobre ella pesaba un terrible augurio sentenciado por los ancianos al ver caer una piedra del cielo cuando nacía (Yépes José Ramón. En “Selección de Poemas y Leyendas”. Maracaibo: Universidad del Zulia; 1948):  los mojanes habían afirmado que la joven…

“…se casaría solo en el caso de que el más valeroso de los guerreros jiraharas clavara una flecha en el cielo”.

Su enamorado, Taica, miró arriba y con el mayor esfuerzo lanzó una flecha a considerable distancia. Cayó en las aguas, donde se reproducían las luces del firmamento. Había flechado los reflejos plateados de la luna, lo cual fue reconocido por todos los presentes.

Por otro lado, para la etnia yukpa, de ascendencia caribe, habitantes de las tierras bajas de Perijá y parte de la Sierra, la flecha también es el medio de sobrevida. Caribes al fin, han sido guerreros fuertes, y llegaron a matar a flechazos a algunos frailes misioneros que pretendían fundar pueblos misionales  y  catequizarlos.  Pocas veces llegaron a merodear en las cercanías de Maracaibo. Usan largas flechas, de hasta dos metros de longitud, de tipos variados: de punta metálica – mingüi -, con punta de macanilla – piriyi -, con varias aserradas puntas de madera – tonjiri –, de punta roma – otuktu – y una de tipo arpón – toyoka -.  Los japreria,  grupo de discutida condición yukpa – con señaladas diferencias fonológicas -, emplean una flecha arpón conocida como omayi (Lira Barboza José. “En la Sierra de Perijá”. Maracaibo: Gobernación del Estado Zulia y Universidad del Zulia; 1999).

De otro grupo aborigen, el barí, de filiación chibcha, no conocemos reportes sobre su presencia como atacantes o invasores de Maracaibo. Son los “motilones bravos”, los que después de extenderse en un área importante de la región tuvieron que  replegarse a la Sierra de Perijá, sobre todo a Abushanki, su tercio inferior, en tierras de los municipios Jesús María Semprún y Machiques de Perijá. En su lengua, la barira, llaman chi a las flechas, las que pueden ser de varios tipos: dokuera o dokuá, agtabá y tachí.  Fabrican arcos: karí, los grandes, y artkarí, pequeños. Dominar con precisión el arte de la flecha, así como caminar en la selva en completo silencio, son parte esencial de la educación de un joven barí, necesarios para considerarlo digno de iniciación entre los adolescentes y llevar el tarikbá: el guayuco de hombre.  El barí, de vida comunitaria,  canta  cuando lleva a cabo algunos eventos en los que participan en cayapa los habitantes de la soiaka, la casa común; pero su canto principal es el de chi: la flecha (Castillo Caballero Dionisio. “Los Barí. Su mundo social y religioso”; 1981).

Viviendo con estos vecinos, los europeos y sus descendientes, los criollos o españoles de ultramar, en los pequeños y bastante desprotegidos asentamientos se encontraban siempre en la  espera del próximo ataque, muchas veces con flechas incendiarias, como ocurrió en la quema de Gibraltar por una alianza de grupos aborígenes comandados por los quiriqueres. Prominentes figuras cayeron abatidos por las flechas, como Alfínger en Chinácota, Santander del Norte; Juan de la Cosa en la zona del Darién, y el fraile  Gregorio de Ibi, en Perijá (Ortega Rutilio et al. Historia de Machiques de Perijá.  Colección Zuliana n. 10. Alcaldía del Municipio Machiques de Perijá”/ LUZ/ Asamblea Legislativa del Estado Zulia. Gráf. Gonzáez; 1995.

Los no indígenas, recordando a Santa Bárbara  porque tronaba, se vieron en la necesidad de buscar una fuerza protectora superior a sus propias armas. Y recurrieron al patrocinio de San Sebastián: el soldado que sobrevivió a  múltiples flechazos, reverenciado por católicos y ortodoxos; quien además es invocado contra todos los enemigos de la fe cristiana y protector contra las epidemias, como las de peste en Roma 680, Milán 1575 y Lisboa 1599,  y una de  cólera en Maracaibo a fines del siglo XVIII  (Arellano Roa Monseñor Nelson. “San Sebastián. Protector de la Ciudad de San Cristóbal”. Fondo Editorial del Estado Táchira; 1983).  Una oración dice:

“Omnipotente Señor Padre de las Misericordias y Dios de toda Consolación. Que apiadándote de los hombres que justamente merecen tu indignación, les diste para defensa de tus castigos y remedio del universal contagio de la peste al Bienaventurado Mártir San Sebastián, constituyéndolo Especial Patrono contra toda epidemia y contagio”.

