Alejandro Castro: “No sé si soy yo el que habla cuando escribo”

AUTOR Agencia Literaria

Serie “Nuevo país de las letras”. Banesco. Alejandro Castro: “No sé si soy yo el que habla cuando escribo”. Texto: Víctor Amaya / Fotos: Vladimir Marcano

Por VÍCTOR AMAYA

Nacido en Caracas, en 1986, es Licenciado en Artes de la UCV y Magíster en Literatura Latinoamericana de la USB. Su libro No es por vicio ni por fornicio ganó en 2010 el Concurso para Autores Inéditos de Monte Ávila Editores. Ensayista y profesor, su poesía es de letras punzantes, crudas, asépticas.

En su escritura, más que confesión, hay retos: al lector, al editor, a la norma, a la sociedad, a sus colegas. Alejandro Castro no quiere escribir sus poemas para complacer a nadie, ni siquiera a sí mismo. Si bien en sus textos puede reconocerse cierto referente sociológico, sus líneas de fuerza apuntan más al erotismo, las obsesiones sexuales, la xenofobia, la exclusión, la ciudad derruida, el país cambiante. “Mi poesía está signada por un proyecto estético y político. No sé si soy yo el que habla cuando escribo. ¿Quién dice yo? ¿Quién y por qué? Son preguntas graves, exigentes, que hay que hacerse. Yo tengo respuestas a esas preguntas, como un lector puede tenerlas para las suyas. Las mías no están más autorizadas que las de cualquier otro”.

Para Alejandro se trata de una complicidad entre las expectativas respecto de la poesía y lo que ella es o puede ser. “Hay un juego de máscaras entre mi persona y mi poesía”. Estudioso de la literatura, se califica primero como lector y luego como poeta. Asegura que en la reflexión teórica se ha hablado de la muerte del autor e, incluso, de la persona. Echa mano de Freud y su visión del narcisismo, de Lacan y su conceptualización del semblante “que atrás solo tiene humo”, de Foucault y su “no me pregunten quién soy, ni me pidan que siga siendo el mismo”. En síntesis, “se fracturó la certeza de que existe algo como un sujeto que determina y ordena la experiencia. Eso dejó de ser así. Hay un juego de máscaras en mi poesía, como en toda poesía”.

Quien intente reconocer en sus versos quién los escribió, tendrá sembradas dudas. Ni siquiera cuando lea “Casalta” y descubra una suerte de remembranza que reúne pañales en un balcón con aceras, o sonidos de disparos con fondo de merengue. “Ciertamente el poema es un experimento de lenguaje, de vida, de experiencias, pero en general ha sido trabajado muy artificialmente, de manera impersonalizada. Hay una tradición romántica que pesa mucho y que sigue leyendo el poema como quien se busca a sí mismo o al autor”.

Los versos que relatan una espera interminable: “Yo –mi hermano y yo– adivinando / el color de los carros en que mi padre no vendría”, o aquel que reconoce que “a mi poesía le falta poesía”, no conllevan desnudez alguna. “Se retrata a un niño impaciente que espera a su papá mientras pasaban muchos carros. Pero allí ni hay biografía, porque mi papá llegaba y jugaba conmigo, como tampoco hay impostura. Lo que sobrevive es una cierta preocupación del momento en torno a la familia matriarcal, en torno al padre como figura ausente. Me interesaba ahondar en la conformación del machismo por ausencia. Hablo de un machismo muy femenino, sostenido por las mujeres. Pero no hago un autorretrato, aunque allí esté Casalta. Las señas, el juego, tienen que ver con el hecho de entender esto: no es relevante saber de quién se trata”.

Hay textos que coquetean con la ambigüedad del hablante. Lograr hacerlo con el desprendimiento suficiente, es símbolo de madurez. “Esto es una de las cosas más difíciles de aprender. Yo doy clases de Teoría de la Literatura a estudiantes muy jóvenes en la UCV y sé que es muy difícil asimilar la noción de que la poesía es ante todo lenguaje. No se trata de tus sentimientos, ni de los de nadie. Si hay que ponerle un espejo a algo, es a la lengua; no a la persona”.

