“SORRASCA” de Ender Rodríguez

AUTOR Agencia Literaria
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Estaba encendida la tele a las 3AM en casa de Leila.  Al parecer Hannibal Lecter destajaba un cremoso gourmet de un torso de mujer aliñado en vino francés del 53.  A Leila le llamaban Sorrasca “la movediza”, y lo insinuaban hasta en público, porque hacia abajo se venía sola rodando como balón, igual que una sorrasca de esas del oeste, de esos pajonales vacíos y redondeados que mueve el viento tras las colinas. Lo que sí era cierto, es que desnudita y puntiaguda, ella apagaba la tele a las 6 y 20 tras rodar y rodar.

Con su propia caja torácica hecha un piano de vísceras moradas Leila  soñaba mientras tocaba cada tecla con delicadeza.  Le encantaba que sonase rítmicamente.  Y le agradaba que se formase una especie de ángel desdibujado en la coagulada sangre del suelo. Ella lamía cada hora, parte de esos jugos arrodillándose con su blúmer de encaje.  El sacrificio del siervo, del que se agacha, era su ritual.  Y también poder comer las restantes partes del espinazo y uñas junto al dedo de la madre de la víctima.  Soñaba que ella era otra persona, no la que comía o moría.  -La carne suena- susurraba en su mente.  Colgaba en la mitad de su hígado justo al viento sur, una imaginaria luna palúdica para generar paz a la tumba del asesino.  Restos humanos aparecían y desaparecían en ese lugar musical.

Leila de niña tenía una epiléptica madre y un psicótico padre.  Se le hacía imposible respirar hacia adentro o hacia afuera con tanta sordidez.  Su abuela-tía Yulianne destilaba Alzheimer por doquier. A veces, se levantaba Yulianne ofuscada y regurgitando horror porque sentía en su cama una jauría de animales rasgando su cuello y aplastándola bajo tierra con gigantes pezuñas.  Otras veces, veía personas sin pies ni rostro llamando a su puerta. No sabía quiénes eran esos espíritus, ni sabía cuántos animales se le montaban encima, ni podía diferenciar entre hienas o peluches de algodón o vidrio.

La entrada al hogar de Leila amanecía hermosamente en neblinas variando los colores del gris al naranja, y oliendo a toronjil agrio con carne fresca, pero a una carne fresca con trozos quemados.

Corruptos policías buscaban a Leila queriendo encontrar su ADN y poder deleitarse antes del crimen próximo con tal de gozárselo entero.

Esta mujer, la “movediza”, hacía rodar lentamente por el empantanado desierto una gran sorrasca, dentro de la cual giraban 33 cráneos amarrados a hilachas de manos con huesos colgantes.  Ese conjunto redondo  y sangriento de chamizo se movía como si fuese un animal caminando en tres patas, como levitando en sangre, o como una torpe rueda de muerte en un circo.

Leila había cambiado su sexo meses antes del último ritual.  Su movimiento no había terminado aunque ella tuviese otro sexo como montículo.  Luego del rito del piano, ella despertaba ahora hecha hombre, cada día a las 6 y 37.

Miraban, se tocaban nocturnos y hacían el amor los policías en su patrulla frente a la escena del crimen creyendo ser el piano de Leila, la “hombra”, la sensual, la movediza, la sorrasca de dedos y blúmeres de encaje.  Nunca se sabía de dónde venían las pieles ni los órganos en sus ritos; pero abundantes eran.  La comisaría no investigaba sobre occisos extraños ni sobre monstruos o caníbales pervertidos.

En Leila pululaban tormentas desde su boca y a veces, sentía que su lengua se abría como un repollo púrpura.  La mujer “hombra” siempre iba a dormirse a una hora exacta.  Solía verse así misma envuelta en pellejo humano, tibio muy tibio. Y se movía.

Leila continuaba haciendo un café rojizo y grueso para volver a rodar y rodar frente a la tele, como Lecter tocando el piano.

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