Para los antiguos habitantes de la cuenca del lago, además de instrumento de belicosidad, la flecha  simbolizaba el origen y la defensa de la vida. Para los conquistadores, flecha, ballesta o lanza, al igual que las armas de fuego, eran medios de intromisión y agresión: de muerte. Pero las diferencias, con la excepción de ciertos grupos sobrevivientes en su propia cultura, en su aislamiento,  han ido desapareciendo con la mezcla de criollos, indios, y más tarde los africanos, llevando al advenimiento de una nueva raza mestiza, pluricultural y pluriétnica. En los núcleos urbanos, como Maracaibo, ha dominado el estilo de vida español y ahora el santo es oficialmente el patrono de quienes fueron los flecheros y de los que luchaban contra ellos; todos  confundidos. Pero una cosa es la historia, el pasado,  y otra la realidad actual, o mejor, la equidad que debemos plantearnos como meta; y el debido respeto a la libertad de cultos.

San Sebastián fue uno de los grandes mártires del siglo III.  No hay consenso sobre su cronología. Algunos afirman que nació en el año 256, en Narbona, Francia, y fue educado en Milán; ingresó a la milicia imperial en 269 (¿?) y murió en 288 (“Hermandad de San Sebastián Mártir”. Villacañas, Toledo. En “Internet”: http://sansebastianmartir.com/biografia-1). A juzgar por la posible etimología de su nombre, debió tener origen griego. Sus servicios eran satisfactorios para los emperadores Diocleciano y Maximiano, quienes le confiaron el comando de la primera cohorte de la guardia pretoriana. Pero abrazó el cristianismo, afirmando algunos que ya lo había hecho antes de su ingreso a la milicia, y aprovechaba las oportunidades que le ofrecía su condición para comunicarse con el pueblo y ejercer el apostolado. Visitaba y ayudaba a los cristianos, a los condenados, y trataba de lograr la conversión de quienes no lo eran. De esto se enteraron los Césares y Diocleciano lo sentenció a morir como diana bajo las saetas de un pelotón de arqueros mauritanos. Sangrando por muchas heridas, saeteado hasta ser tomado por muerto y abandonado como comida para los animales carroñeros, fue rescatado por Irene, una mujer cristiana, temerosa de Dios y amante del prójimo, quien había ido a buscar el cadáver y, al enterarse de que vivía, junto con su esposo lo condujo a la casa y lo atendió hasta su recuperación. Después, el santo enfrentó de nuevo a Diocleciano, lo que sucedió en el templo de Heliogábalo. Iracundo, el emperador ordenó su detención, la lapidación hasta que fuera bien comprobada la muerte y el abandono en la cloaca Máxima. Otra mujer de su mismo credo lo encontró en el río Tíber e hizo sepultarlo en las catacumbas. Ahora, sobre su tumba se levanta una de las siete basílicas romanas y sobre la cloaca donde lo mataron está la iglesia de San Andrés del Valle, donde en una capilla lateral se guarda parte de sus restos; otras fueron llevadas a Francia, a Notre Dame de Soissons y Notre Dame de Moret, en la diócesis de Meaux (Arellano Roa Monseñor Nelson. Obra citada).

Este San Sebastián no debe ser confundido con un segundo; un pacificador que vivió entre 1414 y 1496, mantuvo buenas relaciones con familias como los Medici y los Sforza, y fue protector de artistas, Leonardo de Vinci entre ellos, y promotor de la erección de verdaderas joyas arquitectónicas. Su cuerpo, incorrupto, se conserva en Génova (“Santoral-Onomástico-Enero. Santos del día 20 de enero”. “Internet”: http://www.elalmanaque.com/santoral/enero/20-1-sebastian.htm). Por cierto, en referencia al arte: el San Sebastián flechado, aquel soldado con cuerpo atlético, juvenil, atado, malherido y casi desnudo, es una figura muy repetida en la iconografía. En Maracaibo, enero de 1999, se exhibió en el Centro de Arte de Maracaibo “Lía Bermúdez” una exposición colectiva con tema único: “San Sebastián. Patrono de Maracaibo”.

