Néstor Mendoza: “Con la poesía no tengo miedo”

AUTOR Agencia Literaria

Serie “Nuevo país de las letras”. Banesco. Néstor Mendoza: “Con la poesía no tengo miedo”. Texto: Rafael Simón Hurtado / Fotos: José Antonio Rosales

Nacido en Maracay, en 1985, egresó de la Universidad de Carabobo como Licenciado en Educación, mención Lengua y Literatura. Muy tempranamente descubrió en la poesía una manera de revivir las emociones, de memorizar sentimientos, de traspasar la materia con la mirada. La cotidianidad también puede ser un acto de trascendencia.

Su primer encuentro con la literatura estuvo más cerca del cuento y la novela, pero fue la poesía la que se terminó de imponer en Néstor Mendoza. Sentía que la forma de canalizar, de dar respuesta a indecisiones e inquietudes, era única, inimitable. Esa emisión solitaria, si bien le mostraba a Néstor una invocación sin privilegios, también lo ayudaba a vencer aquella voz tímida que le impedía revelar su intimidad. Desde el inicio, buscó escribir “poemas silenciosos, escritos desde la humildad”. El milagro de las palabras iba contribuyendo a su reafirmación personal.

Sus primeros acercamientos al arte los hizo a través del dibujo. “Representaba mediante trazos simples a mis padres, a mis tías, a la naturaleza que me rodeaba. Me sentaba en un rincón de la casa y veía a mi madre cuando cosía, o a mi padre cuando compartía con mis tíos en el patio. Yo trataba de fijar un recuerdo, una emoción”. Esta inquietud, que cultivó entre los cinco y diez años, fue el inicio de lo que luego sería la vocación literaria. Octavio Paz hubiera llamado esas pulsiones “la consagración del instante”.

Primer paisaje

Su infancia remite a una población quieta y silente, enclavada entre la serranía montañosa del Parque Henri Pittier y el Lago de Valencia. Mariara es una de esas comunidades en cuya modestia se esconden testimonios históricos y auténticas reliquias. Allí se crió Néstor, en el Sector El Carmen, cerca de la Plaza Bolívar, al amparo de una familia integrada por su padre, Néstor Mendoza, y su madre, María Hernández. Cuenta también con tres hermanos.

Su padre ejerció los oficios de herrero y chofer. Su madre es ama de casa, repostera y costurera. “De mi padre recibí la responsabilidad. A su manera, veló por todos sus hijos. Cuando nos enfermábamos, recuerdo que nos llevaba cargados al baño, para bajarnos la fiebre en poncheras llenas de agua. De mi madre guardo la sencillez, la humildad, el amor incondicional. Mucho de lo que soy se lo debo a ella. Es una mujer sencilla, que odia la mentira, que está dispuesta a perdonar a quienes han faltado. Su paciencia y su sensatez son providenciales. Mi temperamento viene de allí”.

“Mis juguetes eran mis hermanos. Siendo niños, todos cabalgábamos un árbol de semeruco con ayuda de la imaginación. La mayor es Norelys y el menor Rubén. Yo soy el del medio, junto a mi hermana gemela Griselda. Obviamente con ella guardo un vínculo muy especial, que es difícil de explicar. No tiene que ver solamente con que uno quiera o ame más a un hermano que a otro, sino con un hecho de gestación, de haber estado en el mismo vientre, de haber compartido la misma placenta, jugando juntos desde antes de nacer. Es una relación distinta a la que tengo con mis otros hermanos. Cuando estábamos muy pequeños, compartíamos hasta los mismos amigos imaginarios. Los veíamos y nos divertíamos con ellos. Imaginábamos su estatura, su color de piel, su forma de vestir. Creíamos que veíamos al mismo amigo. En aquellos juegos con Griselda éramos tres: ella, yo y el amigo imaginario”.

“Con mi primera hermana, en cambio, quizás por los años de diferencia, la distancia es mayor. Ella fue hija única durante ocho años, y obviamente eso le permitió desarrollar mucha autonomía, que luego marcó todas sus decisiones. Siempre ha habido un vínculo cordial, en medio de la natural autoridad y severidad que tienen los hermanos mayores. Por último, está mi hermano menor, que es muy distinto a mí, pues mientras yo soy reservado, él es más resuelto. Tiene habilidades manuales que heredó de mi padre”.

“Cada vez que publico un libro o en ocasión de algún premio literario, mi familia se emociona mucho. Las noticias de mis logros resuenan en toda la casa. Cuando apareció Andamios hubo una alegría unánime”.

Segundo paisaje

Aunque Mariara es una población del estado Carabobo, su cercanía con Maracay propicia que sus habitantes se desplacen con frecuencia en demanda de servicios. A esta relación entre ciudades fronterizas recurrieron los padres de Néstor para que su madre lo trajera al mundo en un servicio de maternidad de Maracay. El tiempo ha transcurrido para que el joven haya cultivado amistades y establecido relaciones que lo marcaron de por vida.