Lecturas y obsesiones

Alejandro ha leído mucho. Tanto, que le es imposible ubicar cuál fue el primer libro que hizo girar la rueda. “Yo crecí con ellos; leo desde muy joven. No fue ningún descubrimiento consciente”. Su madre fue determinante en el amor por la lectura: libros como regalos, como préstamos, como entretenimiento. También libros disponibles sobre la profesión materna: psicopedagogía. Todos ellos como ingredientes de un caldo que se fue condimentando con cada línea recorrida. No obstante, ninguno tan determinante como “uno que compré bajo el puente de la avenida Fuerzas Armadas. Era de un psicoanalista llamado Wilhelm Stekel, titulado Sadismo y masoquismo, psicología del odio y la crueldad”.

En el texto, el autor austríaco afirma que en el debate entre amor y odio, triunfa el segundo. “El primer dolor despierta el primer odio”, escribió este autocalificado apóstol de Sigmund Freud. Para Stekel, el odio es el verdadero motor de todo acaecer. Estas palabras, escritas en 1929, resonaron fuerte en el adolescente Alejandro. “Fue mi primer contacto con el psicoanálisis y con el discurso clínico. El autor era famoso por inventar los casos. Era un novelista, en realidad, más narrador que psiquiatra”.

Stekel acuñó el término “parafilia” para identificar lo que hasta entonces era conocido como “perversiones”. Exploró la homosexualidad y la bisexualidad en un libro de 1922; la frigidez femenina en otro de 1926; la masturbación en 1961. Fue determinante en el estudio del fetichismo y las obsesiones. Sus estudios marcaron al joven poeta. “Buscaba un lenguaje. Para entonces uno que sirviera para nombrarse a uno mismo. Y lo que descubrí es que soy una persona rabiosamente curiosa, con debilidad por el lenguaje como fenómeno. Empecé a perfilar intereses hacia la clínica, la literatura, el teatro”.

Aunque el asunto pueda ser visto como “una mala costumbre de poeta y de teórico”, asegura que la literatura se da por la relación con la palabra escrita. “Los textos a los cuales uno les presta una atención particular, se convierten en literarios. Textos que no están concebidos para entregar un mensaje, sino para admirarlos en su insistencia, en su forma. No permiten que los olvides; siempre te seducen”. Por eso el lenguaje clínico lo embruja con su asepsia, su parquedad, su eficacia, sus palabras añejas “como llenas de polvo en diccionarios de medicina, de enfermedades mentales, de perversiones. Todo eso es muy poético”.

En su biblioteca se encuentran libros de psicoanálisis, teatro, teoría literaria, poesía, narrativa. “Yo he sido un lector muy caprichoso. He leído poesía a partir de mis intereses más personales, más irrenunciables. No he sido un lector sistemático, ni siquiera durante la Licenciatura, aunque en la Maestría de Literatura Latinoamericana sí tuve que hacerlo por requerimientos académicos”.

A partir de sus estudios y lecturas, con respecto al referente homosexual, comienza a darse cuenta del abismo existente entre la poesía venezolana y otras poesías, como la cubana, la mexicana o la colombiana. En una entrevista ofrecida a El Universal en 2013, sostiene que “la tradición poética en el país es pacata. Desde otro punto de vista es osada, pero en lo que se ha dado por llamar literatura gay tiene grandes deudas. Los primeros trabajos en el género son de los 80”.

Tres años más tarde, profundiza sus investigaciones. “Antes de los años 80, antes de Tráfico –grupo conformado por Armando Rojas Guardia, Miguel Márquez, Rafael Castillo Zapata, Yolanda Pantin, Igor Barreto y Alberto Márquez–, no había nada. Un par de versos que pudieran leerse tendenciosamente apenas. Pero poemas con un pulso, un tono, identificables dentro de una tradición gay en literatura, pues muy pocos”.

En el manifiesto que el grupo Tráfico publica en la revista Zona Franca en 1981, quedaron expuestas las intenciones de “oponer a los estereotipos de la poesía nocturna, extraviada en su oficio chamánico de convocar a los fantasmas de la psique o de lanzar hasta la náusea el golpe de dados del lenguaje, una poesía de la higiene solar”. Igualmente se afirmaba que “insurgimos con nuestra apuesta por una poesía solidaria, repleta de humanidad latinoamericanísima, gozosa o doliente, una poesía que no teme subirse al último sector del cerro donde termina el barrio y no llega jamás la policía, así tenga que pagar peaje al pie de la escalera, como corresponde”.