Actividades para honrarlo se celebran en muchos sitios de España. Detrás de algunas de éstas existe toda una organización, una disciplina con distintas jerarquías, tal como en el culto a San Benito/Ajé entre nosotros y, al igual que en casi todas esos eventos de la religiosidad ibérica, lo lúdico-popular se suma o coexiste con el ritual religioso. Las fechas del santoral católico han sido tiempo propicio para la creación de extraños personajes, pintorescas muestras de la identidad local o regional, y para la tauromaquia, el vino, el desenfreno y hasta la pólvora. Mucha pólvora se quema, como en las Fallas de Valencia la noche de San José – nit de foc – y en los numerosos enfrentamientos entre moros y cristianos. Con la lectura pública de decretos o bandos, hecha por algún representante de la autoridad, pistoletazos y cohetones, como en los “sanfermines”, suele anunciarse el comienzo de fiesta.

       Una revisión del folclor de Alta Extremadura (José María Domínguez. Obra citada. “La Fiesta de los Altos Mártires en la Alta Extremadura. Rev. de Folklore, n. 181, 1966: pág. 1-10. En “Internet”: http://www. fun.diaz.net/folklore/07ficha.php?ID=1499) revela muchas curiosidades de esa zona, donde en  centros poblados, por ejemplo: Cáceres, los versos populares llegan a enfrentar personajes de la religión:

“De entre los santos de enero, San Sebastián el primero. /

Detente varón, que primero es San Antón. / Haciendo caso a las leyes, los primeros son los Reyes”.

El respeto a la santidad da paso a la chanza, que nivela el humor pueblerino con la divinidad.

“¡Quién te conoció, ciruelo! / ¡Hermoso San Sebastián! / Del pesebre de mi buro / eres hermano carnal. / En mi huerto te criaste, / fruto no cogí de ti. / Los milagros que tu hagas / que me los claven a mí”.

Citemos otro ejemplo. En la pequeña población de Piornal aparece un personaje: el jarramplás, pecador irredento con rarísima apariencia. Lleva una careta con ojos de lechuza, cornamenta y, en la cabeza, un sombrero en cono de cuyo tope desciende una melena de crines equinas. Pasa el día 19 pidiendo limosna y, a medianoche, con su esposa y un grupo de coterráneos, cantan en coro La Albora, acompañada con la música de un tamboril, anís y calderos…

“A la puerta de la iglesia vamos ahora / a rezar una Salve a Nuestra Señora. / San Sebastián valeroso, hoy es tu día, / todos lo festejamos con alegría. / En los montes de Italia hay un soldado / y Sebastián se llama nuestro abogado. / Mientras San Sebastián la muerte abraza, / el pueblo a los demonios mata a pedradas”.

Al comenzar el 20 los jóvenes cantan rondeñas a las muchachas bonitas. Sale una procesión y el jarramplás va delante, ya sin máscara, nunca a espaldas de la imagen sagrada, de la que la separa un coro femenino. La llegada a la iglesia va seguida de algunos rituales, misa y el canto de La Rosca, con el ritmo marcado de un tamboril percutido por el jarramplás.

“Todos nos presentamos con humildad / a cantar esta rosca a San Sebastián. / A los veinte de enero cuando más hiela, / sale un capitán fuerte a poner bandera. / Diocleciano al principio su amigo era; / luego manda a que a un tronco atado muera. / San Sebastián se presenta para el martirio”.

El jarramplás, que ha entrado al templo, al salir es el blanco de papas, nabos y cualquier otra cosa que haga metáfora de la lapidación. Pero dejemos hasta aquí lo que pasa en este sitio rural; como ésta hay muchas otras celebraciones que, para algunos estudiosos, igual que el carnaval, preceden al verdadero tiempo de la religiosidad.

“Un análisis de profundidad de los rituales que rodean a la fiesta de San Sebastián nos descubre unas raíces completamente pastoriles en estrecha relación con celebraciones del mundo clásico. A simple vista observamos unos claros paralelismos entre las lupercales romanas y los festejos, anís y calderos, el sentido purificador y fertilizador de personas y animales, dentro de un contexto de expulsión, por lo que significan de encarnación de fuerzas maléficas que impiden el renacer de la primavera” (José María Domínguez. Obra citada).

Como el jarramplás, hay muchos otros personajes locales: taraballos,   carantoñas, etc., todos símbolos de las fuerzas del mal, a quienes el pueblo practica una suerte de exorcismo en los rituales de la fiesta del santo; algo comparable a los Diablos de Yare, que salen el día de Corpus Christi.