“Desde 2006 hasta 2010, formé parte del Taller Literario ‘Hojas Sueltas’ de Mariara, dictado por el poeta Antonio González Lira. Durante sesiones vespertinas, leíamos textos de teoría poética y de poesía venezolana, latinoamericana y europea. Entre ellos, a los cubanos del grupo ‘Orígenes’, Lezama Lima y Eliseo Diego; también a Fernando Pessoa; también a T. S. Eliot. Luego de la mano del poeta Alberto Hernández, publiqué en el suplemento cultural ‘Contenido’ del diario El Periodiquito de Maracay. Allí aparecieron mis primeros ensayos y reseñas sobre poetas venezolanos”.

En el curso de sus estudios de bachillerato en Mariara, ya se habían generado los primeros nexos de reconocimiento de figuras clásicas, como Lope de Vega u Homero, pero todavía la vocación poética no se encauzaba debidamente… hasta que se produjo un deslumbramiento. “Sin la Universidad de Carabobo, mi vida hubiese sido distinta. Entrar allí con diecisiete años, me abrió un abanico exuberante de posibilidades. En esa etapa sí puedo admitir que descubrí la literatura. Encontré cauce para mi inquietud por el hecho literario, poético. Mi acercamiento a ciertas asignaturas de la carrera de Educación, mi aproximación a las publicaciones del Departamento de Literatura, asistir a la presentación de libros y revistas… todo eso fue decisivo. A aquellos encuentros iniciales en los talleres de Mariara, se añadieron estas nuevas experiencias que me hicieron ver con otros ojos lo que había leído en bachillerato de manera incipiente. Comprendí que las lecturas que había hecho hasta ese momento, no habían sido asimiladas con entera conciencia. Eso me llevó a releer muchos autores, como Arturo Uslar Pietri, Rómulo Gallegos, Rubén Darío, Pablo Neruda. Buscaba hallar mayor intensidad a mi propia experiencia de escritura. Me volqué a leer ávidamente poesía y a escribir mucho”.

En la Universidad conoció a la profesora de filosofía Marelis Loreto Amoretti, quien lo estimuló a indagar en la escritura crítica. Se incorporó a la agrupación “Litterae ad Portam”, grupo de poetas y artistas plásticos que fomentaban las inquietudes creadoras. Asistió a los talleres de poesía de Adhely Rivero, quien para entonces era el Jefe del Departamento de Literatura de la Universidad de Carabobo. Por gestiones propias del poeta Rivero, Néstor publicó en 2007 su primer libro: Ombligo para esta noche.

La vida universitaria también tuvo repercusiones en el plano amoroso, pues allí conoció a Geraudí González, profesora de Módulos de Cultura, quien finalmente se convertiría en su esposa. En esos Módulos leyó muchas poesía venezolana del siglo XX: Vicente Gerbasi, Ramón Palomares, Gustavo Pereira. La profesora González también solía invitar a poetas, narradores y ensayistas de la universidad y de la región valenciana. La práctica le permitió conocer a escritores como Orlando Chirinos, Víctor Manuel Pinto y María Narea, entre otros.

“Leer y conocer a los creadores directamente, me enseñó que la pulcritud de un texto leído puede verse afectada por muchos factores. Comprendí que el texto literario es una representación autónoma, pues una vez que se desprende de las manos del autor, adquiere una suerte de soberanía. Ya liberado, y dependiendo de su evolución en el tiempo, un texto puede ser rechazado, ignorado, recordado o venerado”.

Poco después unos contactos lo llevaron a relacionarse con los editores de la legendaria revista Poesía, mascarón de proa de las publicaciones literarias de la Universidad de Carabobo. Su lectura le brindó la ocasión de admirar la poesía y la prosa de Eugenio Montejo, Alejandro Oliveros y Reynaldo Pérez Só, a quienes Néstor considera una trinidad poética. La publicación también lo puso en conocimiento de poetas como Paul Celán, W. H. Auden, Giuseppe Ungaretti, Saint-John Perse, José Emilio Pacheco, Raúl Gustavo Aguirre y Antonio Gamoneda. La lectura de poesía y ensayos sobre teoría poética de esos años marcaron definitivamente su formación.

Hoy forma parte del equipo de redacción de la revista Poesía, donde también publica sus propios textos y gestiona las colaboraciones de nuevos poetas. Más recientemente se incorporó a la Dirección de Medios de la Universidad de Carabobo, como corrector del semanario Tiempo Universitario. Y en la actualidad es Coordinador de Relaciones Institucionales de la Feria Internacional del Libro. “Filuc es otra de mis moradas permanentes: lo fue en mi época estudiantil, como visitante entusiasta, y lo es ahora como integrante del Comité Organizador”.

