CARLOS ILDEMAR PÉREZ: «La lectura que convierte el carbón en diamante»

AUTOR Agencia Literaria

El arte, como dice el poeta Carlos Ildemar Pérez, “es la única forma de expresión que posee el ser humano para que lo humano no se deshumanice”

Isabel Cristina Morán

Carlos Ildemar Pérez piensa como el poeta y ensayista mexicano Octavio Paz. Convive y disfruta con la idea de que la poesía es una operación capaz de cambiar al mundo, de que la actividad poética es revolucionaria; es un ejercicio espiritual, un método de liberación interior. Revela a este mundo la existencia de otro, y eso precisamente, dice, es lo que necesita esta ciudadanía.
Acompáñenos en este ejercicio imaginativo, a ver cómo nos va:

Supongamos que la gente guste de la lectura. Que la ejerza literariamente como un proceso ineludible para alcanzar lo crítico y lo creador. Que disfrute de un buen libro, que sienta cada letra, que se autoproclame lector literario autónomo. Al poco tiempo se formaría un ciudadano un tanto diferente: con “más afinamiento y perfección de lo humano porque la literatura es riesgo vital, aventura del espíritu, fulgores trepidantes: sedienta y total infinitud”, como declama el poeta aquí presente.
Imaginemos a una Maracaibo lectora. Pediríamos permiso, daríamos los buenos días, cediéramos los asientos en los autobuses y se nos olvidaría hasta que el sol está a pocos metros de nosotros. Seríamos felices, de a de veras. Porque hasta la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) lo declaró el 21 de marzo de 1999, cuando conmemoró el primer Día Mundial de Poesía: poesía es “expresión profunda del espíritu humano, como arte universal, como herramienta de diálogo y acercamiento”.
Se es poeta antes que ser humano. Se vive poéticamente si se anda por la vida con un bloque sensorial abierto, sintiendo todo lo que se encuentre en el camino. Se es poeta si se cree sin ver, se es poeta si escuchamos melodías en vez cornetazos dispersos en la calle. Se es poeta si amamos y volamos.
Carlos Ildemar Pérez camina en este momento solo por esa Maracaibo poética soñada. La vive, la internaliza. E invita a todos los maracaibeños a caminarla con él. Y entonces se abre el diálogo y viene la poesía al rescate.

Una reflexión: dejémonos rescatar

Al poeta aquí presente se lo nota lo poeta. Al hablar, al moverse, al ser. Su lenguaje corporal está perfectamente acorde con el lenguaje poético: sensible, literario, humano, pero sin dejar de estar en rebelión. Carlos Ildemar Pérez es todo aquello que queda fuera una vez que alguien defina lo que es un poeta, como exclamó el Cortázar profesor en sus clases de literatura.

– Hay personas que aseguran que el mundo perdió su humanidad. Y esas mismas personas dicen que solo con las artes es posible recuperarla. Eso supone una transformación cultural profunda. ¿Qué debe pasar en una sociedad como la maracaibeña para que se recupere el concepto cultural?

El arte es la única forma de expresión que posee el ser humano para que lo humano no se deshumanice. El sentido de lo material, de la concentración del poder, siempre ha estado en contradicción con la generosidad del arte. Y en este caso, la poesía está contra la pared, porque tiene el compromiso el poeta de expresar una verdad que es la única verdad, aquella donde la crisis del conocimiento se vuelve un enigma de la sobrevivencia, ya la vivencia corresponde a una utopía de la nostalgia, y lo que queda es la sobrevivencia cuyo centro activo es el poema.

– ¿Qué pasa en Venezuela que no nos entendemos? ¿Cómo concibe su entorno actual, marcado por tanta trivialidad y contextos sociopolíticos difíciles?

La cultura en Venezuela está demasiado confundida para que exista en términos plurales, y lo digo como poeta. Cuando la cultura se define desde el discurso político, se mediatiza y se preconcibe a partir de esas disertaciones históricas y políticas. Y ambos, en conjunto, hacen tanto ruido que no dejan espacio para que aparezca la cultura como el esfuerzo espiritual de un pueblo.
Lo más superficial es la política, y aún peor que como la de Venezuela que padece del malestar de la dualidad, en eso de clasificar (¿crucificar?) el mundo cotidiano en buenos y malos. La poesía propone otro camino, lejos de lo básico y de ese canibalismo comunicacional omnipotente. La poesía resulta de la interioridad de lo que estamos siendo, no está ni antes ni después, tal vez sea un futuro de ahorita, un progreso del alma.

– ¿Qué es para vos vivir poéticamente?

La poesía está en todas partes y el poema está en cada uno de nosotros. El poema vive cuando vivimos hacia dentro. Estoy comprometido con un territorio llamado infancia y por eso imparto taller de poesía para niños, no porque vayan a ser el futuro, sino porque ellos son nuestra raíz idiosincrática del asombro.
Vivir poéticamente es tan difícil como vivir despoéticamente, pero si ser poeta es duro más duro es no ser poeta. Vivir poéticamente es saber que el engaño nos ronda como un tigre salvaje. Vivir poéticamente es decirle a este sol que uno es de carne y hueso. Vivir poéticamente es decir, como Rafael Alberti, que “yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos”. En definitiva, vivir poéticamente no es más que sobrevivir a los recuerdos del futuro, y de volverse entraña con la entraña, vivir poéticamente es pensar que no se puede sobrevivir de otra manera.

– ¿Cómo cree que ayudaría la lectura literaria a la formación de nuevos ciudadanos?

La lectura literaria, y en particular la lectura del poema, tiene la virtud social, intelectual y cultural de convertir el carbón en diamante. La lectura literaria si se practica durante toda la vida, no como algo impuesto por motivos escolares, logra que la ciudadanía de alguien se profundice y se torne compleja, agudizando el ser cada vez más para el bien de todos.
La pobreza de la realidad no es solo de tipo material, también, y esto es lo más grave, es de carácter espiritual, la lectura de la poesía, el acercamiento amoroso a la palabra del poema, ayudaría mucho a crecer por dentro al ciudadano. En tal sentido, la monotonía, el aburrimiento, la trivialidad, la insignificancia, serían superadas solamente con el cultivo de la lectura literaria.

DESPIECE

¿Qué sientes al leer un buen libro o poema?

Siento que ha valido la pena respirar, y que lástima que ese poema no le sirva a la gente para que se humanice. Hay tantos muertos todos los días, tantos asesinos, que si hubiéramos nacido con un poema en la boca tal vez, quien sabe, y no seríamos tan insensibles ante el mal ajeno. Cuando leo un buen poema pienso que nunca voy a morir, como si hubiera sido tocado por la felicidad.

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