En el norte de la comunidad de Madrid se encuentra la población de  San Sebastián de los Reyes, nombrada así porque los Reyes Católicos, en 1492, aprobaron a un grupo de vecinos procedentes de Alcobendas fundarlo en las cercanías de una ermita del culto al santo mártir. El 19 y 20 de Enero hay celebraciones religiosas, misa y procesión; y populares: encierro y suelta de toros que comienza con el estallido de una serie de cohetones, llamada traca, en la Plaza de la Constitución. Por eso la llaman la Pamplona Chica. En Andalucía, Huelva le rinde culto como patrono y las festividades a él dedicadas, que se prolongan por una semana después del pregón inicial pronunciado en el Gran Teatro, están consideradas como las más castizas y con sabor añejo de la capital provincial (“Fiestas de San Sebastián. Huelva”. En “Internet”: https://es-es.facebook.com/pages/Fiestas-de-San-Sebasti%C3%A1n-Huelva/171056106270421). Uno de los municipios de la provincia cordobesa  es San Sebastián de los Ballesteros (en:  http://www.dipucordoba.es/san-sebastian-de-los-ballesteros). En el islote donde se dice que estuvo ubicado un templo a Kronos, frente a la Playa de La Caleta, Cádiz, se encuentra el Castillo de San Sebastián, cuya construcción comenzó en el siglo XIV donde hubo antes una torre (“Castillo de San Sebastián”. En: http://laciudad.cadiz.es/detallesedifreligioso.asp?id=250&tp=Castillo).  Y en las Islas Canarias está San Sebastián de La Gomera, provincia de Santa Cruz de Tenerife, el último puerto de abastecimiento y partida de Cristóbal Colón hacia el viaje que terminó con aquello llamado por algunos ‘descubrimiento’ y por otros ‘encuentro de culturas’. Allí hay una ermita dedicada al mártir desde más o menos el año 1.530  (“San Sebastián de La Gomera”. En: http://www.lagomera.travel/islas-canarias/la-gomera/es/acerca/visitar-san-sebastian-de-la-gomera/).

Es en el País Vasco, en Donostia – voz de la lengua cántabra o euskera batúa, igual a San Sebastián en español – (“Diccionario de la Lengua Española”. Real Academia Española. 22a. edición. Madrid: Espasa Calpe; 2001). donde se celebra la fiesta más multitudinaria y sonora  del 20 de enero: la tamborrada. Mucho más de cien compañías con ese nombre,  cada una perteneciente a una sociedad organizada,  abanderada, con música de banda, 25 a 50 tambores y entre 50 y 100 barriles, desfilan con uniformes militares. La ciudad es prácticamente tomada por los ruidosos celebrantes desde la hora 00:00, cuando la bandera donostiana es izada en la Plaza  de la Constitución y las sociedades empiezan a tocar un ritmo conocido como ‘sarriegui’; para continuar hasta la otra medianoche, cuando la llamada “Unión Artesana” se encarga de arriar la bandera. Es una fiesta  grande, muy afianzadora de la identidad vasca, citadina y familiar.

En Venezuela, Estado Aragua, al suroeste de Ocumare del Tuy y Cúa, en el municipio San Sebastián, se encuentra otro San Sebastián de los Reyes, pero en este caso el nombre recuerda que la fecha de fundación fue el 6 de Enero de 1585. Fue instalado definitivamente en el sitio Caramacate, antigua  tierra de quiriquires y aruacos (“Edo. Aragua: Fundación de San Sebastián de Los Reyes”: Efemérides de hoy; 6 de enero. En “Internet”: http://www.bancomercantil.com/mercprod/site/personas/00_home_personas.htm). Es de importancia histórica y, entre los festejos no eclesiásticos dedicados al soldado del santoral y a la Virgen de la Misericordia y Caridad se lleva a cabo una caminata o peregrinación organizada por una Fundación. Antes de la primera luz del día parten miles de peregrinos desde  El Limón hacia Ocumare de La Costa, vía Rancho Grande. Marchan muchos kilómetros, atravesando el Parque Nacional Henri Pittier, con puestos de control y apoyo en  rehidratación, alimentos y rescate.

           “…las cofradías Ntra. Señora de la Caridad y San Sebastián Mártir, la Parroquia Eclesiástica San Juan Bautista, los gobiernos municipales de Roscio y San Sebastián de los Reyes, y las gobernaciones de ambos estados; se unen para brindarle atención a los devotos que transitarán la vía que enlaza a Guárico con el Sur de Aragua desde muy temprano, en un plan logístico que se ofrecerá hasta las 6 de la tarde” (Nancy Martínez; 21 de enero de 2014. “Hoy inicia la peregrinación desde San Juan de los Morros a San Sebastián”. En “Internet”: http://www.guarico.gob.ve/hoy-inicia-la-peregrinacion-desde-san-juan-de-los-morros-a-san-sebastian/).