Tercer paisaje

La vocación es una rareza que se mueve atraída por una fascinación magnética. Aunque no siempre ocurre, hay rasgos que se muestran prematuramente, entre el misterio y el asomo de ciertas conductas.

“Mi temperamento tiende al ensimismamiento. En mi infancia tuve pocos amigos, quizás porque la soledad, la timidez o el temor al rechazo dominaban la escena. Eso explica por qué me conformaba con la contemplación. Esa actitud se mantiene en el bachillerato, aunque como todo adolescente quería formar parte de algo. Tuve que vencer el miedo, ir en contra hábitos que tenía muy arraigados, hasta confrontarme conmigo mismo”.

“La literatura propició el diálogo, el vínculo interpersonal, emocional, fraterno o amoroso con los demás. La lectura solitaria, en diálogo secreto con las obras, con los textos, con los autores, se convirtió en el puente de relación con los otros. Por su intermedio encontré los modos para canalizar y dar respuesta a mis indecisiones e inquietudes. Se podría decir que con la poesía, ese yo intransigente, solitario, sedentario, se transformó. Sentí que había conseguido un traje a la medida. Un cuerpo que podía habitar sin sentir miedo. De pronto tenía un lugar, un punto de vista, con el cual enfrentarme al mundo, para ponderar la realidad con más lucidez”.

“Escribir me inquieta; no es algo placentero. Escribir poesía es algo que me sobresalta. Mis libros se gestan con lentitud. Soy de los que convive con el poema por mucho tiempo, hasta su publicación. Comparto la expresión de Paul Valery de que “el poema se abandona; no se termina”. Para mí, cuando el libro se convierte en objeto de lectura, ya le pertenece a otro. Confronta la escritura con mucha paciencia. Y someto al poema a muchos filtros: reposo, corrección, confrontación, olvido”.

“Tengo un hábito natural, que puede bordear lo patológico, de fijación, de observación. Fijo la atención en los objetos para deconstruirlos, para desarmarlos. Giro en torno al objeto, y a través de él indago sobre sus posibilidades veladas. Cuando escribo un texto poético, le otorgo a ese objeto una historia, unos antecedentes. Los instantes aparentemente insignificantes, baladíes, absurdos, obvios o que no merecen ser reseñados, son precisamente los que más me interesan”.

“Hay un elemento del que estoy consciente, que es la necesidad de distanciarme del objeto, de lo que el ojo ve. Por ello apelo al yo lírico, a la primera persona, que también puede derivar en segunda o tercera persona. Voy hacia un nosotros que invite al lector a observar conmigo. Esta característica, visible en poemas como “Decapitación” o “Dócil”, ambos recogidos en Pasajero, me ha sido útil para abordar temas ásperos como la violencia de género, la violación, el asesinato, y todo a través de una mirada forense del cuerpo”.

“Echo mano de distintos géneros discursivos, como la narración o la descripción, vinculando mis poemas con el relato, permitiendo que sean objetos permeables que se ofrezcan como espacios de convivencia con otros discursos. Busco un efecto, una reacción, una complicidad, con el lector, que sea capaz de producir asociaciones distintas e, incluso, contrarias”.

“Si bien es cierto que en el texto poético circula savia y sangre, asociadas a referentes autobiográficos que son esenciales, es bueno tener en cuenta que no deja de ser un discurso hecho de palabras. Por eso cuido el hecho lingüístico en su aspecto formal, en su limpieza discursiva. Tengo una exigencia, o casi una obsesión, con cada cosa que escribo”.

La poesía se ha convertido para Néstor en un puente por el que ha llegado a escritores que son importantes referencias en su trabajo. Todos, más cercanos o más lejanos, lo han ayudado a modelar su concepción de la poesía, la urdimbre del texto. Tiene presentes a grandes poetas iberoamericanos como César Vallejo, Antonio Machado, Francisco Brines, Antonio Gamoneda, Blanca Varela, José Watanabe y Francisco José Cruz. Y entre los más cercanos cuenta con Juan Calzadilla, Enriqueta Arvelo Larriva, Ramón Palomares, María Teresa Ogliastri, Edda Armas y Luis Enrique Belmonte.

Cuarto paisaje

Su primer libro publicado fue Ombligo para esta noche, en 2007. Es un texto que se desprende del trabajo desarrollado en los talleres literarios. Recoge poemas escritos antes de los veinte años. “Es un libro del que suelo hablar poco, porque lo considero un libro inicial”.

Luego publica Andamios, en 2012, con el que recibe el IV Premio Universitario de Literatura, mención Poesía. “Andamios lo escribo tras un período de vida lleno dificultades de todo tipo. Suelo aprender más de los momentos difíciles que de los celebratorios. Quizás con un tono nostálgico, el libro recorre los entornos familiares, los espacios de Mariara, las intimidades del hogar. Tiene algo de retrato de infancia, con episodios vividos con mis hermanos y mis padres”.

