[NARRADORES ZULIANOS]: EL ABUELO – ISMAEL URDANETA

AUTOR Agencia Literaria

Aquella tarde el abuelo encendió su pipa como de costumbre y se puso a leer su periódico. La gorra oscura encajada en el cabello plateado y largo revestía de solemnidad monacal su fresco rostro silencioso. La estancia estaba sola y la claridad tranquila de la tarde llegaba atenuada y dulce hasta el rincón del abuelo.
Sin terminar la lectura del diario, colocólo sobre sus rodillas temblonas, limpió gravemente los cristales ahumados de sus gafas y se quedó mirando la suavidad vespertina, los ojos fijos en el tibio horizonte, pero el pensamiento recogido en un severo silencio…
Había leído algo que turbaba, algo que despertó serenas memorias de antaño, era una noticia indiferente para cualquiera que no fuese el anciano: en la mañana de ese día, un claro estival, había fallecido repentinamente el viejo maestro de la aldea. Este viejecito bonachón era un antiguo amigo del abuelo; en las veladas se juntaban en algún rincón de la sala o cercanos a una ventana y allí pasaban las horas, quietos y alegres, narrando olvidadas conquistas. Esto acontecía todas las noches. El abuelo contaba una aventura juvenil que invariablemente daba con esta frase: “cuando yo tenía veinte años”… y relataba la manoseada aventura: un amor por una hermosa muchacha y un desafío con un lejano pariente de ella, en el que saliera triunfador el abuelo.
Era una usada historia romántica, pero el viejo maestro la oía placenteramente, y narraba a su vez los recuerdos de cuando era grumete en un gran navío que viajaba por los mares árticos. El abuelo no tenía más interesantes recuerdos que esa aventura.
¿Qué sería si vida, ahora, sin la compañía del amigo que era como un soplo ardiente sobre la helada de sus canas? ¿A quién relataría su aventura? Esto había llegado a serle una imperiosa costumbre como sus antiparras, su gorra y su periódico.
La muerte le había robado el solitario consuelo de sus noches, y de ahí la quietud punzadora del anciano. Y tenía razón para estar triste; la charla de los viejos es el rayo de sol cayendo a pleno sobre la llanura nevada de los años. Es un adorable charlar; se juntan para evocar sus triunfos de jóvenes; a veces un silencio de meditación se interpone entre sus almas blancas, y entonces un monosílabo discreto responde por toda una avalancha de frases; algunos recuerdan orgullosísimos a los generalotes de su tiempo y agregan sentenciosamente: aquellos sí eran hombres, la juventud de ahora…
¿Les habéis observado bien? Ríen de cosas que nos parecen graves; la perfidia de la novia o la ofensa de un amigo, y sufren intensamente cuando el nietecito se tropieza y cae en tierra. Estas trivialidades circundan con un halo risueño los santos mechones de nieve de los viejos.
Como en la edad senecta casi sierre se han revisado todos los dolores, ningún dolor viste para los ancianos nuevos ropajes; de allí el que aquella tarde el abuelo limpiara cuidadoso las gafas mientras su alma lloraba lastimosamente.
Cayó la tarde breve y la criada encendió las luces a la ligera. El pobre viejo seguía mudo en la ya debilitada penumbra de su rincón; cuando más abstraído encerraba en un solemne silencio el sentimiento por el amigo muerto, entró radiante a la estancia, a manera de un claro de luna, Lucy, -última de los sietecitos.-
— Abuelito, le dijo mimosa y jovial, sin observar su austero semblante, esta noche no tengo sueño y quiero oir uno de tus cuentos bonitos. ¿Recuerdas aquel de la selva encantada y el príncipe? Noel, mi primo, me dijo que ya no sabías cuentos porque estabas perdiendo la memoria, pero yo sé que sólo me lo dice para que no te los pida y oírlos él solito.
Y trepaba por sus rodillas temblonas, y con un gesto vencedor arrancó la gorra de la cana cabeza del abuelo, dejando un beso ruidoso y largo en aquella calva amada.
Incorporóse el anciano en su sillón, y mirando cariñosamente a la nieta, alzó con majestad el índice de la diestra y narró gustosamente:
— Cuando yo tenía veinte años…

Ismael Urdaneta

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