Otra muestra de la antigüedad del culto a Sebastián fue encontrada en Maracaibo. Para los estudiosos de la gaita zuliana, la más antigua de la cual hubo prueba escrita es la “Gaita a San Sebastián”, fechada en 1668. Hubo, porque hoy quedan solo copias de una partitura musical encontrada entre las paredes del Convento de San Francisco  por el investigador Agustín Pérez Piñango,  la cual entregó para estudio a un supuesto paleógrafo español  sin  que se haya sabido más de ella. Este documento, marcado como “gaita prima”, muestra en su ángulo superior derecho el dibujo de un fraile que con una mano toca un tamboril fijado a su cintura y con la otra sostiene una flauta (Arrieta Francisco. “Las Gaitas del Zulia”. Caracas: Cuadernos Lagovén; 1984).  La imagen no puede ser más representativa de las fiestas españolas…

“Por el contrario, en Aceituna es fiesta patronal, llevándose a cabo durante la procesión el izado de una pequeña bandera a los sones de la flauta y del tamboril” (José María Domínguez. Cita anterior).

No se conoce nada que permita asegurar  una  relación de la gaita de ahora con la de San Sebastián; pero ésta, con el párrafo previo, nos recuerda el significado del vocablo gaita:

“Instrumento musical de viento parecido a una flauta o chirimía de unos 40 cm de largo” (Diccionario de la Lengua Española. Ref. previa).

En Colombia, todavía hay aerófonos con este nombre. Es de comentar que la antigua  “Gaita a San Sebastián”  ha sido grabada en Maracaibo con una versión “aguarachada”, muy distante de lo que pueda expresar la partitura, cuya  grafía musical, propia del ámbito eclesial, es como la  de los cantos gregorianos, con notas cuadradas y, seguramente, un aire distinto (Ocando Yamarte Gustavo. “Historia del Zulia”. 3ª edición. Maracaibo: 2004).

De una larga visita a la región de entonces hecha por el obispo Mariano Martí, en 1774, quedó documentación en la cual se describe la actual Catedral de Maracaibo (citado por Pedro Sánchez: “Iglesia Matriz de Maracaibo”. En El Zulia Ilustrado”. 30 de septiembre 1889; pág. 78-80).

“En la referida iglesia hay nueve altares, á saber: el Mayor, en que siempre está colocado el Santísimo Sacramento y las imágenes de Santos Titulares, tres al lado del Evangelio dedicados una á Nuestro Señor Jesucristo Crucificado, otro á la Santísima Trinidad y otro a las Benditas Ánimas; cuatro al lado de la Epístola uno dedicado a Nuestras Señora del Rosario, otro á San Sebastián, otro a Nuestra Señora del Carmen y otro á Nuestra Señora de  La Candelaria…”

La representación escultórica del mártir  ha permanecido en la Catedral Metropolitana de los Bienaventurados Apóstoles San Pedro y San Pablo – la de Maracaibo -, en un altar donde lo acompañan las de San Benito y San Pancracio.

En la actualidad, el culto al soldado de Roma no es acompañado en esta ciudad por rumbosos eventos populares, laicos; distinto a lo que pasa con el mismo en San Cristóbal, Táchira y, en el Estado Zulia, con las fiestas de la Virgen del Rosario de Chiquinquirá y San Benito. Se manifiesta con una serie de misas los días anteriores al del santo, a las cuales asisten grupos vecinales representantes de las calles de la parroquia y hacen ofrendas instituciones locales, con la responsabilidad de corporaciones como la Cofradía de Nuestra Señora del Carmen, la Sociedad de San Pancracio, la Archicofradía del Perpetuo Socorro, la Sociedad de Caballeros del Santísimo Sacramento, la Legión de María, la Pastoral Juvenil Santa Filomena, los Cursillos de Cristiandad, la Renovación Carismática y la Cofradía del Sagrado Corazón de Jesús. El 20 de enero concluyen estas actividades con una misa vespertina, celebrada por el Arzobispo y una procesión que va desde la Catedral hasta el sitio donde se encuentra la estatua del mártir, en el Paseo 28 de Enero o Ciencias. Son pues, hechos de la iglesia, a los que se añade únicamente este acto público en el cual la Alcaldía de Maracaibo entrega la “Orden de San Sebastián”.