“El poeta cubano Lezama Lima hablaba de la sobrenaturaleza, con la que podemos repoblar el paisaje perdido a través de la imagen. La infancia ya no está, como no están los árboles, pero mediante la imagen poética podemos rescatar esos espacios. Podemos lograr que nuestros familiares fallecidos, los árboles talados, los amigos que se han ido, las vivencias pasadas, pervivan y nos permitan recuperar los paraísos perdidos”.

La lectura del libro se comprende más cabalmente bajo el influjo de los poemas de José Watanabe, a quien agradece haberlo ayudado a encauzar su voz. Con él descubrió la obsesión por el instante, la observación plena de la evidencia que hay detrás de cada cosa, por pequeña que seaž la necesidad de abandonar ese cómodo yo lírico y cambiar de perspectiva.

En 2015 publicó Pasajero, que de alguna manera aborda la cotidianidad del poeta. En estos textos, las visiones particulares se transfiguran en acercamientos emocionales hacia objetos y personas. “Fijamos recuerdos, incluso para otros. Luchamos contra la desmemoria, contra el olvido. Nos detenemos en los espacios físicos para intentar que permanezcan en la escritura. El lector podrá sentir que también fueron significativos para el emisor”.

Otro hecho digno de ser destacado en Pasajero es el uso de dos “viejos moldes estróficos”, como los llama el poeta Francisco José Cruz en la contraportada del libro: la sextina y la cuaderna vía. “Octavio Paz comenta en su ensayo ‘La tradición de la ruptura’ que poetas como Dante y Petrarca pueden ser nuestros contemporáneos. Esta apreciación de Paz me ha servido para sustentar cómo en la llamada poesía tradicional podemos encontrar infinidad de recursos técnicos, estróficos, métricos, rítmicos, que pueden activarse en la actualidad”.

Estas composiciones poéticas creadas en el siglo XII y en el siglo XIII, respectivamente, hoy vistas como estructuras arcaicas o en desuso, le han abierto nuevas posibilidades a Néstor. “Debemos recordar que poetas contemporáneos como Jaime Gil de Biedma, Ezra Pound, W. H Auden, o el peruano Carlos Germán Belli, escribieron sextinas. En Venezuela tenemos un caso singular: el libro Sextinario de Ana Nuño, que combina poética, poemario y un recorrido antológico que se inicia en la Edad Media”.

“Estos moldes estróficos me interesaron mucho. Me puse a estudiarlos y a ensayar su escritura. La exploración me abrió nuevas posibilidades técnicas: versos endecasílabos en la sextina y versos alejandrinos en la cuaderna vía. Pasajero transita del verso libre a estas estructuras que la generalidad de los lectores desconocen. Y más que acto de provocación o de desconcierto, se trata de revitalizar la sorpresa en la lectura del poema”.

“El ensayo me proporciona una seguridad que no me da la escritura poética. Es más, creo que en los ensayos tengo una mayor actitud celebratoria. Hay exigencia, rigor, pero también mayor libertad. Guillermo Sucre, Mariano Picón Salas, Alejandro Oliveros, Rafael Castillo Zapata, Luis Moreno Villamediana, Adalber Salas, son algunos de los que están en mis referentes”.

Sus poemas han sido incluidos en las antologías 102 poetas. Jamming (2014) y Destinos portátiles, muestra de poesía venezolana reciente (2015). Su más reciente distinción la obtuvo en 2016 como finalista del I Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas con el poema “Díptico del laberinto”.

Otras iniciativas en las que trabaja tienen que ver con promoción o difusión literaria por medios diversos. En su blog ‘La Antorcha’ compila material ensayístico, reseñas de libros de poesía y entrevistas. En la iniciativa ‘La tertulia de las 6’ se propone acercar a artistas y escritores mediante foros y discusiones. Con ‘El Taller Blanco’ se propone desarrollar una plataforma editorial para jóvenes poetas y narradores.

Quinto paisaje

“Cuando una sociedad entra en crisis, el primer síntoma de decadencia es el lenguaje. Hemos llegado a los límites de la mendicidad, de la infamia, del envilecimiento, del agotamiento, de la trivialización, de la satanización de las palabras. Venezuela tiene la apariencia de un bosque deforestado, pues a la decadencia económica se le ha agregado la expropiación del lenguaje”.

“Creo en la poesía como un antídoto. Quiero verme dentro de diez años completando las iniciativas que he iniciado ahora, pero con un país en modo de diálogo. No quiero sentirme un extranjero”.

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*La entrevista forma parte del libro Nuevo país de las letras, publicado por Banesco Banco Universal, Caracas, 2016. Compilación: Antonio López Ortega.

[Fuente: El Nacional]

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