A la luz de estas intenciones o impulsos, Alejandro comenta que “un libro como Árbol que crece torcido, de Rafael Castillo Zapata, fue muy leído y revisado, pero nadie dijo nunca que era de temática gay, que lo es. Sobre Yo que supe de la vieja herida, de Armando Rojas Guardia, igualmente leído, revisado y trabajado, tampoco nadie se detuvo en ese hecho. Juan Liscano tiene un ensayo que habla de la dimensión gay de ese libro, pero lo hace con mucho cuidado, con muchos eufemismos. Por eso hablo de una tradición pacata”.

Sus venas abiertas

Alejandro reconoce que el campo cultural ha mutado; se ha expandido, se ha complejizado. Y aunque no se considera investigador de nuevas tendencias, sí expone en sus libros objetivos claros, posiciones tomadas, en torno a la “sexualidad disidente” o la política.

El primero de ellos, No es por vicio ni por fornicio (2011), explora las oscuridades bajo títulos como “Onanismo”, “Bestialismo”, “Pederastia”, “Necrofilia”, “Clóset”, “Transexual”, “Uranismo”, “Coprofagia”, “Homofobia” o “Cybersex”. El autor afirma que muchos de esos poemas son “muy viejos, prácticamente de adolescencia”. Ese libro “llevó años de clóset, de polvo, de rabia, de olvido; fue manoseado por mí y por el tiempo”. El balance habla de una búsqueda estética e intelectual en torno a la lengua psiquiátrica de las enfermedades sexuales, que además se corresponde con una de las líneas de investigación aún vigente de quien es profesor de la Escuela de Letras de la UCV.

Miguel Marcotrigiano, investigador de la UCAB y autor del libro Poesía y suicidio en Venezuela, escribió sobre este primer libro: “La revelación de la condición homosexual del hablante, sus incursiones eróticas, su pensamiento acerca de diversas parafilias (desviaciones), hacen que la voz de los textos se ofrezca más como un testigo de sus experiencias que como un conocedor experto de los asuntos. (…) Algunos poemas llegan a ser realmente conmovedores”.

Alejandro ha afirmado antes no querer ser visto como un autor de poesía homoerótica, pero ahora describe mejor su objetivo. “Lo que yo quisiera lograr es que un muchacho de quince años que está descubriendo su propia homosexualidad, que tiene miedo, que no tiene palabras para nombrar eso, las encuentre en un libro que yo haya podido firmar. No es mi propia homosexualidad lo que estoy tramando, sino una homosexualidad, para que en su desparpajo, en su propia inocencia, en su aparente desenfado, alguien que la necesite la encuentre”.

Su segundo libro, El lejano oeste (2013), es un poemario más exteriorista, enmarcado quizás en esa corriente descrita por el escritor nicaragüense José Coronel Urtecho al referirse a la obra de Ernesto Cardenal: priorizar lo concreto en vez de abstraerse con la metáfora. Pero también se trata de un libro más urgente, con menos polvo y encierro, con menos barrica y descanso. “Sin duda va más hacia la ciudad, pero también hacia el país, con toda la urgencia y el compromiso del caso. Son textos más clara y manifiestamente políticos, entendiendo lo que de popular va en la palabra político. Yo quería escribir esos poemas”.

Con versos cortos y punzantes, Alejandro retrata a la Caracas carente de buena ortografía, hecha de barro, podrida, invadida por el humo de las motos, sumida en la amenaza y los disparos. Apocalipsis, detritus, revoluciones y fracasos, la Caracas de hambre, a decir del crítico Alberto Hernández. Es también la capital conquistada por quienes más la golpean, que el autor quiso exponer con palabras de frialdad y desprendimiento incluso mayor. “Yo quiero que estos poemas existan. Yo no sé si esa es mi posición política, pero yo quería escribir eso”.

En una conversación sostenida con Gabriel Payares en 2014, Alejandro afirmaba que “la rabia es el motor de todo lo que he escrito hasta ahora, incluso para la academia. La rabia está detrás y a través de El lejano oeste, como una enorme vena brotada. A mi generación y a mí nos robaron el país, nos obligaron a ser los que se van, los que se van demasiado, porque no hay ya lugar para nosotros. (…) Yo estoy cansado de la humillación, de los alzados, de los malandritos. Y estoy cansado de la tolerancia. Sí, El lejano oeste es una venganza”.