Todo lo contrario ocurre en la feria tachirense del mismo patrono, la que se acompaña de una amplia actividad comercial, corridas de toros, desfiles, parrandas  y consumo etílico, tal como en la de Chiquinquirá.  Esas fiestas han preocupado a la curia del estado vecino. En 1983, el antes mencionado obispo, manifestó una “seria advertencia” en cuanto a la necesidad de apartar definitivamente lo terrenal de lo religioso; enfatizando que aquellas manifestaciones populares, hechas parte del mundo temporal, licencioso, no deben coexistir con la liturgia y el misterio cristiano. Este mundo temporal lleva al “hedonismo moderno”, recreable únicamente en la “vida de los placeres”; y es imperativo no intentar sacralizar las realidades terrenales de unas fiestas laicas, marcadas con signos de grave deterioro moral y pérdida de los valores trascendentales. Por eso llegó a proponer, aclarando que la voz de un obispo debe ser sobre todo pastoral, hacer del día de San Sebastián una festividad movible: un domingo con una semana de separación de ese “cáncer de la descomposición familiar”.

Aquí, muchos de los habitantes de Maracaibo hoy hasta ignoran quién fue esa histórica figura del catolicismo. En una publicación que ha pasado a ser de obligatoria referencia entre las costumbres locales  de  fines del siglo XIX y comienzos del  XX, no se hace mención de él (José M. Rivas. “Costumbres Zulianas”; 2ª edición. Maracaibo: Imprenta Americana; 1910). En la toponimia regional, apenas ha estado presente como pequeño grupo de la Parroquia Cabimas – 1894 – y vecindario del Municipio Cabimas – 1899 -, en el Distrito Bolívar (Rosa Montero – investigación y producción -: “Nomenclator Geohistórico del Estado Zulia. 1800 – 1980”. Maracaibo: Centro Zuliano de Investigación Documental; abril de 1985).    Cuando  se supo que el Papa Pablo VI había ordenado retirar del santoral a San Genaro, Santa Bárbara, San Sebastián, San Benito, San Isidro y otros, Mario Viloria se hizo la voz de la gaita  para protestar:

“Cómo es posible que el Papa / le quite la Santidad / a quienes la sociedad / con tanta fe ha venerado / y sin patrón ha dejado / parroquias de la ciudad.

Santa Bárbara qué triste /  me puse yo al escuchar / que en el nuevo santoral / tu excelso nombre no existe. / Y también fue rechazado / San Isidro Labrador / quedando el campesinado / en un profundo dolor”

No incluyó a Sebastián, patrono de toda la ciudad, que en fecha posterior fuera reingresado, lo que no pasó con Santa Bárbara,  probablemente porque  tanto la asocian con cultos no cristianos.

Hoy conmemoramos al mártir inmersos en una sociedad disfuncional, mucho más cercana a la agresiva flecha que al escudo de la fe y la esperanza. Una sociedad en la que,  como dice una letra tanguera: “Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalanches / se ha mezclao la vida” y con la Biblia herida, nos encontramos “en un mismo lodo todos manoseaos” (“Cambalache”, de Enrique Santos Discépolo).  Pero esa sociedad está formada por todos y cada de nosotros. Seamos capaces de replantearnos el plan de vida y reconocer los errores del mismo modo que disfrutamos de los escasos triunfos. Llevemos esta Maracaibo de la violencia a reencontrar la compresión, la tolerancia, la serenidad. Que sea una ciudad  donde el sueño nocturno no se interrumpa por ruidos de sirenas, choques de autos conducidos por ebrios,  “guerras de minitecas”, curiosas fiestas llamadas “open”, y hasta por algunos balazos. Que ante la farmacia o el mercado no tengamos que soportar el vejamen de las larguísimas filas, mezclados ante la autoridad militar los compradores honestos con los “bachaqueros”.  Que cumplamos con las leyes… y tantas cosas más. Pero no nos sentemos perezosos y confiados a esperar el desfile del carnaval del éxito; también éste puede llevar su propia máscara. Y no cae del cielo como un maná, igual para todos. Seamos optimistas, pero optimistas activos. Sepamos llevar en alto el escudo de la fe en Dios, como el santo patrono, para detener las flechas de la ignorancia, la adversidad, la descomposición social, el delito y la pose nihilista.

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