En 2016 sostiene que escribir es estar en contra del poder, cualquiera que este sea. Pero si en Venezuela porta cuello rojo, combatirlo es más necesario. “Cuando el poder del Estado te oprime y te destruye la vida cotidiana –no puedes salir porque te roban, te quedas y no hay luz, no hay cómo comprar comida–, pues yo no quiero escribir ni voy a publicar una sola línea en una feria del libro oficial. Es una máxima. No quiero escribir nada que al régimen le pueda sonar neutro”.

Pero el autor tampoco quiere ser un poeta socialité, como escribió en su Des-carta a un “joven” ¿poeta?. “Ahí están sus cyberamigos y seguidores, sus colegas: las señoras y divorciadas, los don juanes de mediana edad, las ya-no-tan-jóvenes-poetisas y las jóvenes, los sexodiversos, los bienintencionados, las acuarianas y los malditos de polarcita. Ahí están en sus jammings, tintineando los tragos, cazando ripios, felicitándose entre ellos. Ahí están, escriben mucho y recitan más, van a donde los invitan porque para ellos ‘lo importante es la poesía’, atacan al gobierno y a la oposición, tienen sed de likes”.

Poeta de ciudad

La rabia como impulso, el país como dolor. Si bien no hay retrato, ni espejo, ni confesión, sí hay experiencia propia, ajena, atestiguada. Hay un autor con voz y palabras suficientes como para crear otra voz. Por eso Casalta, el poema, la urbe, están allí, en una dialéctica permanente, redescubriendo al “niño de apartamento”, que fue el firmante de poemas que medran por los rincones, las aceras, el asfalto, las ventanas, captando ruidos, olores, desgracias y pérdidas. “La ciudad se ha convertido en un lugar cada vez más difícil de habitar”.

Pero la Casalta que en verdad recuerda Alejandro queda puertas adentro. Es la familia, es la madre. “Tengo dos hermanos. El mayor es politólogo y director de Súmate; es muy inteligente y siempre me cuidó mucho. El menor estudia Derecho en la UCV; le llevo once años y con él tengo una relación más paternal. En casa siempre fuimos mi madre y nosotros tres”.

Alejandro tiene a su madre en un pedestal muy alto. El poeta sabe que es lo que es gracias a ella y a sus enseñanzas directas e indirectas. Como psicopedagoga, supo guiar su crianza; como mujer, supo leer las inquietudes de un muchacho que no se hallaba. “Yo era un perro verde. No me gustaba la música que le gustaba a mis amigos, ni los programas de TV, ni la ropa de mis compañeros de clase. Estudié séptimo grado en un sitio, octavo en otro, noveno en otro más. Yo iba como buscando un sitio que me pudiera acoger, y al final fue el Bachillerato en Artes, mención Teatro, que se cursaba en la Unidad Educativa del Conac, entonces ubicada en Los Palos Grandes. Y luego la Licenciatura en Artes, también mención Teatro, de la UCV. Allí estaban todos los perros verdes: los rotos, los dañados, los que no tenían lugar en otro sitio”.

“Mi madre sabía que yo debía encontrar un lugar. Era una persona muy consciente de mí. Ella me tuvo en la veintena, pero siempre empujó por todos nosotros. Nos consideraba mejores que ella, y sin ninguna mezquindad. Por eso me regalaba libros de poesía, siendo yo muy pequeño, sin subestimar mi propia capacidad. Desde el punto de vista de mi literatura, la relación con mi madre ha sido muy importante. Ella es muy vital, muy inteligente, muy hermosa. Esto nunca lo escribiría en un poema, pero yo tengo un Edipo descomunal”.

“Soy hijo de padres divorciados, pero no ausentes. La relación con mi padre fue cercana, importante. Un espíritu libre, siempre muy divertido. Era la persona con la que salíamos a cantar, a la piscina, a la playa, a comer en lugares raros. Le gustaba hablar, jugar, ensuciarse con nosotros”.

“En la adolescencia no tenía las palabras para nombrar las cosas que no me gustaban de mi vida, y de la vida en general. De allí un cierto tormento. Ahora tengo voz suficiente para nombrarlas, tengo un lenguaje que me lo permite. Ahora hay más Eros y menos tormento. Ahora puedo pasar todo eso por el lenguaje y calmar los demonios”.

Viacrucis en blanco y negro

Las palabras fluyen con naturalidad en la voz, las páginas que ha garabateado con su pluma también danzan sin obstáculo. Pero la historia podría ser otra, porque producir textos, asumir el oficio, escribir “es duro, es tortuoso, es encontrarse todo el tiempo con el propio fracaso, es verle la cara a la imposibilidad de escribir”.

Consumar el ejercicio literario lo agota. Si bien la página en blanco lo convoca, al principio las palabras no están allí. Quizás solo las ideas, las intenciones, el impulso. Quizás todo junto. Ni él lo sabe bien. Pero se embarca en la aventura: encontrar los códigos, los caracteres, hasta escribir. Así comienza la faena, que se extiende, que bebe del pasado, que vibra con la historia propia, hasta que se transforma en ajena. Aquella corriente nacida en Granada en 1983, a la par del poeta caraqueño, que firmaban Luis García Montero, Javier Egea y Álvaro Salvador, le daban punto de partida a la poesía de la experiencia. “Yo no soy el tipo de escritor que puede escribir un texto de golpe. Yo estoy obligado a añadir a la tortura de escribir la tortura de releer”.

Tan difícil como comenzar es terminar, saber que se consiguieron las palabras precisas. “Supongo que eso viene dado por cierto oficio de lector, de escritor de poesía: saber cuándo un poema está terminado, saber cuándo se logra lo que se planteó, y también saber que después de mucho esfuerzo se puede llegar a nada. La relación con la escritura es muy complicada”.

Alejandro ha vivido en aulas, como alumno y también como profesor. En ese ambiente se inscribe el arte escénico, que nunca ha encarado en la práctica; también sus propias lecturas, que lo llevaron a dominar conceptos del psicoanálisis; también sus propias búsquedas, que le permitieron explorar los confines de la mente humana. Así fue construyendo su propia aproximación a las letras, aunque Alejandro no se sienta capaz de definirla. “Si hay un oficio que no se puede describir con pocas palabras, ese es el del poeta”.

“Yo no sé si quiero ser escritor. Yo solo sé que escribo, y que también quiero ser un académico. Esa es mi carrera, que me apasiona, y de eso quiero vivir. Pero escritor no sé si quiero ser. Escribo cuando puedo, cuando me da el cuerpo, cuando siento que hay algo que quiero hacer, que quiero decir, que quiero que se diga. Si un poeta de oficio es disciplinado, entonces no lo seré nunca. Pero si un poeta de oficio es una persona que escribe con cierta frecuencia, entonces sí lo soy. Y si es alguien que puede comer de lo que escribe, pues no lo seré nunca. La poesía es un asunto de pocos. Siempre lo ha sido y eso me parece bien. Soy y no soy un escritor”.

Poeta sí. Pero también ensayista y articulista que ha desarrollado ejercicios de lenguaje teatral. A la narrativa la siente lejana, ajena, aunque su aproximación a la prosa se va consumando, como lo atestiguan los lectores del portal backroomcaracas cuando recorren su “prosa ficcionada”, como gusta de llamarla, y también sus incursiones epistolares, género que lo seduce por su impostada primera persona.

Poeta joven de treinta años, profesor universitario, académico confirmado, que encuentra fuentes distintas para expresarse, en un país donde “hay muy serios poetas y un montón de gente mediocre” que se codean juntos porque “han firmado un pacto de no agresión, de falsa cortesía”, ahora prepara un nuevo libro, de lenta cocción, sobre la muerte, la pérdida, la caída. “Tiene que ver con la pregunta de cómo puede un lenguaje como el mío –tan corto, seco y duro– hacerse cargo de lo que muere en un país donde tantas cosas y tanta gente muere”.

Mientras tanto, sigue leyendo, tan caprichosamente como siempre, devaneando entre la poesía y la teoría. “Estoy leyendo mucha filosofía y teoría de la literatura reciente, mucho postestructuralismo, postfeminismo, teoría queer, fuentes todas de las cuales bebe mi literatura y mi trabajo académico”. Allí construye vida y obra, en un constante ir y volver, entre presente o pasado, madre o mujer, hombre o mujer, pupitre o pizarra, dolor o placer, espejo o frialdad. “Si un escritor es una persona que tiene una relación especial con la lengua, lo soy y lo seré siempre”.

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*La entrevista forma parte del libro Nuevo país de las letras, publicado por Banesco Banco Universal, Caracas, 2016. Compilación: Antonio López Ortega.

[Fuente: El Nacional]

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